UN EXTRAÑO DELITO QUE NO SE PUDO CASTIGAR (24/08/1881)

El 24 de agosto de 1881, cinco individuos entraron silenciosamente en el cementerio de la Recoleta y penetraron en una de las bóvedas, después de romper los cristales de la puerta. Cargaron con un ataúd lujosamente decorado y lo escondieron luego en otra bóveda, algo más alejada. Después, con el mismo sigilo, con que habían llegado, salieron del Cementerio y se perdieron en la noche. Al día siguiente, la familia de doña Felisa Dorrego de Miró, recibió una carta que tenía un encabezado en latín y el dibujo de una lechuza y que estaba firmada por “Los caballeros de la noche”.

En ella se pedían dos millones de pesos por el rescate del cadáver robado, que pertenecía a doña Inés de Dorrego, una destacada dama de la sociedad porteña, madre de doña Felisa. Los ladrones afirmaban que si no se satisfacía su pedido de rescate, el cadáver sería quemado y sus cenizas esparcidas al viento. Enviaron además un cofre para que se pusiera en él, el dinero, expresando que éste debía ser entregado al día siguiente a un mozo, que pasaría a buscarlo por el domicilio familiar, advirtiéndoles que no debía darle aviso a la Policía. A pesar de esta advertencia, luego de una prolongada reunión, los hombres de la familia decidieron llamar a la Policía, logrando que intervinieran en el caso los comisarios Suffern y Tasso, quienes se escondieron en las cercanías de la casa, esperando la llegada del enviado por los delincuentes. Cuando al día siguiente llegó el mozo, comenzaron a seguirlo y observaron que el mozo entregó el cofre, a otro hombre que les era desconocido. Éste se lo pasó a un tercer hombre. que se subió a un tren y abriendo la ventanilla, lo arrojó en la playa del arroyo Maldonado. Allí lo tomó otro sujeto que escapó hacia el entonces pueblo de Belgrano (hoy, barrio del mismo nombre) . Los policías lo siguieron y finalmente llegaron a la-guarida de los ladrones y consiguieron detenerlos, mientras éstos, consternados, abrían el cofre y comprobaban que sólo contenía papeles viejos.

El jefe de la banda resultó ser Alfonso Kerchowen de Penaranda, hijo de una rica familia de Bruselas (Bélgica), quien tenía un largo prontuario como ladrón y estafador y había llegado a nuestro país después de huir por toda Europa. Los hombres fueron llevados a juicio, pero como todavía no existía una ley que castigara a los violadores de sepulcros, recuperaron enseguida la libertad. La ley que penaba ese delito fue aprobada poco después.

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