VERSIÓN CALCHAQUÍ DEL PASEO DEL ESTANDAR-TE POR EL ALFÉREZ REAL (1808)

Destellos de una tradición cultural superior se manifiestan en el patrimonio de los grupos o comunidades de tipo “folk”, protagonistas de los múltiples fenómenos que llamamos folclore; son testi­monio las costumbres, la in­dumentaria, las creencias re­ligiosas, el saber popular y tantos otros aspectos, entre los que sobresalen las fiestas. Como ejemplo curioso y comprobado de esa trayectoria del proceso histórico y cultural, recordemos la más lucida celebración de las ciudades coloniales: la festividad del Santo Patrono, que mantuvo sus características hasta después de la Revolución de Mayo, y las proclamaciones de nuevos monarcas, hasta la víspera de dicho movimiento.

Del vistoso y solemne conjunto de actos, destacaremos sólo un personaje: el alférez real, y su principal función: el paseo del estandarte real. Las ceremonias eran muy semejantes en las principales ciudades y coincidían hasta en detalles: por ejemplo, las crónicas de algunas realizadas en Buenos Aires y en Salta. Los ediles se reunían frente al Cabildo montando vistosos caballos con chapeados ape­ros, y a ellos se unían los más distinguidos vecinos, cuyas cabalgaduras, por su brío y lujosos arreos, eran motivo de emulación. La comitiva marchaba en busca del gobernador o virrey y juntos llegaban a la casa del alférez, quien los esperaba teniendo en sus manos el pendón real. El de Buenos Aires era de damasco rojo carmesí y se guarnecía de flecos dorados. En una cara ostentaba el escudo de la ciudad adornado con los atributos reales y en la otra, la imagen de la Virgen.

Mientras el alférez montaba a caballo –refiere el histo­riador JOSÉ TORRE REVELLO– depositaba el pendón en poder de dos ediles y se hacía cargo de él nuevamente al iniciar la marcha hacia la Catedral, donde se repetía la ceremonia a la inversa. Los dos cabildantes tomaban en sus manos los cordones laterales y así ingresaban en el templo hasta el altar mayor. En Salta, el alférez y las autoridades iban seguidos de más de un centenar de vecinos en espléndidas cabalgaduras ensillados con ricas monturas. Estos actos solemnes eran rubricados con saraos en la casa del alférez, quien cos­teaba también convites populares y repartos de monedas. En el agreste escenario del Valle de Calchaquí, de Salta, el pueblo de Molinos celebra actualmente la tradicional fiesta patronal de la Candelaria. El personaje principal de la fiesta es el alférez (palabra que los lugareños pronunciaban como aguda), llamado mayor, en cuya casa se congregan los alféreces menores, amigos y parientes, todos a caballo, luciendo sus mejores galas camperas. Van procesionalmente a la iglesia y después del oficio religioso sacaban el estandarte de la Virgen. Al subir y desmontar el alférez, se producía idéntica ceremonia, cuyos prota­gonistas, esta vez, no eran cabildantes, sino dos de los alféreces menores.

Respetando un orden establecido por la costumbre, va la procesión realizando por momentos briosas maniobras ecuestres, a la casa del alférez, donde se ha preparado el arco de ramas y flores bajo el cual se coloca el estandarte (tal como en Buenos Aires, Córdoba y Salta se hacía en la sala principal de la mansión) bajo doseles de damasco. El dueño de casa compensa la espectacular actuación que le cabe en esos días gloriosos, que se inician con el novenario, invitando por su cuenta al baile, en el que zambas, gatos y chacareras reemplazan a las señoriales danzas de los antepasados; la chicha y la aloja regionales cumplen con eficacia la función estimulante de los vinos refinados de otrora, y las empanadas sacadas del horno hogareño nada tienen que envidiar a los manjares de antaño. Antes de llevar el estandarte por última vez al templo, se agrega aquí la emotiva ceremonia de la “batida” de banderas ante la cruz de la puerta del cementerio, en signo de fidelidad y acatamiento. Descabalgan todos.

El alférez se descubre y su cabeza se recorta sobre la blanca bandera de San Pedro. Con manos temblonas de emoción, recoge el paño sobre el asta, la toma con la izquierda e hinca en tierra la rodilla; se persigna y, puesto de pie, “bate” con ambas manos la bandera, haciéndola ondear en amplio y ma­jestuoso vaivén. El señorío de la apostura y la dignidad del gesto no desmerecen del ritual cortesano, con la ventaja de que no se trata de reverencia ante la efigie de un rey, sino del tradicional homenaje ante el símbolo de Dios, cumplido hoy en el lejano pueblo calchaquí por un recio paisano que, como sus antecesores seculares, siente el cumplido orgullo de ser alférez de Nuestra Señora de la Candelaria y pasear a caballo el estandarte carmesí con flecos de oro.

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