LA CIUDAD COLONIAL

LA CIUDAD COLONIAL. En América, la ciudad española nace egoísta, porque nace de una necesidad militar. Propósitos únicamente defensivos son los que presiden a su formación y la mantienen hermética durante los primeros tiempos de su vida. Su prosperidad radiante, asimismo cauta y lenta, es muy posterior, pues se mantiene por largo tiempo fortaleza más que municipio. Su enorme egoísmo es una consecuencia de su función, y su fuerza está precisamente en la ausencia de expansividad, que dispersaría la escasa vitalidad creando mayores flancos a la agresión. Mientras pueda, las antenas quedarán encogidas, y a pocas “cuadras”de sus muros el país será totalmente extranjero. Este es el carácter propio de la ciudad hispanoamericana primitiva, y la organización resultante de cómo procedían los conquistadores en tales casos, entregados a sí mismos y sin que el gobierno español tuviera noticia de su existencia. La conquista del país argentino se verificó por tres distintas corrientes colonizadoras: la que venía directamente de España por el Atlántico, la del Alto Perú y la de Chile. Esta circunstancia da origen a tres diversos grupos de poblaciones coloniales, que se miran con despego, por su índole, su territorio y su aisladora política de desconfianza. Tal era el aislamiento, que hubo ciudad jamás visitada, no ya por los virreyes, ni siquiera por los gobernadores mismos, ni por los obispos más inmediatos. Todo esto traía por consecuencia la falta de fusión de los pueblos y la localista concentración de sus sentimientos patrióticos. Los primeros escritores de la colonia que hablan de “patria”, lo hacen como sinónimo de “ciudad”. La patria es solamente la ciudad. Pero todo centro de trabajo es más o menos expansivo, por instinto de propia conservación. Estas ciudades pobres y aisladas llegan, una vez consolidada la conquista, en los tiempos pacíficos del coloniaje, a cierto desarrollo industrial. Fuerzas internas las obligan a exteriorizarse, a suplir necesidades por medio de compensaciones recíprocas. Viene, en una palabra, el comercio, que las obliga a desentumir sus miembros y a buscar contactos salvadores. Centros de población, los del interior, casi menesterosos entonces y necesitados de todo, desprovistos de esas grandes llanuras donde en el prado natural los fecundos rebaños se reproducen sin el trabajo humano, tenían que vivir de su propia labor, fomentar el comercio y cruzar la “travesía”. Transponiendo la montaña, el valle, el río, iban a golpear la puerta de la ciudad vecina, que, necesitada a su vez, les requería sus productos. Así se realizaba un intercambio comercial de artículos. El provinciano del interior hacía por fuerza de ambulante y viajero. Las necesidades elementales de la vida, fomentaron su industria ingenua; y ésta, ese ir y venir de todas las provincias, necesitadas las unas de las otras, acabó por vincularlas y confundirlas, aprovechando y cimentando al fin los vínculos de su origen español, de su común gobierno colonial y de su vecindad geográfica. La vida económica del coloniaje destruyó, pues, el aislamiento de las ciudades, propio de la vida militar en tiempos de la conquista. Córdoba producía paños, lienzos de algodón, aguardiente, frutas y maderas, y, como ciudad de tránsito más directo para el Perú y asiento de una aduana seca, recibía el contacto de casi todas las demás ciudades. San Luis tenía sus ponchos y frazadas que le compraban Salta, Tucumán, Mendoza, las cuales daban a su vez sus tejidos y cueros curtidos, mientras otra poblaciones producían trigo, harina, maíz y un algodón de excelente calidad. Y los respectivos cabildos mediterráneos, cuyas escasas rentas apenas bastaban para llenar una parte de sus necesidades comunales, hacían verdaderos sacrificios para entrar en comunicación mercantil con los de otras ciudades. (Según José María Ramos Mejía). Capìtulo XII de “La vida económica y social de las Provincias del Plata, entre 1810 y 1820”. Las primeras medidas financieras dictadas por los gobiernos patrios. Al iniciarse la Revolución se encontraba en vigor el decreto de Cisneros sobre apertura del puerto de Buenos Aires para la exportación e importación de productos extranjeros, de 6 de noviembre de 1809. La guerra con el Perú, Uruguay y Paraguay tuvo consecuencias económicas muy sensibles para Buenos Aires, que desde entonces interrumpió el intercambio de sus frutos con las minas de Potosí y la yerba y tabaco paraguayos. El 5 de junio de 1810 la Junta fija una nueva escala de derechos aduaneros, con el objeto de facilitar la exportación de cueros, estableciendo el derecho de cuatro por ciento en concepto de alcabala y uno y medio de otros varios, más un real de guerra, es decir, seis y medio por ciento; el sebo y otros frutos derivados de la ganadería, debían pagar en total el doce por ciento. En la “Gazeta”del 19 de julio del mismo ano publicóse el primer estado de la tesorería que da cuenta de la recaudación e inversión de fondos, desde el 25 de mayo hasta el 30 de junio. El total de lo recaudado era de 6l5.394 pesos habiéndose gastado pesos 39l.120, quedando un sobrante de 224.274.- Debe mencionarse entre las primeras medidas liberales de naturaleza económica, dictadas por la Junta , la que permitió la extracción de moneda metálica, que estaba prohibida. Al año de producida la Revolución se iniciaba el déficit financiero, como consecuencia de las altas erogaciones que debía afrontar el gobierno para hacerla triunfar, por una parte, y la interrupción del intercambio comercial con algunas provincias, por otra. Así se explica que el 1º de mayo de 1811 se dictara un bando sobre subscripción forzosa para los españoles, fundado en el hecho de que el Virrey Elío había declarado el bloqueo al Puerto de Buenos Aires, y a fines del mismo ano, se mandara hacer una reducción de sueldos a los empleados civiles y militares recayendo en estos últimos entre los que no prestaban servicio activo.

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