LA MUERTE DEL GENERAL JOSÉ DE SAN MARTÍN(17/08/1850)

De qué murió San Martín (Por Claudia Peiró).
“Mucho se ha hablado de las enfermedades del Libertador y en los años de la Campaña de los Andes, varios amigos temieron por su vida. Pero el general murió mucho después, a los 72 años, edad bastante avanzada para la época”.

“Fue el 17 de agosto de 1850, a las tres de la tarde. Aunque la salud de SAN MARTÍN estaba resentida en los últimos tiempos, para su médico personal, su hija MERCEDES y su yerno MARIANO BALCARCE su fallecimiento fue sorpresivo. Esa misma mañana se había levantado y hasta había almorzado con ellos. Pero repentinamente se sintió muy mal. El desenlace fue muy rápido. ¿Qué había pasado? El certificado de defunción nada dice de las causas de su fallecimiento; tampoco se han conservado constancias médicas de los profesionales que lo atendieron a lo largo de su vida, en América y en Europa. Por otra parte, el estado de la ciencia médica en aquellos tiempos hace que las deducciones sobre las enfermedades que padeció, deban basarse en los testimonios, los del propio SAN MARTÍN y los de terceros, sobre sus síntomas. No existía la radiografía ni el estudio bacteriológico. El estetoscopio fue inventado por LAENNEC recién en 1817.

“Lo que se expone a continuación son las conclusiones del doctor MARIO S. DREYER, volcadas en el libro Las enfermedades del general don José de San Martín” (Academia Nacional de Ciencias, 1982)”.

“El general SAN MARTÍN padeció varias dolencias crónicas, graves por sus síntomas –en especial dolores agudos, por momentos invalidantes-, pero que no implicaban riesgo inmediato de vida. Básicamente fueron tres: asma, gota y úlcera, siendo esta última la más probable causa de su muerte. Es interesante notar que en las tres afecciones citadas tienen una fuerte incidencia los factores psicosomáticos: son todas dolencias que se ven agravadas, cuando no directamente desencadenadas, por el estrés. No hace falta abundar en los muchos motivos que tuvo San Martín a lo largo de su vida para hacerse “mala sangre”. Pese a ello, no puede decirse que fuese una persona de mala salud. Sirvió en el ejército español desde la temprana edad de 12 años, hizo vida de militar durante mucho tiempo -con las incomodidades y rigores que ello implica-, estuvo en el campo de batalla en varias ocasiones, y sólo en una ocasión tuvo que solicitar unos días de reposo, posiblemente por las primeras manifestaciones del asma. En otra ocasión, haciendo de correo, fue atacado por salteadores de caminos de los que debió defenderse con la espada y que lo hirieron en el brazo y en el pecho”.

“Todo ello fue superado y, a su llegada al Río de la Plata, con 34 años y una larga carrera a cuestas, su actividad no disminuyó; todo lo contrario. No es casual que la primera manifestación de la úlcera –el vómito de sangre- haya tenido lugar en Tucumán, en abril de 1814, cuando San Martín estaba a cargo del Ejército del Norte, un puesto que había aceptado por disciplina,  pero que no deseaba y que creía inconducente a los fines de concluir la guerra de Independencia. Fue en aquella oportunidad que San Martín se retiró a una estancia en Saldán (Córdoba) para recuperarse de aquel primer ataque (que por entonces no era diagnosticado como úlcera, sino que se hablaba de “ataques de sangre”) y allí es donde recibe a JUAN MARTÍN DE PUEYRREDÓN –futuro Director Supremo- y termina de coordinar con él el plan para instalarse en Mendoza y desde allí organizar la Campaña de los Andes. Es por eso que muchos historiadores pusieron en duda la gravedad de su dolencia; y su existencia misma. Pero el  padecimiento existió –y en lo sucesivo se manifestará una y otra vez en crisis recurrentes, alternadas con períodos de remisión, sin síntomas, como sucede con la úlcera-, lo que no obsta que el general se haya servido de eso para acelerar su salida del Ejército del Norte y su pase a Cuyo”.

“En enero de 1816, SAN MARTÍN le escribía a TOMÁS GODOY CRUZ, diputado al Congreso de Tucumán: “Un furioso ataque de sangre y en su consecuencia una extrema debilidad me han tenido 19 días postrado…”. Uno de los médicos que lo atendía, el cirujano del Ejército de los Andes, JUAN ISIDRO ZAPATA, llegó a escribirle en julio de 1817 a TOMÁS GUIDO, amigo de SAN MARTÍN, una carta alarmante: “Preveo muy pronto el término de la vida apreciada de nuestro general, si no se distrae de las atenciones que diariamente le agitan, a lo menos el tiempo necesario para reparar su salud, atacada ya por el sistema nervioso”. “El cerebro –sigue diciendo Zapata-, viciado con las continuas imaginaciones y trabajos comunica la irritabilidad al pulmón, al estómago y a la tecla cerebral, de donde resulta la hematoe o la sangre en la boca, que si antes fue traumática o por causa externa, hoy es por lo que he dicho. El mismo origen tienen sus dispepsias y vómitos, sus desvelos e insomnios y la consunción que va reduciendo su máquina. Empeñe usted toda su amistad para que este hombre todo del público se acuerde alguna vez de sí mismo y que dejando de existir no serviría ya a esa patria para quien debe vivir (…)”. Como se ve, aunque ZAPATA se hace eco de la versión de que las hemorragias de SAN MARTÍN se debían a las heridas de aquella pelea en España –algo que varios testigos repiten-, también se muestra consciente del peso del factor emocional”.

“DREYER, por su parte, descarta que los vómitos de sangre de SAN MARTÍN hayan tenido origen pulmonar. La falta de diagnóstico preciso, llevó incluso a muchos autores a avanzar la hipótesis de que el vómito de sangre pudo deberse a una tuberculosis, la misma enfermedad que se llevó prematuramente a la tumba a su esposa, REMEDIOS DE ESCALADA. Pero DREYER sostiene que, en el caso de la úlcera, la hemorragia empieza y termina en forma brusca; y así son los ataques de SAN MARTÍN. Por otra parte, no tuvo los otros síntomas de la tuberculosis –adelgazamiento extremo, por ejemplo-, y su rápida recuperación luego de los ataques. así como su longevidad son incompatibles con esa enfermedad”.

“El diagnóstico de la úlcera lo basa DREYER en el hecho de que esta enfermedad tiene tres períodos: uno, de reposo, en el que no hay síntomas; un segundo, de actividad, con acidez y dolores cíclicos en la región superior del abdomen (pueden producirse cierto tiempo después de las comidas, a veces se alivian con la ingesta de nuevos alimentos, o bien son dolores ultratardíos, es decir varias horas después de comer, con frecuencia en medio de la noche); los períodos de gastralgia se alternan otros sin dolor; por último, la tercera etapa de la úlcera es la de complicación: cuando se produce la hemorragia o la perforación, lo que puede ser letal para el paciente”.

“En San Martín aparecen todas estas etapas, según el testimonio propio y de terceros. En correspondencia a GUIDO, en 1847, SAN MARTÍN dice: “Yo me hallaba batallando con mi periódico dolor de estómago”. DREYER cree que la localización de la úlcera de SAN MARTÍN era duodenal y no gástrica, por el hecho de que en la primera la incidencia del sistema nervioso es mayor, por el largo tiempo que la padeció (36 años) antes de que se presentasen las complicaciones fatales, y por los dolores ultratardíos (nocturnos); todas características de la primera localización”.

La “fatiga de pecho”
Desde Mendoza, en medio de las agitaciones de la preparación del Ejército de los Andes, escribe a las autoridades: “…Hace tres meses, para poder dormir, debo estar sentado en una silla”. Aparecen así las referencias a la “fatiga de pecho”. DREYER afirma que efectivamente padeció asma. En el caso de SAN MARTÍN, dice, es difícil identificar cuál era el origen y el alérgeno que la desencadenaba. Pero sí considera que era de origen exógeno. “Es más frecuente, escribe,  que la otra forma clínica, el asma intrínseco, en que los alérgenos están cantonados en el mismo organismo”. Esto explica que los accesos de asma de SAN MARTÍN, se hayan ido espaciando y que en Europa haya pasado mucho tiempo sin padecerla. Por entonces empieza también a manifestarse su tercera enfermedad crónica, que muchos testigos llaman reumatismo (el mismo San Martín usa esa palabra). En cambio, su íntimo amigo TOMÁS GUIDO, a quien DREYER da la razón, es el único que habla de gota. En sus memorias, escribe: “A más de la dolencia casi crónica que diariamente lo mortificaba [se refiere a los trastornos digestivos], sufría de vez en cuando ataques agudísimos de gota, que, entorpeciendo la articulación de la muñeca de la mano derecha, lo inhabilitaban para el uso de la pluma. Su médico, el doctor ZAPATA, lo cuidaba con incesante esmero, induciéndolo no obstante, por desgracia, a un uso desmedido del opio, a punto de que, convirtiéndose esta droga, a juicio del paciente, en una condición de su existencia, cerraba el oído a las instancias de sus amigos para que abandonase el narcótico (de que muchas veces le sustraje los pomitos que lo contenían) y se desentendía del nocivo efecto con que lenta pero continuadamente minaba su físico y amenazaba su moral”.

“En agosto de 1819, SAN MARTÍN le escribía a GUIDO: “Ya estaría en Buenos Aires de no haber sido un diabólico ataque de reumatismo inflamatorio que me ha tenido once días postrado de pies y manos y sufriendo dolores agudos: ayer me levanté algo más aliviado”. Esta enfermedad articular se le manifestó a partir de los 39 años; los factores desencadenantes fueron el frío, la fatiga y –una vez más- las preocupaciones. Los motivos para hablar de gota y no de reumatismo, son las localizaciones del dolor: habitualmente las muñecas, las manos y los pies. También el hecho de que, luego de los ataques, recuperaba la movilidad articular y no había deformaciones. En la única fotografía de San Martín –el daguerrotipo tomado dos años antes de su muerte- se ve una de sus manos, sin deformidad”.

“Los intensos dolores que esta enfermedad le causaba en las articulaciones hacen que, a fines del año 1819, luego de enviar la célebre proclama -“Mi sable no saldrá jamás de la vaina por opiniones políticas”- por la cual se niega a obedecer las órdenes de reprimir con su Ejército a los caudillos federales, debe cruzar los Andes en camilla, ya que no puede montar. Sin embargo, poco tiempo después, recuperado y sin secuelas, partirá hacia el Perú. En Europa, San Martín se hace asiduo de los baños termales, para aplacar los síntomas de la gota, una de las formas de artritis más dolorosas que se produce cuando se acumula demasiado ácido úrico en el cuerpo, lo que causa dolor, hinchazón y rigidez en la articulación. Más allá del estrés, otro factor era la dieta de los tiempos posvirreinales, ya que la carne roja, los frijoles y lentejas, por ejemplo, están entre los alimentos que contienen más purinas, de cuya descomposición surge el ácido úrico”.

San Martín en Europa
En el año 1833, San Martín le escribía a un amigo: “He estado afectado de agudos ataques nerviosos al estómago en el otoño de 1833, he tenido tres o cuatro ataques inflamatorios del mismo que han desaparecido con cama y dieta”. A partir de 1841, los ataques serán anuales. Y en enero de 1844, se siente tan mal que redacta su testamento. Al año siguiente, le escribe a su fiel amigo GUIDO y le cuenta: “(He pasado) cerca de cuatro meses de continuos padecimientos, en que no podía tomar el menor alimento sin que a la hora me atacasen cólicos sumamente violentos y a esto agregue Ud. un sueño constantemente agitado e interrumpido y la consecuencia fue una debilidad extraordinaria”. En 1847, nuevamente a GUIDO, le dice “estar atacado desde hace más de un mes de dolores nerviosos en el estómago casi sin la menor interrupción”.

“Por ese entonces, empezará a perder la vista debido a las cataratas. Signo de lo mucho que esta limitación lo afectó es que se arriesgó a una operación –en esos tiempos sin anestesia-, pero que no tuvo los resultados esperados. Esto, según sus allegados, lo sumió en una gran melancolía, pues ya no podía leer ni escribir. Quienes visitaron a San Martín a partir de 1846, dan fe de que lo encuentran achacoso, pero no postrado y además conservando su lucidez intelectual. Todavía en julio de 1850, un mes antes de su deceso, el médico lo había enviado a las aguas termales de Enghien, en las afueras de París, y regresó a Boulogne a comienzos de agosto. El día 6 hizo su último paseo, en carruaje”.

“El periodista argentino FÉLIX FRÍAS, corresponsal del diario chileno  “El Mercurio” en Francia, llegó a Boulogne pocas horas después de la muerte de SAN MARTÍN y dejó un relato detallado de lo que pasó aquel día. “El 17 (de agosto), el general se levantó sereno y con las fuerzas suficientes para pasar a la habitación de su hija, donde pidió que le leyeran los diarios (…). Hizo poner rapé en su caja para convidar al médico que debía venir más tarde, y tomó algún alimento. Nada anunciaba en su semblante ni en sus palabras el próximo fin de su existencia. El médico le había aconsejado que trajera a su lado una hermana de caridad a fin de ahorrar a su hija las fatigas ya tan prolongadas de sus cuidados. [pero ella] no quería ceder a nadie el privilegio, tan grato para su amor filial y del que disfrutó hasta el último instante, de asistir a su padre en su penosa enfermedad. El señor Balcarce salió a la mañana del mismo día a hacer esa diligencia, acompañado por don JAVIER ROSALES, a quien comunicó las esperanzas que abrigaba en el restablecimiento del general y su proyecto de hacerle viajar; tan lejos estaba de prever la desgracia que le amenazaba. (…) Después de las dos de la tarde, el general SAN MARTÍN se sintió atacado por sus agudos dolores nerviosos de estómago. El doctor JARDON, su médico, y sus hijos estaban a su lado. El primero no se alarmó y dijo que aquel ataque pasaría como los precedentes. En efecto, los dolores calmaron, pero, repentinamente, el general, que había pasado al lecho de su hija, hizo un movimiento convulsivo, indicando al señor Balcarce con palabras entrecortadas que la alejara, y expiró casi sin agonía”.

“El relato del yerno, MARIANO BALCARCE, difiere un poco del anterior, pero no en lo esencial: “Conservó hasta el último instante la lucidez de su ánimo y la energía moral de que estaba dotado en tan alto grado. Aunque débil, nada podía anunciarnos que su existencia estuviese tan próximamente amenazada. El 17 se levantó, se vistió y pasó la mañana recostado sobre un sofá en el cuarto de MERCEDITAS; almorzó sin repugnancia, estuvo conversando con nosotros. Poco antes de la una nos dijo que se sentía algo agitado de los nervios, y viendo que no se calmaban con la prontitud que otras veces, mandamos llamar a su médico a quien quería y apreciaba mucho. Este facultativo, de mucha experiencia y saber, tampoco se alarmó, y pensó que era uno de los ataques nerviosos que experimentaba con frecuencia, y que pasaría pronto. En efecto, nuestro buen padre se había clamado, y nos dijo que se sentía más aliviado; pronunció estas palabras: “Llévenme, hijos, a mi cuarto” y recostando su cabeza sobre el almohadón expiró como si hubiera caído en el sueño más apacible, dejando al médico consternado y afligido y a nosotros con el más profundo dolor, no pudiendo persuadirnos que el Todopoderoso acababa de llamar a su lado a nuestro querido padre”.

“A partir de estos testimonios, DREYER descarta una falla pulmonar, ya que no se habla de asfixia; solo de debilidad. Y, sumado al hecho de que otros testimonios mencionan que SAN MARTÍN sintió “frío” en los instantes previos a la muerte, concluye que se trató de un shock hemorrágico causado por la úlcera. Así lo describe: “Bruscamente ha disminuido el volumen de sangre circulante; por lo tanto, sufre una hipovolemia por una hemorragia; la sangre es derivada al cerebro y al corazón, no llega a la periferia, el enfermo siente el frío glacial, pero está lúcido (…) Un instante más tarde, cuando ya la pérdida sanguínea es muy crítica, comienza el padecimiento del órgano más jerarquizado: el cerebro, y pierde el conocimiento, pero antes de morir tiene un movimiento convulsivo, que no es sino la expresión de la anemia cerebral; sufren todas las células del encéfalo pero la exteriorización queda limitada solamente a aquellas áreas capaces de manifestar el sufrimiento, en este caso las células piramidales de los centros de la motilidad, que responden con el movimiento convulsivo”.

Acta de defunción del registro de Boulogne-sur-Mer
“El año 1850 y 18 de agosto a las 11 de la mañana, delante de nosotros abajo firmantes (…), han comparecido Francisco Javier Rosales, Encargado de Negocios de Chile en Francia, residente en Paris, de cuarenta y nueve años de edad, amigo del citado más adelante, y Adolfo Gérard, abogado de cuarenta y cinco años de edad, igualmente amigo del citado más adelante, los cuales nos han declarado que José de San Martín, Brigadier de la Confederación Argentina, Capitán General de la República de Chile, Generalísimo y fundador de la libertad del Perú, residente en Boulogne, nacido en Yapeyú, provincia de Misiones (Confederación Argentina) de setenta y dos años, cinco meses y veintitrés días, viudo de Remedios de Escalada, hijo del Coronel Juan de San Martín, Gobernador de la susodicha provincia de misiones, y de Gregoria de Matorras, ambos fallecidos, ha muerto ayer a las tres horas de la tarde en su domicilio, Grande Rue 105, como así nosotros nos hemos asegurado”.

Para completar este tema, incluímos a continuación una nota del periodista JUAN JOSÉ DE SOIZA REILLY, referida al mismo:

 “Hay sol?”, preguntó el general SAN MARTÍN. Su hija Josefa levantó la cortina. El cielo estaba triste en Boulogne Sur Mer, Francia. “No importa Josefa, no debes afligirte. Hoy me siento mejor”. Quiso levantarse, se vistió sin prisa y sin ayuda de nadie. “Tomaré el desayuno en tu cuarto ¿Quieres?”. “Mientras tú me lees el periódico, miraré hacia la calle”.

Aquel pequeño cuarto con su sillón, una alfombrita y su ventana era su mundo. “Pero padre, está usted mirando hacia la calle con los ojos cerrados?”. El viejo general se sorprendió como un niño sorprendido en una falta. “Sabes lo que veía?. “La cordillera delos Andes”. “Si me muriera hoy, me llevaría en los ojos esta hermosa visión”. “Pero padre!. No diga tonterías”. En ese instante entró en la habitación una de las nietitas del prócer, hija de Balcarce. Era un angelito de cuatro años que venía sollozando a refugiarse en el regazo de su abuelo, trayendo entre sus brazos una muñeca con el vestido roto. “Qué te pasa?”. “Mi muñequita tiene frío”. El general se levantó y se dirigió un cofre de cuero labrado. Extrajo un manojo de cintas amarillentas y descoloridas: “Toma, hijita, abriga tu muñeca con esto”. Llegó doña Josefa, la madre de la niña: “¡Pero, padre! ¿Sabe usted lo que le ha dado a la niña? ¡La cinta de la condecoración que España le otorgó a usted como vencedor en la batalla de Bailén! “¿Y qué?… Para qué cosa mejor puede servir la gloria, que para enjugar las lágrimas de un niño?.

Por la tarde, a las dos, San Martín se sintió atacado por agudos dolores en el estómago. La gastralgia que días anteriores había provocado un intensa crisis del mal que venía sufriendo desde hacía años, lo dobló del dolor y comenzó a sufrir un frío glacial. Quisieron llevarlo a su habitación. “¡No! Prefiero acostarme aquí, en la cama de mi hija. Será por poco rato”. El doctor JARDÓN le suministró una dosis de opio, único bálsamo que, desde su campaña andina, le apaciguaba los dolores. Al acostarse sufrió una convulsión, pero tuvo tiempo de decirle en voz baja a su yerno, MARIANO BALCARCE: “Que salga mi hija de la habitación. Dile que vaya a buscar cualquier cosa. No quiero que me vea sufrir” y estas fueron sus últimas palabras.

Después, de una nueva convulsión apoyó la cabeza en la almohada. Cerró los ojos,  como si mirara a la ilusión que le hiciera ver la cordillera que venciera en su gloriosa gesta, e inmediatamente expiró sin agonía, con una dulce sonrisa de ensueño. Hubiérase dicho que por debajo de sus párpados, el cóndor veía otra vez, la blanca cordillera. que venciera años antes.

Murió el 17 de agosto de 1850, a las tres de la tarde. “Su reloj de bolsillo — dice FÉLIX FRÍAS — se detuvo también en aquella última hora de su vida”. Tenía 72 años de edad. Sus restos estuvieron treinta años en el ostracismo. Fueron repatriados recién en 1880. Llegaron a Buenos Aires el 28 de mayo de ese año a bordo del buque “Villarino” y fue una apoteosis. SARMIENTO, en el muelle, bajo una lluvia torrencial, recibió la urna cineraria con un discurso que parecía el sollozo de la naturaleza en la boca de un león. NICOLÁS AVELLANEDA habló y dijo: “San Martín, estáis en vuestra tierra. Levantaos para cubrirla y ampararla”.

Todo Buenos Aires fue tras el cortejo, siempre bajo la lluvia. La columna se detuvo en la Plaza hoy llamada San Martín y siguió su marcha hacia la Catedral, donde se había instalado la Capilla ardiente. Por la noche la urna fue velada por dos hombres que representaban el alma de la patria: un soldado y un poeta. Al amanecer, cuando un rayo de sol entró en la Iglesia, aquellos dos hombres se saludaron por encima del catafalco. El soldado era BARTOLOMÉ MITRE. El poeta CARLOS GUIDO Y SPANO.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.