EL GAUCHO, SU VIVIENDA

Un hombre que vive la mayor parte del tiempo sobre el lomo de su caballo, no puede dedicar mucha atención al diseño o a la construcción su vivienda, conocida en todos los rumbos del país, como “el rancho”. No necesitaban planos ni arquitectos ni albañiles para construírlas. “Su vivenda es pequeña y cuadrada, con pocos postes de sostén y varillas de mimbre entretejidas, revocadas con barro y a veces solamente protegido por cueros. El techo de paja o juncos, con un agujero en el centro para dar escape al humo; pocos trozos de madera o cráneos de vaca sirven de asiento; una mesita de apenas cincuenta centímetros  de altura para jugar a los naipes, un crucifijo colgado a la pared y a veces, una imagen de San Antonio o algún otro santo patrono, son los adornos de su morada. Pieles de carnero para que se acuesten las mujeres y niños y un fueguito en el centro, son sus únicos lujos; el gaucho en su casa siempre duerme o juega.

Ellos mismos los construían y en su versión más simple y paupérrima, era una choza hecha con juncos y ramas, que es el llamado “rancho de totora”. Un poco mejor y más confortable, accesible para quien disponía de mejor fortuna, era el llamado “rancho de estanteo o de estantes”, una estructura cuyas paredes estaban hechas con una armazón de gruesos troncos apilados y embadurnados con barro, cubierta con cañas o paja entretejida, superado sólo por el de adobe, que estaba construido con adobes (bloques de barro y paja picada, simplemente secados al sol), con techo de paja. El piso de  todas ellas, era siempre de tierra batida y tenían en el centro el “fogón”, un círculo de piedras que circundaba un espacio donde crepitaba el fuego donde cocinaban, ponían a calentar el agua para el mate o calefaccionaba ese único ambiente durante las frías noches de invierno. La puerta de estos ranchos era a menudo un par de tablas desunidas o un cuero de caballo o de buey; otras veces faltaba  por completo.

Algunas veces, al ir a tomar posesión de un terreno, comenzaban  por plantar en el suelo, aún cubierto de un tapiz herboso, cuatro cortos troncos de árboles, a los que sujeta un marco de madera y teje un plano de tiras de cuero sobre las cuales extiende su lecho; cubre después estos cimientos de vida social, con un techo de juncos sostenido por algunos palos, que hasta algunos días antes eran mimosas de hojitas recortadas y elegantes. Muchas veces la falta de lluvia, impide hacer barro para rellenar las paredes y durante muchos días, vive con su familia en una vida más que pública, expuesto a todos los soplos de la rosa de los vientos y poniendo en práctica el deseo de aquel filósofo antiguo, que hubiese querido vivir en una casa de cristal, para que todos pudiesen examinar su conducta”. El moblaje y los utensilios de la casa del gaucho, están reducidos al mínimo y algunas veces no se encuentran más que una mesita, una silla, una cruz de madera dura para asar la carne (el asador) y una pava (o caldera) para preparar el agua para el mate. En las casas más pobres, el lecho está formado por la silla nacional (recado), la que con las diversas partes que lo componen, permite al gaucho improvisar una cama aun en medio del desierto.

Esta austeridad contrasta a menudo con las riquezas con que adornan a sus caballos. El gaucho se resuelve con frecuencia al inmenso sacrificio del trabajo, para economizar algún dinero y destinarlo a adornar a su montado, de modo que su casa puede estar sin puertas ni sillas, pero las riendas de su parejero (palabra con la que definen a un caballo buen corredor), estarán cargadas de plata y lo mismo el pie, cazado con el botín de montar, del que salen las puntas de los dedos pulgar e índice, brillará con dos inmensas espuelas del mismo metal. He visto un par de estribos fabricados con ochenta libras de plata y he conocido a un coronel que no sabía leer ni escribir, pero que llevaba sobre su caballo, un valor de quince mil libras en metales preciosos (ver El gaucho rioplatense)

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