PIEZAS ARQUEOLÓGICAS ARGENTINAS ROBADAS

EL PROFESOR REX GONZÁLEZ COMENTA EL MISTERIOSO CAMINO DE LAS PIEZAS ARQUELÓGICAS ARGENTINAS ROBADAS. No fueron los conquistadores quienes se llevaron las piezas arqueológicas argentinas que hay en otras partes del mundo. En esta historia pesan los “huaqueros”, gente que busca lugares donde haya muchas piezas y las vende. Pesan también los campesinos de las zonas ricas en material arqueológico, que un día hunden el arado y encuentran algo que puede valer más que un año de trabajo.

“Hubo un señor Zavaleta –dijo en una oportunidad, el arqueólogo ALBERTO REX GONZÁLEZ, que fue el más grande “huaquero” del Noroeste Argentino. Era un comisario de Amaicha y formó una gran colección de piezas arqueológicas antigüas. Una parte la vendió al Fiel Museum, de Chicago, otras al Volker Kunde Museum, en Dahlen, Berlín. Eran casi todas piezas de madera, de metal y de piedra, pertenecientes a viejas épocas de estos territorios del norte argentino”. En el Museo del Hombre, de París, hay muchas cosas, entre ellas una coraza patagónica, de siete cueros superpuestos, que usaban los jefes araucanos y se piensa que las habría llevado un viajero que estuvo por aquellas comarcas.

Una de las más importantes colecciones argentinas está en Gotem Suecia. Las llevó el explorador Otto Nordenskjold, que trabajó por aquí, a principios del siglo XIX”. Son, dice González, piezas pertenecientes a la cultura de San Francisco, de Jujuy. Hay alfarería y urnas. En el país no tenemos ninguna urna de ese tipo entera. Son quizás de la primera cultura que usaba alfarería en gran escala, entre los años 1000 y 500 antes de Cristo. Pero esta comercialización no terminó. El arqueólogo cuenta con qué velocidad circulan hoy las piezas: “Un día yo tenía sobre mi escritorio una píeza de una cultura de la “aguada” en el noroeste argentino. Me la había mandado el curador del Museo de Brooklyn para que confirmara su procedencia. Vinieron dos colegas y me dijeron que la conocían: La tenía Fulano hace 8 meses en Belén, en la provincia de Catamarca. Le pregunté a mi colega de Brooklyn de dónde la habían sacado y me contestó: “Me la donó un benefactor, que la compró en Londres”.

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