EL JUEGO DEL PATO (1700)

El Pato era un juego antiguamente practicado eminentemente por nuestra “gente de campo”, que descrito por primera vez a comienzos del 1780 como un deporte violento y despiadado, ha ido evolucionando, dejando atrás su brutalidad y barbarie, hasta consituírse en una magnífica demostración de destreza ecuestre y coraje.

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En el comienzo de nuestra historia, el pato, considerado hoy como un deporte netamente argentino, por lo que en 1952 fue declarado “Deporte Nacional”,ya era jugado por los aborígenes del Río de la Plata, desde mucho antes de la llegada de los españoles a América y más tarde lo jugaban los gauchos, aunque regido por reglamentos muy distintos de los actuales, aunque quizás sea más acertado decir que no tenía Reglamento alguno.

Dos equipos adversarios compuestos por un incierto número de jinetes, sin ninguna regla o control que los limitara, se disputaban la posesión de un pato vivo para llevarlo a través de sus adversarios que pugnaban por detenerlo, hasta la meta contraria. Dicen que en sus orígenes, quizás en Afagnistán, lo que se disputaban era la cabeza cortada de algún enemigo vencido en combate.

El primero que lo mencionó en esta tierras, fue el marino y naturalista español FÉLIX DE AZARA, quien en una crónica de 1780 describe “una corrida de pato” celebrada con motivo de las Fiestas Patronales de San Ignacio de Loyola, diciendo: «Se juntan dos cuadrillas de hombres de a caballo y se señalan dos sitios apartados como de una legua aproximadamente. Luego cosen un cuero en el que se ha introducido un pato que deja la cabeza afuera, teniendo el referido cuero dos o más asas o manijas de las que se toman los dos más fuertes de cada cuadrilla en la mitad de la distancia de los puntos asignados y metiendo espuelas, tiran fuertemente hasta que el más poderoso se lleva el pato, cayendo su rival al suelo, si no lo abandona. Echa el vencedor a correr y los del bando contrario lo siguen y lo rodean hasta tomarlo de alguna de las manijas; tiran del mismo modo quedando finalmente vencedora la cuadrilla que llegó con el pato al sitio previamente señalado, habiéndose producido en medio de este juego, numerosas caídas, empujones y accidentes sangrientos, además de la muerte del pato, que queda totalmente destrozado”.

Luego se humanizó algo y el pato vivo (que fue lo que le dio su nombre a este deporte), fue reemplazado por un saco de cuero provisto de fuertes argollas para empuñarlo. El Pato jugado en nuestra campaña durante la época de la conquista y luego durante la colonia, se practicaba generalmente durante los días festivos. Se reunían en ese entonces en una pulpería, unos trescientos o cuatrocientos criollos y a veces en doble o triple número, todos en buenos caballos, bien aperados y luciendo sus mejores prendas. Ya en épocas más modernas, continuó practicándose, pero, en ocasiones especiales, como espectáculo relevante en muchas reuniones sociales.

Los más conceptuados por su “valor en las peleas a cuchillo”, los más forzudos en los trabajos del campo, los que ostentaban mejores cabalgaduras y más relucientes chapeados, formaban el centro de aquella reunión, y decidían pedir el pato al pulpero. El pato, un verdadero pato casero (y a falta de éste, tambíén valía una gallina cualesquiera), que una vez muerto era metido dentro de una bolsa de cuero provista de cuatro manijas, era el objeto sobre el que iban a probar su fuerza, agilidad y destreza como jinete los jugadores de este violento juego.

Cuatro de ellos tomaban con fuerza cada una de las cuatro manijas del saco y arrancaban una veloz carrera, tratando de desprenderse de los otros tres que seguían aferrados a la manija que había tomado. Ahí empezaba un forcejeo feroz, hasta que un estruendoso ¡viva! saludaba a quien conseguía arrancarle el pato a los otros tres y escapaba raudo hacia una “meta” previamente establecida y que era siempre la casa de un vecino de la zona.

Y bien sabía que ni para acomodarse tendrá tiempo, porque era salvajemente perseguido por el resto de los jinetes, que partían en tropel dando alaridos tras el que trataba de alejarse. Si alguno de ellos lo alcanzaba y conseguía aferrar una de las manijas del “pato”, sin disminuir su carrera ni sus alaridos, debía tratar de arrancárselo de la mano, cuidando que ninguno de los otros jugadores, que también pugnaban por hacerse del pato, se lo arrebatara. Si alguno de ellos, luego de tironeos, embestidas y forcejeos, lograba desprenderse de sus perseguidores y llegaba a la “meta”, sin perder el pato, lo arrojaba al patio de la casa que era “la meta” y se lo declaraba victorioso, quedando establecidos así de hecho, que tenía el brazo más poderoso, el caballo más veloz y era el más corajudo.

La familia dueña del rancho que se había establecido como meta o en algunos casos el mismo pulpero, tenía la obligación de quitar el pato o la gallina que estaba en la bolsa ya totalmente destrozado y poner otro en su lugar. Cerrado nuevamente el saco, todo volvía a empezar.

Prohibido jugar al Pato
La primera mención que se registra acerca de su violencia y de la necesidad de terminar con este spectáculo tan “poco edificante para la sensibilidad humana”,  está fechado en 1739 y parece ser que fue una disposición emanada de las autoridades del Tucumán y Juries

Luego, la lucha que generaba entre los participantes que pugnaban, uno por llegar al arco y los otros para impedírselo, era tan ruda y peligrosa,  hizo que el virrey Sobremonte lo prohibiera en en 1776, aunque por otro lado se lo fomentaba, según comenta EDUARDO A. MASCHWITZ en una interesante nota que publicara en el diario La Nación  el 30 de octubre de 1987, recordándonos que el Cabildo de Buenos Aires, para recompensar a los que participaban en la «matanza de perros cimarrones», disponía se diera a la gente comida, yerba, tabaco, refresco de aguardiente y «un premio de 2 o 3 pesos al pato».

Continuando con lo que expresara el señor MASCHWITZ cerca de este tema, diremos (encomillando y poniendo en bastardilla sus textos), que  “el  sacerdote  JOSÉ MARÍA SALVAIRE, fundador de la Basílica de Luján y que escribió la «Historia de Nuestra Señora de Luján», consigna en ella lo precitado y un documento de 1796, del sacristán mayor de la parroquia, GABRIEL JOSÉ MAQUEDA, que amonesta y ordena a los feligreses que se abstengan del juego del pato, «conminándolos con la excomunión» si no lo hicieren.

“Pero su prohibición real y concreta fue por el decreto del 21 de junio de 1822 del gobernador de Buenos Aires MARTÍN RODRÍGUEZ, refrendado por su ministro secretario de Relaciones  Exteriores y Gobierno, BERNARDINO I RIVADAVIA: «Todo el que se encuentre en este juego, por la primera vez,  será  destinado por un mes a los trabajos públicos: por dos meses en la segunda, y  por seis en la tercera». Además, «quedarán sujetos a la indemnización de los  daños que causaren». La policía, los alcaldes y los jueces de campaña eran los encargados de hacer cumplir la prohibición.

“Dicen que JUAN MANUEL DE ROSAS ratificó esta prohibición,  pero todo parece indicar que tan sólo se limitó a hacerlo cumplir y que lo hizo a  su estricta manera. Luego estuvo la ordenanza policial mencionada, pero ya en la época de Rosas,  el Pato  era casi inexistente. BARTOLOMÉ MITRE, que escribió sus odas durante el sitio de Montevideo, cuando tenía entre 18 y 20 años, las editó a los 33 años, en 1854 y en su composición denominada «El Pato», dice en una nota: «El juego del pato no existe ya en nuestras costumbres: es una reminiscencia lejana. Prohibido severamente por las desgracias personales a que daba motivo, el pueblo lo ha dejado poco a poco, sin olvidarlo del todo».

Poetas y escritores se inspiraron en él.
Quizás .sea por su primitiva rudeza, por lo épico de su desarrollo, por ese atractivo que  tiene lo peligroso o lo lindante con lo heroico, el Pato fue siempre tema de escritores y poetas que se han referido a él, como una demostración del coraje que caracterizó a nuestra estirpe e idealizó al gaucho como un personaje paradigmático del ”ser argentino””.

“El mismo MITRE lo describe asi: «¡El Pato! juego fuerte del hombre de la pampa,/ Tradicional costumbre/ de un pueblo varonil./ Para templar los nervios,/ Para extender los músculos/ Como en veloz  carrera,/ En la era juvenil.» Lo hace también al narrar un enfrentamiento entre los bravos Obando y Zamora: «Picaron todos las espuelas/ Galopando a rienda suelta/ Para procurar la vuelta/ Del jinete vencedor;/ Mas en vano corren, vuelan/ Gritan, pegan, forcejean,/ Y resudan y espolean,/ Y le siguen con furor…»

“Cuarenta años más tarde, RAFAEL OBLIGADO escribió sobre Santos Vega, que el famoso payador que murió al ser vencido (dicen que por el diablo) y que MITRE rescató tal vez del olvido al oírlo mentar seguramente en las proximidades de los pagos del Tuyú, Donde  pasó parte de su infancia. Y en el magnífico «El himno del payador», RAFAQEL OBLIGADO describe excelentemente el juego del pato diciendo: «De entre ellos el más anciano/Divide el campo después,/Señalando de través/ Larga huella por llano;/ Y alzando luego su mano/ Una pelota de cuero/ Con dos manijas certero/ La arroja al aire, gritando/ ¡Vuela el pato!… va buscando/ Un valíente verdadero/ Vense, entre hálitos de fuego/Varios jinetes rodar/Otros súbito avanzar/ Pisoteando a los caídos…»

“Este fue el pato prohibido. El de tropeles vandálicos, de rodadas y bárbaros jinetes que nada les importaba y pasaban sobre éstos y sobre cualquier  cosa que se le pusiera por delante. Fracturas, muertes, peleas, vino, cuchillos. Campos y aldeas arrasados, vecinos asustados y perjudicados. Rotundamente todo terminó, hasta que en 1937, dicen que nació el “nuevo Pato” durante  una de las frecuentes reuniones-tertulias que se realizaban en la Asociación Argentina de Polo, entonces sita en el edificio del Banco Tornquist y a partir de entonces se comenzó a jugar el Pato que hoy conocemos, que convoca a multitudes para presenciarlo y cuyos cultores han ganado cuanto certamen puso a prueba sus habilidades y que hoy son considerados los mejores jugadores de Pato del mundo”.

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