CASAS Y REJAS DE BUENOS AIRES

CASAS Y REJAS DE BUENOS AIRES. El número de casas en la ciudad de Buenos Aires, no bajaba en 1879 de 35.000 y éstas, aunque en general estaban sólidamente construidas, estaban muy lejos de ser confortables. Por muchos años se edificó en barro, siendo relativamente moderno el uso de la mezcla de cal y cemento “portlan”. Muchos revoques se hacían también con barro. En las paredes sólo se empleaba el blanqueo, tanto al exterior como interiormente. La pintura al óleo y el empapelado casi no se conocían y menos el cielo raso. Los pisos eran generalmente de ladrillo, denominados “de piso”. El uso de la estufa se fue introduciendo muy lentamente, pues parece que se miraba con terror, por temor a los incendios, sin embargo, muchos buscaban refugio contra el frío en el brasero, mil veces más perjudicial que aquélla. Pero poco a poco se fué comprendiendo que la estufa era un medio excelente para producir una temperatura agradable en nuestras piezas, comúnmente húmedas, sin los incontestables inconvenientes del brasero. Una cosa que afeaba mucho el exterior de las casas, era las inmensas rejas voladas en las ventanas a la calle. Algunas sobresalían más de una cuarta de vara, lo que, agregado a la extremada estrechez de las veredas, que apenas tenían una vara de ancho, ponían en constante peligro al transeúnte, especial­mente en las noches obscuras. A propósito de estas rejas, un periódico de aquellos tiempos, decía: “Un artesano honrado que tiene estropeado el brazo derecho por una de las innumerables rejas de ventana que usurpan el paso en nuestras veredas, y una señorita bonita, que acaba de perder un ojo por la misma causa, van a presentarse, dicen, a la Honorable Junta para que, a más de obligar a sus dueños a pagar una multa fuerte por cada desgracia que originen, se imponga a cada una de estas ventanas, una contribución anual, mientras subsistan en el estado presente. “Es muy bien pensado, y no dudamos que la señorita, cuyos ojos eran muy capaces de hacerse justicia por sí solos, la conseguirá ciertamente de nuestros representantes.” Esto sucedía allá por el año 23. Estas rejas de hierro deben chocar al extranjero recién llegado, que las reputará, sin duda, más adecuadas para una Penitenciaría, que para la residencia de hombres libres, no obstante, la construcción elegante de las rejas modernas, de formas y molduras caprichosas, bien pintadas y a nivel con la pared, ofrecen una vista que, hasta cierto punto, embellecen los edificios. Por otra parte, por feas que ellas fuesen, aquellas rejas prestaron, en más de un sentido, buenos servicios, entre otros, el de poder dormir, como era muy común en aquellos años, con las ventanas abiertas en tiempo de verano, si bien es cierto que ni aun con rejas podían los amantes del aire fresco, verse libres de la astucia de los cacos. Entonces no había serenos ni vigilantes apostados en las esquinas, y aunque los robos eran infinitamente menos que en la actualidad, no dejaba de haber algunos. Uno de los medios de efectuarlo era el siguiente: Armábanse de una larga caña, con un gancho o anzuelo en un extremo. que introducían por la reja, y con la mayor destreza, sustraían las ropas sin ser descubiertos. No pocas veces, sin embargo, se han despertado los pacíficos habitantes a tiempo para ver salir balanceándose su reloj con cadena o su pantalón, en la punta de una caña.

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