EL SERVICIO DE CORREO EN LA ARGENTINA (17/06/1748)

El “Chasqui”, precursor del Correo (1474) Mucho antes de la conquista, los indios americanos tenían un eficiente servicio de correo, especialmente en México y Perú. El sistema se basaba en una extensa red de caminos, recorridos por los “chasquis” (mensajero, en quichua), hombres especialmente entrenados desde muy jóvenes. En los caminos había postas donde siempre esperaban por lo menos dos chasquis, listos para recibir el mensaje y correr a transmitirlo. Estos hombres debían cumplir tres condiciones: tener una memoria prodigiosa para aprender los mensajes, ser absolutamente fieles a sus señores y poseer un físico apto para correr las enormes distancias que debían cubrir.. Aunque no usaban transportes ni montaban sobre animales, podían recorrer más de 60 kilómetros por día. Pero al llegar los españoles, el sistema entró en decadencia (ver “Los Chasquis” en Crónicas).

El servicio de correo en América (14/05/1514)
Al llegar los españoles a América, el sistema llamado de “chasquis” utilizado desde 1474 para el envío de correspondencia, entró en decadencia. Ante esta ausencia, la necesidad de comunicación con sus colonias, obligó al rey a crear mediante ordenanza del 14 de mayo de 1514, el cargo de Correo Mayor de las Indias, que se le concedió a perpetuidad a LORENZO GALÍNDEZ DE CARVAJAL, como pago de antiguos servicios. Galíndez debía ocuparse de los despachos entre España y América y todas las tierras que se descubrieran. Siguiendo la tradición española, el personal de correo del Nuevo Mundo gozaba de grandes privilegios. No pagaban alojamientos, no podían ser encarcelados por deudas, estaban libres de embargos y tenían derecho a usar armas cortas y a hacer pastar sus caballos en terrenos cercados. Impedir el trabajo de los correos equivalía a ofender al rey y ni siquiera los virreyes podían interferir en sus funciones. Galíndez organizó sus servicios con un criterio burdamente utilitario. Tenía representantes en las diferentes provincias y se estableció especialmente en México y Perú donde abundaban el oro y la plata y olvidó regiones menos interesantes como el Río de la Plata, territorios hacia donde, recién a mediados del siglo XVIII, se extendió el servicio. Decidió emplear los 500 o 600 chasquis sobrevivientes pero los explotó de forma tan despiadada que pronto muchos murieron. El nivel del correo cayó muy por debajo del que habían tenido los indígenas.

El correo en el Río de la Plata (17/06/1748)
A mediados del siglo XVIII, aunque hacía más de doscientos años que la Corona española había creado la institución del correo en América, el servicio se dirigía especialmente a atender las necesidades de México y Perú, donde abundaban el oro y la plata, dejando en el mayor abandono al resto del territorio colonial. Según los relatos de CONCOLORCORVO, cronista del siglo XVIII, en el Río de la Plata, tanto en Buenos Aries como en Tucumán, Asunción y la Banda Oriental, cuando las autoridades, comerciantes o pobladores en general, necesitaban enviar su correspondencia, tenían que esperar la oportunidad de algún viajero que se encargara de llevar sus cartas y como estos viajes, en general se realizaban en carretas, las respuestas podían tardar meses o años en llegar o no aparecían jamás. En cuanto a la correspondencia para España, había que confiarla a algún pasajero o marino de buena voluntad, o remitirla a Chile o al Perú, en que ya estaban organizados los correos. A veces, para asuntos urgentes y de consideración, algún comerciante o persona principal, o varios reunidos, despachaban por su cuenta y riesgo su propio chasqui. Un servicio que se reimplantó, a semejanza del que utilizaban los indígenas desde 1541, pero que a diferencia de aquellos, estos “chasquis” no iban corriendo a pie, sino que iban montados a caballo, llevando y trayendo la correspondencia hacia y desde los más lejanos puntos de este territorio. Llevaban generalmente cuatro caballos, que renovaban en las estancias o ciudades en que era posible hacerlo. Cabalgaban montando en uno y hacían correr por delante a los otros tres, atados juntos para impedir que se escaparan por los campos desiertos. Cuando el montado estaba a punto de caer rendido por el cansancio, cambiaba de monta y así, haciéndolos descansar de su peso por turnos, iba devorando leguas y legua, hasta que llegaba a su destino. Queda claro entonces, que hasta mediados del siglo XVIII, no había en el Río de la Plata, un servicio público de Correos, a pesar que desde 1707, se presentaron distintos proyectos para establecer el correo en estos territorios, pero todas las propuestas fueron rechazadas por no considerarse de utilidad. En 1715 se reglamenta el despacho de “chasquis” por cuenta de autoridades y de particulares, oficializándose así un servicio de correos que recorría el país a caballo con relevos en las “postas”. Pero en 1748, cuando arreciaban las quejas de los funcionarios y comerciantes por lo graves problemas de incomunicación que padecían en estas tierras y cuando el espionaje español reunió información sobre el interés que los ingleses demostraban por estas vastas y olvidadas regiones, sus conclusiones despertaron la alarma en la corte española. Para modificar la situación, se decidió establecer el Correo Mayor en el virreinato del Río de la Plata y el 17 de junio de 1748, durante el gobierno de JOSÉ DE ANDONAEGUI, se nombró Primer Teniente de Correos a JUAN VICENTE DE VENTOLAZA Y LUNA, que ocupó el cargo hasta su muerte, en 1751.

Poco después Carlos III suprimió el privilegio del Correo mayor en América y el gobierno de Buenos Aires, tomó a su cargo este servicio, empleando “chasquis” y galeras para el transporte de las sacas con correspondencia. Al principio, el servicio sólo ofrecía salidas de Buenos Aires al interior cada dos meses. Hacia 1760 las cosas tendían a mejorar y ya había correos mayores en Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Jujuy. Pocos años después se pusieron en marcha los correos marítimos, que tenían su centro en La Coruña y oficinas de administración en Buenos Aires y Montevideo.

El Correo en Buenos Aires
En las inmensas y salvajes tierras de las colonias del Río de la Plata, las comunicaciones no eran fáciles. L a ausencia de caminos y medios de transporte y la amenaza permanente de los indígenas convertían a cada poblado en una isla. La ciudad de Buenos Aires era apenas una aldea, pero su reducido tamaño tampoco la ponía a salvo de los dramas de la incomunicación. En la Casa de Correos las cartas se acumulaban porque no había despacho a domicilio ni manera de que el destinatario se enterara de que lo esperaba una carta.

Comienza la verdadera historia del Correo Argentino. Por esa época (1766), residía en Buenos Aires DOMINGO DE BASAVILBASO (1709-1775), un español emprendedor dedicado al comercio. Hombre de fortuna y uno de los principales pobladores de esta ciudad, que gozaba del aprecio de sus vecinos y era muy respetado hasta en la corte de España. Poseía en la calle Perú, entre Alsina y Moreno, una de las pocas casas de dos pisos de ciudad, con un mirador de vidrios de colores, aljibe, caballerizas, cocheras y depósitos, todos 1ujos extraordinarios que asombraban a la gente. Alentado por sus deseos de lograr el adelanto la tierra que era ahora su hogar, inició gestiones ante el Correo Mayor de Indias, para que se rehabilitara su representación en estas tierras, disuelta en 1752 por el rey Carlos III y presentó un proyecto ante el gobernador para establecer comunicaciones entre esta ciudad y el Potosí, habida cuenta de que los servicios de correo eran entonces una verdadera aventura en un país de enormes distancias, sin caminos y asolado por los malones.

Primer barco-correo que llegó al territorio que hoy es la Argentina. En 1767 llegó a Buenos Aires el primer navío- correo y en 1769, Domingo Basavilbaso fue nombrado Administrador de los Correos Terrestres y Marítimos y en su casa de la calle Perú, comenzó a funcionar el “Correo de Buenos Aires”. A partir de entonces, tres veces por año al principio y seis veces más larde, salía de Buenos Aires un hombre a caballo hacia Chile, otro hacia el Perú y poco después, otro hacia el Paraguay. Llevaban la correspondencia en una maleta de cuero, y en puntos determinados de antemano, la entregaba a otro “correísta” (así era como los llamaban). En el camino, cerca de los fortines, en cuanto era posible, fueron estableciéndose casas llamadas “postas”, cuyo encargado, o maestro, proporcionaba nuevas cabalgaduras al correísta. En los meses de invierno, el camino de la Cordillera, en que se encontraban algunas casuchas con leña y comestibles, tenía que franquearse a pie, con los retrasos y peligros que se puede uno imaginar. Las tarifas del correo para las cartas variaban según el peso, como hoy, aunque eran mucho más elevadas. El correísta llevaba también dinero, pero en un principio todos los riesgos corrían por cuenta del remitente. El servicio de correos se perfeccionó poco a poco. Los correístas, cada vez más numerosos, empezaron a cruzar el país en todas direcciones, contribuyendo poderosamente a disminuir el aislamiento de los habitantes. Las postas se multiplicaron; sus maestros alquilaban caballos de muda a los viajeros, para que llegaran hasta la próxima posta, sabiendo que estos animales le serían regresados luego, traídos por el “postillón”, generalmente un jovencito que servía también de peón y de guía. Las comunicaciones se volvieron así mucho más rápidas; así, por ejemplo, la noticia de la victoria de Chacabuco llegó, en doce días a Buenos Aires.

A partir de 1771, ya había dieciséis coches (o “galeras) en Buenos Aires y los había también, aunque pocos, en las ciudades del interior, pero fue rápidamente en aumento, la cantidad de estos nuevos vehículos, que la gente con recursos, comenzó a usar con preferencia para sus viajes. Cuando Mariano Moreno volvía de Charcas, después de terminados sus estudios de abogado, compró en Tucumán una de esas galeras, y llegó a Buenos Aires. Arrastrada por varios caballos, que se renovaban en las postas, las galeras iban siempre al galope, “sin preocuparse de los que iban dentro. Por suerte, para que éstos pudieran llegar enteros a su destino, el interior del coche estaba abundantemente acolchado.

En 1771 Basavilbaso implantó el servicio de carteros para llevar la correspondencia a los domicilios particulares de los vecinos de Buenos Aires y nombró primer cartero a un sevillano, llamado BRUNO RAMÍREZ, que ejerció su cargo durante un año y después se volvió a España. Ramírez no cobraba un sueldo, pero recibía medio real por cada carta o cada dos cartas, entregadas a la misma persona. Para hacer más atractivo el cargo, su sucesor tuvo una asignación de diez pesos por mes. En 1772 Basavilbaso se enfermó y su hijo lo remplazó en el cargo. Después lo sucedió otro español ROMERO DE TEJADA que fue dejado cesante al producirse la Revolución de Mayo. Los carteros, recién tuvieron uniforme a partir de 1826, cuando así lo dispuso BERNARDINO RIVADAVIA.

Primer Administrador del Correo de Buenos Aires. En setiembre de 1810, MELCHOR ALBÍN, fue nombrado “Administrador principal de Correos de Buenos Aires” y el 8 de febrero de 1821, luego de once años de un correcto desempeño, se retiró por razones de salud, teniendo el honor de haber sido el primero en ocupar ese cargo

Un nuevo edificio para el Correo. La ciudad fue creciendo, la población aumentaba y las funciones del correo se hacían cada vez más complejas. Las oficinas fueron mudadas muchas veces, y ocuparon diferentes edificios. En 1822 se trasladó a la calle Bolívar, entre Belgrano y Venezuela. En 1878 pasó al nuevo edificio construido junto a la Casa de Gobierno, en 1886 se trasladó al llamado Caserón de Rosas, en Moreno y Bolívar, y a fines de 1900 pasó a un edificio de Corrientes y Reconquista. Pero el desarrollo de los servicios, impuso la necesidad de un nuevo edificio y en 1888, el Gobierno aprobó un proyecto presentado por el arquitecto francés Norbert Maillard, que había construido la Central de Correos de Nueva York y fue el autor del Palacio de Tribunales y el Colegio Nacional de Buenos Aires. El edificio se levantó sobre terrenos ganados al río de la Plata, cedidos por la sociedad “Las Catalinas” y siguiendo un segundo proyecto de Maillard. Tiene una superficie de 83.000 metros cuadrados, una espléndida fachada adornada con cuatro columnas y los detalles de mampostería, pisos, vitrales y mobiliario, lo destacan como uno de los edificios más elegantes de la ciudad. Inauguración del Palacio del Correo Central de Buenos Aires. El 28 de setiembre de 1928 se inauguró este soberbio edificio ubicado en la intersección de la avenida Alem y la calle Sarmiento. Actual Palacio de Correos y Telégrafos de Buenos Aires (ver “El Servicio de Correo en Argentina” en Crónicas),

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