RECUERDOS, USOS Y COSTUMBRES DE ANTAÑO

Referirnos a los recuerdos, usos y costumbres de antaño, nos permitirá traer a nuestra memoria aquellas sencillas vivencias ya desaparecidas en algunos casos y en otros,  introducir a nuestros hijos en el mundo que vivieron nuestros ancestros, sin pensar que “aquello fue mejor”, pero sin creer tampoco que el progreso y el desarrollo tecnológico nos ofrecerán  una mejor vida, si no mantenemos vigentes los valores de una vida digna, vivida con honestidad, respeto hacia el prójimo y sin apetencias que nos desvíen de la honorabilidad.

EL VASO DE LECHE EN LAS ESCUELAS (1914). En las escuelas dependientes del Consejo Escolar de Educación, los alumnos recibían como desayudo o merienda, un pan de viena y un vaso de leche caliente. En las fechas patrias y cumpleaños, tomaban chocolate o “cascarilla”. Estos servicios eran solventados por el propio Consejo de Educación o por las Cooperadoras de las escuelas, que recibían una contribución de casi todas las familias, aún de las más humildes. Durante el primer gobierno de Hipólito Yrigoyen, se eximió de pagar matrícula a los alumnos provenientes de hogares carenciados, a quienes, además, se los proveía de una pizarra, grafito para escribir, el cuaderno, zapatos y el guardapolvo.

PARA QUE SIRVA DE ESCARMIENTO (23/02/1815). A las cinco de la tarde, en la Plaza de la Victoria, luego de ser fusilado un hombre de raza negra, de nombre Agustín, que había asesinado a su patrón Alejandro Medrano, se puso su cabeza todavía ensangrentada en lo alto de un palo, que tenía clavado un madero con una leyenda que explicaba su delito, para que sirva de escarmiento (Instituto Histórico de la ciudad de Buenos Aires).

LOS CARROS FÚNEBRES. El empleo del carro fúnebre en los sepelios,  en Buenos Aires comenzó en el año 1821. Eran totalmente negros igual que los caballos que lo arrastraban, los atalajes y una especie de penacho también negro coronando su testuz. En cambio los que transportaban a los niños (que llamaban “de los angelitos”), era blanco, más pequeño y conducido por un muchachito vestido todo de blanco. Eran arrastrados por medio de dos mulas también blancas, cuyos correajes y los penachos que llevaban sobre sus cabezas, eran del mismo color.

LLEGAN LAS GOLONDRINAS (22/09). Todos los años, para esta época, la Plaza de Mayo es visitada por miles de golondrinas que llegan desde la antigüa Misión Católica de San Juan Capistrano, en la diócesis de Orange, California, luego de recorrer 10.000 kilómetros, volando a un promedio de 125 kilómetros por hora (Instituto Histórico de la ciudad de Buenos Aires).

MENDIGOS EN BUENOS AIRES (1809). Un inglés, estando de paso por Buenos Aires,  comentó extrañado el elevado número de mendigos que había en la Plaza Victoria, en proporción a los habitantes de esa ciudad. Consideraba que la abundancia de artículos de primera necesidad que estaban disponibles a buenos precios, como lo había comprobado, no hacía lógico tener que soportar este lamentable espectáculo.  Lo que no comprendía este buen inglés, era la idiosincrasia del porteño de aquella época (seguramente antecesor del actual en mañas,  costumbres y técnicas que le permitían vivir sin trabajar). En efecto, existían, en Buenos Aires, gran cantidad de mendigos callejeros, la mayoría muy viejos o muy jóvenes. Los había pobres de verdad (los menos) y otros para quienes la caridad era un medio de vida. La experiencia nos mostraba que cuando menos exigente era el postulante, más necesitado estaba. En cambio, cuando insistían y molestaban era probable que fueran “mendigos profesionales”. Se colocaban a las puertas de las iglesias y donde había aglomeraciones. Ciegos, cojos algunos desfigurados por la viruela u otras pestes, cubiertos de harapos, solicitaban la caridad pública con el lamento “Por amor de Dios”. Era frecuente, también, ver a religiosos de órdenes mendicantes. Con una enorme bolsa colgada de sus hombros, iban de casa en casa pidiendo su ración cotidiana. Pero los más llamativos, en especial para los extranjeros, eran los mendigos a caballo. Estos llevaban sus alforjas generalmente llenas, gracias al caritativo espíritu porteño; sin embargo, continuaban mendigando un real para comprar caña. Uno de estos mendigos “de a caballo” era el viejo Simón. Su método era esencialmente distinto al de los otros. Se acercaba con aire de seguridad y sonrisa picaresca. Un chiste sobre la edad y flacura de su caballo le permitía iniciar la charla. Acomodaba su poncho raído, sus velas y su costillar y descendía del caballo.
—Don Simón, ¿puede explicarnos  por qué los muchachos lo saludan al grito de ¡cancha! ¡cancha!?
—Bueno —responde—, lo que sucede es que yo era antes peón enlazador en los mataderos y le puedo asegurar que mi brazo no erraba tiro al toro más bravo. Un día de agosto de 1806 estaba yo en el Retiro cuando se produjo un ataque sorpresivo de los malditos herejes. ¡Caray! Me acordé, entonces, de mi habilidad con el lazo y me dije: Simón, a tu juego te llamaron. Se produjo una pausa, quizás de añoranza, y el viejo Simón continuó su relato.
— ¡Caramba con los herejes! Tomé, indignado, mi lazo y abriéndome paso entre las líneas enemigas al ¡grito de ¡cancha! ¡cancha! enlacé como animales a dos grandotes de esos ingleses.
—¡Es una verdadera hazaña!.
El viejo asiente ruborizado y orgulloso exclama: ¡El propio virrey Liniers me felicitó!.  Al interrogarlo sobre la razón de su estado actual, explicó que el año anterior, a consecuencia de una rodada de su caballo “en que no pudo salir de pie”, “se disgració” y quedó mutilado e inútil para el trabajo. El blanco caballo se aleja mientras algunos chiquillos lo siguen, gritando ¡Don Simón! ¡cancha! ¡cancha!.

BUENOS AIRES EN 1870. En 1870, Buenos Aires ya tiene 187.346 habitantes y el resto de la provincia 307.761. No era aún la Capital Federal y la guerra con el Paraguay, no había terminado. El total de la población de todo el país, no llegaba todavía a los 2.000.000 de habitantes y el índice de alfabetización, no superaba el 50%. La edificación raleaba más allá de la actual avenida Callao y hacia el oeste,  había quintas y luego, sólo el campo. Flores y Belgrano eran  municipios autónomos  en los que veraneaban  las familias acomodadas. Tres líneas de tranvías de caballo, recorrían el ejido urbano, precedidos por un postillón vestido de verde que llevaba una bandera roja, anunciando su paso. Las terminaciones ferroviarias eran Chascomús, Chivilcoy, Tigre y Ensenada. Los porteños almorzaban y cenaban tarde, de acuerdo con la tradición hispana;  mesas grandes para varias generaciones, la carne asada, si no había puchero y una larga sucesión de suculentos platos, que predisponían a la siesta obligada. Los vinos, importados de Francia, Italia y España y exquiciteses varias adquiridas en el “almacén de Tiscornia” que ofrecía “embutidos de Vichi, manjar apetecido por los catalanes” o en lo de “Eastman e hijos” que tentaba a los porteños con “cajas de 20 libras de té”, producto de gran aceptación en la sociedad porteña.

Se podía también, naturalmente, salir a comer afuera: En el “Restaurante de Watson”, en San Martín 68, que servía almuerzos, lunches y cenas “recomendadísimas” por el mismo míster Watson o en el “Gran Restaurante y Café Americano. que funcionaba en la calle Cangallo, próximo al Mercado del Plata, que en sus avisos hacía saber que su propietario “invitaba a la gente de buen humor a visitarlo para convencerse de la excelencia, prolijidad y baratura con que en él se sirve”, comunicando además, que “en el mismo hay gabinetes particulares a la disposición de los “amateurs” (habrá querido decir amantes?).

En materia de modas se pretendía seguir el último rito. En la casa de Madame Reine, en la calle Florida, se vendían corsés de todas clases y tamaños, con la bendición de la “Facultad Imperial de Medicina de París”, que había dictaminado que “está probado que un corsé hecho al cuerpo de una persona, jamás puede incomodar, si el corte es bueno y por consiguiente, no causará nunca, la menor dolencia”. Los cosméticos eran variadísimos, pero la “línea del doctor Domassan”,  era una de las más publicitadas. Ofrecía “el agua de lis doble”, para el cutis de las señoras, el “agua preservativa” para el cuidado de la boca y el “agua para teñir el pelo privilegiada”, en las variedades negro, castaño y rubio, especial para caballeros, “a quienes no les endurecería las facciones”. Había también “ungüentos salutíferos” para combatir la calvicie y “pomadas olorosas” para disciplinar los bigotes.

Las ofertas de la medicina también eran variadas. El que prefería a los alópatas, a los homeópatas o aún a los “mano santas”, los tenía bien a mano y si se prefería ser tratado por una corporación galénica, no tenía más que dirigirse a la “Empresa de Puestos Médicos”. Si lo que necesitaba era que le hicieran una sangría, seguramente encontrará lo que busca si acude a un práctico que se calificaba a si mismo como “pedícuro o callista, flebótomo o sangrador”, en cuyos avisos publicitarios, no dejaba de anunciar que las sanguijuelas que aplicaba, eran importadas de Hamburgo, “célebres por su poder extractivo”. El doctor Ernest sacaba dientes sin dolor, pues anestesiaba con gas, compitiendo en tales menesteres con una señora que publicaba en el diario La Nación, un aviso donde ofrecía “una cura radical del dolor de muelas, sin operación alguna”, y como siempre, gratis a los soldados y a los pobres”.

También la farmacopea era abundante, amplia, generosa e “infalible”. Ofrecía el bálsamo del doctor Greeves para los sabañones, el aceite de Berthé o el Quinium Labarraque como tónico reconstituyente, las perlas de éter del doctor Clertan para las jaquecas y neuralgias, los polvos de Rogé como laxante y las Píldoras de Vallet, que terminaban “con los colores pálidos”. La ciudad de Buenos Aires era cosmopolita y políglota. Un aviso clasificado de la época decía: “Da questa casa vengono emesse cambiali in oro per l’Italia ..” y en “El Alcázar” se daba el vaudeville “L’homme n’est  pas par-fait, en tanto que en el Colón viejo, se representaba “Gli Ugonotti”. Pululaban los profesores de idiomas y competían ardorosamente entre sí. ¿Dónde vas sin saber inglés?, preguntaba uno de ellos, publicitando sus servicios en la prensa local. ¿Dónde vas sin saber francés?, retrucaba otro al día siguiente., mientras otro prometía “se enseña el inglés en 12 lecciones. Si el alumno no lo habla bien después de esas 12 lecciones, no se exigirá recompensa alguna”.

Otra actividad que era muy apreciada por los porteños, era la lectura. Buenos Aires era en verdad, una ciudad de lectores. Había ya numerosas librerías y hasta se hacían remates de libros. La “Librería del Colegio” ofrecía la “Historia de un joven” de Octavio Feuillet, traducida por Ángel estrada. En Cangallo 170, se ofrecían publicaciones de la Casa Morel de París y la “Librería del Plata”, ponía a la venta obras americanas y documentos sobre el Río de la Plata. Al interior se viajaba en galera o en diligencia. “La invariable Porteña” llevaba pasajeros hasta Azul y Las Flores. La “Flor del Oeste” iba hasta 25 de Mayo, “La Protegida”  cubría el trayecto Buenos Aires-Dolores y todas ellas aseguraban “caballos mansos y baqueanos”.  A las ciudades ubicadas sobre las costas de los ríos Paraná y Uruguay, se iba en barco y también hacia las de la costa atlántica se llegaba por agua: la “zumaca Naposta”, unía Buenos Aires con Bahía Blanca. Varias líneas de vapores llevaban pasajeros a Europa y a América. La “Compañía Italiana de Navegación” por ejemplo, iba a Génova  cobrando 140 pesos fuertes el pasaje en primera, $110 en segunda y $60 en tercera. Pero la navegación a vapor, todavía no había desplazado a los veleros: Para la ciudad de Amberes se podía viajar en la “muy marinera barca española Abnegación”. Para el Callao, en “la hermosa barca italiana Antonieta Costa” y para la Coruña,  en “la acreditada corbeta Nueva Ignacia”.

TUCUMÁN ES UN INMENSO NARANJAL (1856). “Hay en esta buena ciudad serenos, perros y gallos que hacer, una baraúnda inferna I; únicamente la furia del sol puede obligarlos al silencio; pero el sol se ha puesto. Un carnero se pasea alrededor de mi cama; más lejos hay dos gallos, luego los naranjos, las estrellas, también una gallina con sus pollitos, una muchacha y un chico que pasan… y el sueño que pronto lo vela todo. Me levanto con las primeras luces del día. La atmósfera es de una completa dulzura y me encamino, bajo los naranjos hacia el pozo, con mi toalla bajo el brazo para hacerme la toilette” matinal. Tomo mis cartones y me voy a dibujar la Catedral y el Cabildo. Toda la ciudad es de una blancura extrema; las casas son de un solo piso y están como incrustadas en un inmenso bosque de naranjos. Donde la edificación ha dejado libre un poco de terreno, se ve aparecer la copa de un naranjo, curvada por el eso de sus frutas, y a medida que uno se aleja hacia el centro de la ciudad,  las casas disminuyen en cada cuadra y aumenta el verde follaje con frutas de oro” (extraído del “Diario de viaje del pintor francés León Falliére).

ALMUERZO EN SALTA (1856). “Una mujer atendía la mesa. Todos los platos son servidos a la vez. La sopa fue reemplazada por arroz seco. Otra fuente contenía pescado y carne asada cortada en trozos. Luego – vino la ensalada y un plato de lo que llaman “olla podrida”, compuesto de habichuelas, coles, arroz, garbanzos, carne asada y salchichas. Entremeses de maíz cocido con agua (sencillamente mazamorra). Como postre, dulce de naranja muy bueno. Olvidaba decir que al lado de cada uno había un trozo de queso y que con él dimos principio a la comida. No había jarra sobre la mesa: el agua se servia en un pequeño cacharro cada vez que uno de nosotros quería beber. Un medio botellón de vino obligaba a moderarse en las libaciones (extraído del “Diario de viaje del pintor francés León Falliére).

SANTIAGO DEL ESTERO ES MUY POBRE (1856). Venimos de Tucumán y nos hallamos delante de Santiago del Estero, separados por un ancho rio, que no tiene más de dos pies de agua en la parte más profunda. En la otra orilla una jovencita me llena una botella con agua. Otras mujeres, llegan al rio con tinajas sobre la cabeza. Niños desnudos montados sobre asnos se acerca y otros, con camisa, pero tan destrozada por detrás y por los costados, que únicamente sirve cuando corren para espantar las moscas, miran curiosos. Las  mujeres muy descotadas. Tres palmeras, las únicas que he visto hasta ahora. Cabañas muy precarias, luego casas que no valen mucho más y pobres iglesias. Cruzamos la ciudad y nos apeamos en la casa de posta, cerca del rio que forma un codo. Al ver el agua, deseo pescado y lo pido para la comida. He aquí la forma en que lo preparan: lo cortan a lo largo, le introducen tajadas de cebollas, pasas, ají y vinagre. Luego lo colocan en la parrilla, y en verdad, caliente o frio, me pareció excelente” (extraído del “Diario de viaje del pintor francés León Falliére).

AMA USTED LAS IGLESIAS? (1858). ENTONCES  VAYA A CÓRDOBA. “Nos acercamos a la ciudad de Córdoba, que se halla ado­sada a una especie de montaña. Es grande, con tres iglesias dominantes, aunque las hay en gran número. Después de bajar una barranca cruzamos el rio. Me apeo a la puerta de un hotel administrado por un francés y me entrego a la alegría de la vida civilizada. Las abluciones. primero; después, a comer como un ogro. Por otra parte, la comida es excelente. Tras semejante viaje comería como un buey. Recorro la ciudad que-es grande y antigua. ¿Ama usted las iglesias y los conventos? Los hay por todas partes y de la más variada arquitectura y tamaño. . Verdaderamente, este es un abuso, hay tantos de ellos como casas. La Catedral es el monumento más característico y ciertamente, el que más me gusta de todos los que he visto de este género, ya sea en el Plata o en Chile. En los dos días que pasé en Córdoba, hubo dos grandes fiestas: San Miguel y San Jeró nimo, ambos patronos -de la ciudad y la provincia. Durante la misa celebrada en la plaza, todo el pueblo, hasta donde podía alcanzar la vista, estaba descubierto y de rodillas. Veinticinco soldados descalzos, situados en el centro de la plaza, hicieron una descarga en ese momento. La ciudad es triste y tiene algo de monacal, lo que armoniza con las colinas rocosas que la rodean” (extraído del “Diario de viaje del pintor francés León Falliére).

ALMORZANDO CON EL ENEMIGO (00/10/1806). En la Fonda de los Tres Reyes, a mediado de octubre de 1806,  tuvo lugar un curioso almuerzo de despedida: los oficiales ingleses prisioneros en Buenos Aires que debían partir a los destinos que se les había asignado para su internación como “prisioneros de guerra” por las autoridades, invitaron a miembros de distinguidas familias porteñas a un convite. Querían agradecer de esta manera a los hogares criollos que los albergaron sirviéndole de tolerante prisión. Más que cancerberos, estas familias fueron amigas de los derrotados británicos y por eso no es de extrañar que vencidos y vencedores confraternizaran ante la bien servida mesa de la Fonda, uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Terminada la comida, amenizada con guitarra y canciones que entusiasman a los extranjeros, los prisioneros montaron a caballo no sin antes saludar cariñosamente a sus invitados. De inmediato emprendieron el camino de postas hacia el interior, siendo vistos con desagrado, solamente por aquella parte de la población, de origen peninsular, partidaria de tratar con mano dura a los vencidos. Noticias que fueron llegando a Buenos Aires, dieron cuenta luego que los prisioneros eran agasajados en los distintos puntos de su itinerario. Iban vestidos de civil, ya que sus uniformes, les fueron decomisados y utilizados para vestir a las recién creadas milicias que andaban escasas de ropa. Partidas de cricket alternaban con cacerías y cabalgatas, organizadas por estancieros de Capilla del Señor, Luján y San Antonio de Areco en honor de los ingleses, quienes no dejaban de maravillarse ante las posibilidades que ofrece la pampa a los entusiastas del deporte de la equitación y observaban con interés las curiosidades regionales. Nada los asombró tanto como la súbita aparición de una banda de langostas, fenómeno desconocido, al parecer, en las islas británicas. Los detenidos de mayor jerarquía, como el general BERESFORD, quedaron confinados en Luján y el grueso de los prisioneros fueron destinados al valle de Cacheuta, en Córdoba, mientras que unos 200 hombres de tropa marcharon hacia Mendoza y el resto, distribuído en grupos menores, fue ubicado en San Juan, Tucumán, Santiago del Estero y San Luís, mientras que los heridos, debieron quedar en Hospitales de Buenos Aires hasta su curación.

ALOJA. Bebida fuerte fermentada hecha de la fruta de la algarroba blanca, muy popular entre los diaguitas y los indígenas de los al rededores de Córdoba.

EL MATE DE LAS MORALES (1854). Los pueblos de San Isidro Labrador, San Fernando de la Bella Vista y Las Conchas, eran los tres puntos de atracción para los paseos y veraneos de las gentes de la ciudad, en las épocas pasadas. A pesar de los malos caminos, nadie se desanimaba y el tráfico se hacía igual. Todo era cuestión de más caballos, si eran coches o diligencias, o de más bueyes, si eran carretas. Las vísperas de las fiestas eran las que generalmente se elegían para las excursiones que no sólo tenían el atractivo de la compañía de los paseantes, sino también los encantos del camino con sus lomas y pintorescas vistas. Sobre estos caminos se encontraban las quintas de Pueyrredón, Ibáñez, Altolaguirre, Álzaga, Del Sar, Castro, Costa, etcétera. En la quinta de Castro, en las barrancas de los Olivos, se reunían aficionados a la música, como el doctor Nicanor Albarellos, guitarrista, don Juan Peña, flautista, don Juan Bautista Alberdi, músico y compositor, que amenizaban las reuniones a las que asistían las familias de Pacheco, Riera, Martínez, Gutiérrez, Castex, Videla, etcétera. Era costumbre que cada excursionista llevara sus provisiones con las que se regalaban más tarde, pasando horas de solaz en medio de la mayor alegría y sencillez. Las quintas del camino recibían estas cabalgatas con la mejor buena voluntad, facilitando desinteresadamente lo que podían precisar los excursionistas. La hospitalidad era completa, desde los de más copete hasta los más sencillos y de estos paseos nació el dicho porteño de “como el mate de las Morales”.  En el camino a San Isidro, cerca de la quinta de Pueyrredón, en una modesta casita que tenia grandes ombúes, vivía una familia de apellido Morales que era muy atenta con los que transitaban por esos caminos, muchos de los cuales, en los días de fuerte sol, hacían un descanso a la sombra de los árboles, a los que las Morales, para agradarles, se acercaban, saludándolos, ofreciéndoles agua fresca y un matecito que éstos aceptaban gustosos. El agua llegaba, pero después de una larga espera los viajeros partían sin que el mate prometido llegase, y como esto sucedió a muchos, pasó a ser adagio popular “el mate de las Morales”, cuando en una casa se ofrecía algo y se demoraba o no se cumplía lo prometido.

EL CALLEJÓN DE IBÁÑEZ (1861). El callejón de Ibáñez quedaba también sobre este camino en un punto accidentado entre los Olivos y Las Blanqueadas, formando un martillo en la conocida quinta de Ibáñez, completamente abandonada en esa época, lo que favorecía los asaltos que lo hicieron famoso, a los cuales la fantasía popular llevó en alas de la fama hasta nuestros días. En vano la policía daba batidas, pues nunca encontraba a los bandidos, viniendo a descubrirse después que la mayor parte de los asaltos los llevaban a cabo los mismos vecinos chacareros como lo puso en evidencia más de un hecho en que esto se comprobó.

Una vez, un vecino de San Fernando, criollo guapo, llamado Pedro García, se demoró en la ciudad más de lo necesario, haciéndosele tarde para su vuelta, y para ganar camino, al llegar a Las Blanqueadas, se resolvió a cruzar el callejón, tomando sus precauciones por si tenía un mal encuentro. Al llegar al martillo del callejón, le salió al encuentro un enmascarado que le atajó, pero García, hombre de armas lle­var, sacó su daga y de un hachazo en la cabeza lo dejó fuera de combate, huyendo el asaltante herido. Pero éste no estaba solo, y cuando García acordó, se le vinieron encima otros dos a los que esperó a pie firme y resguardándose las espaldas con su caballo, con su poncho en una mano y la daga en la otra se defendió, hiriéndolos y obligándolos a huir como al anterior compañero, quedando su arma ensangrentada y su poncho con algunos tajos.

Después de esto, García se alejó, pero no dejó de llamarle la atención lo poco baqueanos que eran los asaltantes en el uso del arma blanca, presumiendo por ello, que más bien que asesinos y profesionales del crimen, obraban a la sombra de la fama que tenía el callejón y a la buena suerte que siempre les había acompañado en sus fechorías, en las cuales llegaban al crimen cuando la sorpresa y el número estaban a su favor. Vino a confirmar la opinión de García un hecho posterior en que un vecino de Las Blanqueadas, una noche en que estaba reunido con varios amigos jugando a la baraja, fué asaltado en su casa, para lo cual los enmascarados apagaron de un ponchazo la luz, matando a uno, hiriendo a otros y llevándose lo que encontraron. Un médico de Santos Lugares asistió en esos días a un vecino de allí, de una feroz mordedura en una pierna y dio la casualidad que ese mismo médico fuera quien atendiera a los heridos durante el asalto a los jugadores, quienes le refirieron cómo había sido éste y cómo uno de ellos, en la oscuridad, le agarró la pierna a uno de los malhechores, pegándole un mordisco tan feroz que casi le sacó un pedazo.

Este relato llamó la atención del médico, que nada dijo del otro enfermo que asistía, pero cuando fué a casa del mordido, examinándole la herida le dijo: “si es mordedura de perro, la cosa no ofrece mayor peligro, pero si es de cristiano no tiene cura”. Esto produjo un efecto terrible en el enfermo, quien le confesó con lujo de detalles como había sido mordido y la forma en que habla actuado en el asalto de la casa de su vecino. El médico hizo la denuncia y los cinco asaltantes fueron presos y previo el juicio de circunstancias, resultaron ser todos los detenidos, chacareros del lugar, que se dedicaban en pandilla a desvalijar y matar a los transeúntes. Todos fueron fusilados en Santos Lugares, acabándose con esto los salteadores, pero conservando el callejón su fama de sitio peligroso, lo que favoreció a otros para repetir las fechorías. Para terminar del todo con este estado de cosas, durante el gobierno de don Pastor Obligado, se clausuró el callejón, trazándose un camino recto, de la calle Santa Fe a la quinta de Ibáñez y Las Blanqueadas.

RECUERDOS DE FOGÓN (1878). “Gusta un mate patrón?”. “Bueno, don Pedro, tomaré uno.” Y el patrón  de la estancia, un extranjero de unos cuarenta y cinco años, de risueña cara colorada y de pelo rubio, se sentó, sin cumplimiento, y como todos lo hacían en la punta del banco, para saborear un cimarrón y conversar un rato con su capataz.  Pedro Ponce; un puestero, Francisco Muñiz, que estaba de visita, y el viejo Soria, un gaucho casi octogenario, “conchabado” como peón, para poder darle, sin herir su amor propio, el techo y la comida y algunos pesos para la caña, en la que se conservaba, como un encurtido en vinagre.

Era lindo tipo, el viejo Soria, con su poderosa estatura, apenas encorvada por la edad, su larga y tupida cabellera blanca, y sus modales de fiera vieja, que desdeña de gruñir  porque ya no puede morder, pero que nunca ha aprendido a lamer la mano. Había sido soldado de Rosas; había llevado el gorro colorado de magna, que, como chorro de sangre, se desparramaba sobre el hombro. Había presenciado, por lo menos en parte, los, los misterios de Santos Lugares; y la imaginación de los muchachos, hijos del estanciero, se encendía, al conversar con él, de aquellos tiempos, en que aseguraba Soria que no había cuatreros en los campos del sur. “¡Desgraciado, decía, del que entonces hubiera carneado un animal!” . Y como, si el sólo recuerdo de ellos hubiera sido terrible,  bien se guardaba de agregar que a los mismos que tanto cuidaba de la propiedad ajena, poca plata les costaban los rodeos enteros con los que poblaban su campos, y si bien prohibían carnear vacas, degollaban gente por lujo. Salido ileso de Caseros, Soria había vuelto a sus pagos  de la costa del Gualichú; hecho perdiz, entre los juncales y las cortaderas; había  dejado pasar las tormentas de Cepeda y de Pavón, sin ganas de meterse en nuevas trifulcas, y disparando de las comisiones arreadoras de gente para la frontera.

Conversaba complaciente del tiempo viejo. ¡Qué de cosas les contaba a los muchachos, del tiempo del tirano!. Hablando de él sin nombrarlo, como hablan de su Dios, misteriosos, los sacerdotes de ciertas religiones cruentas. Recuerdos de ejército de entonces, atrocidades cruzadas por rasgos de burlona generosidad; historias de cuartel y de campo raso, gauchos atrevidas , proezas disparatadas, avances y pánico brotaban de sus labios; y los niños escuchaban…. , bebían sus palabras, ávidos de más detalles, siempre. Pero, por mucho que se las hubiesen preguntado, había dos cosas sobre las cuales nunca pudieron  conseguir del viejo, más que un refunfuño de disgustos, perdido entre los espesos bigotes quemados por el cigarro, y un relámpago  de rabia en los ojos empañados,  escondidos en los pliegues de la cara, abotagada por el alcohol: nunca pudieron saber a cuántos cristianos había degollado, cuando soldado de Rosas, ni cuántos azotes había recibido.

Puede ser que él ni hubiera tocado el violín a nadie, ni que hubiera recibido palos, pero les parecía imposible que no fuera así, ya que, según la leyenda de aquel tiempo, degollar y ser apaleado, eran dos de las principales atribuciones  del ciudadano argentino, bajo las armas. “Pues en mi tiempo, señor, dijo Muñiz, cortando así los recuerdos de Soria, “así como por el setenta, y un poco antes   no nos trataban tampoco muy bien a los de la guardia nacional, pero siquiera, no tuve que pelear con argentinos , y cuando tuvimos que matar indios en la frontera, fue siempre en combate leal, y con riesgo del cuero.  A mí me tocó algo de la grande, dijo  Ponce, con la guerra del Paraguay ; ¡suerte !  que fue recién al final, cuando ya había menos tiempo para morir; pero, con todo , era medio fuerte la cosa…¡Lindo país! el Paraguay , pero por demás caluroso, en aquel año 69”. Godofredo Daireux, el otro vecino, se jactó de haberse siempre podido escurrir del servicio, gracias a una tía a quien el comandante militar del Partido, quería mucho. Y así seguían conversando, acordándose todos, de los sufrimientos  y penurias pasadas, también de los caprichosos arreos del 74 y del 80, de hombres, sin más armas que la caña tradicional, con la media tijera de esquilar en la punta y de mancarrones a millares, que iban a morir, por todas partes….  Inútiles ya.  Iba uno entonces, pensaba, sin saber siquiera por quién. No contra quién; ahí estaba la comisión y había que seguir, no más, ya que le aseguraban, y que se lo podían probar a machete, que era usted  “un guardia nacional” y que siendo guardia nacional, había que marchar. Y se marchaba nomás; encontrándose muchas veces, revolucionario, sin saberlo.

Después, a los años de estar   tranquilo el país, había surgido por el lado de las cordilleras, el fantasma chileno, y los jóvenes, los hijos ahora, habían tenido los ejercicios del domingo –sin armas, porque no alcanzaban para todos; chapaleando durante cuatro horas por semana, a pie, en el polvo o en el barro del camino real, maniobrando, como bandada de gansos el gauchaje por el modo de caminar, y mandados por un ex vigilante destituído por borracho, que hacía de oficial. Con todo, los viejos asentían en que la guardia nacional era bastante diferente de la de sus tiempos. Primero, que estaba a pie casi toda, en vez de andar montada y con caballo de tiro, como antes; a más,  que al rato de ser reunidos,  se les daba a los milicos uniforme, kepí, manta y todo, y unos fusiles, que hasta los mismos remingtons eran juguetes al lado de ellos.—- “sin contar los cañones”, terció el patrón, y les explicó los efectos de la artillería moderna, lo que los dejó pasmados. Pocos momentos después , pudieron darse cuenta de que otra diferencia debía haber, mayor aún, entre los arreos indebidos y al tun-tun, de antaño, y el llamamiento a las armas, legal y respetado, de una verdadera guardia nacional organizada. Llegó el hijo mayor del patrón, de vuelta del pueblo vecino, saltó del caballo fatigado y tirando al aire el sombrero, desde el palenque, gritó: “¡Viva la patria!  ¡Se retiro Portela!”.     Todos se levantaron y lo rodearon, ávidos de noticias, y el muchacho, con juvenil excitación, les contó que iba a estallar la guerra con Chile, que se había llamado a las clases del 78.

EL GUARDAPOLVO BLANCO EN LAS ESCUELAS (01/11/1919). En todas las escuelas primarias del país, era obligatorio el uso del guardapolvo blanco por parte de todos los alumnos y era negro cuando el alumno guardaba luto por la muerte de algún familiar. Un atuendo que ya tiene casi un siglo de uso tanto en alumnos como en docentes y que se convirtió en símbolo de la educación pública y gratuita en todo el país. La historia de su utilización no es simple y lineal como uno podría pensarlo, porque detrás de esa vestimenta hay nombres de distintas figuras, más o menos conocidas, que tuvieron relación con esta costumbre aún vigente. Algunos creen que el impulsor del uso del guardapolvo blanco fue DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO. Es que su actuación promoviendo aquello de “educar al soberano” resultó importante a fines del siglo XIX, cuando el analfabetismo tenía cifras importantes y era fundamental que los chicos fueran a la escuela. Pero no fue él quien sugirió eso. Es más: la ley 1420 disponiendo la educación laica, gratuita y obligatoria, que fue promulgada el 8 de julio de 1884, durante la primera presidencia de Julio Argentino Roca, prohibía el uso de uniformes escolares. Eso tuvo vigencia hasta 1919.

Otros atribuyen el tema a la gestión de Pablo Antonio Pizzurno quien, junto con sus hermanos Juan Tomás y Carlos Higinio, fue un educador importante en aquellos tiempos. Pablo Pizzurno murió en 1940. Lo que se sabe es que para abril de 1913, en una circular del Consejo Nacional de Educación, no se hablaba de usar guardapolvo sino que se mencionaba que los alumnos debían vestir “trajes sencillos”. Recién a fines de 1915, en otra circular, se recomienda que el personal docente de la Capital Federal utilizara “delantales blancos” y se cree que la iniciativa surgió por una sugerencia que había hecho en algún momento el doctor Genaro Sisto (1870/1923), un prestigioso médico higienista. De todas maneras, dicen que él no había sugerido color.

Entre los historiadores también se menciona otro hecho ocurrido en 1915. En el invierno de ese año, cuentan que una maestra de la escuela “Cornelia Pizarro” (aún está en la calle Peña, entre Agüero y Laprida), propuso que, para evitar visibles diferencias en la vestimenta de los chicos, todos llevaran un guardapolvo sobre la ropa. La maestra se llamaba Matilde Filgueiras de Díaz. Dicen que el tema se planteó entre los docentes y los padres y fue aprobado. Inclusive afirman que ella compró tela blanca, porque era la más económica, e instruyó a las madres sobre el modelo a realizar. Claro que el tema también provocó que algunos se opusieran y hasta consiguieron que un inspector se acercara al lugar. Pero el inspector lo aprobó.

De todas formas la aprobación oficial recién se concretó el 1º  de noviembre de 1919, en la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen. Claro que el debate para su aplicación llevaba un tiempo, porque desde julio de 1916 otro gran mé-dico porteño, el doctor Genaro Giacobini (1889/1954), ya había pensado en el guardapolvo blanco. Giacobini, concejal y benefactor de los barrios del Sur de la Ciudad, había pedido que se otorgara una subvención mensual para el Consejo Escolar 19 (Parque Patricios y Pompeya) destinada a alimentos, útiles y ropa para los escolares. Y ahí mencionaba el guardapolvo.

El tema se trató en 1917 en el Consejo Nacional de Educación y en 1919 se aprobó la recomendación de usar guardapolvo blanco considerándolo “uniforme característico del traje escolar”. También, como lo había pedido Giacobini, se aprobó el aporte para comprar textos y útiles escolares. Recién 23 años más tarde (fue en 1942) el uso del guardapolvo blanco se convirtió en obligatorio. Y dos décadas después, en 1966, un programa de televisión iba a hacer popular la expresión “blancas palomitas”. Lo decía Efraín (personaje del actor Vicente Ariño) quien era el portero de la escuela de “Jacinta Pichimauida, la maestra que no se olvida”, una creación de Abel Santa Cruz. Pichimauida (significa “montaña pequeña”, en lengua mapuche) era el personaje de Evangelina Salazar. Pero esa es otra historia. (Eduardo Parise).

LAS HELADERAS (1889). Las primeras heladeras que se usaron en el Río de la Plata se llamaban “Alaska”, eran a kerosene y estaban fabricadas por la firma BGH.

LA YAPA. Así se llamaba (y aún se llama hoy) al pequeño exceso del producto que se regalaba  a quien compraba  algo en un almacen o en una pulpería. Así cuandoel puestero pesaba un kilo de yerba (o de lo que fuera),  le agegaba una pequeña porción de la misma, diciendo: “va de yapa”. También los niños que acudían a hacer las compras, solían reclamar esta atención, diciendo “me da la yapa patrón?, esperando con una pícara sonrisa en sus caras, la golosina que creían merecer por su gestión..

JUEGOS Y JUGUETES DE ANTES. Eran muy pocos los juguetes que despuntando el siglo XIX llegaban a las manos de los niños de nuestro país y a falta de ellos, agudizaban el ingenio para fabricárselos o entretenerse en sus horas de ocio. Aunque algunos había como el trompo, las bolitas, el balero, y los caballitos de madera, eran más los de fabricación casera o el resultado de la imaginación y el ingenio, los que se veían en Buenos Aires.

El visteo. Uno de los juegos preferidos por nuestros “gauchitos”.  La llamada esgrima criolla, que derivaba en el clásico duelo a cuchillo del gaucho, implicaba una técnica que no era definida en una escuela formal, como en el caso de la esgrima europea, sino que respondía a un criterio instintivo, desarrollado con el juego del “visteo” y una rara habilidad para dirigir los lances, desviar los golpes contrarios con quites o sacando el cuerpo para evitar un corte o la herida mortal. El visteo era un juego de niños que se practicaba, incluso, cuando se llegaba a la adultez. Era una preparación para la pelea con cuchillo, en la que se adquirían la velocidad de la vista y la habilidad para adivinar el destino del golpe contrario, y cómo evitarlo.  Moviendo velozmente el cuerpo o efectuando un quite con rapidez. Se practicaba con palitos, con vainas vacías o, simplemente, “a dedo tiznao”, pasando el dedo por el fondo de una olla, con el objeto de  “marcar” al contrario, preferiblemente en el rostro, como, cuando ya mayores, quizás lograrían hacer con un cuchillo “de verdad”,  en caso necesario.

La mancha. Jugado preferentemente por las niñas, que trataban de tocar a una de ellas, que nominada como “mancha” intentaba por todos los medios, piruetas, escapes y corridas eludir a las que la perseguían para tocarla. No debemos olvidar, al recordar este juego, la alternativa que mediante un salvador “pido”, le permitía a “la mancha”, suspender la persecución por breves momentos para descansar.

La rayuela. Juego presuntivamente originado en Francia, donde era el entretenimiento preferido de los varones mayores, vino a estas tierras y fue el preferido por nuestras niñas. Es quizás el único juego de aquellos tiempos que ha sobrevivido hasta nuestros días. En el suelo, se pintaba o se trazaban en la tierra, los límites de seis “campos” que debían ser sorteados, saltando en un solo pie, hasta llegar al “cielo”, último “campo” al que debía llegarse sin tocar el piso con las manos y sin apoyar los dos pies en ningún momento del recorrido, bajo pena de tener que volver a empezar desde el principio..

Las escondidas. Como su nombre lo indica, en este juego, un niño, al que le estaba prohibido mirar (o espiar) a sus compañeros, debía contar hasta diez, mientras sus compañeros  buscaban esconderse en los lugares más inverosímiles, tratando de no ser hallados, por quien, terminado su conteo, saldrá a buscarlos. Si alguno de los participantes era encontrado, se lo tocaba y ambos debían correr hasta un determinado lugar para confirmar el encuentro, si el que llegaba primero era el perseguidor o para destituírlo, si el que llegaba primero era el perseguido.

El salto a la soga. Un juego simple y barato que demandaba solamente la disponibilidad de una soga de unos dos metros de largo, con la que saltaban y hacían cabriolas, haciéndola girar por sobre sus cabezas. Un alternativa de este juego era jugarlo con la participación de tres niños. Dos de ellos, tomando cada uno una punta de la soga, la hacían girar sobre su eje, mientras el tercero, saltaba, tratando de hacer coincidir sus saltos, con el espacio que dejaba libre la soga en sus giros.

El rango. Juego para niños varones. Uno de ellos comenzaba el juego poniéndose de espaldas al resto de los jugadores, en posición de semi agachado, tomándose las rodillas con las manos. Los jugadores tomaban carrera y apoyándose en el torso del que era “el rango”, lo pasaban por arriba. Un metro después, se ponía en la misma posición de éste y a continuación, los otros jugadores realizaban su salto, esta vez, por sobre ambos “rangos” y así sucesivamente hasta que el último participante, debía sortear a la totalidad de sus compañeros. Eran voces corrientes en este juego “el rango y mida”, “la primera sin tocar” y otras que iban marcando los sucesivos saltos que se efectuaban.

Correr la rueda. Juego debido exclusivamente al ingenio y a la habilidad de nuestros niños, que con un simple alambre y un viejo aro de rueda de bicicleta, supieron hacerse un juego que hasta les permitía hacer un sano ejercicio y competir alegremente con sus compañeros. El alambre era doblado en una de sus puntas para que formara un cuadrado abierto y en la otra un precario asidero o “mango”. El juego se iniciaba poniendo a rodar la rueda, a la que previamente se le había acomodado el cuadrado de una de sus puntas. La rueda comenzaba su desplazamiento y el niño, empuñando su alambre guía, corría detrás de ella, guiando con el alambre el recorrido de la rueda y así corrían carreras llanas o con obstáculos y paseaban por las calles de la ciudad mostrando su maestría para el manejo de la rueda.

Los caballitos de madera.Los había importados que traían la cabeza de un simpático caballito fabricado con madera y hasta con cartapesta (mezcla de pulpa de papeles mezclado con engrudo de agua y harina), hermosamente pintada y unida a un palo de aproximadamente un metro de largo. El niño, montado a horcajadas del palo y tomando entre sus manos las riendas que partían desde la boca de “su caballito”, recorría raudo los amplios salones de su vivienda, sus patios y aún las calles de su barrio. Eran estos “caballitos” muy lindos pero como resultaban ser muy caros para la mayoría de los habitantes, los niños aprendieron a hacerse su “caballito”, montando simplemente un palo de escoba al que se le había atado a modo de riendas y con él, disfrutaban tanto como con los otros.

La lotería (o “la lota” como la llamaban en algunas provincias). Hoy se llama “Bingo” y era el juego preferido por las familias, que se reunían en sus casas para jugarlo, mientras intercambiaban informaciones y “chismes” y se tomaban alguna “grapita” para entonarse y quizás, mientras escuchaban a “la nena” tocando “para elisa” en el piano..

La farolera. Otra forma de ronda infantil que llegó al virreinato, arrastrando una historia de varios siglos. Jugada por nuestros niños (especialmente niñas) en las calles, frente a sus casas o en las quintas que se levantaban más allá de la ciudad.

La payanca. Un juego sencillo y barato  que hacía las delicias de los niños, que sentados en los “zaguanes” de las casas, trataban de hacer malabares con cinco carozos de durazno, ciruela o cualquier otra cosa que tuviera parecido con ellos. Cada jugador, por turno, tiraba sus carozos para que cayeran en el suelo en posición ventajosa para el siguiente lance. Debía luego tomar uno de esos carozos y con la misma mano, debía ir tomando  los cuatro carozos que estaban en el suelo, según un orden preestablecido (primero uno a uno, luego dos y dos, luego tres y uno y finalmente los cuatro) y tirándolos hacia arriba, debía tratar de que cayeran sobre el dorso de la misma mano. Ganaba el que completaba esa serie de lanzamientos, sin que se le cayera carozo alguno.

Las bochas. Este juego fue traído por los inmigrantes españoles. Se juega por parejas que por turno tratan de arrimar sus bochas (cuatro por cada pareja, lisas para una y rayadas para la otra) a un “bochín” que ha sido lanzado previamente a una distancia determinada, logrando en cada roda, tantos puntos como bochas de su equipo hayan quedado más cercanas al “bochín”.

El arroz con leche. Es una ronda infantil cuya práctica se remonta a los siglos XVI y XVII que fue furor entre las niñas de la Colonia, cuyos versos eran rematados con un volar de cabelleras y polleras en medio de risas: Arroz con leche, me quiero casar, Con una señorita que sepa coser, que sepa bordar, que sepa abrir la puerta para ir a jugar era cantado a coro, mientras remedaban con sus manitos la acción que describía la letra.

El billar. Precursor el moderno “pool”, se jugaba en la misma mesa con paño verde que éste, pero las bolas eran solamente tres: dos rojas y una blanca que debían jugarse para que las tres tocaran, utilizando diversas modalidades que definían cada variante: a tres bandas, carambola libre, al cuadro, etc.

El trompo. Se llamaba sí a un juego que los niños jugaban sin preferencias en los patios de las casas,  o en las calles de tierra de la ciudad, donde trazaban un círculo de aproximadamente dos metros de diámetro, hacia donde lanzaban con fuerza y la muy necesaria habilidad, el “trompo”, propiamente dicho: un trozo de madera torneada, con forma de pera, en cuyo vértice llevaba la punta de un clavo. Los competidores se ubicaban alrededor del círculo marcado en la tierra y una vez bien enrollada la parte gruesa del “trompo” con un cordel, cuyo extremo libre sostenían firmemente entre sus dedos, lo lanzaban con fuerza al centro de círculo, tratando que el envión  dado, generara un loco giro del trompo, cuya duración, determinará al ganador del juego. Otros jugadores, preferían otro tipo de juego y preparaban sus “trompos” para una competencia más “violenta”, pues cuando lo lanzaban, trataban de impactar en el de otro contrincante, para sacarlo del círculo.

Las barajas. Este es un juego para mayores. Se jugaba y aún se juegan, diversos juegos con “baraja española”, un mazo de cuarenta cartas con números y símbolos a menudo de raíz  criolla. El truco, auténticamente rioplatense, aunque sus reglas y desarrollo difieren notablemente entre el que se juega en el Uruguay y en la Argentina. El chin chón, la escoba de quince y a partir del incremento inmigratorio, el mus y el tute, han sido desde siempre los juegos que han atrapado el interés de los argentinos.

Los carritos. Un simple cajón de madera  y hasta un sólido entablado de 50×80 cm. a los que se le agregaban cuatro rulemanes viejos que algún mecánico amigo les regalaba, servían a los niños  como si fuera un último modelo, para correr endiabladas carreras por calles empinadas de la ciudad, que muchas veces terminaban con espectaculares vuelcos y algún que otro chichón o raspadura.

El diábolo. Éste era un juego de los niños que también ha desaparecido, reemplazado por los “comics” y las “tablets”. Era una pequeña pieza de madera torneada con la forma de dos conos enfrentados por su vértice, que se hacía deslizar sobre un cordel, que manejado con ambas manos, imprimía veloces revoluciones al “diábolo”, que al impulso de hábiles movimientos, subía, bajaba o se mantenía loco en su lugar, haciendo las delicias de los niños.

Las bolitas. Las había de distintos colores y casi siempre eran de vidrio, aunque había algunas que eran de cerámica y aún de barro. Su diámetro, bastante variable, definía sus clasificaciones: las más chicas se llamaban piojos o pininas; las más grandes, bolones (inútiles éstos últimos para jugar pero muy preciadas como objetos por su alto valor de canje: se podían cambiar hasta por diez de las comunes). Las medianas, las más numerosas en cualquier colección, tenían distintos nombres según fueran semiopacas (las llamadas lecheritas, usualmente blancas y azules) o translúcidas (las chinas o japonesas). Y la más querida era la punterita: era la personal, la que nunca entraba en el circuito de bienes en disputa; aquel que arriesgaba la puntera tenía la certeza de ganar o la desesperación de haber perdido sin parar. La bolita es un pedazo de la niñez de los porteños adultos. Primero el televisor y luego la computadora y sus capacidades interactivas le quitaron terreno al juego más popular de la vieja ciudad. Bastaba un pedazo de vereda y un amigo para poner en juego la destreza y la suerte. Tanto ha menguado el interés por la bolita que sólo queda una fábrica en el país: se llama Tinka, está ubicada en la localidad santafecina de San Jorge y pertenece a las familias Chiarlo y Reinero, que transmiten el oficio sólo a sus descendientes. Pero basta con una para que no se pierda un entretenimiento infantil que marcó a generaciones, aunque hoy tenga la dura competencia de los combates virtuales.

El balero. Se llamaba así a una bocha de madera dura de aproximadamente 7 a 8 centímetros de diámetro que tenía un agujero de unos dos centímetros de diámetro y que estaba unida por medio de un hilo de unos 25 centímetros de largo, a una espiga de madera con un extremo romo de espesor algo menor que el diámetro del agujero del balero. El juego consistía en tomar la espiga con la mano y balanceando el balero, dar un golpe de muñeca para que el balero gire en el aire y caiga sobre la espiga, de manera tal, que si el golpe fue bien dado, se introducirá limpiamente en el agujero. Si no había balero se usaba una lata de conserva atada con un hilo

EL JUEGO DE LAS DAMAS PORTEÑAS. Las damas argentinas adoptaron la moda inglesa de jugar al “bridge”, mejor dicho al “progresive bridge”, como anotaban los cronistas sociales en aquellos días que transcurrían todavía, sin “canasta” ni “loba”, ni “chinchón”

EL PATO. Juego gaucho que se practica a caballo y que fue descrito primera vez a comienzos del 1700. Dos equipos adversarios se disputaban la posesión de un gran saco de cuero provisto de fuertes argollas para empuñarlo (en sus comienzos se jugaba con un pato vivo). Generalmente en días festivos, se reunían en una pulpería unos trescientos o  cuatrocientos criollos y a veces en doble o triple número; todos en buenos caballos, bien aperados y luciendo sus mejores prendas. Los más conceptuados por su “valor en las peleas a cuchillo”, los más forzudos en los trabajos del campo, los que ostentaban mejores cabalgaduras y  más relucientes chapeados, formaban el centro de aquella reunión, y decidían pedir el pato al pulpero.

El pato, un verdadero pato casero (y a falta de éste, tambíén valía una gallina cualesquiera), que una vez muerto era metido dentro de una bolsa de cuero provista de cuatro manijas, era el objeto sobre el que  iban a probar su fuerza, agilidad y destreza como jinete los jugadores de este violento juego. Cuatro de ellos tomaban con fuerza cada una de las cuatro manijas del saco y arrancaban una veloz carrera, tratando de desprenderse de los otros tres que seguían aferrados a la manija que había tomado. Ahí empezaba un forcejeo feroz, hasta que un estruendoso ¡viva! saludaba a quien conseguía arrancarle el pato a los otros tres y escapaba raudo hacia una “meta” previamente establecida y que era siempre la casa de un vecino de la zona. Y bien sabía que ni para acomodarse tendrá tiempo, porque era salvajemente perseguido por el resto de los jinetes, que partían en tropel dando alaridos tras el que trataba de alejarse. Si alguno de ellos lo alcanzaba y conseguía aferrar una de las manijas del “pato”, sin disminuir su carrera ni sus alaridos, debía tratar de arrancárselo de la mano, cuidando que ninguno de los otros jugadores, que también pugnaban por hacerse del pato, se lo arrebatara.

Si alguno de ellos, luego de tironeos, embestidas y forcejeos, lograba desprenderse de sus perseguidores y  llegaba a la “meta”, sin perder el pato, lo arrojaba al patio de la casa que era “la meta” y se lo declaraba victorioso, quedando establecidos así de hecho, que tenía el brazo más poderoso, el caballo más veloz y era el más corajudo. La familia dueña del rancho que se había establecido como meta o en algunos casos el mismo pulpero, tenía la obligación de quitar el pato o la gallina que estaba en la bolsa y poner otro en su lugar. Cerrado nuevamente el saco, todo volvía a empezar. Según cuentan crónicas de la época, hubo veces que este juego se jugó con un pato vivo, pobre animal del que luego de ser sometido a tantos forcejeos y arrebatos, sólo llegaban a la meta, sus sangrientos despojos.  La lucha que generaba entre los participantes que pugnaban, uno por llegar al arco y los otros para impedírselo, era tan ruda y peligrosa que el virrey Sobremonte y más tarde, Rivadavia y Rosas, prohibieron el juego del pato. Ya en épocas más modernas, continuó practicándose, pero, en ocasiones especiales, como espectáculo relevante en muchas reuniones sociales. En 1909 fue reconocido y modificadas sus reglas de juego, pasó a ser deporte nacional, , amparado por un riguroso Reglamento que ha reemplazado el animal vivo o muerto, por una pelota de cuero con manijas, que cumple con la misma función que su desgraciado antecesor.

Más adelante en el tiempo, comenzando ya el siglo XX. Los chicos seguían jugando con los juegos de antes, pero ahora ya jugaban a la pelota en la calle, y si se les pinchaba o la agarraba el tranvía, se iban a buscar medias de mujer y se las rellenaba con papel. Se hacían guerrillas con los pibes de otros barrios, que a veces terminaban mal con un herido por un piedrazo.  Ir al cine era un festival… Para eso juntaban vidrios y papeles viejos y se los vendían a algún “cambalachero”. Eran pocas las monedas que sacaban así, pero les alcanzaba para ir a “la matiné”, una función que comenzaba a las dos de la tarde.

Una antigüa juguetería. En 1926 se inauguró en la vieja avenida Santa Fe, la juguetería Colón. Una verdadera tradición familiar que se inició con Enrique Clavería y traer este recuerdo a nuestra memoria, nos obliga a no terminar este tema, sin recordar que también fueron juegos de nuestros niños, sin tener en cuenta épocas o sexos, los soldaditos de plomo, las muñecas, los trencitos eléctricos, el aro, el cerebro mágico, el ludo, el dominó, el monopatín, las hamacas, etc.

EL JUEGO Y EL USO DE ARMAS. Por medio de bandos leídos en atrios de iglesias y capillas, publicados en la Gazeta, se hace saber que los dueños de las casas de café, billar, bolos y bochas, no consientan en ellas otros juegos que los que les están permitidos, y que los pulperos, fonderos, o posaderos no permitan en las suyas luego algunos de ninguna clase, pena de veinticinco pesos  de  multa  por la primera vez, doble por la segunda y reagravada en la reincidencia, hasta el caso de hacerle cerrar dichas casa”. La prohibición se extiende, además el juego en las calles o en cualquier otro paraje. En la segunda parte el bando se refiere concretamente al uso de armas; estas cláusulas eran antigua, pero en los últimos tiempos había perdido rapidez: “Que ninguna persona use ni de día ni de noche, de arma corta de fuegos, a  blancas, como son pistolas, trabucos o carabinas que lleven a la marca de cuatro palmos de cañón, fijeros, almaradas, navajas de muelles con golpe o virola, daga sole, cuchillos de punta chico o grande, aunque sea de moda de faltriquera, bastones o cañas con  estoque, y toda arma que se comprende en denominación de prohibida”. Las penas eran de seis años con “aplicación a obras públicas” en el caso de que las armas fuesen sacadas o se hiciese ademán de sacarlas.  En cuanto  a la simple portación de armas “se les castigará con pena arbitraria, según  la naturaleza del arma, lugar, hora, calidad y circunstancias del aprehendido”.

VERANEO CIUDADANO (1824). Sabido es que la tranquila vida de los pueblos de antaño no requería la urgente necesidad de descansos estivales y eran muy raras las salidas al campo, las sierras o las playas. En las cálidas tardes de verano, los pobladores tenían a su alcance el ambiente propicio para el’ descanso reparador. Los somnolientos patios de baldosas coloradas que se refrescaban con algunos baldazos de agua sacada al aljibe, eran el paraíso para el descanso físico y espiritual. Hacia 1824 los porteños, más que de la falta de baños, se quejaban de las dificultades para  proveerse de agua fresca para beber y cocinar. Por supuesto, todavía no había aguas corrientes y no eran muchas las familias que poseían pozos de agua potable en sus casas. Quienes contaban con ellos, obtenían a unas veinte varas de profundidad (poco más de 15 o 16 metros), un agua algo salobre que cortaba el jabón: agua dura, se decía. Por ello los aljibes eran insuperables: recogían el preciado caudal de las lluvias, que rodando, bajaba por techos de chapas o tejas y tuberías hasta sus entrañas, aunque por lo general, en la ciudad de Buenos Aires, el agua para el consumo, se la tomaba del río y era distribuída por “los aguateros”, y éstos medían su mercadería en una especie de balde llamado caneca, que costaba un centavo. Por disposición de las autoridades, los aguateros debían recogerla en determinadas zonas, algo alejadas del sitio de los baños, pero muchas más veces,  para ahorrarse el viaje hasta el Retiro, que era el lugar destinado para ello, llenaban la pipa donde podían y así resultaba la calidad del agua !!. Si el agua era destinada para beber, se guardaba entonces en unas tinajas barro que se ponían a la sombra de alguna planta; una vez que se asentaba, se iba extrayendo con un jarrito.

En las casonas de la época y en las piezas destinadas al baño, era costumbre, amontonar trastos viejos y diversos artículos ya en desuso que se guardaban junto a la bañera, que era de latón o pipa recortada y en la que únicamente se refrescaba la señora o el amo de la casa. Los hijos y la servidumbre se bañaban  en el río, esta última, por lo general, de noche. Cuando algunas familias optaban por bañarse todos en la casa, lo hacían todos en la misma tina y sin cambiar el agua (que estaba caliente). Primero lo hacía el padre, luego la madre y finalmente, siguiendo la escala por edad, todos los hijos. Bañado el último de éstos, el agua así usada era empleada para regar los naranjos del patio, las rosas y las madreselvas, y hasta para lavar la vereda. La primera bañera enlozada que llegó de Europa resultó un verdadero acontecimiento. La hizo traer un español, oriundo de Galicia, de apellido Sarratea y por primera vez, quienes la utilizaban, podían estirarse a todo lo largo de sus piernas  y mojarse todo el cuerpo a la vez (“Aquellos veraneos de nuestros mayores”, Carlos Antonio Moncaut, Tomo 319 de la Revista “Todo es Historia, Buenos Aires, 1944).

LA FOGATA DE SAN PEDRO Y SAN PABLO (29/06/00). Era una ceremonia barrial que se realizaba todos los años, cada 29 de junio, día consagrado al recuerdo de estos santos.  En muchos Barrios de la ciudad de Buenos Aires, se armaban grandes muñecos con una estructura de madera cubierta con papeles y géneros, moldeando así grotescas figuras que se instalaban en un descampado y hasta en la intersección de alguna avenida ancha y alejada de edificios. Luego se iba casa por casa, pidiendo alguna prenda de vestir al muñeco o material inflamable para la quema. Con lo que se lograba así, se vestía y se pintaba al muñeco, tratando de que se asemejara a algún personaje fam. Se lo llenaba con cohetes y otros explosivos y se lo rodeaba con leña y otros materiales combustibles que garantizaran una gran “fogarata” cuando se lo encendiera. En muchas casas, misteriosamente faltaba algún mueble, ropa, zapatos, sombreros o lo que sirviera para la quema.

Todo era llevado y depositado a los pies del muñeco, en espera del gran momento. Pero había que tener cuidado y estar atento, porque era común que vecinos de otros barrios, se acercaran subrepticiamente y se llevaran “para su muñeco” el material penosamente conseguido. Era también costumbre de aquella época, poner papas y batatas entre los maderos, las que luego de haberse cocinado al calor de esa fogata, eran repartidas entre los vecinos que las comían a la luz de las llamas. Arturo Jauretche escribió acertadamente que “fogarata” no es un término erróneo, sino una suerte de pleonasmo instintivo para dar cuenta de la grandiosidad del espectáculo. La “fogarata” es un rito religioso, y conserva ese carácter aún cuando quienes la preparan, la encienden y la disfrutan en esa noche mágica, ignoren que ese día se conmemora el martirio del primer papa, San Pedro, y del Apóstol de los Gentiles, San Pablo. Recordemos que al amanecer del 29 de junio del año 67, ambos fueron sacados de la prisión para ser ejecutados por orden de Nerón. Pedro fue llevado a la Colina Vaticana y crucificado cabeza abajo según su deseo, por considerar demasiado digno morir como su maestro. Pablo fue conducido a Ostia, lugar próximo al río Tiber y allí fue decapitado. Su cabeza al caer dio tres saltos, y del suelo brotaron otros tantos manantiales. Aún hoy los peregrinos que van por la Via Ostiense se detienen allí para llevar agua de las fuentes milagrosas (este tema ha sido magistralmente desarrollado por el Licenciado Conrado de Lucía, en una nota que fue publicada en el Diario “La Nueva Provincia” el 24 de junio de 2001).

LA RADIO A GALENA. En 1906 se descubrió que ciertos minerales, instalados mediante un circuito sencillo, eran capaces de detectar las emisiones de radio. Así nació la radio a galena y cualquiera podía construirse un receptor de radio de galena ya que era sumamente barato. Era un receptor de radio AM que empleaba un cristal de sulfuro de plomo, llamado “galena” para captar señales de radio AM, en la banda de Onda Media u Onda Corta. Fue un artefacto que se hizo muy popular, pues era muy fácil de armar y que a partir de 1920, le permitió a los argentinos escuchar música primero y luego, ya en 1922 informativos y en 1923, comenzando con la transmisión de la pelea Firpo-Dempsey, espectáculos deportivos y a veces, hasta algún programa de humor ¡!. “Había que poner un alambre, que se conocía como “bigote de gato”, bajarlo a un aparatito y ahí picar repetidamente una piedra galena, para encontrar el sonido, que se escuchaba con auriculares”. Todo el mundo se convulsionó con este nuevo invento y era común ver grupos reunidos alrededor de este aparatito mágico, mientras se pasaban los auriculares para escuchar por turno las novedades del día (ver “Primera trasmisión radiofónica” en Crónicas).

EL CONSUMO DE TABACO. Si los militantes antitabaco pudieran pasar unos días en el Buenos Aires del  siglo XIX, seguramente se escandalizarían. Es que, en los “días de Mayo”, casi todo el mundo consumía tabaco.  “Hombres, y mujeres de todos los grupos sociales fumaban cigarros, cigarrillos, chalas, pipas, mascaban tabaco o lo aspiraban por la nariz en forma de polvo”. Y no sólo era por el placer de fumar ya que se creía que el tabaco poseía efectos medicinales. Para Francisco Hernández, médico de Felipe II, los asmáticos encontraban un remedio eficaz en el humo del tabaco, creencia que se remonta al siglo XVI, cuando el botánico Karl Clusius escribió “el tabaco es un remedio universal para toda clase de enfermedades”

LAS BAÑADERAS (1930). Eran ómnibus convertibles que aparecieron en la década del 30, los de mayor longitud conocida en la época, con una capota desmontable de color gris. En el verano la capota no se colocaba, pero en el invierno, se cerraba completamente. De color verde claro y blanco, la bañadera tenía 2 filas de 20 asientos dobles cada una más una fila de asientos individuales, que se armaba con los respectivos apoya brazos, siendo su capacidad total de 50 pasajeros sentados, ya que no era posible viajar parado. Sus paradas oficiales se encontraban cercanas a las estaciones del ferrocarril, frente a la plaza Once, plaza Constitución, estación Retiro y también frente al Congreso. Fueron muy populares. Los viajes regulares eran durante el día en los fines de semana, al hipódromo y por las noches, paseos por la ciudad o al Balneario de la Costanera Sud, donde una visita a la tradicional cervecería Munich, permitía degustar un exquisito chopp de cerveza “bien tiree” y disfrutar los espectáculos de varieté. Era integrante obligado en las excursiones escolares, donde a primera hora, los alumnos y maestros subían a este pintoresco vehículo, con destino a un parque de la ciudad, a vivir un día distinto, ya sea disfrutando de los clásicos juegos: tobogán, sube y baja o hamacas, o de los improvisados partidos de fútbol, grado contra grado, que siempre eran motivo de bromas y disputas. A la media mañana, un sandwich de mortadela, obsequio de la cooperadora, era un leve paliativo para el apetito de ese día. De regreso en la bañadera, cantos y ocurrencias del momento contribuían a acortar un viaje que en todo momento fue agradable. Los sábados y domingos, las bañaderas tomaban otro rumbo: contratadas por las empresas rematadoras, transportaban gratis a los interesados en adquirir los terrenos para coronar el sueño de la casa propia y alejarse definitivamente de la pocilga del inquilinato o conventillo (extraído de un material enviado por un usuario anónimo.)

LA HESPERIDINA (15/10/1864). En esta fecha se lanzó una sorprendente campaña publicitaria para promover la Hesperidina, el primer producto registrado en la Oficina de Patentes y Marcas de la Argentina. En 1862 llegó a nuestro país MELVILLE S. BAGLEY, un joven estadounidense nacido en 1838 y decidió quedarse en estas tierras con la intención de desarrollar un gran proyecto empresarial, que cuajó dos años después, cuando abrió un local, ubicado en un modesto edificio de la calle Maipú, dedicado casi en exclusividad a comercializar un producto de su creación. Este primer producto creado por la empresa, era una bebida a la que llamó “Hesperidina”, que se lanzó con una curiosa y hábil campaña publicitaria, completamente sorprendente para aquella época. Desde la mañana del 15 de octubre los porteños comenzaron a ver la palabra Hesperidina escrita con letras negras sobre las aceras, pero nadie sabía a qué objeto correspondía ese nombre. Más tarde, esta técnica de despertar la curiosidad de los consumidores mediante una intriga fue usada hasta el cansancio, pero entonces se trataba de una novedad. La publicidad se estiró por dos meses hasta que finalmente, en diciembre, un anuncio aparecido en los diarios reveló la identidad de la Hesperidina. El aviso decía que la bebida ya estaba en venta en cafés, bares, boticas y droguerías, y que el público podía ir a buscarla y probarla. La bebida tuvo gran éxito y muy pronto aparecieron las imitaciones. Bagley debió luchar ante la Justicia para que le reconocieran la invención del producto, y además, trabajó para que se creara una Oficina de Patentes y Marcas que resguardara los derechos del inventor. Finalmente logró su objetivo. Esta oficina se inauguró en 1876 y en reconocimiento al esfuerzo de Bagley, Hesperidina recibió el número 1 en la lista de marcas argentinas. Bagley, después fue pionero en otro ramo, cuando se lanzó a la producción de galletitas que hasta ese momento se importaban desde Inglaterra y a partir de entonces, su nombre se asoció a este producto, que tuvo enorme éxito, pero Bagley murió a los 42 años y no pudo ser testigo del crecimiento de la empresa que había creado, dejando para los registros de la historia, sus máximas creaciones: La “Hesperidina”, una bebida hecha a base de naranjas amargas y las galletitas Bagley, dos productos que jamás faltaron en los hogares porteños de nuestro pasado inmediato.

UN MALA COSTUMBRE DE LOS BAÑISTAS (11/12/1918). A poco de inaugurado el Balneario Municipal de la Costanera Sur, comenzó a preocuparle a las autoridades, la necesidad de regular el comportamiento de los bañistas en público. Se establecieron los horarios en que estaba permitido bañarse en el río: de 6 a 11 y de 15 a 19. Ante la preocupación por el estado de los trajes de baño usados en público, en 1925, la Dirección General de Suministros confecciona trajes de baño que vende a $2 m/n cada uno y reduce el costo de derecho al baño y uso de una de las tradicionales casillas a diez centavos. En 1926 asistieron 45.000 bañistas entre los meses de enero a marzo y noviembre y diciembre. Por la venta de trajes de baño se obtuvo la suma de $6.364.000 m/n. Estos ingresos eran muy importantes para el erario municipal, que por los empréstitos contraídos para llevar a cabo la transformación urbana siempre estaba escasa de recursos. El 1o de diciembre 1936 en un artículo del diario “La Nación” apareció una queja sobre el comportamiento de algunos bañistas, que decía:  “de regreso del balneario Municipal, los jóvenes bañistas del domingo y los días de fiestas, han encontrado un medio ingenioso pero antiestético de secar sus mallas. Salen de las casillas con éstas aún chorreando en un paquete, toman el tranvía y a hurto del guarda tienden en la ventanilla su traje empapado. Con la marcha, a los costados del vehículo se ven flamear desde lejos esos banderines azules, rayados, rojos y con perneras, y el tranvía parece, lleno de gallardetes improvisados, una sucursal rodante del balneario popular. Si ingeniosos parece este método para secar las ropas, es poco decoroso. Conviene que lo popular no degenere en populachería, que la ciudad conserve su aspecto urbano y que no se exhiban prendas íntimas en plena calle, por muy deportivas que sean éstas.

LLEGAN LOS HELADOS (00/12/1844). “En tiempos de la Colona, el granizo posibilitaba la preparación de bebidas heladas. En 1757 el vecino Álvarez Campana instaló un “pozo nevera” para almacenar el granizo caído en invierno y venderlo en verano. En 1785 el comerciante Toribio González Somote solicitó al Cabildo autorización para conducir nieve desde Mendoza para el abasto de la ciudad, pero su pedido fue rechazado”. Esto lo recuerda Mansilla, sobrino de Rosas, quien al narrar su niñez decía: “Cuando caía granizo en abundancia, se recogía una buena cantidad y se hacían una especie de crema helada con leche y huevo con canela o vainilla…”.

Para conservar el hielo en las casas, como las heladeras no se conocían, se guardaba en cajones vacíos de aceite o esperma. resguardándoselos en franelas de la acción del aire. En 1853 el italiano FRANCISCO MIGONE que administraba el café “Los Catalanes”, de San Martín y Cangallo, había vendido helados surtidos y en ese mismo año, el portugués MIGUEL FERREYRA, dueño del “Café del Plata”, ofrecía helados elaborados por un maestro italiano. Sobre la puerta de su negocio colocó un letrero que decía: “Soave bevanda di delicateneve, che piu si mangia, rende piu piacere”. Y casi al mismo tiempo la “Confitería El Águila” y el “Café de la Armonía” comenzaron a vender helados a su clientela. No era la primera vez que los porteños tenían oportunidad de probar los helados: ya en diciembre de 1844 la confitería Los Suizos, de la calle Piedad (hoy Bartolomé Mitre), ofrecía “helados de nata y de frutas y sorbetes de varias clases”.

En el solar que ocupa actualmente el Banco de la Nación frente a Plaza de Mayo, en la década de 1850 se había construído un depósito subterráneo con capacidad para almacenar 1000 toneladas de hielo, que primero se traía desde  Europa y más tarde de la Patagonia. Esta provisión de hielo aseguró, a partir de 1856, la venta de helados. Quien lo inició fue Miguel Perreyra, dueño del Café del Plata (actual Rivadavia entre Tacuarf y Bernardo de Irigoyen). En pocos años, otros cafés los vendían y contaban con personal especializado para elaborarlos, de acuerdo con el “estilo de Madrid”, tanto en los sorbetes como en leche merengada.

El 4 de diciembre de 1855 aparece uno de los primeros anuncios de venta de helados en Buenos Aires. La publicidad, que causó sensación en la ciudad, fue realizada por el dueño del Café de las Flores, que quedaba en la calle 25 de Mayo, número 40.  Como todavía no existían las heladeras, la cuestión más importante para fabricar helados era tener hielo, y aunque parezca mentira el hielo se importaba de los Estados Unidos y de Italia. Llegaba en la bodega de barcos, envuelto en paja. En el antiguo Teatro Colón, construido en 1885, existía una gran conservadora, debajo de la platea, con capacidad para guardar mil toneladas de hielo y de allí se abastecían los grandes cafés y confiterías. La importación de hielo  desde Italia estuvo por mucho tiempo en manos del empresario JACINTO CAPRILE, que poseía una flota de barcos de 300 toneladas cada uno. El hielo se recogía en Los Alpes, se embarcaba en Génova y desde allí viajaba a Buenos Aires. También en el interior del país se comenzó por esa época a fabricar helados. En Tucumán el hielo era traído desde el Aconquija por veloces jinetes conocidos como “los heleros”. Con el tiempo se establecieron fábricas de hielo, siendo las cervecerías de Hammer y Bieckert las primeras que acoplaron a su negocio la producción del hielo.

LAS “QUINTAS”, EL PASEO DE FIN DE SEMANA O PARA EL VERANEO DE LOS PORTEÑOS. A fines del siglo XIX, en la época del auge de la llegada de inmigrantes, la elite porteña escapaba de la muchedumbre heterogénea y se refugió en las quintas, chacras y estancias y así empezó esta costumbre, hoy tan generalizada, de vivir fuera de la ciudad. Introducida, por los comerciantes ingleses, quienes siguiendo su inclinación de residir lejos del punto en que tienen su negocio, formaban, en los suburbios, preciosas quintas, los porteños adoptaron esta costumbre y las familias que por razones de trabajo, no podían instalarse en las quintas o estancias durante todo el año, aprovechaban el verano para pasar temporadas, más o menos largas, en el campo, en donde algunas tenían casa propia.

El mal estado de los caminos, hacía casi imposible el uso de los pocos carruajes que entonces había, para transportarse desde la ciudad,  así es que las familias, se veían obligadas a viajar en carreta, por pudientes que fuesen, empleando seis y aun más horas para ir o venir, por ejemplo, desde San Isidro. En San José de Flores durante muchos años,  hizo este servicio de transporte con una carretita toldada, tirada por un par de bueyes mansos, un tal don Dalmacio, un humilde propietario de una casita ubicada en ese partido y que con su pequeña y liviana carreta, atropellaba exitosamente los profundos pantanos y barriales que dificultaban el paso y que eran el terror de los troperos y un obstáculo insalvable para carretas más grandes y pesadas. Don Dalmacio era muy estimado entre las señoras que iban y venían desde sus casas de campo, porque lo veían muy previsor y de probada paciencia.

En San Isidro, las Conchas, etc., también había este tipo de carretitas que competían, a veces a pérdida, con las que llevaban frutas y verduras hacia la ciudad, ya que, volviendo vacías a la campaña para buscar más mercaderías, eran ocupadas por las señoras que regresaban a sus casas, luego de hacer sus compras en la ciudad, repitiendo tres y hasta cuatro veces este demoledor viaje durante sus vacaciones de verano. Los que no poseían casas de recreo, llevados de su afición por el campo, hacían sus excursiones, especialmente a San Isidro y los viejos lugareños, todavía recuerdan que los sábados a la tarde, o víspera de fiesta, salían en grandes cabalgatas, que presidía JULIÁN ARRIOLA, el conocido rematador de aquellos tiempos, muy relacionado entre los ingleses. En los pueblos que quedan sobre la costa, los baños en el río eran la actividad que más atraía a las familias porteñas en vacaciones.

Entre las numerosas quintas que servían de residencia particular a personajes encumbrados de la época, recordamos “la quinta de Parish”, que  se encontraba próxima a la iglesia del Socorro, sobre la hoy calle Carlos Pellegrini. La “quinta de Riglos”, que estaba en Juncal, yendo por Esmeralda hasta el Bajo (como se le llamaba a esa parte de la ciudad (hoy avenidas Leandro N. Alem y del Libertador General San Martin). Las “quintas de Fair, Dickson, Cope y Brittain”, que  quedaban por el barrio de Barracas cas, detrás de lo que hoy es la calle Martín García, si bien la de Brittain,  ocupaba ella sola, parte de lo que después fueron los terrenos de la Estación “Casa Amarilla”. Se dice que en esta quinta se cultivaron las primeras peras de agua que se conocieron aquí. La “quinta de los Mac Kinlay”, que ocupaba los terrenos que hoy ocupa el Parque Lezama y que después de éstos, pasó a manos de la familia de Ridgley Horne y finalmente a José Gregorio Lezama, hasta que en 1893, la Municipalidad de Buenos Aires tomó posesión de la misma, pagándole a los deudos del señor Lezama, la suma de un millón y medio de pesos, para transformarla en el actual Parque Lezama.

En San José de Flores, al lado de la Plaza, estaba la quinta de los Güiraldes, donde Carlos Pellegrini se refugiaba de los calores por la fresca brisa que corría. Rodeaba a la casa un extenso parque en el que abundabari flores exóticas, árboles y plantas importadas, a cuya sombra, acomodados en sus confortables sillones de mimbre, los huéspedes tomaban el té con sabrosos pástelitos caseros, mientras conversaban durante largas horas,  sobre la familia, los problemas del país, etcétera. Durante las mañanas y los atardeceres, bulliciosos grupos de hombres y mujeres practicaban en las quintas el “cricket”, juego traído por los ingleses y que durante años fue uno  de los pasatiempos favoritos de la sociedad porteña. La quinta de Peña”. Estaba en el predio que hoy se conoce por Plaza Rodríguez Peña. En 1828, en el barrio de Flores, un viajero francés escribió: ”    en esas quintas hay muchos bosques de durazno y álamos que le dan un aspecto europeo. Muchos habitantes de la ciudad tienen allí sus casas de recreo y jardines…” Según el historiador Carlos Antonio Moncaut “muchas quintas durante el invierno adquirían la fama de estar embrujadas o habitadas porel perro blanco o la viuda, pero el sortilegio nefasto desaparecía en las tardes de verano”.

CURANDERISMO (1844). Existió en esta población (el autor se refiere a la ciudad de Flores, en la República Oriental del Uruguay), una mujer que se dedicaba a explotar a la gente ignorante, haciéndoles creer que curaba a los enfermos con simples brebajes  y bendiciones. Hoy mismo, a pesar de los adelantos de que disfrutamos, oímos hablar con frecuencia de esas “maravillosas curas”. El caso, a que voy a referirme es muy conocido. Se trata de doña Bruna Medina, conocida generalmente por la “Bruja Bruna”, cuya reputación  como curandera y bruja, se extendía por casi todo el Departamento de Treinta y Tres (República Oriental del Uruguay). Allá por el año 1880, un vecino de la Cuarta Sección de este Departamento, requirió los servicios de la curandera, para que asistiera a su esposa que se encontraba enferma. Doña Bruna, que no se hacía de rogar, marchó rumbo a esa Sección, para atender a la enferma, que aseguraba  curar con su ciencia y con su audacia. Tan pronto llega, empieza a “tratar” a la señora, aconsejando a los demás miembros de la familia, que tomen los mismos remedios, que da a la dueña de casa, pues según ella, todos se encuentran enfermos de un mal hereditario que padecerían andando el tiempo.

Esos remedios consisten en unos polvos color crema que había adquirido de los indios collas, y en unos cuantos yuyos que contenían sustancias tóxicas, que muy pronto comienzan a surtir sus efectos en el organismo y en el cerebro de esa gente ignorante, que termina por enloquecer. Algunos vecinos del lugar, conmovidos por ese cuadro de desgracia, se ofrecen para cuidar a los enfermos, pero terminan corriendo la misma suerte que éstos, es decir enloqueciendo también ellos y a pesar de que todos ellos han perdido el uso de la razón, obedecen a las órdenes que les da la curandera, que los conduce por la noche a orillas de una laguna, obligándolos a realizar todo cuanto a ella se le ocurre. Horrorizado de estos hechos, el vecindario dio cuenta de los mismos a la policía del lugar, la que de inmediato tomó intervención, dirigiéndose al domicilio que se le había indicado y en caso de que no hallara a nadie en las casas, resuelto a recorrer el campo.

Y cuál no sería su sorpresa al encontrar al caer la tarde, a Bruna Medina al lado de una laguna rodeada de los enfermos a los que obligaba a hacer toda clase de disparates, como ser caminar de rodillas, andar en cuatro pies y otras tantas locuras por el estilo. Detenidos los enfermos, son llevados ese mismo día al pueblo para ser examinados por el médico de Policía y dado que la Comisaría quedaba distante del lugar, esa noche, la curandera quedó en la cocina de la casa de los enfermos, vigilada por un policía y algunos vecinos. Asegura el informe policial, que la curandera, con el pro-pósito de atemorizar a sus guardianes, esperaba junto a las llamas del fogón que va atizando, a que llegue la medianoche para escaparse. Salta entonces la condenada sobre el fuego y empieza a gritar fuertemente con desgarrador acento, que había llegado el diablo. Pretende escapar y los guardias tratan de sujetarla, pero ella corre hacia la salida de la cocina, defendiéndose con tizones.

El guardia civil que estaba desarmado, se ha encontrado con que no tiene sus armas. Es entonces que, agarrando unas ramas de “chircas” le pega por la cabeza hasta aturdirla. En una obra que más tarde ha llegado a mi poder, de la que es autor el coetáneo Pedro Leandro Ipuche, nos cuenta que “cierta vez los hombres de Treinta y Tres (Departamento de la ROU), como un Tribunal Español del Santo Oficio, resolvió quemar con petróleo, en la plaza central a la bruja Bruna Medina, que no se llevó a cabo, debido a la eficaz intervención del Actuario, que salvó de las llamas a aquella ciega condenada”, pues la vieja curandera había perdido la vista. Cómo fue aquello?. No se ha podido comprobar. Pero hay quienes aseguran que intencionalmente colocaron en el agua de su palangana, un líquido fuerte, que al lavarse la cara, le quemó los ojos. Poco tiempo después, apareció envuelta en llamas la casa de la curandera, salvándose ella milagrosamente. Otro día, la tiraron al río, pero ella se salvó de las aguas. Los ignorantes querían vengarse de la ciega. Sin hablar con nadie y ya muy vieja, con su ceguera a cuestas y apoyada en un bastón, como un fantasma, recorría las calles del pueblo y a su paso, todos se apartaban (Extraído de la obra “El solar Olimareño” de Luciano Obaldía Goyeneche, gentilmente acercada por su ahijado, el escribano Washington González Mederos).

DESCUBRIMIENTOS DE LA ARQUEOLOGÍA URBANA (1809). “Las mujeres -escribió el viajero francés JULIÁN MALLET- son encantadoras, hablan el castellano con mucha corrección y gusto, pero lo que influye en sus atractivos, es la irresistible inclinación que tienen por toda bebida y por el tabaco”. Era 1809. Esas mujeres, esas costumbres, eran las de una Buenos Aires que estaba cocinando una revolución. Iba a cambiar una forma de gobierno; la vida de todos los días empezaba a ser otra. “Más allá de lo político -dice DANIEL SCHÁVELZON, especialista en arqueología urbana- es un momento de transición en la vida  de la comunidad”. “Schávelzon y su equipo excavaron en los terrenos de viejas casas porteñas y analizaron el contenido de los pozos de basura.

Así supieron de costumbres que no habían quedado registradas en los documentos. “Para nuestra sorpresa -dice Schávelzon- encontramos que en los pozos de la época de la revolución, los huesos no estaban quemados sino hervidos. ¡No se comía tanto asado como se supone! Esto se entiende porque la carne era dura: las vacas eran salvajes, estaban sueltas, comían cuando comían y tomaban agua cuando llovía. Por eso, los gauchos llevaban una ollita de tres patas: ahí dejaban hervir la carne hasta cinco horas. La parrilla horizontal, como la usamos ahora, no apareció hasta fines del siglo XIX.

En el campo, el asado se hacía vertical, en cruz, cuando no había otra po­sibilidad. Se comía mucha carne de vaca (se calcula que se consumían unos 350 kilos al año, contra los 16 que se consumían en Inglaterra- pero vimos que generalmente era guisada, no asada”. En las familias ricas se preparaban banquetes en ocasiones muy especiales. Así, cuando JUAN MARTÍN DE PUEYRREDÓN y su esposa Dolores llegaron de España, el menú de bienvenida fue: “Unas aceitunas, sardinas y fiambre, la consabida sopa con pan tostado, arroz y fideos. Después pescado fresco y al final vino el asado de vaca y algo de cordero; la ensalada de lechuga y unos pepinos; un guiso de garbanzos y lentejas, acompañado de unas albóndigas, tortillas de acelga, mollejas asadas, mondongo y como fin de fiesta, los postres”. A principios del siglo XIX, en Buenos^” Aires se comía mucho pescado, pero como todo bicho que camina va a parar al asador, la dieta de los porteños incluía palomas, pájaros, pavos, gallinas, perdices y hasta iguanas. Los ricos comían mulita, una carne sabrosa, tierna y cara. Todo esto se bajaba con agua o vino. Francés, en casas ricas. mendocino o sanjuanino, en las más modestas. Como un dato nuevo, empezaban a llegar al puerto cargamentos con ginebra, de Rotterdam, o cerveza, de Inglaterra.

El plato playo y el tenedor aparecieron en el Plata avanzado el siglo XVIII, así que en 1810 sólo se los empleaba en las casas muy ricas. También es de esta época la costumbre de usar un vaso por persona. Antes alcanzaba con uno en la mesa. Buenos Aires era una ciudad con distintos estratos sociales. Las casonas de tres patios que difundieron las revistas para chicos eran un 8 por ciento de la ciudad. También había casas mucho más chicas, incluso de un solo cuarto, que se construían para alquilar. De las 44.000 personas que habitaban Buenos Aires en los días de la revolución, el 33 por ciento eran negros. La mayoría, esclavos, aunque había muchos que habían comprado su libertad. Habían sido cazados en distintas partes de África. Habían sido tatuados y encadenados- una vez antes de embarcarse y otra mirando ya las aguas marrones del Plata. No eran todos iguales: entre ellos había incluso hindúes y musulmanes.

“Con la arqueología -dice Daniel Schávelzon- descubrimos que los afro conservaban una cultura propia. Por ejemplo, fabricaban ollas de barro a la manera africana: moldeando con los dedos. En las paredes o en la base de esas ollas encontramos signos de las religiones africanas. Eso es resistencia cultural”. En los pozos de basura también aparecieron pipas con unas crucecitas que son signos de religiones de Ghana. Al fondo de las casas, cuando los patrones dormían, se hacían ceremonias africanas. La prueba son piedritas de colores que se usaban para ritos de adivinación. “La orden de Santo Domingo -dice Schávelzon- tenía gran cantidad de esclavos. En su basura encontramos algo típico. Para leer el futuro, los africanos usan huesos. Pequeños huesitos que se tiran y se leen, descifrando la forma en que cayeron. Pero si un esclavo andaba con una bolsa de huesitos de animal y lo encontraban, seguramente lo castigaban y hasta lo podían quemar por hereje. Entonces fabricaron objetos con esos huesos: una boquilla, un pedazo de abanico. Encontramos todas esas cosas juntas, rotas, en un paquetito. Son maneras de disfrazar una actividad. Ese paquetito habla de una identidad, de resistencia a la esclavitud”. Schávelzon tiene una hipótesis que explica qué se hizo de esas personas: “Una resistencia sutil y silenciosa, la más terrible: la no reproducción biológica. La natalidad entre los negros era del 1 por ciento y la mortandad infantil, altísima. Buena parte de la extinción de la población afro quizá fue por su propia voluntad”.

Dentro de la ciudad había indígenas, con sus tolderías, a cuatro cuadras de la Plaza Mayor (hoy de Mayo), en Perú y Chile. Los ricos vivían cerca del Cabildo. Los pobres, en las afueras de la ciudad: Barracas, Tribunales, Monserrat, Congreso. La elite y los desplazados, cuando iban “a los toros” se ubicaban mirándose frente a frente. Como ahora, en las tribunas de “locales” y “visitantes”.  Este espectáculo era casi el único que convocaba a multitudes. En 1801 se había inaugurado la Plaza de Toros del Retiro, donde hoy está la plaza San Martín, zona brava conocida como “barrio recio”. La construcción era un edificio de ladrillo a la vista, con palcos de madera y gradas en la parte baja. Tenía capacidad para diez mil personas: no era poco, en una ciudad de cuarenta y cuatro mil habitantes., pero en 1819 fue prohibido.

El Río de la Plata mojaba las tierras de lo que es hoy la avenida Leandro N. Alem. Allí se había construido, a fines del siglo XVIII, la Alameda, un paseo con árboles y bancos. Los porteños gustaban de chapotear en esas aguas, a tal punto que el virrey Cisneros, en 1809,  dictó un “auto de buen gobierno” que señalaba: “Que echando de ver los excesos que se cometen en los baños públicos de las riberas del río, tan opuestos a la moral cristiana, mando que nadie entre en él a bañarse por los sitios que están a la vista del Paseo del Bajo sino de noche, observando la más posible decencia, quietud y buen orden”. La sociedad se reunía en las tertulias como la de Mariquita Sánchez de Thompson, en las actuales Florida y Perón. Se encontraban también en el Coliseo Provisional, la sala del teatro. En 1810 había en la ciudad cincuenta músicos. “La idea del concierto público no se hallaba extendida en nuestro país. La música en el teatro tenía lugar en los intermedios de las obras y se trataba en general de breves números vocales de carácter ligero, tales como tonadillas, saínetes y arias de ópera”, dicen MELANIE PLESCH y GERARDO HUSEBY, autores de “La música desde el período colonial hasta finales del siglo XIX”. Antes de ir al teatro, las damas de alcurnia se maquillaban la cara con polvo de maíz, que aclaraba la piel, como exigía la moda de la época y calzaban zapatos blancos, signo de que su situación económica les permitía no trabajar. Las damas se habían maquillado en casas que no tenían cuarto de baño incorporado, como que tampoco había cloacas: el baño era una letrina con un pozo ubicado en el patio del fondo y para no salir, cuando hacía frío, era común el uso de las “bacinillas” (Patricia Kolesnicov, de la Redacción de Clarín).

LA BOMBACHA. Más de una vez se ha señalado la connotación árabe del gaucho argentino o rioplatense. La guitarra, el caballo, la asimilación de la pampa al desierto. La España mora ha sido señalada como el canal de transmisión de estas características. La “bombacha”, con sus pantalones muy amplios que se angostan en el tobillo, constituye una característica particular en la indumentaria del gaucho argentino, que también tiene origen árabe, como resulta obvio al constatar que es en el mundo árabe y en especial en lo que constituía el imperio turco en el siglo XIX  -que dominaba los Balcanes e incluso Grecia- donde este tipo de vestimenta se usaba. No la encontramos en el guazo chileno, el charro mexicano, el llanero venezolano o el gaúcho brasileño.  Resulta claro y verificable que la indumentaria del gaucho argentino en la primera mitad del siglo XIX, no incluía la bombacha, sino el chiripá. Todos los cronistas y viajeros europeos así lo constatan, como las acuarelas y litografías y los uniformes militares.

Así, la bombacha, es un elemento de la indumentaria árabe o turca que no llegó a la Argentina a través de España. Es JORGE V. DUIZEIDE, quien ha explicado esta curiosa traslación. En marzo de 1856, se firma el Tratado de Paz que da fin a la Guerra de Crimea, que enfrentó a las fuerzas de aliadas de Gran Bretaña, Francia, Turquía y Cerdeña contra Rusia. Siendo presidente de la Confederación Argentina JUSTO JOSÉ DE URQUIZA, al año siguiente de finalizar esa guerra, el representante diplomático francés ante el gobierno de Paraná, informó que su país estaba en condiciones de vender a un precio muy conveniente, 100.000 bombachas que habían sido fabricadas para el ejército turco y que como consecuencia de la paz se habían convertido en “rezago militar”. Urquiza se entusiasmó con la forma de pago ofrecida, que era un trueque por productos y lograda la aprobación de la compra por parte del gabinete, se aceptó la oferta de las bombachas originalmente destinadas al ejército turco. Todas las bombachas fabricadas por los franceses eran del color del uniforme de dicho país, el gris “ojos de perdiz” de color blanco sucio o isabelino y éste es el origen de la bombacha gaucha que entra en Entre Ríos a fines de 1858.

Muchos paisanos que traían productos del litoral a Buenos Aires vendían también “bombachas bata razas”. En Entre Ríos muchas fueron revendidas y como algunos de los comerciantes eran de origen árabe o turco, la fábrica de origen fue confundida por muchos. En tres años, se difundió con gran éxito. Es después del triunfo de Mitre en Pavón en 1861, que se difunde en forma generalizada su uso. Cabe señalar que en esos mismos años, los ponchos que se vendían en las pulperías eran fabricados por la industria británica y ya no por los telares locales. Tanto la bombacha fabricada en Francia como el poncho salido de las industrias textiles francesas muestran, cómo después de la caída de Rosas la Argentina entró en un proceso de globalización económica. Otros sostienen que RICARDO GÜIRALDES importó de Francia bombachas vascas, de donde también provino la alpargata, pero esto fue muy posterior y recién en los comienzos del siglo XX; pero hay también quien argumenta que con el ingreso de las primeras colonias de este origen traídas por PEDRO LURO en 1862,  fue como se difundió la bombacha vasca y la alpargata. Pero en mi opinión, el origen predominante del uso de la bombacha proviene del rezago francés fabricado para el ejército turco, siendo la influencia vasca posterior y en todo caso concurrente (Fdo. Rosendo Fraga, Director del Centro de Estudios Nueva Mayoría).

UN SANTO PARA COMBATIR A LAS HORMIGAS (21/11/1611).  Hacía tiempo que los pacíficos vecinos de Buenos Aires venían notando el destrozo que con incesante laboriosidad causaban las hormigas en el interior de las casas, en las despensas y en las huertas, minando pisos y paredes, consumiendo provisiones e impidiendo crecer las hortalizas que se habían plantado y estos perjuicios no podían pasar desapercibidos de las autoridades, siendo que sus propiedades tam­bién eran invadidas por las hormigas, especialmente las del regidor DOMINGO GRIVEO, donde al decir de éste, parecía que en los huertos suyos eran donde parecía que se ponían más activas estas pequeños predadoras.

Y el problema se puso tan grave que el espíritu creyente del pueblo, decidió confiar en los buenos oficios de uno de los nombres del martirologio, la destrucción de las hormigas. A tale efectos, el 21 de noviembre de 1611, se reunieron en las Casas de Justicia, Regimiento de la ciudad de Buenos Aires, el Teniente general de gobernador, capitán MANUEL DE FRÍAS, los Alcaldes ordinarios, capitanes FRANCISCO DE SALAS y FELIPE NAVARRO; el Depositario general BERNARDO DE LEÓN y los Regidores SEBASTIÁN DE ORDUÑA, BARTOLOMÉ LÓPEZ, HERNÁN SUÁREZ MALDONADO y DOMINGO GRIVEO, para acordar lo que muchas veces se había tratado de hacer: la manera de destruir las hormigas y ratones, a causa del gran daño que hacían en la ciudad y sus terrenos, resolviendo “echar suertes para elegir un santo como abogado contra la plaga y guardar su fiesta por voto particular”.

Uno de los regidores manifestó ante la asamblea, tener noticias de haberse elegido ya anteriormente al abogado, sin estar bien seguro si fue San Bonifacio o San Sabino y que algunas personas le habían dicho que era San Saturnino, pero, habiendo pasado ya tanto tiempo sin saberse cosa cierta, ni existir el acta del Cabildo y como el mal iba en aumento, hacía moción para que se echasen de nuevo las suertes.

Los cabildantes acordaron escribir los nombres de los santos citados, además el de los doce apóstoles y algunos santos más, en cédulas, las que se colocaron dentro de un sombrero, y llamándose a un niño, se le hizo extraer una de las cédulas, la que tenía el nombre de San Simón y San Judas, eligiéndoseles así abogados contra las hormigas y los ratones, en nombre de esta ciudad por los presentes y ausentes y que en adelante fueren, con voto a Dios Nuestro Señor, de guardar la fiesta de dicho día, todos los años desde el que viene y de hacer decir en la Iglesia mayor una misa cantada con su procesión”.

A partir de entonces, la fiesta de San Simón y San Judas se celebraba el día 28 de octubre de cada año, como consta del acta del Cabildo de 27 de octubre de 1614, donde se nombra en comisión al alcalde SEBASTIÁN DE ORDUÑA y HERNÁN SUÁREZ MALDONADO para invitar a las órdenes religiosas a asistir a la ceremonia. Por otro acuerdo de 12 de octubre del año siguiente, 1615, se resuelve hacer la fiesta y procesión, autorizando al procurador de la ciudad, FRANCISCO DE MANZANARES para hacer los gastos necesarios a ese objeto.

Otra acta, de fecha 14 de octubre de 1619, dice: que el alcalde ordinario, SEBASTIÁN DE ORDUÑA, propuso al Cabildo la celebración de las fiestas de San Simón y San Judas por ser abogados contra la plaga de hormigas y ratones, conviniendo que ese año se hiciesen con mayor solemnidad, de cuyo parecer eran todos los capitulares, nombrándose al citado ORDUÑA y FRANCISCO DE MANZANARES para organizarlas, con autorización de invitar a las órdenes religiosas, elegir predicador, hacer el gasto de la cera necesaria, etc., por cuenta del Cabildo, cuyos miembros prometieron acudir a ellas con toda puntualidad. Posteriormente, el 24 de octubre de 1642, refiriéndose a esto mismo, el Cabildo autorizó pedir limosna durante la función, a beneficio del cura y prebendados que decían la misa, designando al efecto una comisión compuesta del alcalde provincial JUAN CRESPO FLORES y del depositario ANTONIO BERNALTE  (“Notas de historia”, de SERAFÍN LIVACICH, Buenos Aires, 1915).

MOSCA. Este era el nombre de un buquecito que entre 1820 y 1825, realizaba viajes entre Montevideo y Buenos Aires, junto con los “paquetes” “Pepa” y “Dolores”.

EL VALS, UN BAILE PROHIBIDO. El baile constituía la diversión preferida de la juventud rioplatense y nunca faltaba en las tertulias porteñas, los alegres cultores de la “contradanza” y el “minué”, hasta que llegó el “vals” y rápidamente, se constituyó en el ritmo favorito de los jóvenes, ignorando sin duda las dificultades que tuvo esta danza para suplantar a las ceremoniosas y graves danzas del siglo XVIII y entrar por la puerta grande de los salones. Antes de su consagración, quizás veinte años antes de que esto sucediera, sólo los más audaces se animaban a valsear en los ambientes serios y distinguidos, arriesgándose a ser tildados de “alocados”. Entre los epítetos que mereció esta danza por parte de los moralistas, figuran  el de “aliado de la tisis y la muerte”, “galope apretado” o “danza de los amigos del vértigo”. Muchos le atribuyeron ser agente de propagación de la sífilis y otros, la responsabilidad de las desviaciones morales de esa época. Pero desafiando las críticas, el vals se impuso y sus alegres y rápidas notas se escuchaban a través de las ventanas cerradas de la gran aldea (no vaya a ser que algún loco tirara una piedra para castigar a los sacrílegos que bailaban esa danza infernal).

LA VIDA EN LA COLONIA VISTA POR UN FRANCÉS EN 1763.
El viajero francés ANTONIO JOSÉ PERNETY recorrió todo el territorio del virreinato, tomando nota de lo que iba viendo, material que a su regreso a Francia,  publicó en su idioma natal. Algunos capítulos fueron traducidos al español por un ignoto ciudadano de estas tierras y entre sus papeles, quedaron perdidos hasta que salieron a la luz y fueron publicados en Buenos Aires. A continuación podrá usted leer algunos de estos comentarios:

El culto. Las ceremonias religiosas, son más o menos lo mismo que en Madrid. Durante todo el tiempo que dura la misa, a falta de órgano, una persona, desde una tribuna, toca el arpa. No he visto demostraciones especiales de devoción, sino la de golpearse el pecho, hasta cinco y seis veces, desde el comienzo del “cánon” hasta la “comunión”. El rosario está aquí muy en boga y casi es la única plegaria que se acostumbra en estas tierras. Tiene devoción por el escapulario de del Monte Carmelo, pues hombres y mujeres lo llevan. Por medio del escapulario y de las “avillas” se creen al abrigo de todos los peligros y en seguridad para su salvación eterna. Estas “avillas”, que van colgadas en el cuello, son una especie de castañas de mar, parecidas a una haba aplastada y redonda del tamaño de un pequeño escudo, de dos líneas de espesor. Me dicen que llevadas al cuello, preservan de los malos aires y de la brujería. En cada altar de las iglesias, hay una cortina extendida siempre delante de la principal imagen, que se corre de arriba abajo. En el comienzo de la misa, el sacristán tira del cordón que suspende la tela y descubre la imagen, que queda nuevamente oculta, al terminar la misa y el sacristán vuelve a tirar del cordón para correr la tela. Todas las mujeres asisten a misa, cubiertas con mantilla y totalmente tapados sus brazos, bajo pena de no permitírseles presencia si no estuvieren así de recatadas. Las autoridades locales disponen de sendos reclinatorios frente al altar y adelante del resto de los asientos que hay para los feligreses, que se ubican a medida que van llegando, quedando los hombres de pie al fondo de la nave, cuando estén cubiertos todos los lugares..

La vivienda en MontevideoMontevideo es, a mi manera de ver, una colonia nueva. Hace veinticinco años, no se veían más que algunas casas. Sin embargo es hoy el único sitio apto para atracar los navíos que remontan el río de la Plata. En la actualidad es una pequeña ciudad que se embellece todos los días. Sus calles son tiradas a cordel y bastante anchas, como para que tres carrozas puedan pasar de frente. Las casas no tienen más que un piso bajo la armazón del techo, con excepción de una sola, situada en la Plaza principal y que pertenece a un ingeniero que la ha mandado construír para su residencia: consta de una planta baja y una especie de bohardilla con una parte sobresaliente en la cual, descansa un balcón colocado en medio de la fachada. Cada casa burguesa se compone, por lo general, de una sala que sirve de entrada, con algunos cuartos-dormitorios y de una cocina, único sitio éste, donde hay una chimenea y donde se hace fuego. La casa del Gobernador de la ciudad, consta de una sala de entrada, que es una pieza en forma de cuadrilongo, que no recibe la luz, más que por una sola ventana, bastante pequeña, con una vidriera, mitad papel, mitad vidrio, estando la parte baja de la misma, cerrada por obra de carpintería. Esta primera sala es de unos quince pies de ancho por dieciocho de largo y de ésta, se pasa a la sala de recibo, que es casi cuadrada, teniendo más fondo que ancho. Al fondo de la misma, frente a la única ventana que la alumbra,  se ve una especie de estrado, de seis pies de ancho, cubierto de pieles de tigre y en cuyo centro hay un sillón para la señora gobernadora y a cada lado, seis taburetes tapizados, lo mismo que el sillón, de terciopelo carmesí. Toda la decoración consiste en tres malos y pequeños cuadros y algunos grandes planos, mitad pintados, mitad coloreados, todavía más malos en cuanto a la pintura. Los asientos para los hombres ocupan los otros dos lados de la sala, formados por sillas de madera con un respaldo muy elevado, semejantes a los de la época de Enrique IV, teniendo dos columnas torneadas que sostienen un cuadro que  adorna el centro, tapizado en cuero estampado con bajo relieves, lo mismo que el asiento. La puerta de comunicación de esta sala al cuarto que le sigue, donde duerme el gobernador y su esposa, está cerrada por una cortina de tapicería. Los otros dos ángulos, están ocupados, el uno por una mesa de madera donde siempre hay una bandeja para tomar el mate y el otro para un armario con dos o tres estantes, adornados con algunas tazas y platos de porcelana. La señora de la casa es la única que toma asiento en el estrado, cuando no hay más que hombres  en su compañía, a menos que ella invite especialmente a alguno, para que se siente junto a ella. Generalmente, estas salas, no tienen  piso adecuado ni cielorraso, por lo que desde el interior, se ven los soportes que sostienen el tejado

Los españoles acaudalados o de rango, son muy ociosos; no se ocupan más que de conversar en ruedas, tomar mate, fumar un cigarro. Los comerciantes y algunos artistas, en muy escaso número, son las únicas personas ocupadas. No hay aquí ninguna tienda a la vista, ni tampoco letreros que las anuncien  Sin embargo, suele encontrarse alguna que otra en el ángulo formado por el encuentro de dos calles y todas venden de todo: bastimentos, vino, aguardiente, géneros, ropa blanca, tabacos, quincallería y todo lo que se puede necesitar.

La indumentaria
“… Los hombres visten más o menos  como los portugueses de la isla Santa Catalina, pero llevan, bastante  comúnmente, sombrero  blanco de alas retorcidas y de un tamaño desmesurado. El gobernador y los militares están vestidos a la francesa, pero no se rizan ni se empolvan el cabello, lo mismo que las mujeres.

Las mujeres son bastante  bien, por la cara y su porte, pero no sabría decir  hasta cuánto su color fuese el de la rosa o del lirio, pues su tez es muy oscura y muy a menudo le faltan dientes o no son éstos precisamente blancos. Su traje consiste, exteriormente, de un “corset” blanco o de color, sin ajuste y que sigue las proporciones del talle, que baja hasta más de cuatro dedos sobre la falda. Ésta es de un género más o menos rico, según las facultades o fantasías  de la que lo lleva y está bordado con un galón  o con una franja de plata, de oro o de seda, algunas veces, en doble hilera, pero sin fleco (falbalá). En el peinado, en general, no llevan ni tules ni puntillas. Una sola cinta pasada alrededor de la cabeza, mantiene sus cabellos reunidos en alto, los cuales, pasando por detrás de la cabeza, caen en forma de trenzas sobre la espalda y a veces hasta las  rodillas. Ellas fundan evidentemente, su belleza, en el largo de su cabellera.

Cuando salen a la calle, se cubren la cabeza con una pieza de género fino blanco y de lana, adornada con un galón de oro, de plata o de seda, que llaman “iquella” o mantilla y con la que se cubren los hombros y los brazos, descendiendo hasta la cintura, cruzándose las dos puntas sobre el pecho y pasándolas sobre los brazos, como las damas francesas lo hacen con sus “manteletas”. Cuando están en su casa, generalmente no llevan este velo, pero en la calle y sobre todo en la iglesia, se arreglan de modo que no se les vea más que un ojo y la naríz, haciendo que sea imposible reconocerlas.

En cuanto al vestir de la gente del pueblo, los mulatos y los negros llevan en vez de capa, una pieza de género rayado en bandas de diferentes colores, abierta solamente al medio para pasar la aveza. Este abrigo al que llaman “poncho” o “chony”, cae sobre los hombros y cubre hasta los puños, descendiendo por detrás y adelante hasta más debajo de las rodillas, teniendo además, un fleco a su  alrededor. Cuando montan a caballo, todos lo llevan porque lo encuentran más cómodo que el sobretodo y la levita. El gobernador me mostró uno de estos “ponchos”, bordado en oro y plata, que le había costado trescientos y tantos pesos. Los mejores vienen del norte del país, pero también se hacen en Chile y estos cuestan hasta dos mil pesos.

El baile. En sus casas, las mujeres tienen las mismas libertades que en Francia. Hacen sociedad de muy buen grado y no se hacen de rogar para cantar, bailar, tocar el arpa, la guitarra, el mandolino o el piano. Son mucho más complacientes que nuestras francesas. Cuando no bailan se mantienen sentadas en sus taburetes colocados sobre un estrado en el fondo de la sala de recibo. Los hombres no pueden sentarse allí, más que cuando se les invita, siendo esto,  muestra de una gran familiaridad. Bailan minués, contradanzas, paspiés, gavotas, pavanas, cuadrillas y hasta se animan con el fandango. La manera de bailar de las damas, tiene algo de la indolencia en la cual ellas pasan sus días, aunque sean, naturalmente, muy animadas. En la mayor parte de los bailes, llevan los brazos caídos o cruzados bajo la “mantilla” a la cual también llaman “rebozo”. Bailando el “zapateo”, uno de s bailes más en uso, levantan sus brazos en alto, golpeando las manos como se hace algunas veces en Francia, cuando se baila el “rigodón”. El “zapateo” se baila sin cambiar mucho de lugar, golpeando alternadamente la punta del pie y el talón. Apenas parecen moverse, diríase más bien que deslizan suavemente el pie sin marchar con cadencia. Hay sin embargo, un baile muy entusiasta y “lascivo” que se baila hasta en Montevideo, se llama “calenda” y a los negros, lo mismo que a los mulatos, cuyo temperamento es fogoso, les gusta con furor. Este baile ha sido llevado a América por los negros del reino de Adra, en la costa de Guinea y los españoles lo bailan como ellos, en todos sus establecimientos de América, sin el menor escrúpulo.

Vida y costumbresLa manera de vivir de los habitantes de estas tierras, es muy simple. La costumbre hace que hombres y mujeres se levanten muy temprano. Es común ver a hombres en las puertas de sus casas, fumando y sin hacer nada, salvo que se les plazca ir a lo de algún vecino para seguir fumando y hablando de cosas sin interés. Otros, en cambio, montan a caballo, pero no para hacer algún paseo por los alrededores, sino simplemente, para dar una vuelta por las calles de la ciudad. Si el deseo los lleva, descienden del caballo, se juntan con algunos amigos, hablan dos horas, sin decirse nada, fuman, toman mate y vuelven a montar a caballo de regreso a su casa. En general, es raro encontrar gente paseando a pie: en las calles se ven tanto transeúntes como caballos.

Durante las horas de la mañana, las mujeres pemanecen sentadas en taburetes en sus salas, teniendo bajo los pies una estera y arriba, una cubierta de      o de pieles de tigre. Allí tocan la guitarra o algún otro instrumento, cantan y toman mate, mientras los esclavos preparan la comida. A las doce y media o una, se sirve el almuerzo, que consiste en carne de vaca preparada de diferentes maneras, pero siempre con mucha pimienta y azafrán.  Algunas veces se sirve guiso de cordeo, también pescado y aves, aunque es muy raro. La caza abunda en el país, pero esta gente no es cazadora, como los franceses. Consumen poca fruta y el postre es siempre dulces y confituras, especialmente “mazamorra” y “natillas”.

Después del almuerzo, amos y esclavos hacen lo que ellos llaman “la siesta”, es decir, se desvisten, se acuestan y duermen, dos o tres horas y aún los obreros, que viven del trabajo de sus manos, no dejan pasar estas horas de reposo, echándose un sueñito. Esta buena parte del día, perdida así, es causa e que se trabaje poco, siendo por ello, excesivamente cara la mano de obra. También debe provenir esta inercia, a que aquí abunda el dinero y por eso no debe sorprender la indolencia de estas gentes. La carne, por ejemplo, no les cuesta otro trabajo que matar alguna de las tantas reses que pueblan estas tierra, desollarla y cortar los trozos de carne que han de consumir en uno o dos días como máximo, dejando el resto para alimento de perros y alimañas. Los cueros vacunos les sirven para hacer sacos para todas las necesidades y para cubrir el suelo y paredes de sus habitaciones.

Son muy pocas las casas con jardín, y las pocas que hay no lo tienen cultivado. Yo no he visto más que uno arreglado y esto se debía a que su propietario, era inglés. Las legumbres, son raras porque nadie en la ciudad se ocupa de sembrar, dependiendo exclusivamente de las que proveen los quinteros” que las traen desde los alrededores. Lo que más se cultiva es el azafrán, o “carthamo”, usado especialmente en sopas y salsas.

LA REVOLUCIÓN DE LAS SILLAS. La silla fue el elemento democratizador que revolucionó una de las costumbres de la Colonia.”Las tardes de recibo”, se desarrollaban siempre manteniendo una rígida distancia entre “las señoras de la casa” y los hombres que participaban en las tertulias. Ellas, debían acomodarse en tarimas, llamadas “alfaiados” o “poyos”, o se sentaban sobre el piso, dejando los sillones para los hombres que las contemplaban a distancia prudente. Pero la Revolución de Mayo trajo “las tertulias mixtas” y las sillas sirvieron, entonces, para que también las damas, se sentaran en el llano junto a los señores para conspirar, cantar, abanicarse, tomar chocolate o matear..

TABACO PARA TODOS. Si los militantes antitabaco, que en los últimos tiempos se esfuerzan cada vez más para desterrar el cigarrillo, pudieran viajar en el tiempo y pasar unos días en el Buenos Aires de principios del siglo XIX, seguramente se escandalizarían. Es que en aquella época, casi todo el mundo consumía tabaco. Hombres y mujeres de todos los grupos sociales fumaban cigarros, cigarrillos, pipas, mascaban taba­co o lo aspiraban por la nariz en forma de polvo, que llamaban “rapé”. Y lo hacían, no sólo era por el placer de fumar, ya que creían que el tabaco poseía efectos medicinales. Para FRANCISCO HERNÁNDEZ, médico de Felipe II, los asmáticos podían encontrar un remedio para su mal, en el humo del tabaco, creencia . Tal creencia se remontaba al siglo XVI. Por ese entonces, “el botánico KARL CLUSIUS escribía: “el tabaco es un remedio uní versal para toda clase de enfermedades”

TRÁNSITO ALOCADO EN LA GRAN ALDEA. En los primeros días de la colonia, Buenos Aires no era más que una aldea levantada entre lodazales. Las casas de barro y paja casi habían desaparecido y la ciudad estaba formada por “el centro, los arrabales y las quintas (…). Levantada alrededor de la Plaza -hoy de Mayo-, Buenos Aires creció y cambió. Pero algunos rasgos porteños aún  perduran, y no sólo en las calles, que se sufren tan desordenadas como entonces. Ya en tiempos de la Colonia el tránsito porteño era tan caótico como ahora. Tanto es así, que por una orden del virrey SOBREMONTE del 3 de julio de 1804, se prohibió el estacionamiento de carros y carretas y el galope por la ciudad. Así, se esperaba ordenar la circulación por las calles. Mientras tanto, en los salón se bailaba el minué, el vals y, después de Revolución de Mayo, el cielito.

MÁS COMODIDADES PARA LA COLONIA. Según se cuenta, hacia 1810, llegaron al puerto de Buenos Aires “docenas y centenas de mueble”, mientras que los carpinteros locales; trabajaban afanosamente para satisface la demanda de una población que comenzaba a conocer los beneficios del confort. Es que la Revolución de 1810, no sólo sacudió la organización político-económica del virreynato. También le dio un nuevo lugar a la mujer y le enseñó a toda la ciudadanía, el camino que los llevaría a un futuro con menos sacrificios y escaceses.

GRANDES, MEDIANAS Y PEQUEÑAS TIENDAS. Pasado el tiempo de las pulperías, y hasta compartiendo con ellas, en algunos lugares de la patria, el espacio que ocupaban en la vida de los argentinos, los almacenes de ramos generales, las tiendas pueblerinas y las grandes tiendas de la urbe porteña, fueron el símbolo de una época que las vio florecer entre mitad del siglo XIX y mitad del siglo XX. Precursoras de los actuales “shoppings”, “galerías comerciales” y “free shopp” que día a día abren sus puertas para satisfacer las necesidades de aprovisionamiento de un público cada vez más consumista, fueron más que eso. Fueron refugio de confidencias, de intercambio de noticias del barrio y en aquellas verdaderamente grandes y magníficas como Harrods, Gath y Chaves y otras que nombraremos más adelante, lugar de reunión de las damas y caballeros de la alta sociedad para tomar el te con masas y hablar de modas ellas y de política ellos.

Famosas en su época y cada una de ellas, ofreciendo algún detalle que la distinguiese de las demás, las grandes tiendas de antaño, fueron quedando en el camino, superadas sus expectativas por nuevas y moderna técnicas de comercialización, cambios generacionales de las costumbres, y rigores de una economía cada vez más .influyente y pragmática.

Las ya nombradas “Harrods” y “Gath y Chaves”, “A la ciudad de Méjico”, “Tienda San Juan”, “Tiendas La Piedad”, “A la ciudad de  Londres”, “Casa Tow” y “Tienda San Miguel”, fueron algunas de ellas, que seguramente han quedado grabadas en la memoria de los argentinos que las vieron florecer y disfrutaron recorriendo sus espléndidos locales, profusamente iluminados con arañas de cristal, grandes espejos biselados, pisos inmaculadamente encerados, cortinas de brocato  y una atención casi señorial, donde cada uno se sentía como si todo el personal de la tienda estuviera a su disposición.

EL MANISERO.  Así se llamaba a unos pinterscos vendedores de maní que recorrían las calles de Buenos Aires hasta mediados del siglo XX. Lo hacían empujando unos pequeños carritos que habían armado con un tambor  de metal (quizás de unos 200 litros), al que le habían colocado un tubo que hacía las veces de chimenea, por lo que tenían todo el aspecto de una pequeña locomotora. En en el interior de tambor llevaban maní con cáscara que mantenían caliente mediante un pequeño brasero que mantenían encendido, también adentro del tambor. Voceaban su mercadería y el humo que salía por la chimenea era la garantía que ofrecían de que los maníes salían bien calentitos, condición que los hacía más deseables y apetecibles, sobre todo durante las frías jornadas de invierno.

LA RULETA DE LOS CUCURUCHOS. Cucuruchos, Cucuruchero ¡!! Pruebe su suerte con el Cucuruchero ¡!!. Era el pregón de unos simpáticos vendedores de cucuruchos que recorrían la ciudad de Buenos Aires y que desaparecieron a mediados del siglo XX. Pulcramente vestidos de blanco y llevando colgado del hombro un voluminoso tambor, quizás de unos 200 litros, ofrecían su mercadería, tentando a sus posibles clientes, con la posibilidad de ganar hasta dos y tres “cucuruchos” por unos centavos. Cómo era eso?. Reclamado por algún interesado, depositaba el tambor en el suelo y el cliente hacía girar una ruleta que éste llevaba sobre una de sus tapas. Al cesar en sus giros la rueda, indicaba cuántos “cucuruchos” había ganado. Podían ser, como dijimos, de uno a tres y entonces el “cucuruchero” sacaba del interior del tambor, calentitos y crujientes unos deliciosos “cucuruchos” triangulares, una especie de bizcocho cuya masa era parecida a la de los actuales envases que se utilizan para servir los helados en las heladerías, pero doblados de la forma que tienen los “creppes”.

1 Comentario

  1. Andrea Gsos Kepler

    Me encantaron todos los temas!

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