UNA OPINIÓN DE MANTEGAZZA (1863)

UNA OPINIÓN DE MANTEGAZZA. SOBRE LA ARGENTINA Paolo Mantegazza (1831­1910), médico, antropólogo, viajero y humanista italiano, fue gran amigo de la Argentina a la que visitó en 1854, 1861 y 1863. Recorrió el interior y escribió numerosas obras sobre nuestras costumbres, flora y fauna y nuestra historia y se casó con una argentina, Jacoba Tejada. En uno de sus trabajos, expresó: «Yo vi Buenos Aires en 1854, lo vi de nuevo en 1861 y 1863, y mucho me costó reconocer a la misma ciudad, tanto había progresado. Para nosotros, europeos tan tradicionalistas, nos cuesta mucho poder seguir las transformaciones incesantes que plasman y organizan a las jóvenes sociedades americanas. La República Argentina se presentó muy dignamente en la Exposición Universal de París de 1867. Dos grandes industrias llamaban la atención: las lanas y los cueros curtidos.

La cuenca del Plata produce hoy tanta cantidad de lana, que sobrepasa la de todas las colonias inglesas de Oceanía y África juntas. Todos los años vienen desde el Plata cien millones de kilos de lana, cantidad que irá creciendo aún rápidamente. Son lanas de ovejas merinas puras, o de merinas mestizas o de carneros indígenas del interior. Estas lanas se colocan en los mercados de Estados Unidos, Bélgica y Francia, pues Inglaterra prefiere trabajar la lana de sus posesiones». Las elecciones en 1900. Al referirse a las elecciones de fines de siglo, dice lo siguiente: «Cada elección se resolvía en una batalla primaria para ganar el atrio o secuestrar la urna, y en otra final y campal para destruir la victoria del adversario, ya fuese arrancándole los instrumentos legales del acto comicial para cubrir con un velo de legalidad, el atentado burdo y abierto, ya acudiendo a los medios más violentos contra las personas mismas, encarcelándolas, secuestrándolas, simulando resistencias de hecho para motivar la inutilización o la muerte. Ser un gran ciudadano, un gran repúblíco, un gran tribuna, significaba en el lenguaje de ese tiempo ser un bravo y un héroe capaz de ir, a bayoneta calada, hasta la propia mesa, como se va a la guerra sobre un reducto, un boquete o una brecha, hasta los cañones y, comenzando por una descarga cerrada sobre el grupo de los escrutadores, concluir por eliminar todo obstáculo y quedar dueño absoluto de la mesa, urnas y registros.

Ganar una elección era, pues, ganar una batalla. El caudillo antiguo, deporte guerrero y prestigio regional, conductor de ejércitos y batallador incansable en defensa o en demanda de lo que él creía ser su soberanía local, ya se llamase Quiroga o López o Ramírez, ha sido reemplazado en la vida cívica actual por verdaderos filibusteros, cuyo comercio consiste en negociar para el gobierno o para sus opositores el mayor número de votantes, a cuyo efecto transforman en ciudadanos ad hoc a multitudes mendicantes del extranjero o del bajo fondo social de todas las degeneraciones morales «.

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