LA REVOLUCIÓN DE MAYO DE 1810 EN BUENOS AIRES

Los acontecimientos que culminaron con la llamada Revolución de Mayo de 1810 que declaró la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata de la corona española, se concretaron en solo una semana.

Se la conoce como la «Semana de Mayo» y transcurrió entre el 18 de ese mes, cuando comienzan a reunirse los primeros grupos revolucionarios, hasta el 25, fecha en la que asumió la Primera Junta de Gobierno Patrio.

Antecedentes
La crítica situación de la monarquía española ante la invasión napoleónica, hacía circular en Buenos Aires los rumores más pesimistas.

El 13 de mayo de 1810, recaló en Montevideo la fragata mercante inglesa “Juan Paris”, con diversos periódicos portadores de noticias sobre la caída de toda la región andaluza en poder de los franceses y a pesar de la vigilancia de las autoridades de la vecina orilla, los impresos traídos en la fragata se conocieron en Buenos Aires donde provocaron justificada agitación y ya se hizo pública la existencia y actividades que ya desde un tiempo antes venía desarrollando una misteriosa «sociedad secreta».

Semana de Mayo. Por Eduardo Macchiavelli | by Eduardo Macchiavelli | Medium

Al comenzar el año 1810 luego de conocerse que Fernando VII, el rey español, había sido capturado por Napoleón Bonaparte, un grupo de vecinos de Buenos Aires, había comenzado a poner en marcha una intensa actividad revolucionaria.

Integrado, entre otros, por NICOLÁS RODRÍGUEZ PEÑA, MANUEL BELGRANO, JUAN JOSÉ PASO, HIPÓLITO VIEYTES, AGUSTÍN DONADO, MANUEL ALBERTI, JUAN FLORENCIO TERRADA, JOSÉ DARRAGUEIRA, FELICIANO ANTONIO CHICLANA, JUAN JOSÉ CASTELLI, DOMINGO FRENCH, ANTONIO LUIS BERUTI, JUAN JOSÉ VIAMONTE Y TOMÁS GUIDO, este grupo de confabulados se reunía principalmente en la casa de HIPÓLITO VIEYTES, en la de NICOLÁS RODRÍGUEZ PEÑA o de FRANCISCO MARIANO DE ORMA  y más tarde en la quinta de CORNELIO SAAVEDRA, una vez que éste se comprometiera con el movimiento, asegurándoles la participación de los “Patricios”, en caso de ser necesario a los fines del alzamiento que estaban preparando (ver Doctrina de la Revolución de Mayo).

El viernes 18 de mayo.
Ante el curso que habían tomado los acontecimientos, el virrey CISNEROS optó por comunicar esas noticias al pueblo y a estos efectos dictó una proclama “arreglada”, donde anunciaba que los franceses irrumpían por Andalucía “como un torrente que todo lo arrastra”, pero que España estaba aún distante de “rendir su cerviz a los tiranos”».

Ocultando la verdad sobre la ausencia de una legítima autoridad en la Metrópoli, agregaba que, “en el desgraciado caso de una pérdida total de la Península y falta de supremo gobierno”, se disponía a ejercer el mando con otras autoridades de Buenos Aires, hasta que un congreso de virreinatos, nombrara una Regencia, en representación de Fernando VII.

Enterados de esta proclama, los patriotas se reunieron la noche del 18 de mayo y, luego de analizar la crítica situación por la que atravesaba la península, requirieron la colaboración del coronel CORNELIO SAAVEDRA—jefe del Regimiento de Patricios— que en esos momentos se hallaba en el pueblo de San Isidro y cuando éste se enteró de estos sucesos, se dice que exclamó: “Señores: ahora digo que no sólo es tiempo sino que no se debe perder una sola hora» (1).

Sábado 19 de mayo.
SAAVEDRA y MANUEL BELGRANO se reunieron con el Alcalde de primer voto, JUAN JOSÉ LEZICA, para solicitarle la convocatoria de un Cabildo Abierto, con anuencia de CISNEROS, a fin de que el pueblo considerase la situación y  JUAN JOSÉ CASTELLI  fue comisionado con el mismo propósito ante el Síndico procurador JULIÁN DE LEIVA.

En estas primeras jornadas  de mayo, buena parte de los patriotas  no aspiraban a mucho más que  que la instalación de una Junta de Gobierno, incluso con la presencia del virrey en ella. Pero entre éstos, existía una juventud encabezada por FRENCH y BERUTI entusiasta e identificada con cintas blancas en su solapa, que interpretando el deseo popular y en especial,  de los cuerpos de milicias criollos, pretendían que no quedase ningún vestigio del aparato político colonial.

Domingo 20 de mayo
Aunque LEZICA recibió con desagrado el pedido de los patriotas, al día siguiente comunicó lo acontecido al virrey, quien objetó la convocatoria de un Cabildo abierto, argumentando que “los pueblos de América estaban seguros bajo el gobierno y protección de los virreyes”, pero antes de tomar una determinación, prefirió reunirse esa noche con los jefes militares.

Realizada ésta, ante “la tibieza”, con que expusieron sus demandas SAAVEDRA y los participantes, el virrey se despidió de los presentes sin haber adoptado ninguna decisión. Esa misma noche, los revolucionarios se reunieron en la casa de RODRÍGUEZ PEÑA y dispusieron que CASTELLI y MARTIN RODRÍGUEZ se apersonaran nuevamente ante el virrey para exigirle la convocatoria inmediata de un Cabildo abierto.

Los comisionados se dirigieron a la Fortaleza y fueron recibidos por CISNEROS, quien en esos momentos —aproximadamente las 22 horas— jugaba a los naipes con su edecán GOICOCHEA, el oidor CASPE y el brigadier QUINTANA. CASTELLI tomó la palabra y le manifestó al virrey que, debido a la situación que se vivía en Europa, se estimaba que había cesado en el mando y que le “competía al pueblo reunido en un Congreso, deliberar sobre su suerte”.

CISNEROS replicó encolerizado: “¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así la persona del Rey en su representante?”. Para abreviar la áspera conversación, MARTÍN RODRÍGUEZ intervino diciendo: “Excelentísimo  señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación de V.E.” (3).

 CISNEROS llamó a CASPE y  habló con él en privado. Luego regresó más tranquilo  y dijo a los enviados: “Señores, cuánto siento los males que van a venir sobre este pueblo, de resultas de este paso; pero si el pueblo no me quiere y el Ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran”. La decisión favorable del virrey fue trasmitida a los demás revolucionarios y provocó un gran entusiasmo, encendiendo una llama de esperanza para sus aspiraciones independistas.

Lunes 21 de mayo
El Alcalde de primer voto JUAN JOSÉ LEZICA y el Síndico JULIÁN DE LEIVA, comunicaron a los regidores la petición efectuada el día anterior por los patriotas, mientras grupos de vecinos se reunían  en la Plaza Mayor para apoyar la solicitud de un Cabildo abierto.

Los regidores enviaron un oficio al virrey pidiendo la autorización escrita “para convocar por medio de esquelas, la principal y más sana parte del vecindario a fin de que, en un congreso público, se exprese la voluntad del pueblo”. La nota fue llevada por dos cabildantes —OCAMPO y DOMÍNGUEZ— y la respuesta afirmativa del virrey llegó con rapidez, antes de cumplirse una hora. Conviene destacar que CISNEROS, con su actitud, ponía en evidencia que aceptaba de hecho la Revolución por cuanto accedía a la imposición popular.

Los regidores dispusieron efectuar la sesión pública el día siguiente —22 de mayo— a las nueve de la mañana. Se redactó entonces  la esquela de invitación y se resolvió imprimirla sin pérdida de tiempo, para que fuese repartida entre los más caracterizados miembros de la administración militar, eclesiástica y civil.

La invitación estaba redactada en los términos siguientes: “Señor Don.(aquí se ponía el nombre de quien era invitado). El Excelentísimo Cabildo de Buenos Aires, convoca a usted para que se sirva asistir precisamente mañana, 22 del corriente a las 9 horas, sin etiqueta alguna y en clase de vecino, al Cabildo abierto que, con anuencia del Excmo. Señor Virrey, ha acordado celebrar, debiendo manifestar esta esquela a las tropas que guarnezcan las avenidas de esta plaza para que se le permita pasar libremente”.

Las esquelas fueron impresas en la imprenta de Niños Expósitos,  a cargo en esa época del revolucionario AGUSTÍN DONADO, quien —según JUAN CANTER— “pudo haber impreso muchas  más de lo indicado”. Prueba de esto, es que el licenciado MIGUEL FERNÁNDEZ DE AGÜERO recibió dos esquelas.

Martes 22 de mayo. Cabildo Abierto
A la hora establecida, en los altos del Cabildo de Buenos Aires,  se reunió la Asamblea Popular (Cabildo Abierto) que fuera convocado el día anterior con la asistencia de 251 personas invitadas (2), sin contar los Regidores que no tenían voz ni voto), entre las que se hallaban los altos empleados, los miembros de la Audiencia, el Cabildo Eclesiástico con el obispo a la cabeza y los vecinos de más arraigo.

Se habían repartido unas cuatrocientas cincuenta esquelas a nombre personal entre aquellos, según los cabildantes, que constituían «la principal y más sana parte del vecindario». En aquella reunión estaba en mayoría el elemento criollo, sucediendo lo mismo abajo, en la plaza, donde los Patricios y los Arribeños, ubicados en las bocacalles, sólo dejaban entrar a los elementos populares y adversos a la continuación del virrey, multitud que, soliviantada por la juventud patriota, atronaba los aires con los gritos de ¡Abajo Cisneros! ¡Mueran los godos! ¡Gobierno propio!!!.

En esta histórica Asamblea se enfrentaban por una parte los residentes españoles de la colonia, que pretendían que siguiera gobernando el régimen colonial, aunque cambiando las formas y por otra parte, los criollos e independistas que sostenían, que habiendo caducado gobierno de España, era necesario imponer un cambio completo en el orden político de estos territorios, instalando un gobierno propio que surgiera del pueblo, que reasumía así, desde ese momento su soberanía.

El debate
La sesión la inició el Escribano del Cabildo. JUSTO NUÑEZ, quien leyó una proclama notoriamente pro-realista, pues aconsejaba a los presentes “evitar toda innovación o mudanza, “que generalmente son peligrosas y expuestas a división”.

Este discurso repetía conceptos ya enunciados en la proclama del 18 de mayo, lo que prueba el acuerdo previo existente entre el virrey, los miembros del Cabildo y de la Audiencia. Era evidente que Cisneros había aceptado la reunión de un Congreso general, con la esperanza de obtener un triunfo y consolidarse en el poder.

Al escribano NUÑEZ siguió en el uso de la palabra el obispo de Buenos Aires, BENITO LUÉ Y RIEGA, quien se mostró contrario a toda innovación. manifestó: que los españoles habían descubierto, conquistado y poblado el país y que, en consecuencia, mientras hubiera en España una ciudad o un pueblo libre del yugo francés, en aquella ciudad o pueblo residía la facultad de gobernar las Américas y finalmente sostuvo que, aun en el caso de una pérdida total de la Península, los españoles debían continuar mandando en América, y sólo los hijos del país podían llegar al poder cuando no quedara ningún español en estas tierras.

Oponiéndose a esta manera de razonar y en defensa de los ideales de los revolucionarios,  habló a continuación el doctor JUAN JOSÉ CASTELLI, quien alegando que los españoles que habían descubierto, conquistado y poblado estas regiones, no eran los que se quedaron en la península, sino los que vinieron a América formando familias en ella, que sus hijos eran los que se llamaban hijos del país y que eran ellos y no los vecinos de Cádiz, los que podían y debían determinar la suerte de América, sostuvo la caducidad del poder en España, debido al cautiverio de Fernando VII y a la disolución de la Junta Central de Sevilla. Sobre estos principios, argumentó los derechos del pueblo de Buenos Aires para ejercer su soberanía e instalar un nuevo gobierno.

Luego hizo uso de la palabra PASCUAL RUIZ HUIDOBRO para destacar que Cisneros debía cesar en el mando —por haber caducado en España la autoridad que lo nombró— y reasumirlo el Cabildo para luego entregarlo a otra persona.

Opinó seguidamente el Fiscal de la Audiencia MANUEL GENARO VILLOTA, un hombre de muy claro juicio y profunda ciencia jurídica, sacó la cuestión del antipático terreno en que la colocara el obispo, cuyas razones, por otra parte, había destruido Castelli. Estableció que nadie podría negar que Buenos Aires era una parte, no todo el virreinato y que habiendo muchas otras ciudades y pueblos con igual derecho que Buenos Aires a ser oídas y a opinar, la justicia reclamaba que nada se resolviese sin consultarlas previamente, conservándose entretanto el gobierno en manos del virrey.

Negó a continuación que Buenos Aires tuviera el derecho de decidir sobre la legalidad del Consejo de Regencia y, menos aún, en erigirse como gobierno soberano. Su argumentación trataba de demostrar que el virrey debía continuar en el mando, pues las resoluciones de los vecinos porteños carecían de validez.

Esta argumentación muy hábil y no desprovista de un fondo de razón, tenía un alcance muy peligroso. Tendía a aplazar los sucesos dando lugar a que de Montevideo y de los centros adictos al gobierno colonial, vinieran grandes fuerzas capaces de sofocar a los patriotas y acabar con sus propósitos.

El discurso de VILLOTA alentó al elemento español y dejó algo perplejos a los patriotas. Es probable que después de VILLOTA hayan intervenido en el debate otros oradores, entre ellos el presbítero NEPOMUCENO SOLÁ, partidario de entregar el poder al Cabildo —con voto decisivo del Síndico— hasta la reunión de una Junta Gubernativa integrada por diputados de todo el virreinato.

Se afirma que entonces, para desvanecer esta atmósfera, se levantó para hablar el doctor JUAN JOSÉ PASO, auxiliar del Fiscal del rey, y, como VILLOTA, hombre de mucho talento y vasto saber.

Rebatió los conceptos de los oradores anteriores al sostener la urgente necesidad de establecer en Buenos Aires una Junta Gubernativa y  que realmente, como había dicho VILLOTA, los pueblos del virreinato eran miembros de una misma familia y que esto daba razón y legitimaba las aspiraciones de Buenos Aires, porque admitiéndose en derecho que en casos urgentes los hermanos presentes obraran a favor de los ausentes y tomasen su nombre para salvar de la ruina los intereses comunes, en este caso de extrema gravedad y de importancia decisiva, Buenos Aires, la hermana mayor, podía y debía obrar en nombre de todas sus hermanas para asegurar la felicidad, la libertad y el bien común. La admirable réplica de Paso decidió el ánimo de los presentes y a viva voz exigieron que se votara sobre la cuestión.

La votación
El cambio de ideas había provocado una gran  ansiedad en los cabildantes, por lo que se dicidió dar por finalizado el debate y poner a consideración de los presentes una moción concreta que debía resolver si había cesado la autoridad del virrey y, en tal caso, quién debía reemplazarlo.

Puesta la misma en discusión, los presentes, comenzando por el comandante español PASCUAL RUIZ HUIDOBRO, que expone su opinión, el resto de los cabildantes, comienza a votar de viva voz o por escrito de acuerdo al orden sucesivo de asientos, mientras el escribano transcribía los votos en el acta.

En seguida se puso en evidencia la gran diferencia de opiniones que existía acerca de esta cuestión. El obispo LUÉ, intransigente en sus ideas, dio su voto rotundo a favor de la continuación del virrey en el mando, siendo apoyado con los votos, del Oidor MANUEL VELAZCO y del Regente de la Audiencia.

El comandante RUIZ HUIDOBRO, jefe de la Escuadra, dio su voto por la cesación inmediata de Cisneros y su reemplazo por el Cabildo, actitud que también tomaron muchos de los patriotas presentes, entre ellos  JUAN JOSÉ VIAMONTE, FELICIANO ANTONIO CHICLANA, NICOLÁS RODRÍGUEZ PEÑA, MANUEL BELGRANO, JUAN JOSÉ PASO.

La oposición de los españoles, pretendiendo revertir la situación y tras un encendido discurso, el Oidor JOSÉ DE REYES, votó a favor de la continuidad del virrey, asociado con el Alcalde de primer voto y el Síndico procurador.

El coronel CORNELIO SAAVEDRA, tomó entonces la palabra y haciéndose eco del deseo de independencia de la mayoría de los asistentes a ese Congreso,  votó por la cesación del virrey y la delegación interina del mando en el Cabildo hasta la formación de una Junta que lo ejerciera en base a la participación popular expresando. «No queda duda de que el pueblo es el que confiere la autoridad o mando»

La reunión se había prolongado en exceso debido a la lentitud del procedimiento utilizado y a que la mayoría de los votos fueron precedidos por largos discursos y consideraciones (4), por lo que se dejó para el día siguiente la verificación del escrutinio. En el acta consta que debió levantarse la sesión «por ser ya pasada la hora de las doce de la noche y no ser posible de continuar el trabajo después del incesante que se ha tenido en todo el día».

La Asamblea realizada en Buenos Aires el 22 de mayo de 1810 se diferencia fundamentalmente de los típicos Cabildos Abiertos, pues surgió y fue impuesta por el curso de los acontecimientos, contra el parecer de los regidores y aun del propio virrey. Ya no fue un simple y cordial cambio de opiniones entre las autoridades españolas y unos pocos vecinos, sino la expresión inicial de un verdadero movimiento revolucionario.

Miércoles 23 de mayo. El escrutinio.
Al día siguiente del Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, en la mañana del 23 de mayo, el Cabildo ordinario efectuó el recuento de sufragios emitidos el día anterior, lo que arrojó las siguientes cifras: 155 votos por la destitución del virrey; 69 votos por su continuación en el mando (solo o asociado).

De los 155 votos que se expresaron por la cesantía de Cisneros, 87 disponían que el Cabildo asumiera interinamente el mando —con voto del Síndico Leiva— hasta que se constituyera una Junta, «no quedando duda de que el pueblo confería la autoridad o mando». Si recordamos que los asistentes registrados fueron 251, puede deducirse que 27 personas no votaron, lo que quizás pueda interpretarse que probablemente se retiraron antes de hacerlo, para no comprometerse.

Última jugada de los españoles.
La mayoría de los sufragios emitidos, demandaban la cesantía del virrey y la entrega del gobierno —provisoriamente al Cabildo de Buenos Aires— hasta constituirse una Junta elegida por el pueblo. El Cabildo Abierto había demostrado el pensamiento de los patriotas y la solidaridad de algunos grupos, pero era evidente la diversidad de opiniones debido a la falta de unidad de la masa revolucionaria. Sus vacilaciones fueron aprovechadas por el Cabildo ordinario para elaborar un audaz plan que burlaba la voluntad popular.

En efecto: los Regidores se creyeron con facultades suficientes como para nombrar por sí solos —sin consultar al pueblo— una Junta provisional, que tomaría el mando “mientras se congregaran los diputados que se han de convocar de las provincias interiores, para establecer la forma de gobierno que corresponda”.

La audacia culminó con la designación del propio virrey como Presidente de esa Junta, que integraban además, como Vocales, CORNELIO SAAVEDRA (militar), JUAN JOSÉ CASTELLI (abogado), JUAN N. DE SOLÁ (eclesiástico) y SANTOS DE INCHÁURREGUI (comerciante). 

Sólo 25 votos —de los 155 que disponían la cesantía del virrey— conferían al Cabildo Ordinario atribuciones para constituir una Junta en la forma que creyere más conveniente. Estos sufragios minoritarios respondían a la fórmula de RUÍZ HUIDOBRO, que fue apoyada, entre otros, por CHICLANA.

Enterado de lo dispuesto, CISNEROS aceptó la resolución del Cabildo, pero no conforme con ella, deseó conocer previamente la decisión de los jefes militares, pues estaba seguro que el pueblo no deseaba que continuara en el cargo. Efectuada la entrevista, los jefes declararon que era necesario hacer pública la destitución del virrey, como única forma de aquietar la efervecencia popular.

La opinión de los militares fue aceptada y acto seguido, el Cabildo le solicitó a SAAVEDRA que pusiera a su disposición una compañía de Patricios para publicar el bando respectivo dando a conocer la cesación del mandato del Virrey. Llegaban las primeras sombras de la noche del 23 de mayo y el capitán EUSTAQUIO DÍAZ VÉLEZ al mando de su compañía de Patricios, avanzó por las calles de la ciudad dando a conocer tan grata noticia (5).

El jueves 24 de mayo. Un insólita decisión intenta burlar la voluntad del pueblo
En la mañana del jueves 24 de mayo de 1810, se reunió el Cabildo de Buenos Aires y haciendo caso omiso de lo dispuesto el día anterior, dispuso “que continúe en el mando el Excmo. señor Virrey don Baltasar HIDALGO DE CISNEROS”, presidiendo una Junta de Gobierno integrada por JUAN NEPOMUCENO SOLÁ, cura párroco de Montserrat, el comerciante JOSÉ SANTOS INCHÁURREGUI (ambos españoles), y los criollos JUAN JOSÉ CASTELLI, abogado de la Real Audiencia, y el coronel CORNELIO SAAVEDRA, comandante del cuerpo de Patricios.

Bajo la dirección del Síndico  JULIÁN DE LEIVA, cabecilla de la reacción de los españoles, el Ayuntamiento redacto un Reglamento de trece artículos con el propósito de vigilar el desempeño del nuevo organismo.

El Cabildo se reservaba la atribución de nombrar el sustituto de cualquier miembro de la Junta (art. 4º), y si éstos no se desempeñaran con corrección podía deponerlos y reasumir la autoridad (art. 5º). Además, la Junta no estaba facultada para imponer contribuciones sin la anuencia del Ayuntamiento.

Otros artículos eran verdaderas innovaciones en el derecho político vigente hasta esa época. Así, la Junta no tenía atribuciones judiciales, pues éstas correspondían a la Real Audiencia (art. 7º), y todos los primeros días del mes debía publicar el estado de las finanzas (art. 8º). Ninguna orden del virrey sería valedera sin la conformidad escrita de los demás miembros (art. 10º).

De esta forma, y a pesar de lo resuelto por el Cabildo abierto y del bando leído la noche anterior, CISNEROS no sólo continuaba en el poder, sino que mantenía sus rentas y los privilegios de su investidura. Previa consulta con los jefes militares —que apoyaron a los electos—, los integrantes de la Junta juraron esa tarde en la sala capitular del Cabildo que había sido ornamentada para la ceremonia. CISNEROS usó de la palabra con el evidente propósito de mantener la tranquilidad pública y luego, acompañado por los integrantes del nuevo gobierno, se trasladó al Fuerte entre “repiques de campanas y salvas de artillería” (ver La versión de Cisneros).

Reacción de los revolucionarios
Aunque la Junta había logrado el consentimiento de los jefes militares y la integraban dos representantes de los criollos —de buena fe, aunque equivocadamente— no cabía duda de que tal solución era  inaceptable. Cuando trascendió que el virrey permanecía en el mando, la agitación cundió por la Plaza Mayor y los cuarteles de Patricios, se convirtieron en el centro de reunión de los patriotas que mostraban su descontento ante esta insólita derivación de lo acordado.

Fraternizaban los soldados con los civiles, congregándose los oficiales en el salón de la Mayoría, dispuestos a hacer valer los derechos mediante el empleo de las armas. No hubo necesidad de ello. CHICLANA, IRIGOYEN y MARIANO MORENO calmaron a los más resueltos, asegurándoles que al día siguiente se elevaría una exhortación al Cabildo para exigir el cumplimiento de la voluntad del pueblo, tan inequívocamente expresada el día 23.

Hicieron falta muchos argumentos para apaciguar los ánimos, pues tanto los oficiales como los soldados estaban decididos a recurrir a las armas. Ya habían sido sorprendidos en su buena fe por el Cabildo y no admitirían más dilaciones.

Afuera de los cuarteles, el descontento era encabezado por DOMINGO FRENCH, ANTONIO LUIS BERUTI y otros quizás seiscientos jóvenes criollos —en su mayoría de los suburbios— conocidos con el apodo de «chisperos».

Después del mediodía, los principales revolucionarios —civiles y militares— se reunieron en la casa de RODRÍGUEZ PEÑA, en la actual calle Esmeralda entre Bartolomé Mitre y Rivadavia y allí  CASTELLI admitió su error al haberle creído a CISNEROS cuando le expresó su intención de apartarse del cargo y prometió elevar su renuncia como miembro de la Junta, a la vez que intercedería ante SAAVEDRA para que hiciera lo mismo.

Esa misma noche, SAAVEDRA y CASTELLI le comunicaron al virrey la gravedad del momento y, luego de una breve deliberación, todos los miembros de la Junta elevaron su renuncia y devolvieron el poder al Cabildo.

El Síndico Leiva dispuso la convocatoria del Ayuntamiento para el día siguiente, mientras los patriotas se reunieron nuevamente en la casa de RODRÍGUEZ PEÑA hasta las primeras luces del alba. En esa larga sesión se resolvió —para evitar una maniobra reaccionaria— presentar al Cabildo los nombres de las personas que integrarían la nueva Junta de gobierno que proponían los revolucionarios (6).

El viernes 25 de mayo. El virrey sin el apoyo de los militares
Por fin llegó el 25 de mayo, y con sus primeras luces, el pueblo comenzó a reunirse frente al Cabildo en la histórica Plaza Mayor (hoy Plaza de Mayo), esperando escuchar de labios de los patriotas la noticia del triunfo de la revolución y, debido a la inestabilidad del tiempo —lluvioso y frío—, debieron dialogar bajo las arcadas  del Cabildo y de la Recova. En esas circunstancias los centros de agitación revolucionaria eran la llamada «Fonda de la vereda ancha» y la casa de Azcuénaga.

El Cabildo se reunió temprano en la Casa de Acuerdos y sus miembros decidieron rechazar la renuncia de la Junta que presidía el virrey y a su vez, aconsejarle a éste que se impusiera por la fuerza, en caso de ser necesario.

Cuando trascendió lo resuelto, un grupo de patriotas consiguió llegar hasta la Sala y exigió la inmediata destitución de CISNEROS, pero LEIVA logró tranquilizarlos, prometiéndoles ocuparse para lograr” el mejor bien y felicidad para estas provincias”.

Mientras se mantenía esta reunión, un grupo de patriotas penetró por los corredores del Ayuntamiento  y luego de dar fuertes golpes en la puerta cerrada de la Sala, manifestaron “que querían saber qué es lo que se  trataba allí”. Fue necesario que el comandante MARTÍN RODRÍGUEZ saliera hacia los corredores u, para calmar  a los más exhaltados.

Los cabildantes juzgaron necesario entonces dominar a los descontentos por medio de la fuerza y nada mejor para ello, que consultar la opinión de los jefes militares. Éstos se presentaron a las nueve y media de la mañana y ante la pregunta de “si podían contar con su apoyo para sostener el gobierno establecido”, la mayoría contestó en forma negativa (7) , por lo que ante la delicada situación que se les presentaba, los cabildantes  decidieron recabar la renuncia indeclinable del virrey y de la Junta creada el jueves 24 de mayo.

Para ello, una delegación de revolucionarios partió hacia el Fuerte y poco después, regresó con la noticia de que CISNEROS había aceptado renunciar. Inmediatamente, otro grupo de revolucionarios encabezados por DOMINGO BERUTI, se hizo presente en la Sala de Acuerdos y oralmente dio a conocer los nombres de los ciudadanos que se había dispuesto para integrar la nueva Junta Gubernativa, demandando además el inmediato envío de una fuerza compuesta por 500 efectivos para comunicar el resultado de los acontecimientos producidos en Buenos Aires y reprimir cualquier intento de rebelión.

Con el propósito de ganar tiempo, el Síndico LEIVA argumentó que era necesario presentar esa petición por escrito y firmada por sus adherentes. Así lo hicieron los revolucionarios y después de una largo rato, pudieron entregarles a los cabildantes, varios cuadernos con numerosas firmas (8).

No conformes con esta exigencia, los cabildantes demandaron la ratificación de ese listado, por parte del pueblo congregado en la Plaza de la Victoria. El Síndico LEIVA se asomó entonces al balcón y ante la vista de un reducido  grupo de vecinos, preguntó irónicamente: “Donde está el pueblo?”. Varias voces se alzaron replicándole que “las gentes, por ser hora inoportuna, se habían retirado a sus casas, pero que se tocase la campana del Cabildo para que el pueblo se congregase en aquel lugar para satisfacción del Ayuntamiento; y que si por falta de badajo no se hacía uso de la campana, mandarían tocar generala para que se abriesen los cuarteles”.

Sin argumentos para seguir resistiendo y para evitar los actos de violencia que sin duda llegarían, si se persistía en esa actitud, los cabildantes decidieron acatar la voluntad de los patriotas y reconocer la autoridad de la Junta Revolucionaria, surgida para la Historia el 25 de mayo de 1810.

Previa lectura del Acta respectiva, el nuevo Gobierno quedó integrado por nueve miembros, en la forma que sigue: Presidente: Comandante de Armas CORNELIO SAAVEDRA; Secretarios: Doctores Mariano Moreno y Juan José Paso; Vocales: Presbítero MANUEL ALBERTI, D. MIGUEL DE AZCUÉNAGA, Doctor MANUEL BELGRANO, Doctor JUAN JOSÉ CASTELLI, D. DOMINGO MATHEU y D. JUAN LARREA (ver Los nueve hombres de Mayo).

La expulsion de Cisneros
El virrey Cisneros, luego de ser depuesto por la Revolución de Mayo de 1810, es deportado debido a la actividad contrarrevolucionaria que que desarrolla.

Una vez triunfante la revolución de Mayo y nombrada la primera Junta, BALTASAR HIDALGO DE CISNEROS, el último virrey que gobernó en Buenos Aires, permaneció en la ciudad en una curiosa situación jurídica.

Debió abandonar el Fuerte (o casa de gobierno) e irse a vivir con su mujer y sus servidores a una casa particular. El gobierno de la Primera Junta se preocupó de que no quedara abandonado económicamente, y le asignó un sueldo, aunque menor que el que recibía como virrey. También a los oidores y fiscales de la Real Audiencia de Buenos Aires, que se aferraron a sus cargos, a pesar del cambio de gobierno, se les rebajó el sueldo.

Pero sucedió que todos estos personajes (virrey, oidores y fiscales), que en un primer momento habían prestado (aunque de mala gana) su apoyo al nuevo gobierno, empezaron a conspirar.

Cisneros frecuentemente se comunicaba con los centros contrarrevolucionarios de Córdoba, Montevideo, el Paraguay y el Perú. Lo mismo hacían los miembros de la Audiencia, hasta que la Junta se dio cuenta de que mantener a todas esas personas en Buenos Aires era como tolerar una «quinta columna».

El 22 de junio de 1810 el ex virrey Cisneros terminó de escribir una larga carta al Consejo de Regencia de Espa­ña, en la que contaba en forma despectiva y parcial los acontecimientos de la semana de Mayo que provocaron su destitución.

Ese mismo día, a la tarde, recibió una comunicación por la que debía presentarse Inmediatamente en el Fuerte para tratar un asunto de suma importancia. En la fortaleza se encontró con miembros de la Real Audiencia, que también habían sido convocados y después de esperar un rato, se presentaron dos vocales de la Junta, JUAN JOSÉ CASTELLL y DOMINGO MATHEU, quienes les comunicaron que en Buenos Aires sus vidas corrían peligro y que debían ser embarcados Inmediatamente para España.

Enseguida salieron de la fortaleza, v en dos coches con custodia militar fueron llevados al río y embarcados en una balandra Inglesa cuyo capitán tenía orden de no tocar ningún puerto hasta llegar a territorio español.

Navegaron 72 días sin parar hasta las islas Canarias, donde los oidores redactaron una comunicación a su gobierno dando cuenta de su deportación. El documento escrito por Cisneros en Buenos Aires había quedado inconcluso y lo debió firmar su mujer, doña Inés Gastambide de Cisneros, quien agregó en su nota:

«En este momento, que son las siete y media de la noche, acaban de llevarse a mi marido»… Así, el 22 de junio de 1810, fue el último día en la capital del Virreinato, del último virrey que gobernó en Buenos Aires y esta muestra de autoridad por parte de la Junta de Gobierno de Buenos Aires, asentó el respeto hacia ella (ver La Revolución de Mayo de 1810 en Buenos Aires).

(1).- Cuando En 1809, el nuevo virrey Cisneros anunció desde Montevideo su arribo a Buenos Aires, un grupo de criollos dispuso efectuar una revolución. En esas circunstancias SAAVEDRA se mostró cauteloso y, cuando se le consultó sobre el plan a desarrollar  manifestó: “No es tiempo. Dejen ustedes que las brevas maduren y entonces, las comeremos”.

(2).-Algunos historiadores afirman que el número de asistentes era de 244. La divergencia de opiniones, se ha producido por imperfecciones contenidas en el Acta que se labró durante esa sesión y en el hecho de que algunos “se escabulleron en una u otra forma para no figurar en ella”. PAUL GROUSSAC da doscientos cuarenta y cuatro asistentes representados así: 60 militares, 39 empleados civiles, 25 religiosos, 26 profesionales (especialmente abogados) y 94 hacendados y vecinos en general. Es conveniente recordar que ni MARTÍN DE ÁLZAGA ni FELIPE DE SENTENACH pudieron asistir porque aún estaba en proceso el juicio que se les iniciara por el alzamiento que protagonizaran el 1 de enero de 1809.

(3).- Conviene aclarar que la entrevista con el virrey, no figura en ningún documento de la época, pues sólo la relata MARTIN RODRÍGUEZ en sus Memorias, que fueron escritas años después y que luego fueron reproducidas por BARTOLOMÉ MITRE en su “Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina”

(4).-Aunque los historiadores han podido reconstruir documentalmente la opinión de los principales oradores del Congreso general del 22 de mayo, es imposible pretender transcribir los diálogos pues no hay constancias valederas de ellos. Las referencias más detalladas se encuentran en los informes del virrey y de la Audiencia, en algunas Memorias —como la de Saavedra— y otras fuentes tradicionales que adolecen de serias contradicciones. El historia­dor PAUL GROUSSAC afirma que «los discursos e incidentes analizados o comentados en las obras de Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López son meras inducciones de sus autores y carecen de autenticidad».

(5).-El mismo capitán DÍAZ VÉLEZ fue el encargado de publicar todos los bandos dados a conocer en esos días, como así también fue designado después del 25 de mayo, para trasladarse a la Colonia del Sacramento, en la Banda Oriental, para poner en conocimiento de la población la resolución de la primera Junta de gobierno.

(6).-Seguimos la opinión más generalizada —defendida, entre otros, por GROUSSAC  y LEVENE—, según la cual la lista de los integrantes de la futura Junta Gubernativa se hizo el día 24 de mayo por la noche. Con esto se rebatía la opinión tradicional —sostenida por MITRE— que ubicaba en la mañana del día siguiente, la redacción de la citada lista. En la actualidad algunos historiadores —ROBERTO MARFANY, RUIZ GUIÑAZÚ— vuelven a insistir, en base a documentos, en la tesis de Mitre, pues afirman que la redacción “corresponde al glorioso día 25 de mayo de 1810”.

(7). El regimiento de Patricios, como queda demostrado, tuvo una actuación evidentemente más intimidatoria que militar. Se convirtió en el sostén, el apoyo moral del movimiento emancipador, fue el nervio de la Revolución del 25 de  Mayo de 1810. Respondió a sus antecedentes, a las inspiraciones de la hora histórica y a la voz de su jefe que, según palabras de BARTOLOMÉ MITRE: “señaló el momento con el índice inflexible del destino”. La gran reivindicación popular se apoyó en todo momento en ese cuerpo criollo y puede afirmarse que sin él, sin su decisión, la revolución se hubiera retardado.

(8) Este documento se conoce como “La petición del pueblo” y no todos los historiadores coinciden en que esa lista se presentó el día 24, pues otros afirman que que fue durante el largo intervalo de espera del día 25. Las firmas eran 401 y en su gran mayoría correspondían a militares (ver Controversias y curiosidades del 25 de Mayo).

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