MUJERES DE NUESTRA HISTORIA

Cuando la vicepresidente MARÍA ESTELA MARTÍNEZ DE PERÓN, sucedio en la presidencia a su marido Juan Domingo Perón el 29 de junio de 1974, se convirtió en la primrea mujer presidente de un país americano. La lucha por el sufragio femenino en la Argentina fue paralela históricamente a la de los Estados Unidos, pero aquí se demoró en ser legislado. Ponerla en marcha fue parte del programa del Presidente Perón, patrocinado por quien fuera su segunda esposa, EVA DUARTE DE PERÓN (Evita) quienes lograron que la ley de sufragio que otorgaba a la mujer el derecho de votar a los dieciocho años, fuera aprobada en 1947. En las actividades políticas de la primera presidencia de Perón, las mujeres aparecían con frecuencia como candidatas peronistas a distintos cargos electivos y administrativos, por lo que se creó una rama femenina del partido Peronista.

Pero desde mucho antes, las mujeres en la Argentina,  tradicionalmente han tomado parte activa en experiencias pioneras, en la defensa de sus derechos y en los intereses cívicos y filantrópicos de sus comunidades. Desde los primeros días de la conquista; por herencia y experiencia histórica, las mujeres compartieron con los hombres y fomentaron en sus hijos, el fuerte espíritu individualista que ha caracterizado a las argentinas de todas las generaciones. Continuadores de las leyes y costumbres españolas que consideraban a la mujer un personaje especial por derecho propio y condición, ya que aportaba a su marido y a sus hijos, su propia fortuna y el poder de sus relaciones familiares, la Historia de la República Argentina, está sembrada de nombres de mujeres que la hicieron con valor, vocación y esfuerzo..

Las mujeres en la lucha por la emancipación.
La Revolución de Mayo conmovió hasta sus cimientos a la apacible vida de la Gran Aldea colonial. Por eso la mujer no permaneció al margen de los sucesos. Pero, la acción de las mujeres argentinas en la gesta emancipadora, no ha dado solamente una o varias figuras privilegiadas y descollantes: No se polariza solamente en torno a una de esas damas de la sociedad colonial, la acción o la influencia determinante de tal o cual hecho, o que sea de ponderable relieve en los anales del movimiento comenzado en 1810 y finiquitado en su fase primordial en la memorable asamblea de Tucumán. Ha sido la esencia de su desempeño, una obra solidaria de carácter colectivo.

Las mujeres contribuyeron personalmente a obtener la independencia de diversas maneras: donando sus joyas o sus fortunas personales para comprar armas, convirtiendo sus hogares en lugares importantes de reunión para los líderes patriotas o para ser utilizados como oficinas de reclutamiento, confeccionando banderas y uniformes para el ejército de los Andes y en el noroeste; hasta agrupando y conduciendo las fuerzas armadas contra los realistas o acompañando a sus esposos en la lucha; durante el siglo XIX, las mujeres se interesaron profundamente en la política y en los o combatiendo junto con los hombres, como es el caso de las que, sin que sean las únicas, enumeramos a continuación, porque quizás son las más representativas de esta actitud:

La conducta de las mujeres argentinas en el movimiento de nuestra liberación, juzgada a la luz de la historia por la posteridad, es esencialmente femenina. Reivindica la posición básica de las mujeres consagradas al hogar, hacendosas, diligentes, prontas a ofrendar el tesoro de su cariño, a trocar la muelle blandura de las épocas serenas por la incertidumbre y las privaciones que estos movimientos siempre impusieron. Generaron desde sus puestos, la acción colectiva, ya que escasas excepcio­nes, nos las muestran convertidas en guerrilleras. Mérito doble que hay que adjudicarles al evocarlas. Por eso, el núcleo de muestras patricias, más bien que agrupar figuras sueltas, es el símbolo que reúne a todas las mujeres de esta bendita y próvida .tierra que abrazaron con ardor la causa de la libertad. Salvo en algunos casos (ver en “Personajes”), no empuñaron las armas como aconteció en otras revoluciones independistas.

No tiñeron sus manos con sangre enemiga, pero fueron el apoyo inconmensurable de su amor por la santa causa libertadora, aunque no se trataba de romper cadenas, sino de instaurar un orden y una fuerza nueva. La mujer conspiró e intrigó en las tertulias, fué formando un clima de alzamiento secundando a sus padres, hermanos, hijos o novios. Todas se mostraron resueltas en aquellos momentos trascendentales que se vivieron antes de las jomadas del Cabildo. Las patricias, el núcleo que todos conocemos como tales, constituía la “élite” de la sociedad porteña. Por su vinculación con los cabecillas y de las históricas jornadas, de la lucha épica, en ciertos aspectos, gravitaron a veces indirectamente, pero todas de consuno. Lo mismo las del pueblo, que la que brillaba en los salones de la época y eran el orgullo del Buenos Aires de entonces, Todas por igual, manifestaron idéntica abnegación, nobleza y decisión, incluso de llegar al sacrificio de sus vidas y sus bienes.

Unas y otras rivalizaron en desprendimiento y en la tarea de mantener viva la antorcha de rebeldía frente al estado vacilante del gobierno español que se desmoronaba. Era menester anticiparse a los acontecimientos. Y esa era la ocasión de independizarse, el instante crítico en que había que obrar con coraje y en que valía más la acción que el mismo pensamiento, aunque se tenía una idea muy vaga de lo que iba a emprenderse. A la luz de los quinqués que hoy admiramos en los museos, aquellas patricias cuyos nombres están en todas las mentes y aquellas “señoronas” que lavaban sus ropas en el río o paseaban por “La Alameda” los domingos por la mañana, bordaban y cosían ropas para los valientes patriotas, se desprendían de sus bienes o unían sus voces ante el Cabildo. Aquellas encapuchadas que se deslizaban por las calles sin empedrar de la vieja ciudad, como sombras aladas, que bisbiseaban palabras en clave al oído de fortuitos transeúntes, eran a veces correos de valía; intermediarias que ponían un velo enigmático sobre la actuación de muchas figuras destacadas.

Mujeres soldado
En la Historia de la Patria, hubo mujeres cuyo destino las llevó a tener que dejar la tibieza de sus hogares y de sus hijos, para acompañar a “su hombre” en las lides en las que tuvieron que estar, como protagonistas predestinados a una vida riesgosa y llena de sacrificios. Fueron ellas, las “Mujeres soldados”, muchas esposas, madres e hijas que compartieron los peligros de un vida heroica, para que la Patria naciera y se consolidara como Nación.

Mujeres reclutas
Los cuerpos de línea van recogiendo y llevando consigo en sus peregrinaciones a través de las provincias casi tantas mujeres como soldados. El Estado tolera hasta favorecer este hábito. A esas criaturas de tan buena voluntad les proporciona vituallas en los campamentos, caballos en caso de viaje, y se ocupa de la educación de sus hijos. No son mujeres de mala vida. Sus caprichos -quién no los tiene – son pocos y su desinteres absoluto. No tienen más que un marido a la vez. Por cierto que no es un marido de por vida. No por eso los miman menos , ni dejan de endulzarles los sinsabores de la vida de campaña, compartiéndolos con ellos. Se encargan de todas las menudas labores para las cuales el gaucho es inhábil.

Un regimiento sin mujeres sucumbe al aburrimiento. Las deserciones son entonces numerosas. Un jefe solícito se alarma cuando disminuye el personal femenino de su tropa, pues está pude desmoralizarse. Una vez incorporadas a los regimientos, estas reclutas con faldas se asimilan rápidamente a ellos, se aficionan a la vida de: cuartel y no la dejan ya. He- visto viejas desdentadas que, aunque parecían remontarse a las guerras de “la independencia”, seguían cabalgando a horcajadas detrás de una columna en marcha, y eran objeto de la misma deferencia, quizás más que sus compañeras jóvenes: eran las veteranas en el afecto de los soldados por las mujeres de la tropa.

Hay entre ellos y ellas tanta camaraderia como intenciones galantes. Fuera de las repetidas advertencias que reciben una que otra vez, merecidas a menudo, y que sólo turban de modo pasajero la armonia de las parejas, todos a menudo, se esfuerzan cordialmente por apartar de las mujeres las espinas más gordas del vivir militar. Para ellas es el último pedazo de pan, la última pipa, el mejor caballo. Hay que verlas, después de una de las raras visitas del comisario pagador, pasearse orgullosamente con sus adornos nuevos , ataviadas con un par de zapatos de raso azul claro, un vestido de seda verde y un gran pañuelo rojo o amarillo!. Les consta que honran a la bandera, y que sus personas representan todo el esplendor del batallón (ver Mujeres soldado).

Rescatamos aquí la historia de algunas de estas mujeres soldado y de otras que vivieron una vida que estuvo estrechamente vinculada con hombres y acontecimientos que conforman la Historia Argentina, sin olvidar las que brindando su amor a muchos de nuestros próceres, hicieron más llevaderos los días de lucha e incertidumbre que les deparaba la vida que habían decidido vivir como protagonistas de esa Historia (ver  Amores y amantes)

MARÍA DE ÁVILA (1524)
Cuando Buenos Aires, todavía era un simple espacio de tierra batida circundado por una estacada de palos y corría el año 1536, con los ojos fijos en la playa cercana, don PEDRO DE MENDOZA deja que el viento helado le azote el rostro. No tiene frío: su piel curtida por los mares “conserva todavía el calor que le ha transmitido, durante la noche, el sinuoso cuerpo de MARÍA DE ÁVILA, una sevillana de 22 años y grandes ojos oscuros que acompaña al capitán. “No es su esposa, a la que, con buen tino, el conquistador español ha dejado en tierra, a resguardo de las acechanzas que prometía semejante travesía. María es, digamos, la tripulante preferida de don Pedro, con tareas especificas en su camarote. Una muchacha de modesta condición social, con menos status que su mujer legítima, pero también con menos años, menos kilos y más entusiasmo”.

LA MALDONADA (1536)
La Maldonada, era una de las mujeres que vinieron con la expedición de PEDRO DE MENDOZA y estuvo junto él cuando éste fundó a Buenos Aires en 1536. Un día, algunos meses después de la fundación, Mendoza condenó a la Maldonada a ser abandonada a las fieras y a los indios feroces que merodeaban alrededor de la población, porque ella había desobedecido una orden del Adelantado. La Maldonada fue conducida por los soldados hasta un arroyo situado lejos de la población. Allí la ataron a un gran árbol y la dejaron sola. Al día siguiente, un oficial de Mendoza, con sus soldados, volvió al lugar. Según creían, sólo encontrarían allí los restos de la Maldonada, quien seguramente habría muerto bajo las flechas de los indios o bajo las garras de las fieras. Con gran sorpresa vieron que la Maldonada estaba viva y sin la menor herida. A sus pies estaba tendida una enorme leona rodeada de cachorros. La leona, en actitud pacífica, parecía estar cuidando a la mujer. Impresionado, el oficial comprendió la crueldad que significaba la condena de la Maldonada y, dió orden a sus soldados que la soltaran. Cuando el oficial le informó de lo sucedido a Pedro de Mendoza, el Adelantado exclamó: “Bien habéis hecho en libertarla. Queda perdonada. ¿Es que las fieras han de ser más nobles que los hombres?. El arroyo junto al cual sucedió este histórico episodio hace cerca de cuatrocientos años, se llama hoy el arroyo Maldonado, que corre por debajo de la ciudad de Buenos Aires.

MARÍA REMEDIOS DEL VALLE (1766-1847)
Conocida como “La madre de la Patria”, fue protagonista de una triste historia de injusticia y olvido. La heroica mujer que ayudada por sus dos hijas, no vaciló en desafiar a los realistas, para dar consuelo y apoyo a los soldados de Manuel Belgrano, luego de la derrota de Ayohuma. “La victoria es nuestra”, afirmó Manuel Belgrano cuando en la mañana del 14 de noviembre de 1813 vio descender en desfilada por la cuesta del Taquiri, rumbo a la Pampa de Ayohuma a las tropas del virrey del Perú, otra vez al mando de Joaquín de la Pezuela, su reciente vencedor en Vilcapujio. Trabada la lucha, la suerte de las armas sonrió al jefe realista y Belgrano debió apurar la copa de la amargura hasta las heces, mientras el ejército independentista, soportaba heroicamente el cañoneo que barría sus filas, “manteniéndose con tanta firmeza -así lo reconoció Pezuela- como si hubiese criado raíces en el lugar que ocupaba”.

Al analizar la desgraciada jornada de Ayohuma para nuestras armas, dijo Bartolomé Mitre “Nunca se ha hecho un elogio más grande a las tropas argentinas y merece participar en él una animosa mujer de color, llamada María, a la que conocían en el campamento patriota con el sobrenombre de “Madre de la Patria”. Acompañada de dos de sus hijas, con cántaros en la cabeza, se ocupó, durante todo el tiempo que duró el cañoneo, en proveer de agua a los soldados, llenando una obra de misericordia como la Samaritana, y enseñando a los hombres, el desprecio de la vida”.

En sus “Memorias”, Gregorio Aráoz de Lamadrid, quien participó de la acción, también aporta su testimonio diciendo: “Es digno de transmitirse a la historia, una acción sublime que practicaba una morena, hija de Buenos Aires, llamada tía María y conocida por “Madre de la Patria”, mientras duraba este horroroso cañoneo como a las doce del día 14 de noviembre y con un sol que abrasaba. Esta morena tenía dos hijas mozas y se ocupaba con ellas de lavar la ropa de la mayor parte de los jefes y oficiales, pero acompañada de ambas se le vio constantemente conduciendo en tres cántaros que llevaban a la cabeza, agua que sacaba de un lago o vertiente situado entre ambas líneas y distribuyéndola entre los diferentes cuerpos de la nuestra y sin la menor alteración”.

Allá por 1827, muchos porteños solían cruzarse, en la Plaza de la Victoria o en los atrios cercanos, con una morena anciana que pedía limosna apenas con un hilo de voz. Decía llamarse María Remedios del Valle y su alimento diario dependía de la caridad de los conventuales. Un día se cruzó con ella el general Juan José Viamonte, veterano de la primera campaña en el Norte. Creyó reconocerla y le preguntó su nombre. Al escuchar la respuesta, dijo a sus acompañantes: “Esta es La Capitana, la Madre de la Patria, la misma que nos acompañó al Alto Perú. Se trata de una verdadera heroína”. Valido de su condición de legislador, a poco solicitó para la pobre mujer una pensión en mérito a “los servicios prestados en la guerra de la Independencia”. La Comisión de Poderes propuso que se le diese el sueldo de capitán de Infantería, mas el despacho no llegó al recinto. Viamonte volvió a la carga un año después y debió soportar que se alegase falta de facultad de los diputados porteños para recompensar servicios hechos a la Nación. . Aunque no le gustaba hablar, Viamonte tomó la palabra y manifestó que la mujer había seguido al ejército de la patria desde 1810 y que no existía ninguna acción en la que no hubiera tomado parte. “esta benemérita mujer “, continuó diciendo “es bien digna de ser atendida porque presenta su cuerpo lleno de heridas de bala, y lleno también de cicatrices producidas por el castigo a los que había sido sometida por los realistas, y no se debe permitir que deba mendigar como lo hace”. Su declaración conmovió a todos los oyentes y fue apoyada por los testimonios de otros diputados, entre ellos Tomás Manuel de Anchorena, antiguo secretario de Belgrano en el Alto Perú, cuyo testimonio fue decisivo al afirmar que era la única mujer a la que Belgrano había permitido marchar con el ejército,cuidando a los heridos y dando consuelo de los moribundos.

Puesta en consideración la propuesta de Viamonte, por absoluta mayoría se aprobó el pago del sueldo correspondiente al grado de capitán y se dispuso que se escribiese y publicase una biografía de María, además de erigírsele un monumento. Pero el expediente se perdió entre un mar de papeles y María siguió mendigando hasta el día de su muerte y murió el 28 de octubre de 1847 (¿?) en la miseria, porque además de las heridas que le provocaron las balas realistas, debió sufrir en carne propia, el incumplimiento de la ley aprobada por sus compatriotas. Desde 1944, una callecita cercana al parque Avellaneda lleva el nombre de esta heroína a la que nunca se le reconocieron sus indudables méritos (extraído de un artículo de Enrique Mario Mayochi).

AGUSTINA LÓPEZ DE OSORNIO (1769-1845)
Fue la madre de JUAN MANUEL DE ROSAS y demostró durante toda su vida que era la que imponía la ley, en su casa de la calle Biblioteca, de la ciudd de Buenos Aires. Madre de diez hijos –Juan Manuel era el segundo–manejaba su residencia y los campos como si fuera un hombre. Ella se ocupaba de los pagos, disponía de la peonada en “Rincón de López” (la Estancia de la familia) y daba las órdenes en el hogar. Había quedado huérfana a los 14 años y obligada por las circunstancias devino en madre y padre de sus hermanos. Agustina manejó el dinero –que era mucho– que dejó don Clemente  –su padre– y supo invertir bien. Hasta que se casó con León Ortíz de Rozas y armó su propia familia. Era mano larga con su prole, así se hacía respetar. Y con el marido podía ser amorosa hasta el paroxismo o humillarlo en público, como cuando gritaba a viva voz que ella era la refinada de la pareja y que si se descuidaba le demostraba que era descendiente de los reyes de Normandía. AGUSTINA no quería que su hijo fuera político. Lo había preparado para que se ocupara de los campos y los negocios familiares. Pero aquello no pudo ser. Juan Manuel quedó prendado por la esfera pública y allí se instaló hasta el 3 de febrero de 1852, cuando empezó su exilio. Sin embargo, no había sido la gobernación la responsable de la distancia entre madre e hijo. Porque para doña Agustina López de Osornio, la culpable de todos los males era su nuera.

MARÍA ANITA PERICHON DE VAUNDEILLE de O’GORMAN (1775-1847)
Una superdama a la que la historia de las sábanas recuerda como “La Perichona”. Casada con el irlandés Thomas O’Gorman, viniendo desde Francia, en 1797 había llegado a la capital del virreinato con su marido, sus padres y hermanos. Era la tía abuela de CAMILA O’GORMAN —la amante del cura español LADISLAO GUTIÉRREZ, pareja “sacrílega”, que fuera fusilada durante el gobierno de JUAN MANUEL DE ROSAS, como respuesta a la demanda de una comunidad ofendida.

Una vez instalada, rápidamente comenzó a relacionarse con la crema de la sociedad porteña. Su marido tuvo mala suerte en los negocios y se refugió en España, pero ella decidió permanecer en el Rio de la Plata, donde su belleza y elegancia, adornadas con un meditado desenfado, le ganaron la envidia de las señoras y la embelezada admiración de los hombres, especialmente de uno de ellos, que cayó rendido a sus pies.

Ese hombre era nada más ni nada menos que Santiago de Liniers y el romance, se hizo público durante las primeras invasiones inglesas. Por ese entonces, ANITA se convirtió en la figura central de la trama política del virreinato y su casa, en una especie de sucursal de la Fortaleza. Buena parte de sus decisiones, don Santiago las tomó en la cama de La Perichona y según las malas lenguas, su enamorado virrey, le facilitó su incursión en los negocios y la colocación de sus parientes en los puestos públicos. Inteligente y dispuesta a hacer valer su vínculo con Liniers, Anita asistía a los desfiles militares y por las tardes lo acompañaba en su recorrida por cuarteles y lugares de instrucción,  montada a caballo y vestida con ostentosos y lujosos uniformes. Pero eran las noches el verdadero reinado de la Perichona; fueron famosas sus tertulias y las ruidosas fiestas que organizaba, calificadas por el Cabildo como festines y bacanales”

Deslumbrada por el poder, ANITA se sintió todopoderosa y resolvió casar a su hermano con la hija de Liniers sin permiso real. Este error precipitó su derrumbe. El Cabildo de Buenos Aires, que esperaba algún traspié, denunció el hecho ante el Consejo de Indias y La Perichona debió marcharse a Rio de Janeiro. Otra versión asegura que su extradición, fue consecuencia de que una noche de comienzos de 1809, el escándalo llegó al colmo, cuando la dama cantó con doble intención unas estrofas que ofendían al rey Fernando y a los españoles. Cualesquiera fuera la razón, lo cierto es que La Perichona debió irse de Buenos Aires y se se radicó en Río de Janeiro, donde también la acompañaron las tempestades amorosas. En este nuevo escenario para sus andanzas, su casa fue centro de reuniones políticas y sociales. Fue la favorita del embajador inglés lord Strangford y se ganó el odio de la princesa Carlota Joaquina.

En diciembre de 1809 “la Perichona” decidió regresar a Buenos Aires, pero no le permitieron quedarse y debió volver a Río de Janeiro. Cuando al fin, luego de la Revolución de Mayo de 1810, se le autorizó regresar al Río de la Plata, pudo volver a Buenos Aires, pero ya estaba en decadencia. Se estableció en una quinta, y desde entonces se perdieron sus huellas y nada más se supo de ella, hasta que falleció el 2 de diciembre de 1847. Sus restos descansan en el Cementerio de la Recoleta.

JUAN AZURDUY DE PADILLA (1780-1862).
Amazona y montonera. Heroína de la guerra de la independencia en el Alto Perú. Nació en Chuquisaca (hoy Sucre, Bolivia), el 12 de julio de 1780. Se educó en un convento hasta los dieciocho años. En 1802 conoció al soldado Manuel Asencio Padilla y el 8 de marzo de 1805 contrajo matrimonio con él. “Desde aquel instante siguió a su marido como la sombre al cuerpo que se desplaza en plena luz y soportó todas las vicisitudes y padecimientos de la cruel contienda que los envolvió”, frase consagratoria que le dedicó un investigador. En 1811, acompañó a su marido en la campaña del ejército patriota enviado desde Buenos Aires hacia el Alto Perú al mando de Antonio González Balcarcde. Luego de Huaqui, sus bienes fueron confiscados por José Manuel de Goyeneche, el comandante realista que había derrotado a Castelli y debieron huir a las montañas. Pero los triunfos de Tucumán (1812) y Salta (1813), les permitieron regresar a Chuquisaca. Fue entonces cuando Juana decidió, no sólo acompañar a su marido, sino combatir también con él. El 4 de abril de 1815, al mando del batallón Leales y bajo las órdenes de su marido que ya era Coronel de milicias, se batió con denuedo, en el cerro Carretas, contra los realistas comandados por el general Miguel Tacón. El 3 de abril de 1815, acompañó e su marido en le entrada triunfal en Chuquisaca. Soportó estoicamente el sitio a que la sometió el general español La Hera en el pueblecillo del Villar, pero, finalmente, venció a sus enemigos y los hizo retirar con precipitación, después de dos horas de rudo combate. En esa oportunidad presentó a su marido usa bandera tomada a los españoles. Al llegar el año 1816, habiendo cumplido ya numerosas hazañas, acompañada por una tropa de amazonas, dirigía personalmente devastadoras cargas de caballería y luchaba a la par de los más valientes. El general Belgrano comunicó al Director Supremo Pueyrredón que Juana había tomado una bandera enemiga en el asalto de Chuquisaca y la recomendaba, lo mismo que a sus compañeras (1). En “La Laguna” continuó batiéndose valerosamente y en marzo de 1816, con su marido reclutaron una tropa de indígenas con los que iniciaron la llamada “guerra de las republiquetas”. La “republiqueta” de los Padilla era una de las más vastas y tenía su cuartel general en La Laguna. Con este ejército rudimentario, la pareja de guerrilleros siguió los vaivenes de la suerte cambiante de las armas patriotas, causando serios perjuicios a los españoles, mediante acciones de guerrilla, veloces, imprevistas y fulminantes. Durante esta sangrienta campaña, Juana perdió a sus cuatro hijos, pero tuvo después una niña.

El 14 de septiembre de 1816, el coronel Padilla fue derrotado por el general español Aguilera, en la batalla de Viloma, no obstante la valerosa ayuda de su mujer y de sus soldados, viéndose obligado a ponerse en fuga con ella, con su ayudante, otra mujer que les servía de compañía y con el capellán Polanco. Fueron perseguidos y alcanzados. Para salvar la vida de su mujer, a quien rogó que huyese y se alejase lo más pronto posible, el coronel PADILLA desenvainó el sable y cargó con bravura contra sus adversarios, cuerpo a cuerpo, pero una bala enemiga lo hirió de muerte. Estando caído en el suelo donde se desangraba, el general Aguilera se arrojó sobre él y ordenando al capellán Polanco que lo absolviese, lo degolló. Después de la muerte de su marido Juana continuó su lucha y se radicó en Salta, donde se unió a Gúemes y allí, junto al caudillo salteño, siguió dando muestras de su valor y astucia.,

En 1825, luego de la batalla de Ayacucho (9 de diciembre de 1824), que concretó la independencia del Alto Perú, el gobierno de Salta le entregó, a su pedido, cuatro mulas y cincuenta pesos fuertes para viajar de regreso a Chuquisaca y allí tuvo el orgullo de recibir la visita de Bolívar, el victorioso general que le había dado la independencia a su patria. Falleció el 25 de mayo de 1862, en su ciudad natal, acompañada por la única hija que le quedaba, después de haberle dado cuatro hijos y un marido a su querida Bolivia.

(1). Con motivo de la valiente actuación  que le cupo en la acción librada en Villar, Alto Perú, donde arrebató una bandera a las fuerzas realistas, el 26 de julio de 1816 y desde Tucumán,el general Manuel Belgrano, elevó una recomendación para JUANA AZURDUY DE PADILLA, expresando en dicho documento “Excelentísimo señor: paso a manos e V.E. el diseño de la bandera que la amazona Juana Azurduy tomó en el Cerro de la Plata, como a once leguas al este de Chuquisaca, en la acción a la que se refiere el comandante Manuel Asensio Padilla, quien no da esta gloria a su esposa, por moderación, pero que por otros conductos fidedignos, me consta que ella misma arrancó de las manos del abanderado, ese signo de la tiranía, a esfuerzos de su valor y de sus conocimientos en la milicia  poco comunes en mujeres. Recomiendo a V.E.  a la señora AZURDUY ya nombrada, que  continúa en sus trabajos marciales  del modo más enérgico y a quien acompañan algunas otras más  en las mismas penalidades , cuyos nombres ignoro , pero que tendré la satisfacción  de ponerlos en consideración de V.E., pues ya los he pedido”.

Esta vez si se hizo justicia y a JUANA AZURDUY DE PADILLA, de nacionalidad altoperuana (hoy Bolivia), por disposición del Directorio, le fue otorgado el grado y los sueldos de Teniente Coronel de Milicias Partidarias de los Decididos del Perú, con fecha 13 de agosto de 1816, “por honor a su patriotismo distinguido”.

MANUELA PEDRAZA (1780-¿?)
Una tucumana recomendada. Muchos episodios ocurrieron durante la jornada vivida en Buenos Aires el 12de agosto de 1806, que revelaron el valor y el patriotismo del pueblo alzado en armas contra el inva sor inglés. Algunos han sido recogidos por la crónica, otros se han perdido en el anonimato y muchos, como fueron vivencias eminentemente populares, han sido felizmente asumidos por la tradición oral. Y es el caso que nos ocupa, una muestra de que algunos de estos hechos, no sólo han trascendido el ámbito coloquial de “fogones” y “saraos”, sino que han merecido el reconocimiento público por las características- poco comunes que revistió. Hablamos de una acción protagonizada por Doña MANUELA PEDRAZA, oriunda de Tucumán, esposa de un cabo de milicias de esa provincia, quien acompañando a su marido en la lucha que se libraba en las calles de Buenos Aires, durante la segunda de las invasiones inglesas, atacó a uno de los piquetes de ingleses que se hallaban atrincherados en la Recova, sometiendo a un nutrido fuego a los defensores de la ciudad. Sin que pudieran detener su empuje, llegó a los fortificados, mató a uno de los soldados y tomando el fusil de su víctima, continuó con su avance, haciendo fuego sobre los sorprendidos soldados ingleses, que se vieron obligados a abandonar sus posiciones. Luego de esa jornada, Santiago de Liniers mencionó a MANUELA PEDRAZA en su informe al Rey, recomendándola para ser nombrada “subteniente de infantería, con derecho a uso de uniforme y sueldo  correspondiente a su grado”.

JUANA “LA DRAGONA” (1784-¿?)
Como era de costumbre en los revueltos tiempos de nuestras guerras civiles, en diciembre de 1816, una mujer llamada JUANA MONTENEGRO, acompañaba a su esposo, soldado en el Regimiento de Dragones, que mandaba Juan M. Lorenzo. Cargaba la tal Juana un enorme sable, que hacia las delicias de los pifiones y traviesos del cuerpo, que siempre hallaban medios de hacer chacota del famoso sable de la amazona. Pero Juana hacía oídos de mercader, diciendo de vez en cuando: “Sigan nomás echándolas de graciosos, que yo les prometo que llegando la ocasión, han de ver a qué he venido”.

Esta ocasión no tardó en llegar: perseguía Lorenzo con su gente a las fuerzas del artiguista Juan Miguel Chiribao, que merodeaba alrededor del pueblo de Mandisoví (antigüo nombre que llevaba la que hoy es la ciudad de Federación, en la provincia de Entre Ríos), cuando impensadamente chocaron perseguidos y perseguidores, trabándose en combate inme­diatamente. Momentos después de producido el choque, un fuerte aguacero hizo imposible el uso de las armas de fuego, quedando así con ventaja los artiguistas, superiores en número a las fuerzas de Lorenzo. Este era muy decidido y animoso, no se amilanó y muy al contrario, con voz resuelta y enérgica mandó: “Carabina a la espalda, sable en mano y a la carga”.

JUANA MONTENEGRO obedeció la orden como cualquier soldado. Desnudó el sable, origen de tantas bromas, y colocada al lado de su esposo se mezcló en la pelea, fuerte y entusiasta, tan pujante como el “dragón más impetuoso del Regimiento. Dispersados y sableados los artiguistas, ella siguió encarnizadamente  la persecución de los que huían, volviendo luego al campamento, dueña de un fusil, que luego de haberle dado muerte, le arrancara personalmente a uno de los soldados enemigos que había perseguido.

Transmitida la proeza de esta mujer guerrera al gobierno, el Supremo Director Juan Martín de Pueyrredón, dictó un decreto, “mandando que dicha JUANA MONTENEGRO revistarse como plaza en el Regimiento de Dragones, con haber de soldado durante toda su vida, y que se le diera las gracias por su valeroso comportamiento”. Desde entonces la Montenegro dejó de usar su apellido para ser llamada por todos “La Dragona”.

MARÍA JOSEFA EZCURRA (1785-1856)
Hija de Teodora de Arguibel y Juan Ignacio Ezcurra, era la hermana mayor de Encarnación Ezcurra, la esposa de Juan Manuel. En 1803 fue casada en contra de su voluntad con Juan Esteban Ezcurra, un primo que llegó desde Pamplona, España y que luego de la Revolución de Mayo, decidió volver a su patria, dejándola abandonada a María Josefa, aunque luego, poco antes de fallecer, la nombró su única heredarea. En 1802, cuando recién había cumplido 17 años, conoció a Manuel Belgrano, que a la sazón se hallaba desempeñando el cargo de Secretario del Consulado y se enamoraron perdidamente. Cuando Belgrano fue nonmbrado comandante del Ejército del Norte, María Josefa, en marzo de 1812,  tomo la “mensajería de Tucumán”, una diligencia que tardaba 30 días en llegar a la ciudad norteña y desde allí se dirigió a Jujuy, dondo por fin se reunió con .Belgrano y lo  durante toda la campaña contra los realistas, sin hacerle  caso a los mandatos sociales de la época.

En 1813, como fruto de esta relación, tuvieron un hijo al que llamaron Pedro y que pusieron al cuidado de Juan Manuel de Rosas y de su esposa, la hermana de María Josefa, quienes lo hicieron bautizar y le pusieron el nombre de Pedro Pablo Rosas. En 1837, don Juan Manuel cumplió con su promesa de contarle a aquel hombre de 24 años, que ya era un nombrado juez de paz de Azul, su verdadero origen familiar y éste comenzó a ser llamado  Pedro Pablo Rosas y Belgrano.

Durante los años posteriores, María Josefa acompañó a Manuelita Rosas en sus actividades sociales, en las tareas de beneficencia y en la organización de los actos que la actividad política de su padre le imponían. Vvió muchos años en una casa de la calle Alsina 455, que actualmente pertenece al Museo de la ciudad de Buenos Aires.

ENCARNACIÓN EZCURRA (1795-1838)
La esposa de Juan Manuel de Rosas. Había conocido al soltero más codiciado de Buenos Aires y cayó prendada en el acto. Diferente del resto, que hacían evidente su desvelo, la menor de los Ezcurra trabajó el vínculo con cautela y dedicación hasta que logró su cometido. Juan Manuel  se enamoró pero sus padres se opusieron a ese noviazgo. El antagonismo que existió entre su madre Encarnación  y Agistina,  puede comprenderse por la importancia que al poder, a la riqueza y a la buena posición social se le daba en aquellos tiempos. Las diferencias entre quienes eran alguien por “alcurnia” o por poder y los advenedizos o escasos de bienes materiales o alejados de las esferas del poder, generaba feroces enfrentamientos, aún entre familires directos y hasta entre amigos y socios en otras circunstancias.

Agustina la acusaba de fea y poca cosa para su “príncipe heredero”. Pero no contaron con la astucia de Encarnación, que pronto demostró que no iba a dar su brazo a torcer y armó una argucia digna de culebrones incendiarios: inventó un embarazo, escribió una esquela anunciándoselo a su amado –todo en complicidad con el caballero en cuestión– y éste la depositó sobre su cama para que su madre tomara nota. Dicho y hecho, la furia poseyó el hogar de los Ortíz de Rozas. El “deber ser” hizo lo suyo y Encarnación pasó a formar parte de la familia. La lucha entre suegra y nuera fue vox pópuli y poco faltó para que se fueran a las manos. Tal era la iracundia, que la recién casada conminó al esposo a abandonar la casa. Los Rosas –Juan Manuel se había quitado el Ortiz de encima por una reyerta familiar– armaron una vida por cuenta propia y Encarnación ocupó su lugar como una reina. Colaboró con la carrera política de su marido como ninguna, transformándose en su asesora más confiable. En ella, lo femenino y la realización de su proyecto como mujer es lo que resulta más difícil de analizar, desde el punto de vista de la moderna concepción feminista del tema. ¿Hasta qué punto ella quiere ser protagonista y hasta qué punto quiere ser, simplemente, la compañera y la primera amiga de don Juan Manuel?

Creo que hay un momento crucial en su historia dice Isabel Allende: “en octubre de 1833, cuando ella logra organizar la Revolución de los Restauradores, para apoyar el regreso de su marido al poder. Entonces, ella siente que es capaz —ella también y por sí misma— de gobernar y lo escribe y lo dice. Y curiosamente, o no tan curiosamente, yo coloco allí mismo su ocaso. Creo también —aunque esto es una mera hipótesis— que la escasa correspondencia de Encarnación Ezcurra que ha llegado hasta nosotros y los muchos momentos oscuros oscuros de su vida, oscuros en cuanto al material histórico disponible, no son casuales. Probablemente, durante su exilio, el marido destruyó mucha correspondencia de ella. Recordemos esa gran quemazón de cartas realizada por Rosas en la década de 1860, cuando estaba obsesionado con la muerte, alegando que eso no iba a interesar a sus hijos, ni a nadie”.

Cuando el hombre partió rumbo a la campaña al desierto, ella quedó al cuidado del territorio. Guardaba las armas en la casa y mantenía reuniones secretas con los primeros pasos de la Mazorca. Ella ordenaba, los hombres acataban. También le sugería a su marido en quiénes confiar y cuáles debían pasar a recibir un funesto pulgar para abajo. Cuando lo tenía lejos, lo obligaba a comer luego de que alguien probara la comida. El temor del asesinato sobrevoló siempre. Fue la madre de los dos hijos de Rosas y crió a Pedro Pablo como propio, el hijo secreto de su hermana Pepa y Manuel Belgrano. Pero de instinto maternal, nada. Ante todo fue mujer y de ese hombre y nada más.

REMEDIOS ESCALADA DE SAN MARTÍN (1797/1823)
Fue la abnegada esposa del general JOSÉ DE SAN MARTÍN. A fines de 1814, se trasladó a Mendoza, donde su marido era el gobernador y se incorporó a la sociedad local. Colaboró activamente en las tareas de organización del Ejército de los Andes y fue quien promovió la entrega de las joyas personales de las damas mendocinas,  gesto que se concretó el 10 de octubre de 1815, logrando contribuir muy eficazmente al equipamiento de las fuerzas. Cuando en 1816, San Martín  sugirió la idea de dotar al ejército de una Bandera, fue Remedios quien con sus amigas, la confeccionó en pocos días.

VICTORIA ROMERO DE PEÑALOZA (1804-1889)
Esposa del caudillo riojano Ángel Vicente Peñaloza (apodado El Chacho), a quien acompañó a lo largo de sus campañas militares. Más capaz que ella en las lides militares no hubo, fue salvajemente herida en la cabeza por salvarle la vida a su marido, inmortalizada luego por la copla popular. Según  la  tradición, era mujer de temperamento varonil e independiente, que no vacilaba ante el peligro.

Nació el 2 de abril de 1804 en la Costa Alta de La Rioja, donde su figura se había hecho legendaria. Los habitantes de la provincia sentían por ella el mismo cariño que por el Chacho, pues ambos compartían las penurias de los desheredados. En la batalla del Manantial, librada por el Chacho contra fuerzas federales en 1842, Victoria realizó una hazaña que cimentó su fama. En medio de la lucha, viendo a su marido acorralado, se lanzó en su ayuda. “Debió su vida, escribió José Hernández en su biografía del Chacho, al arrojo e intrepidez de su mujer, quien, viendo el peligro en que se hallaba, reunió unos cuantos soldados y poniéndose a su frente se precipita sobre los que atacaban a Peñaloza, con una decisión que habría honrado a cualquier guerrero”. Su gesto le valió recibir un feroz sablazo que un enemigo descargó sobre su cabeza, causándole una herida desde la frente hasta la boca. El capitán Ibáñez la salvó a su vez matando al heridor. La tremenda cicatriz desfiguró el rostro de Victoria, que la disimulaba cubriéndose la cabeza con un manto. La copla popular aludía así al hecho: “Doña Victoria Romero, /si usted quiere que le cuente, / se vino de Tucu­mán / con una herida en la frente”.

No por ello dejó de acompañar a su marido en la paz y en la guerra. “La esposa del Chacho venía con frecuencia al campamento y al combate, dice Eduardo Gutiérrez, a compartir con su marido y sus tropas los peligros y las vicisitudes. Entonces, el entusiasmo de aquella buena gente llegaba a su último límite y sólo pensaban en protestar a la Chacha (como la llamaban), su lealtad hasta la muerte”.

En 1863 el Chacho se encontraba refugiado en Olta, La Rioja, buscado por fuerzas nacionales que tenían la orden de castigar al caudillo sublevado, y pese a que se había rendido, lo ultimaron de un, lanzazo en presencia de Victoria. Ésta, junto con su hijo adoptivo, fue tomada  prisionera y posteriormente liberada. Se ignora que fue luego de ella, pero se sabe que murió el 1 de noviembre de 1889 y que se le dio sepultura en el Oratorio de Atiles, cerca de Malanzán, provincia de La Rioja.

LA DELFINA (1809-1839)
Legendaria amazona argentina. Hermosa y valiente compañera del caudillo entrerriano Francisco Ramírez  a quien acompañó fielmente y sobre el que ejerció una gran influencia. Conoció a Ramírez en 1816 y se unió a éste, cuando era aún uno de los lugartenientes de Artigas y se convirtió en su inseparable compañera. Compartió sus andanzas y sus luchas, siguiéndolo en todas las campañas hasta la derrota final de su amado. Fue común verla junto a don Francisco en los entreveros que le tocó enfrentar. Con su pintoresca figura, vestida  con su traje de montar rojo y azul, calzando botas y cubriéndose con su chambergo, al que adornaba con una pluma de avestruz (esa misma pluma que formó parte del sello oficial de Entre Ríos, quizás como un gesto romántico por parte de Ramírez), era “La Delfina”. Y en  las galas de sociedad, con la misma gracia que llevaba el uniforme, cambiando el chambergo por las flores y la peineta, y el sable por el abanico, seguía siendo “La Delfina”. Luego, en el campamento de La Bajada, donde había bailes, títeres, juegos de naipes, riña de gallos, carreras y hasta corridas de toros, dejará el abanico por la guitarra y seguirá siendo “La Delfina”.

Nadie sabe a ciencia cierta si fue rubia o morena, blanca o mestiza. Ni siquiera ella sabía si Delfina era su nombre o su apellido (hay quien dice que su verdadero nombre era DELFINA MENCHACA). Por eso, debido a la carencia de datos precisos sobre su origen y su vida, muchas leyendas se han tejido alrededor de ella. Nada se conoce sobre su pasado, a pesar de que existían rumores de que era hija ilegítima del virrey portugués en Brasil, aunque también se le atribuye nacionalidad portuguesa y origen aristocrático. Otros le suponen un origen humilde que la hizo terminar como criada por una familia de estancieros afincados en Río Grande Do Sul. Hay también quien dice que eso de acompañar a un guerrero, no empezó con Ramírez y hasta hay quien le asigna un pasado “non sancto”. La verdad de todo es sin embargo, que “La Delfina” era una mujer valiente y de acción.

Aníbal Vázquez en su obra “Caudillos entrerrianos: Ramírez”, la describe como una mujer joven de resplandeciente belleza, de terso cutis blanco, de facciones delicadas y negra cabellera. Es una heroína a su modo, viste uniforme militar que según Mitre consistía en una casaquilla colorada, galoneada de oro y un sombrero a lo chambergo emplumado de rojo y negro”

Su valor era llamativo, casi exhibicionista. Amaba los uniformes y hábil como amazona y en el uso de las armas, acompañó a su “Pancho” como coronela del ejército federal, en todas las batallas que éste debió librar entre 1817 y 1821, unidos en el amor y en la lucha por los ideales del caudillo. No se separaban un instante, vestida ella con el uniforme de coronela galopando a su lado y luchando en las batallas como un soldado más. Porque además de apasionada era intrépida y valiente. Desde que el destino los unió, hasta que su dulce compañía, le significó la muerte a su amante el 10 de julio de 1821, los campos de combate de Gualeguaychú (12/1817); Saucesito (25/03/1818); Arroyo del Medio (04/01/1819); Ñandubay (05/01/1819); San Nicolás (09/11/1819) y Cepeda (01/02/1820), la vieron sable en mano combatiendo junto a su amado.

Aquel 10 de julio de 1821, Ramírez se encontraba en Córdoba y después de haber sido derrotado en Fraile Muerto, librado en proximidades de Río Seco, inició la retirada, seguido por la Delfina. Habiendo tomado ya una distancia prudencial de sus perseguídores, se dio vuelta para ver cómo lo seguía la Delfina y con estupor vio que el caballo de ésta había rodado y que solados de la partida enemiga ya la rodeaban. Sin dudarlo, volvió grupas, marchando en auxilio de su amada y cuando llegó al grupo, fue recibido a tiros, muriendo instantáneamente con un balazo en el corazón. Uno de los soldados decapitó su cadáver y su cabeza fue enviada a Estanislao López, que la hizo embalsamar y luego la puso en exposición en la Iglesia Matriz de Santa Fe. La Delfina fue rescatada y escoltada hacia Entre Ríos por los leales partidarios de Ramírez y más tarde murió en Concepción del Uruguay el 28 de junio de 1839.

LAS DAMAS DE MAYO (1810)
Fueron las damas patricias quienes le exigieron al coronel Saavedra mayor energía y decisión cuando su espíritu parecía vacilar pensando en la magnitud de la empresa a acometer. Fueron las señoras de RIGLOS, LASALA, IGARZÁBAL Y RODRÍGUEZ PEÑA las que se dirigieron al cuartel a ver a ese militar, para que se acercase a la reunión en que un grupo de patriotas entre los que figuraban Rodríguez Peña, Juan José Paso y Manuel Belgrano, se aprestaba a lanzar el movimiento decisivo y fueron ellas las que entregaron sus joyas más queridas, sus recuerdos de familia y algunas, hasta la suntuosa platería de sus mayores y del lujo de las veladas porteñas para comprar armas o para vestir a nuestros soldados. Ellas reunieron oro y llenaron los listines de suscripción con un entusiasmo contagioso. Sabían que tendrían que restañar la sangre que brotase de los pechos heridos, pero estaban alentadas por el ideal sublime de una noble conjura. No se les ocultaba que por la patria en embrión tendrían quizás que cubrir sus cuerpos con tules de luto y enclaustrarse como póstumo tributo a la memoria de aquellos que tuviesen la desgracia de perecer en el fragor de la lucha.

En sus gargantas se anudaría un sollozo en más de una ocasión y alguna lágrima después de titilar un segundo en las pestañas rodaría furtiva sobre el terciopelo de la mejilla. ¡La cuestión era triunfar para bien de la patria en marcha y para que ella se cubriese de gloría, pues para sí, nada querían ni pedían, desde que sus gesto todos, hablaban de ejemplar desprendimiento y de sacrificio. Nada más justo que recordar a esas, nuestra mujeres, que a medida que el tiempo transcurre, se acentúa el relieve de sus perfiles en la historia. Nada más justo que rendírles un homenaje que desde aquellos años, están pidiendo su monumento, ese monumento de mármol y bronce que la posteridad y la Nación les debe.

JOSEFA GÓMEZ (1815-1875)
Fue aquella misteriosa confidente y amiga de los Rosas que en 1852 comenzó a ser llamada “la embajadora de Rosas en Buenos Aires”. Fue su secretaria y portavoz mientras éste se hallaba en el exilio en Inglaterra. Nacida en la ciudad de Buenos Aires, provenía de una familia de origen español y era propietaria de varios establecimientos de campo –uno en el actual partido de 25 de Mayo, estancia “La Encadenada”, en la provincia de Buenos Aires, dedicada a la cría lanar; otro, en Gualeguaychú, en la provincia de Entre Ríos, y otro en el Departamento de Río Negro, en Uruguay– y de varias propiedades en Buenos Aires.

Estuvo casada con Antonio Elías Olivero, comerciante, quien murió asesinado en 1839. Al enviudar, se fue a vivir, como ama de llaves, a lo de Felipe Elortondo y Palacio, deán del Cabildo Eclesiástico Metropolitano, diputado de la Sala de Representantes (1831-1838 y 1839-1851), Director de la Biblioteca Pública, Administrador de varias parroquias vacantes, con quien, como resultado de una relación “non sancta”, tuvo una hija a la que llamó Juana Josefa Olivero, honrando así la memoria de su difunto marido. María Josefa Gómez conoció a Juan Manuel de Rosas a través de su hija Manuelita, de la que si bien fue amiga nunca formó parte de su círculo íntimo, aunque supo ganarse el respeto y la consideración  (aparte de la pasión), de Juan Manuel.

Josefa Gómez, protagonizó un hecho, una historia banal, que fue más bien un caso testigo de toda una época. Su relación con el sacerdote Felipe Elortondo Palacio, que era algo así como el prototipo de ese clero tan corrompido de finales de la era rosista, era pública y notoria lo que no les impidió ser quienes denunciaran por adulterio a la pareja de Camila O’Gorman, el cura Uladislao Gutiérrez y fueran los  más feroces opositores. Su caso se entrecruza con el castigo mortal a esa pareja. ¿Por qué tanta tolerancia por parte de don Juan Manuel, que recibía en Palermo al deán y a su concubina, mientras ordena el fusilamiento de los amantes “sacrílegos”?..

Recordemos que JOSEFA GÓMEZ era nieta de la escribana de la familia de Rosas y su relación con el cura Elortondo era un vínculo sellado por el secreto, lo que le garantizaba “la comprensión” del poder, del cual reciben premios y donaciones de tierras. Aquí, vida privada y vida pública fueron meticulosamente separados, mientras que lo de Camila, abiertamente asumido, representaba cierta amenaza al orden declamado por el Restaurador. Significaba mostrar el punto neurálgico de un “gobierno fuerte”, dado que revelaba el lado débil de ese gobierno.

Por eso, este romance fue uno de los tantos que le fue vedado a la Historia y sólo fue relatado en términos muy discretos; José María Ramos Mejía, en “Rosas y su tiempo”; solo dice unas frases para entendidos, pero no lo cuenta abiertamente. Saldías no hace referencia al caso y tanta reserva hace pensar, entonces, que la historia de las familias de cierta importancia social, han sido siempre cubiertas con el manto de una mal entendida “discreción”, actitud que no se observa cuando la historia es vivida por integrantes de clases sociales más bajas.

MANUELITA ROSAS Y EZCURRA (1817-1898)
Fue la hija dilecta de Juan Manuel de Rosas y ocupó el sitio vacante que dejó ENCARNACIÓN al morir. Una suerte de canciller sin funciones, “la Niña” –así la llamaba Rosas, incluso en su adultez –y su corte de amigas, recibían en Palermo a los caballeros con ansia de negocio, locales y extranjeros, como el primer paso antes de llegar al despacho del Gobernador. El vínculo entre ambos fue estrecho e intenso. Los enemigos de ROSAS, instalados en Montevideo, acusaban al hombre de llevar a la cama a su propia hija, fundando esa especie en que Juan Manuel la había conminado a que quedara soltera para toda la vida y junto a él. A Manuelita no le resultó fácil contradecir aquella orden. Se casó grande y estando ya en el destierro. eligió a Máximo Terrero, el hijo del amigo y socio de su padre en el saladero. Pero esto no logró calmar la furia de ROSAS. Permitió la boda bajo dos reclamos: él no participaría de la celebración y la pareja no viviría con él en la casa. Manuela se casó, tuvo dos hijos y nunca olvidó a su padre.

MARÍA EUGENIA CASTRO (1823-1876)
Entre 1840 y 1852  fue la compañera íntima de Juan Manuel de Rosas. 30 años menor que él, era hija del coronel Juan Gregorio Castro, quien antes de morir, le había recomendado a Rosas el cuidado de Eugenia y lo nombró albacea y tutor de la muchacha. Rosas envió a la niña con la familia Olavarrieta pero luego decidió ocuparse de ella personalmente y la instaló en su propia casa para que atendiese a doña Encarnación. María Eugenia fue una de las amantes “declaradas” del Restaurador y le fiue siempre muy leal. ROSAS la llamaba la “mancebita”, pero para la prensa unitaria, pasó a la historia como “La Cautiva” y según la describe Ibarguren, “era muy agraciada, morena, vivaz y sensual; una odalisca criolla con encantos suficientes para deslumbrar al estanciero, quien pasó velozmente de tutor a amante. Llegó a la casa a los 13 años. Cuidó a Encarnación en su lecho de muerte, mientras el patrón la metía en su cama. Eugenia fue la “oficial” de Rosas, pero escondida detrás de un biombo en la alcoba del Gobernador. Tuvo cinco hijos con el Restaurador y aunque éste nunca reconoció a ninguno de ellos, se preocupó de que no les faltara nada. Tras la muerte de Rosas, la descendencia “bastarda” intentó iniciar un litigio para reclamar la herencia. Manuelita, que los había tratado como hermanos durante las mieles del poder, hizo caso omiso y señaló que sólo eran los hijos de una sirvienta de la casa.

“No es posible establecer la fecha precisa en que comenzó la larga relación amorosa entre el gobernador y su pupila”, dice Sáenz Quesada. “Encarnación la trataba bien y Rosas le tomó afecto; era su favorita para cebarle mate y hasta se divertía con el temor reverencial que su personalidad provocaba en la huérfana. Ella revivía escenas muchos años después ante sus hijos, a los que contó cómo cayó por primera vez en brazos del gobernador, sin poder impedirlo, ni intentar defenderse, sugiriendo que había sido forzada en sus sentimientos”.

En esa época, sin embargo, mientras convivía con María Eugenia, según recuerda Rafael Pineda Yañez, Rosas se enamoró ardorosamente de Juanita Sosa, una bella amiga de su hija Manuelita. El romance no se extendió por una rotunda oposición de Manuelita, quien condenó a su poderoso padre a suspirar como un adolescente por aquella frustración sentimental que nunca terminó de digerir.

CAMILA O’GORMAN (1825-1848)
Fue una joven de 19 años, perteneciente a una familia destacada de la sociedad porteña que enamorada de un cura llamado Ladislao Gutiérrez, sobrino del general Celedonio Gutiérrez, enamorados e indiscretos, fue fusilada junto con su amante el.18 de agosto de 1848.  La orden la dio JUAN MANUEL DE ROSAS, pero toda la sociedad, inclusive el padre de ella y miembros de la Iglesia, clamaron por un castigo ejemplarificador contra estos dos jóvenes que se atrevieron a no ocultar su amor, desafiando con su actitud, la mojigata hipocresía de una sociedad, que seguramente los hubiera perdonado, si hubieran mantenido su relación en secreto, como era costumbre entonces.

JUANA SOSA (1827-¿? )
Fue la otra amante de Rosas. A esta la llamaba “la “edecanita” y era una de las amigas íntimas de Manuelita. De mucho menor linaje, vivió en Palermo con la familia. También visitó las habitaciones de Rosas, pero su alegría y voluptuosidad la colocaron en otro lugar. Disfrutó de las fiestas y la desmesura del poder. Sin embargo, caído el César, cayó su privilegio. Con Urquiza en el gobierno, fue internada en el Hospital de Mujeres Dementes. Juanita no estaba bien y no tuvieron alternativa. Murió en el hospicio, sola y en silencio.

LAS MUJERES DE GUAMINÍ. (1846)
Abajo las faldas, ponerse el kepís. Cuando ocupamos Guaminí, no habíamos llevado las mujeres de la división. No sabíamos lo que íbamos a encontrar y no queríamos tener ese estorbo, en el caso en que tuviéramos que librar batalla en campo raso con enjambres de indios, que fue al fin lo que nos cupo en suerte”.

Pronto advertimos que habíamos hecho mal en dejarlas; los soldados las extrañaban amargamente, languidecían, desertaban, no lavaban su ropa ni soportaban la campaña con buen humor, así que, como al cabo de tres meses, se enviara a la frontera un destacamento encargado de escoltar un convoy de uniformados, se decidió que al mismo tiempo, se nos trajeran a nuestras mujeres, pero antes de llegar al Fuerte, el destacamento fue atacado por un gran número de indígenas.

Al mando de esta columna, venía un oficial perspicaz por demás, que, desde que avistó a los indios, se dio cuenta que su considerable número, haría muy difícil la resistencia. Reunió a sus hombres y a las mujeres que traía y les dijo “Tengo bastante gente para resistir, pero esos demonios me van a quitar la caballada. Muchachas, a ustedes se las confío. Rodéenla, y no dejen que nadie se aproxime”.

—Está bien, teniente —respondieron y una de ellas pidió un revólver “para en caso de ser necesario” dijo. Al acercarle el arma, el teniente se detuvo diciendo: —Un momento — Si ustedes se presentan con esas ropas los salvajes se van a encarnizar en robar la caballada. Hay que evitarlo. Hay uniformes suficientes en los cargueros; conque así ¡faldas abajo y a vestirse de reclutas!, pero sobre todo, hagan honor al glorioso uniforme que les confío!

Los indios coronaban ya las alturas y tomaban sus disposiciones para el combate, cuando fuera de su vista se presentaba un espectáculo inusitado. En ese momento de solemne tensión que siempre precedía a una carga, ver a las mujeres, faldas abajo, como les había dicho el teniente, poniéndose la bombacha y la chaquetilla azul, ocultando sus largas cabelleras bajo el kepis y saltando sobre el caballo, mientras que los soldados con el arma pronta y el ojo atento, pero no del lado de los indios, se cambiaban dicharachos fuertemente condimentados sobre las formas más o menos redondeadas que las indiscreciones de esa rápida toilette dejaban en descubierto por un momento.

La carga fue brillantemente rechazada y la caballada se salvó. Los indios llegaron, sin embargo, muy cerca. Sólo un año después vinieron a saber, cuando los hicimos prisioneros, que ese día se las habían visto con mujeres soldados” (extraído de “La Pampa”, un libro de Alfrcd Ebélot, París, 1889)

CARMEN FUNES (1863-1916).
Una fortinera de agallas que fue apodada “La Pasto Verde”. En 1881 se instaló en el antiguo “Fuerte Roca” y se convirtió en una una legendaria mujer que acompañó a las tropas que hicieron la Campaña al Desierto. Durante un período de seis meses, seis mil soldados protagonizaron la conquista del desierto que terminó con el dominio indígena sobre un vasto territorio de 20.000 leguas. Los soldados soportaron durante su marcha la dureza del clima y las enfermedades que hacían más graves los rigores de la guerra y la mayor parte no recibió ningún reconocimiento. Estas condiciones extremas fueron compartidas por muchas mujeres que la historia ignora. Una de ellas fue CARMEN FUNES que al terminar la campaña, se quedó en un pueblo cercano a Bahía Blanca e instaló una cantina. En 1899 cuando el progreso llegó bajo la forma del tren, abandonó el pueblo y se trasladó a Plaza Huincul, en la provincia de Río Negro, un sitio desolado y sin agua, donde parecía que la vida humana era imposible. Pero doña Carmen conocía la existencia de un manantial y allí levantó su rancho. Ese lugar se convirtió en una parada obligada para los viajeros que encontraban un refugio, después de una larga marcha bajo el sol ardiente y fuertes vientos. En 1913 el ferrocarril llegó a Zapala y nuevamente doña Carmen vio arruinado su negocio, dedicándose entonces a cuidar un poco de ganado que había logrado reunir. Cuando en 1915 el Gobierno envió una comisión de geólogos para investigar la presencia de petróleo, el rancho de doña Carmen les sirvió de primer alojamiento. La mujer murió el 15 de diciembre de 1916 y fue enterrada cerca del lugar donde se levantaba su rancho. Allí se construyó un monolito que la recuerda y donde siempre hay alguna flor colocada por la gente de los pueblos cercanos.

ROSITA CAMPUSANO (1796-1851)
En la época de la Independencia, como todo argentino ha leído en los libros de historia, el general JOSÉ DE SAN MARTÍN estaba casado con REMEDIOS DE ESCALADA. Cuando ella murió, hacía más de dos años que no veía a su marido y unos historiadores sospechan que San Martín, en ese tiempo, se involucró en algunos amoríos.

Según narra el escritor Ricardo Palma, en su libro “Tradiciones peruanas”, San Martín fue más que amigo de ROSITA CAMPUSANO. “San Martín no dio en Lima motivo de escándalo por aventuras mujeriegas —escribió Palma— Sus relaciones con la Campusano fueron de tapadillo. Jamás se lo vio en público con ella, pero como nada hay oculto bajo el sol, algo debió traslucirse, y la dama fue bautizada con el sobrenombre de “La Protectora”, en clara alusión al título de “Protector del Perú”, con el que se había honrado a SAN MARTÍN, luego de que liberara al Perú del poder de España.

DAMASITA BOEDO (1817-¿?)
Damasita entra en la Historia cuando el general unitario Juan Galo de Lavalle, llegado de Salta con su ejército y ordena la detención de José María Boedo y su tío,  acusados ambos de espionaje al servicio de Rosas, por lo que son condenados a muerte. “Ese es el instante, —nos cuenta Bajarlía en su obra — en que DAMASITA BOEDO, joven y bellísima, se presenta ante Lavalle para pedirle clemencia para su hermano y su tío. El general vio a la fascinante salteña de 23 años, pero no cedió. Desde entonces, la necesidad de venganza de la joven se volvió impostergable”.

DAMASITA sabía que Lavalle era tan terco como mujeriego y decidió seguir visitándolo. En esto se apoyaba su plan. Finalmente, fingiendo estar enamorada, se propuso seguirlo y durante meses compartió noches y días con él, aguardando el momento de vengar a sus familiares ejecutados. En la madrugada del 8 de octubre de 1841, Lavalle,  con su tropa diezmada, decide pernoctar en Jujuy. A 6 de la mañana, una partida federal entra en la ciudad y ordena la rendición. El centinela del caserón donde reposa Lacvalle, corre hacia el interior para avisarle a su jefe que duerme con DAMASITA. Salta Lavalle de su cama y sale a ver qué pasa, pero al cabo de un tiroteo, el general unitario cae muerto (ver “La muerte de Juan Galo de Lavalle”). Según Alonso Piñeiro, aquel fue un episodio muy confuso, al punto que “las tropas federales, que en realidad buscaban al gobernador de Jujuy, Elías Bedoya, al no encontrarlo, se retiraron sin enterarse de que habían matado a Lavalle”. Otras  versiones, sostienen que DAMASITA no fue ajena a esta escaramuza, y que al fin, así pudo consumar su venganza.

En épocas más modernas, las mujeres se destacaron en especial en las artes y en la literatura y muchas de ellas han llegado a ser académicas, escritoras, abogadas, médicas, dentistas, periodistas, etc.. Muchas de estas contribuciones de las mujeres argentinas han pasado a formar parte de la herencia nacional a través del folclore y de la historia.

Véase el ensayo “Women; the forgotten half of Argentine history” de Nancy Caro Hollander, en el libro editado por Ann Pescatello “Female and Male in Latin America: Essays” (Pittsburgh, Pa., 1973); “Diccionario biográfico de mujeres argentinas”, Lily Sosa de Newton, Buenos Aires, 1972;  Nota publicada el 31 de enero de 1993 en el diario Clarín, firmada por Jorge Zicolillo, Alejandro Caravario, Miguel Frías y Gonzalo Girolami, Notas y datos extraídos de “Espadas y corazones” de Daniel Balmaceda y textos extraídos de la Hemeroteca personal del autor.

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