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EL SOBORNO A JOHN HALSTED COE (00/05/1853)
A fines de abril DE 1853, el general JUSTO JOSÉ DE URQUIZA que había puesto sito a la ciudad de Buenos Aires, había aprovechado bien la venalidad de los comandantes navales porteños para comprar su defección de la causa de Buenos Aires, y luego de la derrota sufrida por la escuadra porteña al mando del polaco FLORIANO ZUROWSKY a manos de la flota nacional comandada por MARIANO CORDERO en el combate de Martín García (18/04/1853), había podido cerrar por completo el bloqueo de Buenos Aires (ver Urquiza dispone el sitio a Buenos Aires).
Pero la estrategia de URQUIZA, le jugó en contra cuando en mayo de 1853, el comandante de la flota confederal, JOHN HALSTEAD COE (imagen), fue contactado por el gobierno de Buenos Aires y estableció un precio de dos millones de pesos, a cobrar en onzas de oro (cinco mil onzas) para entregar la escuadra a las fuerzas del enemigo. La Legislatura porteña aprobó la emisión de dos millones de pesos en deuda y envió un emisario a Montevideo para comprar el oro.
Veamos cómo fueron los hechos de esta historia, según el relato que el capitán de navío THOMAS J: PAGE hiciera en su libro “La Plata, la Confederación Argentina y el Paraguay”, editado en idioma inglés, en 1859, donde quedó expuesto un acto de corrupción que pasó a la Historia como “el soborno a Coe”.
PAGE era un marino norteamericano enviado por su gobierno para entablar negociaciones confidenciales con el gobierno de Buenos Aires. Había entrado con su barco el ”Water Wltch” al Puerto de Buenos Aires, en los días previos del sitio y durante su permanencia en la ciudad, fue testigo del soborno al jefe de la escuadra de la Confederación que sitiaba a Buenos Aires, y en su libro así lo relata::
“Después de superar los inconvenientes del bloqueo, nuestra actividad se concretó a observar los movimientos de la escuadra bloqueadora y los de los buques mercantes que aparentemente trataban de burlar el bloqueo.
Muy confusos eran los esfuerzos y movimientos de la escuadra en perseguir, aun cuando sin ningún éxito, a los buques cargados de harina y otras mercaderías destinadas a enriquecer a afortunados comerciantes a quienes iban consignados y a alimentar la población hambrienta que Urquiza pensaba reducir mediante el hambre en breve tiempo.
“Era notable la habilidad de la escuadra para no dar en el blanco movible de estos almacenes flotantes y resultaban divertidas las maniobras para no interceptar buques a los que se les había permitido entrar, previo soborno.
“Había traición en todo ello y antes de que Urquiza se apercibiera de ella, todo estaba hecho por el Comandante en Jefe de la Escuadra; a plena vista de los buques mercantes nacionales y extranjeros surtos en ambas radas, mientras un inmenso gentío se reunía en ia playa para ser evidentemente testigo de la escena”.
“Al principio observamos los movimientos de estos buques con interés y excitación mientras entraban uno tras otro —continúa relatando Page— esperando ver una franca lucha, pero cuando notamos la arboladura cubierta y escuchamos las voces de ambas partes a medida que cada vapor y buque entraba al fondeadero, y cuando vimos que los oficiales iban deliberadamente a tierra y eran recibidos con entusiastas manifestaciones de alegría, nuestra desdeñosa indignación no tuvo limites.
«El rumor popular establecía que este acto era la consumación del soborno, el que se especificaba con la entrega de 13.000 onzas al Comandante de las Fuerzas sitiadores, Capitán COE, e igual suma para los oficiales y las tripulaciones”.
“Por la exactitud de estos díceres no puedo atestiguar, los cito por rumores de la época propalados ampliamente. “El juego bien merecía el candelero”. Los jugadores sabían muy bien que sin la cooperación de la escuadra bloqueadora, no podía haber sido reducida la ciudad; con su defección se abría una brecha para el aprovisionamiento.
“Aun cuando se consideraba inminente un bombardeo de Buenos Aires, parece que nunca fue intención de URQUIZA recurrir a este desesperado recurso. Tuvo la esperanza de convencer a las autoridades y llegar a un arreglo, interrumpiendo el comercio y cortando los medios de abastecimiento”
Lo que se supo después
URQUIZA había designado al Capitán de Navío norteamericano JOHN HALSTED COE (imagen), jefe de la escuadra Confederada con la orden de bloquear el puerto de Buenos Aires y cerrar así el cerco, para vencerla por la falta de recursos.
Pero sus fuerzas, a diferencia de las porteñas, no tenían suficientes recursos económicos, por lo que la prolongación del sitio hizo caer rápidamente la moral de las tropas, que además de sufrir repetidas derrotas en tierra, no estaban muy decididos a combatir a los porteños, muchos de los cuales, eran sus parientes y amigos.
A poco de iniciado el mes de mayo de 1853, el Capitán COE tomó contacto con el gobierno de Buenos Aires y aceptó entregar la flota a cambio de dos millones de pesos, a cobrar en onzas de oro (es decir 5.000 onzas). Para hacer este pago, la Legislatura porteña aprobó la emisión de dos millones de pesos en deuda y envió un emisario a Montevideo para comprar el oro.
El 27 del mismo mes, se confirma un rumor popular que aseguraba que el comandante JOHN HALSTED COE había sido sobornado para que le restara efectividad al sitio que las fuerzas navales aliadas con la Confederación, estaban sometiendo a la ciudad de Buenos Aires.
Como señal de que el acuerdo quedaba sellado, el 27 de junio, el queche “Rayo” y un bergantín de la escuadra confederada, arriaron su bandera y se pasaron a Buenos Aires. El 20 de junio, asegurado el pago, COE envió en el buque “Enigma”, al comandante GUILLERMO TURNER para comunicarle al gobierno bonaerense que ponía a sus órdenes toda la escuadra, entrando luego a balizas interiores el resto de la flota.
En total se pasaron las fragatas “Almirante Brown”, “Constitución” y “Correo” y los bergantines “Enigma”, “Once de Septiembre” y “Río Bamba”, la goleta “Veterana” y los queches “Rayo” y “Carnaval”. Mientras que algunos de los capitanes de esos buques fueron también sobornados, otros que eran ajenos al trasfondo de la operación intentaron inútilmente resistir, tras lo que abandonaron sus navíos.
Se dice que COE antes de embarcarse en la corbeta norteamericana “Jamestown”, para dirigirse a los Estados Unidos, quiso estrecharle la mano al anciano general JOSÉ MARÍA PAZ y éste se negó diciendo “¡El General Paz no saluda a traidores!”. COE regresó años después a Buenos Aires, donde murió el 30 de octubre de 1864, durante la presidencia de BARTOLOMÉ MITRE (ver Corrupción hubo siempre).
Fuentes “La traición se llamaba Coe”. Jorge Barroca, Revista Todo es Historia N° 4; “Wikipedia”; “Cronica Argentina”, Ed. Codex, Buenos Aires 1979;