EDIFICIOS Y LUGARES EMBLEMÁTICOS DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES

El reproche es frecuente: Buenos Aires carece de unidad arquitectónica, de estilo. Es cierto. Tanto como los argumentos, las justificaciones que confluyen en su defensa: es joven, creció demasiado pronto, quemó etapas, mezcló los vientos, las corrientes culturales y los hombres. Así y todo, dispersos en la esta “mélange”, hubo en el pasado y sobreviven algunos lugares  y edificios tan emblemáticos, originales y fastuosos algunos, como el pasado que representan (ver Monumentos en la ciudad de Buenos Aires para completar esta información)

Palermo Chico
Barrio de calles curvas, de palacetes afrancesados, profusos en balcones con balaustradas que se abren sobre jardines versallescos. Barrio construido como un laberinto, que sólo pueden manejar sus habitantes, que permanece inaccesible para los de afuera. Barrio que consumó el ideal aristocrático de una clase social en pleno ascenso, que, para no equivocarse, importó a sus arquitectos: Alejandro Christophersen, Lanús y René Sergent, fueron algunos de ellos..

Pasaje «La Piedad»
Se abre en Bartolomé Mitre, entre Montevideo y Rodríguez Peña, frente a la iglesia de La Piedad. Refrendan su inequívoco aire fin-de-siècle un cartel que anuncia «salida de carruajes», los altísimos cordones cuyo objeto era evitar que los carros treparan a las veredas y los elegantes pórticos balcones de algunos edificios, símbolos algo ajados de antigüos esplendores.

Barrancas de Belgrano
Antiguamente las barrancas caían sobre el río de la Plata. Después la traza del ferrocarril se interpuso en su recorrido. Todavía perduran la rotonda, el aljibe, la réplica de la “Diana cazadora”, el quiosco para conciertos, la fuente de Sauvagler con la mujer que vuelca el cántaro y hasta una copia de la Estatua de la Libertad de Nueva York. Justo enfrente, en la esquina de 11 de setiembre y Echeverría, todavía se yergue la espléndida casona de la familia ATUCHA, donde vivió VALENTÍN ALSINA, el fundador del pueblo de Belgrano y que fue también Gobernador de la provincias.

La Facultad de Ingeniería en la avenida Las Heras
Es el único edificio de estilo neogótico de la ciudad.. Todavía, al pasarle por delante, algún desprevenido se persigna. Es que con su estilo neogótico, la Facultad de Ingeniería de la avenida Las Heras 2214 se confunde fácilmente con una Catedral. La historia es así: en la primera década del siglo XX le encargaron al ingeniero y arquitecto ARTURO PRINS (creador del Banco de la Nación y del Archivo General de la Nación), – la construcción de un edificio para la Facultad de Derecho sobre la avenida Las Heras, entre las calles Pacheco de Melo, Azcuénaga y Cantilo, en la ya entonces coqueta Recoleta.

El ingeniero PRINS, que había vuelto de Francia fascinado con el estilo neogótico, la imagina muy al estilo Notre Dame. Asignados sus recursos, PRINS avanza con su proyecto: subsuelo, planta baja, tres pisos más entrepisos, dos terrazas, anfiteatro, cincuenta aulas. Coloca ladrillos tallados, arcos ojivales, mansardas, vitrales, volutas colgantes. Lo alienta el hecho -aún vigente- de que para ver otro edificio como el suyo, hay que visitar la Catedral de La Plata o algunas bóvedas del vecino Cementerio. De la Recoleta.

 Según la leyenda urbana, llega el buen día en que PRINS se encierra en su estudio visiblemente atribulado. Acaba de descubrir un error de cálculo, por el que si continúa su majestuosa edificación, ésta  irá directo al derrumbe. Su orgullo mancillado le oprime tanto el pecho que decide terminar con su vida.

Pero la verdad fue que el meticuloso PRINS había hecho un edificio con alma de acero, bien dimensionado para resistir las cargas. Solo que en 1926 le cortan los fondos y la obra se para. Pasan trece años y el buen hombre deja este mundo por causas naturales sin ver un solo peso por su proyecto.

El proyecto final de PRINS, con tres torres -la central de 120 metros- apuntando derechito a Dios, solo se puede ver en un dibujo de su autoría y desde que PRINS falleció hasta hace muy poco, el edificio estuvo sin mantenimiento y recién en 2006 se comenzaron a hacer algunas reparaciones y restauraciones, para exhibirlo como está hoy..

El Hotel de Inmigrantes (13/08/1857)
El 13 de agosto de 1857, se inaugura el que fue el primer Hotel de Inmigrantes en Buenos Aires, que funcionó hasta el 5 de enero de 1874. Estaba ubicado en la esquina de las actuales avenida Leandro Alem y Corrientes y fue construido por la “Asociación Filantrópica de Inmigración”, que contó para ello con la ayuda económica de la Nación y la cesión de los terrenos anexos al Puerto de Buenos Aires, donde actualmente se encuentra la Estación Retiro de Ferrocarriles. Un contingente de inmigrantes suizos, llegados en esa época, fueron sus primeros alojados.

Ya desde 1821 se venían implementando una serie de leyes para atraer a los interesados en venir a radicarse en estas tierras. A partir de 1823 se promociona abiertamente la inmigración a través de agentes y se ofrecen ciertos “beneficios” para atraer, a los jóves, como por ejemplo, la exenci del servicio militar y en 1869, el derecho a obtener la nacionalidad luego de una estadía de dos años en suelo argentino.

El 3 de noviembre de 1881, se inauguró el que fue el segundo edificio destinado a funcionar como Hotel de Inmigrantes. Estaba ubicado en la calle Cerrito 1250 (entre Arenales y Juncal), de la ciudad de Buenos Aires (donde hoy tiene su sede el Centro Argentino de Ingenieros) y funcionó allí, hasta 1888, cuando la explosión inmigratoria de esos años, lo hizo insuficiente para albergar la gran cantidad de inmigrantes que llegaban al país.

En 1906 comienza  la construcción del Hotel de Inmigrantes, que estaba ubicado en la actual avenida Antártida Argentina 1355, y que actualmente alberga el “Museo de los Inmigrantes. Terminado en 1911, era un enorme  edificio de hormigón armado, con amplios corredores centrales, largas escaleras y altísimas paredes con azulejos blancos. Formaba parte de un gran complejo donde, además, había diversos pabellones destinados a la recepción de los que llegaban y a su revisación médica, tarea de gran importancia, pues solo así era posible detectar posibles males crónicos, mal atendidos en sus lugares de origen o producto de una mala alimentación o enfermedades contraídas durante el largo y penoso viaje al que se habían visto obligados a soportar,

Tenía cuatro cuatro pisos y estaba capacitado para albergar hasta tres mil personas. La Planta baja estaba ocupada por la cocina y el gran comedor, que también se utilizaba para reuniones y actividades sociales, quedando los cuatros pisos superiores destinados a los dormitorios. Éstos eran cuatro por piso y cada uno disponía de comodidades para 250 alojados. Eran ambientes confortables, bien aireados, aunque por razones de higiene, las camas no tenían colchón (posibles refugio de chinches y piojos) y éstos eran reemplazados por simples lonas o cueros.

A todos los que llegaban, se les garantizaba alojamiento hasta que encontraran, clases de castellano, atención médica y comida, todo gratuitamente y pocos de ellos, se vieron obligados a pasar largo tiempo alojados allí, pues las condiciones en que se encontraba la Argentina en esas épocas, le permitía absorber muy rápidamente esa mano de obra que llegaba dispuesta a labrarse un nuevo y  más promisorio porvenir.

La Manzana de las Luces (01/09/1821)
El 1º de setiembre de 1821 se comienza a identificar como Manzana de las Luces, a la comprendida entre las calles Perú, Alsina, Bolívar y Moreno, la zona más antigua de la ciudad de Buenos Aires, que se había constituído en la sede de numerosas entidades vinculadas con la cultura. Fue nombrada así, por primera vez, en un artículo publicado por el diario “El Argos”, que en su Editorial del 1º de setiembre de 1821, propuso llamar “la Manzana de las Luces” a esta zona de la ciudad de Buenos Aires, debido a que las “numerosas instituciones culturales que se hallaban instaladas en esa manzana, iluminaban el intelecto del país”

En comparación con otras ciudades de América latina, Buenos Aires guarda muy poco de su pasado colonial. Por eso es que, dada la importancia de este pedazo de tierra, protagonista fundamental de la Historia Argentina, se hace necesario atesorar los contenidos que la hacen tan especial. Comencemos diciendo que los primeros en establecerse en el lugar, fueron los jesuitas. Instalados desde su llegada al Río de la Plata (1608), en terrenos cercanos al Fuerte de Buenos Aires, en la parte oriental de la Plaza de la Victoria (actual Plaza de Mayo), temiendo el ataque de corsarios a la ciudad,  en 1661 deciden trasladar el “Colegio San Ignacio” al predio comprendido por las actuales calles Bolívar, Moreno, Alsina, Avenida Julio A. Roca y Perú, que les había sido donado por ISABEL CARVAJAL y el 20 de agosto de 1662, lo inauguraron.

Ese fue el comienzo de este lugar emblemático de la ciudad de Buenos Aires, porque allí, en 1686 comenzó luego la construcción de la “Iglesia de San Ignacio”, que abrió sus puertas en 1722 y fue consagrada en 1734; en 1710 se inició la construcción del Claustro del “Colegio San Ignacio” que se inaugurará en  1729; en 1730, los jesuitas construyeron la “Procuraduría de las Misiones”, en la actual esquina de Perú y Alsina, desde donde administraban las “misiones” y daban albergue a los aborígenes que pasaban por Buenos Aires, lugar en el que luego, en 1780, fue puesto en funcionamiento el “Protomedicato”, destinado a controlar el ejercicio de la medicina;

En 1772, habiendo remodelado las antigüas aulas e instalaciones del Colegio San Ignacio, comenzó  a desarrollar sus actividades el “Real Colegio de San Carlos”,  rebautizado en 1783 con el nombre de “Colegio Convictorio Carolino”, cuyo edificio será ocupado luego, a partir del 14 de marzo de 1863 por el actual “Colegio Nacional de Buenos Aires”. En 1780, en la intersección de las actuales calles Perú y Moreno, comenzó a funcionar la “Real Imprenta de Niños Expósitos”, traída por el virrey JUAN JOSÉ DE VÉRTIZ Y SALCEDO para solventar los gastos que demandaba el matenimiento de la “Casa de Niños Expósitos”. En 1783 fue trasladada a la esquina de Perú y Alsina y allí funcionó hasta 1824. En 1783, en lo que era la ranchería del Colegio, frente a la Manzana, se construyó el primer Teatro que tuvo Buenos Aires. Se llamaba  “Teatro de la Ranchería”, se inauguró el 30 de noviembre de 1783  y llegó para darle un gran impulso a la vida cultural de la ciudad

Llegado el siglo XIX, el lugar fue sede de la Biblioteca Pública (16 de julio de 1812; del “Colegio de la Unión del Sud”, creado el 18 de junio de 1817 por el Director Supremo, JUAN MARTÍN DE PUEYRREDÓN. Fue inaugurado un año más tarde y en 1823, se transformó en el “Colegio de Ciencias Morales”, institución en la que estudiaron ESTEBAN ECHEVERRÍA, VICENTE  FIDEL LÓPEZ , JUAN MARÍA GUTIÉRREZ, MIGUEL CANÉ (padre), JOSÉ MÁRMOL, FÉLIX FRÍAS, MARCOS PAZ y JUAN BAUTISTA ALBERDI entre otros hombres notables de la época el colegio

Y varios fueron luego los eventos y las instituciones que tuvieron su sede allí. Algunos de estos fueron  la Sala de Representantes de la ciuad de Buenos Aires (entre 1820 y 1854); la Legislatura Provincial (desde 1822 hasta 1884, salvo un interregno de dos años y medio); la Universidad de Buenos Aires, que fundada el 12 de agosto de 1821, se instaló en en Perú y Alsina; el Archivo General de la Provincia de Buenos Aires (28/08/1821), que el 29 de agosto de 1884 cambió su nombre por el de “Archivo General de la Nación”,  que funcionó en el mismo lugar durante varios años; el Tribunal de Cuentas de la Nación  (28/08/1821); el Banco de la Provincia de Buenos Aires (06/09/1822 hasta 1827); el Museo Público de Buenos Aires (diciembre de 1826), que tuvo el honor de contar entre sus Directores a CARLOS GERMÁN BURMEISTER, FLORENTINO AMEGHINO, CARLOS BERG y ÁNGEL GALLARDO.  En 1854 fue trasladado desde su sede inicial, el Convento de Santo Domingo, hasta la ex Procuraduría de las Misiones, en donde ocupaba cuatro salas: el Congreso General Constituyente (entre 1824 y 1827); el Congreso Nacional en esa misma fecha y luego desde 1862 hasta 1864; las Convenciones Provinciales reunidas en 1860 y 1870; el Archivo General de la Nación  (29/08/1884); la Administración de la Vacuna, el Departamento de Escuelas,  el Departamento Topográfico,  el Juzgado de Comercio,  la Escribanía General de Gobierno, la Aduana de Buenos Aires,  el diario “La Prensa”, la Academia Nacional de Historia,   las Facultades e Ciencias Exactas y Naturales y de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires,

A su rica historia como sede de importantes referentes de la cultura nacional, sin duda un singular atractivo para recorrer sus calles, se suma hoy que la “Manzana de las luces” es además, el punto de partida de una misteriosa red de túneles que corren por debajo de Buenos Aires. Fueron excavados a cinco metros de profundidad y se supone que conectaban los edificios con el Fuerte y eran una vía de escape ante un posible ataque de piratas.

La Plaza de los dos Congresos (30(09/1908)
La antigua Plaza del Congreso. Hoy llamada “Plaza de los dos Congresos” es un gran espacio abierto unido a la Plaza de Mayo por medio de la avenida de Mayo, en la ciudad de Buenos Aires. Junto con un importante grupo de edificios, algunos de ellos, hoy, verdadera reliquias históricas, tomó su nombre por la presencia en ese lugar del antiguo Congreso de la Nación

Su creación fue dispuesta por medio de la Ley Nacional N؟ 6.286, sancionada el 30 de setiembre de 1908, cuyo segundo artículo establecía la creación de un parque que contuviera la Plaza Lorea y a esta nueva plaza, debiendo ser emplazada en los terrenos limitados  por las calles Entre Rïos, Victoria (actualmente H. Yrigoyen), Rivadavia y la misma Plaza Lorea.

Varios proyectos fueron presentados, incluidos los del famoso paisajista francés CARLOS TAYS y el de JOSEPH BOUVARD que presentó un proyecto de plaza seca alrededor del Palacio del Congreso, que no fue tenido en cuenta ya que hacerlo impondría un gran número de expropiaciones (algo políticamente antipático), por lo que finalmente el proyecto de Tays fue aprobado, con el beneplácito de los vecinos, pues el mismo respetaba el pedido que habían hecho a las autoridades municipales, para que la obra a realizarse, no afectara la Plaza Lorea..

La obra fue finalizada en enero de 1910 y el Acto de Inauguración fue presidio por el Presidente JOSÉ FIGUEROA ALCORTA acompañado por el ex presidente de Brasil, don MANUEL FERRAZ DE CAMPOS SALES, el Presidente de Chile, PEDRO MONT, la Infanta ISABEL DE BORBÓN y el político francés GEORGES CLEMENCEAU

El diseño original de la Plaza se mantuvo hasta 1968, que fue cuando se estableció la mano única para la circulación de vehículos y a partir de entonces sufrió varias modificaciones para ir adaptándola a las necesidades de una ciudad de crecía vertiginosamente. Pero el monolito que marca el “Kilómetro Cero” de nuestra red vial y la estatua “El Pensador”, obra original del artista francés Auguste Rodín, aún permanecen allí, quizás como únicos testimonios de una época de esplendor que llevó a la ciudad de Buenos Aires a ser reconocida como la “Paris de América”.

Palacio de Aguas Corrientes (00/03/1894)
El Palacio de Aguas Corrientes en la avenida Córdoba, de la ciudad de Buenos Aires, es una de las joyas arquitectónicas que enorgullece a los argentinos En su época, fue el depósito de agua más importante del continente y hoy pertenece a un grupo de obras de arquitectura que gozan de protección oficial, como “Edificio de interés histórico”.

Ubicado en la manzana limitada por las actuales avenida  Córdoba y calles  Ayacucho, Riobamba y Viamonte, en el barrio de Balvanera, se yergue como una multicolor explosión de amarillos, ocres, naranjas y rojos, producto de una técnica constructiva, que aún hoy asombra a quienes se sumergen en una detallada contemplación.

También conocido como el Palacio de Obras Sanitarias, su nombre oficial es “Gran Depósito Ingeniero Guillermo Villanueva”. Fue una obra impuesta por el tremendo llamado de atención que significó la terrible epidemia de fiebre amarilla que se abatió sobre Buenos Aires 1871, una catástrofe que dejó en claro  la necesidad de una provisión segura de agua potable para la población urbana.

En 1883 se aprobó el diseño del arquitecto noruego Olaf Boye, realizado en Londres, sobre el cual trabajó el ingeniero sueco Carlos Nystromer, de la Oficina Técnica de Bateman, Parsons y Bateman en Buenos Aires y en 1887 empezó a construirse Fue oficialmente inaugurado en marzo de 1894 y funcionó a pleno hasta 1915, cuando se inauguró el Depósito de Gravitación de Caballito, en la manzana de las actuales avenidas José María Moreno y Pedro Goyena, y las calles Beauchef y Valle.

Tenía doce tanques de acero de 6.000 m3 de capacidad cada uno dispuestos a lo largo de tres pisos, con una capacidad de almacenamiento de 72 millones de litros (al igual que su gemelo, construido en Villa Devoto entre 1915 y 1917), soportados por columnas de hierro fundido.

Su diseño exterior expone claramente la influencia francesa que dominó la arquitectura porteña de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, pero solamente su techo (de pizarras negras), respeta a rajatabla el estilo, ya que su fachada exterior es una restallante fiesta de color lograda con la aplicación de 170.000 piezas de cerámica esmaltada y 130.000 ladrillos también esmaltados provistos por las fábricas Royal Doulton & Co. de Londres y la Burmantofts Company de Leeds. Se dice que cada cerámica y cada ladrillo venía numerado con la indicación precisa del lugar y cómo se debía colocar).

En 1974 fue parcialmente demolido para una reforma integral de la institución. En estado original solo permanecen la fachada de Av. Córdoba y sobre calle Riobamba y Ayacucho, dos sectores de los frentes. Pequeños jardines los rodean, cerrados por una destacable verja de herrería que apoya sobre pilares de mampostería (ver ARQA El Palacio de las Aguas Corrientes).

El Barolo
Ubicado en la actual avenida de Mayo 1370, hierático elefante blanco cargado de oropeles, al que un humorista calificó de «remordimiento italiano». Fue diseñado por el arquitecto milanés MARIO PALANTI, quien lo trató como a una escultura y fijó, para siempre, en sus curvas, bóvedas, torres y balcones, las pautas de gótico- románico. Segundo rascacielos de la ciudad, cuando se lo inauguró, en 1922, los porteños pensaban que se iba a caer y prudentemente se cruzaban a la vereda de enfrente. El Barolo es rico en anécdotas que pocos conocen. Por ejemplo, que sus planos, que el autor se llevó a Italia, no figuran en los catastros municipales, hecho que lo convierte en un edificio fantasma. O que, desde su torre, dotada de un potente faro de arco voltaico de 300.000 bujías que lo hacía visible desde el Uruguay, se comunicó el resultado de la famosa pelea qüe disputaron el argentino Luis Angel Firpo y el norte­americano Jack Dempsey: si la luz era verde, significaba que Firpo había ganado; si era roja, que había perdido. LUIS BAROLO, millonario italiano radicado en el país, financió esta maravilla arquitectónica de la cual los autores de «La arquitectura del liberalismo en la Argentina» afirman que «posee algo de Giuseppe Verdi, algo de Gabrielle D’Annunzio y algo de Benvenuto Cellini, y debe ser entendido por asimilación a determinada manera de ser, esencialmente italiana, exuberante y tempestuosa”.

El Kavanagh
Viejo y sostenido amor de los arquitectos de Buenos Aires, el Kavanagh es un símbolo claro y decantado del poderío económico de la Argentina de los años 30. Una mujer, CORINA KA­VANAGH, lo soñó en 1933  y le encargó su construcción a los arquitectos SÁNCHEZ, LAGOS y DE LA TORRE. Fue el comienzo más espléndido (y lamentablemente poco imitado) de la arquitectura moderna. La obra fue inaugurada en 1836 para ser destinada a viviendas y oficinas y se halla ubicado frente a la elegante Plaza San Martín. En su época fue el edificio de concreto más alto de Sudamérica y el primero en la Argentina en contar con aire acondicionado central. Actualmente, su estructura de hormigón armado,  domina el río desde la última esquina de la calle  Florida.

La Municipalidad de Buenos Aires
Quizá sea ésta una de las expresiones más puras del estilo francés inscripto en lo que se denominó «la Generación del 80». Tejados de pizarra oscura, mansardas, cúpulas y miradores. Arquitectura que amaron los liberales y que devolvía, como un espejo, el soñado poder de las metrópolis europeas. Se empezó a construir en 1891 y fue proyectada por el ingeniero JUAN M. CAGNONI, vicedirector de la Oficina de Obras Públicas Municipal. También Buenos Aires cayó bajo la fascinación de ese estilo que fue, más que nada, un modo de ver la vida, que reaccionó contra la fealdad de los primeros productos industriales, y se propuso, esencialmente, embellecer al mundo. El artnouveau —sus restos— sobrevive en unos pocos edificios, en algunos zaguanes y portales, en ciertas cúpulas y marquesinas. Descubrir esos exiguos testimonios es siempre una forma de la felicidad.

El Club Español
Bernardo de Irigoyen al 200. Tal vez el exponente más rebuscado del arte nuevo. No vacila en amontonar hierro, cerámica, altorrelieves y cariátides, hasta encontrar por fin la gracia redentora de una cúpula roja que sostiene a un desnudo efebo con alas, portador del orbe y de una rama de laurel. (Un edifi­cio delirante y loco, pero de presencia terriblemente necesaria en este espacio.

Los balcones de Tucumán 1961
Un italiano radicado en la Argentina, el arquitecto VIRGINIO COLOMBO, fue el autor de los bellísimos balcones labrados, de las puertas y ventanas talladas en madera, de los adornos de hierro prolija­mente fieles a la sentencia del catalán Gaudí, pope máximo del art-nouveau: «La recta es un producto del hombre, la curva es la línea de Dios».

Rivadavia 2031
Una máscara en lo alto de una cornisa mira con ojos alucinados. Sus largas barbas se confunden, fachada abajo, con un abanico de ramas que parecen enredarse definitivamente en los balcones de rejas.

Riobamba y Arenales
El arquitecto A. OLIVAN quiso que su edificio, de inspiración netamente clásica, tuviera algunos guiños art-nouveau. Pueden verse en los ornamentos de hierro forjado, en las frágiles marquesinas y en la musa de ardiente cabellera y largo cuello que dibujan los azulejos.

Cúpula de Tucumán y Talcahuano
La más bella y portentosa cúpula de Buenos Aires, sintetiza en sus formas aéreas aquello que los visionarios del arte nuevo convirtieron en dogma de fe: la exaltación de la vida, la asimilación, en el diseño, del viejo espíritu del Romanticismo.

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