EL FIADOR

El “fiador” es una prenda que precedió a los bozales modernos que integraba el apero criollo. Es un anillo de cuero que se coloca en la parte superior del pescuezo de los caballos, exactamente en la línea de unión de éste con la cabeza. Una correa o tiento que pasa por la frente del animal (la “frentera” o “testera”), evita que el “fiador” se descoloque, corriéndose hacia abajo. El verdadero nombre de esta prenda es “cogotera”; se usó para prender el cabestro o la soga con la que se ataban las cabalgaduras en los palenques “en las casas”, o en una estaca clavada en el medio del campo. Por eso, la denominación de fiador, gráfica como todas las del hombre de la campaña,. tiene también mucho sentido poético, pues a ese anillo o cogotera, fiaba  el gaucho la seguridad de tener su caballo siempre a mano, era pues, “el fiador de su confianza”.

Muerto

Así se llamaba a dos palos unidos en cruz o en forma de “T” con un tiento, que se enterraban en la tierra, dejando afuera el extremo de uno de ellos, para poder atar a él, el cabestro con el que el gaucho mantenía sujeto a su caballo cuando no quería que se alejara, durante su descanso nocturno. La eficacia de este sostén radicaba en que luego de hacer un pozo, se introducía en él estos palos, poniendo uno de ellos de tal forma, que quedara horizontal con el nivel de la tierra, para que el otro,  emergiendo verticalmente hacia la superficie, permitiera atar el caballo en su extremo. La posición del quedaba enterrado horizontalmente, le otorgaba una absoluta firmeza a esta verdadera “ancla” del desierto.

 

Al que raye

Mientras se aguardaba la realización de alguna carrera importante “en el pago”, y tanto para matar el tiempo como para despuntar el vicio, solían correrse otras carreras improvisadas, consecuencia de algún desafío del momento, que se expresaba con diversos modismos, a cual más original. “Al que raye”, “al que le bajen las caronas”, “no respeto pelo ni marca”, fueron y son los más comunes. Cualquiera de estas frases, encierra un amplio desafío, sin limitación de destinatario. “Al que raye” significaba “al que primero se atreva y se presente”. “Al que le bajen las caronas” se refería a la costumbre criolla de correr “en pelo” e invitaba a una carrera sin sin montura, apero o recado. Y “No respelo pelo ni marca”, se refería a que al desafiante no le importaba la fama ni las cualidades de quien quisiera oponérsele, virtudes generalmente reconocidas por el pelo y la marca que caracterizaba a los animales de valía.

 

Cara vuelta

A veces se concertaban carreras en las que un caballo concedía ciertas ventajas al adversario. “Dar alivio” se decía y éstas consistían en aceptar algún descargo en el peso del jinete, correr sin rebenque (1), la elección del “tiro” (distancia a recorrer, convenir que sólo llegando con luz a la meta, se considerará un ganador etc.). Dar “cara vuelta”, significaba que el favorecido, debía colocarse en el punto de largada, en posición natural, con la cabeza en dirección a la meta, mientras que su rival, debía hacerlo a la inversa, es decir, de espaldas a la misma. Una ventaja inmensa que se otorgaba, pues al darse la orden de largada, mientras el favorecido podía partir velozmente hacia la meta, el otro debía dar vuelta a su caballo, para recién después iniciar su carrera. Ésta y “cortar la luz” eran las mayores ventajas que se podían otorgar (1) Conviene recordar que los jinetes solían llevar dos rebenques, uno en cada mano, para evitar tener que hacer cambios en los finales reñidos o para hostigar al rival, cuando los caballos iban “costilla a costilla”, es decir muy juntos, recostándose uno en el otro, tratando ambos de desviar de su rumbo al otro.

 

Surí

Es el nombre quichua del “ñandú” o “avestruz americano”, pero también se lo llama así a un tipo de alpaca en el noroeste argentino. El “alpaca surí” es un rumiante de la familia de la llama, el guanaco y la vicuña que produce una lana larga y sedosa, tan suave y ligera como la más fina pluma de avestruz.

 

Tropero

El argentinismo “tropero” (de “tropear”, conducir una tropa o conjunto de animales o de vehículos), reúne las acepciones de varios vocablos, algunos castizos y otros que se usaron y aún se usan en el campo. “Troperos” eran los los arrieros o arreadores de las “muladas” que se mandaban periódicamente desde nuestros territorios hacia el Alto Perú; los e las recuas que traían y llevaban los productos del tráfico entre las provincias andinas y las del centro y la costa: los carreteros y carreros y los boyeros (llamados también “maruchos”), de las caravanas de carretas que surcaban  las principales rutas del país, llevando carga y pasaje; los “reseros” (derivación de “res o animal vacuno). Y en un orden menor, pero también afín, “troperos” deben llamarse a los “remeseros” del altiplano o conductores de una tropa o tropilla de llamas cargueras.

 

Pellón y sobrepellón

El “cojinillo”, ese cuero de oveja con toda su lana, que se coloca encima del “lomillo” o los bastos del recado criollo, cuyo objeto es brindar una siento más blando y cómodo al jinete, recibe el nombre de “pellón”. Del mismo modo, el “sobrepuesto”, pieza de diversa factura que se pone a continuación de aquél, se llama “sobrepellón”.

 

Yunta

La “yunta” (par de algo), era una rastra o hebilla simple, que se hacía con dos patacones unidos por su parte central a los extremos de una traba o cadena metálica de determinada longitud. El “patacón” o “real de a ocho”,  era una moneda antigüa acuñada en plata novecientos que tenía un gran tamaño (3 centímetros de diámetro). Se usaban una, dos y hasta tres “yuntas”, según fueran las posibilidades de cada uno. Los hombres ricos solían reemplazar los “patacones” por “onzas” y otras monedas de oro, que circulaban en aquellos para exhibir su importancia y riqueza. El mismo nombre de “yunta” se aplicaba a la pareja de jinetes o peones que trabajaban juntos y en forma coordinada, en los apartes de hacienda.

 

Toro

Para los indígenas, sobre todo los que habitaban en la frontera sur de Buenos Aires, el toro era la expresión máxima de la fuerza , resistencia y valentía, condiciones éstas, que apreciaban con frecuencia, en los tremendos combates que los toros cimarrones sostenían en la época del celo. Eran luchas feroces que duraban horas y horas, de días algunas veces, entre dos contrincantes y que sólo terminaban con la muerte o la fuga vergonzosa de uno de ellos. Sus roncos bramidos se escuchaban desde largas distancias, los retumbantes topetazos y las nubes de tierra que levantaban sus pezuñas en su preparación para el ataque. Provocaban el entusiasmo de los indígenas, cuyos métodos de pelea eran también ruidosos y ciegos, como el de aquellas bestias. Por eso, los “pampas” hicieron de “toro”, un calificativo aplicable, tanto a los seres humanos, como a  los animales, en todas las ocasiones que implicasen una superación del nivel común. El coronel LUCIO B. MANSILLA fue uno de los que fueron reconocidos como tal por los ranqueles que lo llamaban “coronel toro”, expresando así su admiración, cuando rivalizaba con ellos en fuerza física o cuando aceptaba renovados convites de caña, sin que esa fuerte bebida alcohólica lograra vencer su lucidez, aún después de haber volteado al más famoso de los bebedores indios. “Huinca toro” era otra expresión que se oía en las tolderías, cuando regresaban de un malón, derrotados por los “milicos”.

 

Botón pastelito

En el arte del trenzado campero, los botones hechos con tientos y que se usan en las presillas de ciertas sogas, riendas, cabrestos, maneas, etc., son por lo general de forma semi esférica y el “botón pastelito” es una excepción de este formato. Son cuadrangulares en los costados y redondeados en su parte superior, a semejanza del trozo de dulce recubierto de masa que ocupa el centro de los “pastelitos criollos”.

 

Dar soga

Cuando se enlaza de a caballo, que es lo corriente, salvo de que se trate de enlazar animales chicos, el enlazador conserva en su mano izquierda, acomodado en rollos, el sobrante del lazo. Esos rollos se van soltando de a uno, de tal modo que el animal enlazado puede moverse como si estuviera libre. Al terminarse los rollos disponibles, el jinete marcha al galope detrás del animal apresado que huye, con lo que sigue “dándole soga” o sea facilitándole la huida. Juzgando que ha llegado el momento  de detenerlo, frena su cabalgadura, a cuya cincha está atado el lazo y así controla el animal enlazado. Vale decir, que la libertad de acción de éste, está supeditada a la voluntad del enlazador y durará lo que éste quiere que dure y nada más. De esta aparente soltura, surgió el “dar soga”, expresión que se aplica en muchas otras circunstancias de la vida: “soga” en algunos casos,  es equivalente del urbano “changüí” y así se define la ventaja o facilidad que una persona capaz de algo, concede intencionalmente a otra que no lo es tanto y a la que puede ponérsele término, intencionalmente también, en el momento que se desee.

 

Lunarejo

Se llama “lunarejo” al animal, especialmente al caballo,  cuyo pelo , pelaje o color, presenta manchas de color distinto , redondeadas y más o menos pequeñas. “Lunarejo” deriva de lunar , que no otra cosa resultan ser esas manchas, dentro de la uniformidad  de la capa o color predominante (ver “Pelajes del caballo criollo en Temas Puntuales)

 

Al pelo

Toda la vida del gaucho estuvo vinculada con el cuero y éste fue el elemento capital para su existencia y su trabajo, pues el cuero, transformado en piezas para su apero y en otras herramientas como ser lazos, boleadoras, mates, hijares,  puertas y ventanas para su rancho, etc. etc., le permitió procurarse el alimento de cada día y desenvolverse con solvencia en el duro escenario que le tocó vivir.  En la construcción de ranchos y corrales, el cuero reemplazaba a la madera, escasa y cara para su menguado bolsillo, a los clavos y al alambre; en la vestimenta se empleaba para hacer las botas y cualquier otro calzado, el cinto y hasta el sombrero. Para hacer los “noques” (recipientes de cuero), camas y hasta para hacer muchas partes de las carretas y otros vehículos. La necesidad hizo que el trabajo del cuero y su adaptación los diversos usos que comenzaron a dársele,  se convirtiese  en una verdadera industria, que superándose llegó a constituirse en arte. Con procedimientos rudimentarios, empíricos por lo general, el campesino  obtuvo del cuero, todo lo que se propuso y desde los comienzos de esta actividad manual, adquirió una experiencia que luego le permitió ampliar su vocabulario, como por ejemplo, lo hizo al decir “al pelo”, usándolo como sinónimo de fácil, pues el cuero, ya en el proceso del corte, ya en el del “sobeo” (sobarlo para darle flexibilidad), merced a un procedimiento especial de frotación que se facilita si se hace a favor del pelo, es decir, en la misma dirección en la que éste crece. Decir “al pelo” es decir sin inconvenientes, fácilmente y por extensión que algo “quedó bien hecho”.

 

Papeleta

Antiguamente, en el campo solía llamarse “papeleta”  la Libreta de Enrolamiento”, documento que se usó durante mucho tiempo como documento de identidad. Los viajeros y troperos que debían recorrer grandes distancias lejos de sus hogares, visitando infinidad de pueblos y asentamientos, debían llevar siempre consigo “la papeleta” en un bolsillo del tirador o del cinto, para evitarse dificultades con la autoridad, cuando se les requería identificarse, si por casualidad se hallaban en lugares donde se presumía la presencia de algún delincuente.

 

Ratona

Casi todas las regiones de la República Argentina disfrutan con la presencia de un simpático pajarito, muy pequeño y confiado, de color pardo cuyo nombre común es “ratona”, pero que también es conocida como “ratonerita”, pititurria”, “tacuarita” y “curcucha”. El nombre “ratona” es el que mejor le cabe, debido a su aspecto, tamaño y vivacidad de movimientos, que son semejantes a los de las lauchas o ratoncitos, esos roedores tan comunes en nuestros campos. Pero “ratonera” también le viene bien, debido a su costumbre de andar siempre corriendo de aquí para allá, metiéndose en cuanto agujero o recoveco halla a su paso, dando la impresión de que anda buscando ratones para comer. “Pititurria” hace referencia a la pequeñez de su cuerpito, modismo que también se aplica a las personas de físico esmirriado. “Tacuarita” (diminutivo de “tacuara”, especie de caña sumamente resistente y flexible con las que se hacen las lanzas),  es otro de los nombres que el ingenio popular le aplicó, ya que se “aquerencia” frecuentemente en aquellos lugares donde se estiba y guardan cañas tacuaras para ser empleadas cuando fuere necesario. Finalmente digamos que “curcucha” es un derivado de la voz quichua “hucucha”, nombre que en el noroeste argentino se le da a las lauchas o ratoncitos.

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