UN DESTACAMENTO DE PATRICIOS ES DIEZMADO EN CHUQUISACA (24/06/1810)

A los pocos días de la Revolución de Mayo, un grupo de soldados del recientemente formado cuerpo de Patricios, pagó con el más cruel de los castigos, su entusiasmo y su lealtad a la causa abrazada por su jefe. En pocos dominios españoles, se evidenció el espíritu de rebeldía, apremio, persistencia y decisión como lo fue en el Alto Perú. Mucho antes de empezar el que sería “el siglo de las Independencias”, en las pequeñas poblaciones indígenas como en las grandes ciudades, ya en forma de conflictos entre cabildos y autoridades, ya en alzamientos francamente sediciosos, hasta el mismo año de 1810, puede asegurarse, la revolución estuvo latente.

De todos aquellos movimientos revolucionarios, ninguno más decisivo ni más sangriento que el de 1809 en la intendencia de La Paz. Fué aquél como un reguero de pólvora, motivado por los conflictos de jurisdicción entre las autoridades civiles y religiosas, por las noticias cada vez más alarmantes que llegaban de España, que se prestaban a las maquinaciones de los nobles ambiciosos que se consideraban con derechos al perdido cetro de Castilla y, finalmente, por obra de un reducido puñado de hombres jóvenes a quienes entusiasmaba la idea de una independencia definitiva, si bien la disimulaban bajo un más que sospechoso acatamiento a la autoridad de Fernando VII.

En Chuquisaca, la sangre de los realistas y la de los, rebeldes cubrió repetidas veces plazas y palacios. El saqueo y la destrucción se perpetraron como represalias «y a la postre, los arriesgados patriotas, con el valiente y. altivo MURILLO a la cabeza, pagaron con la vida y la prisión su fe en la libertad”. Los comienzos del año 1810, en Chuquisaca, fueron tétricos. Hombres como GOYENECHE, SANZ y NIETO, habían posado sus implacables manos sobre una población que ya conocía el sabor de la libertad y para tratar de contener a los pobladores alzados contra la autoridad española, desde distintos puntos del virreinato se enviaron tropas para que, atemorizados ante tal despliegue, cesaran en su rebeldía. Desde la capital del virreinato, se envió a un pequeño contingente del ya famoso Regimiento de Patricios porteños. Pero el 23 de junio de ese año, el correo llevó a Chuquisaca la nueva de que en Buenos Aires también se había producido un movimiento revolucionario. Inmediatamente, Nieto y el gobernador Sanz se pusieron a las órdenes del virrey del Perú y como medida de precaución se desarmó a los patricios porteños y se los confinó, separados de todas las demás tropas.

Enterados los “patricios” que el que encabezaba la revolución porteña era su antiguo jefe, CORNELIO SAAVEDRA, pensaron que por una cuestión de lealtad, era su obligación seguirlo en esta gesta. Un conato de motín se produjo aquella noche y los oficiales y soldados brindaron por la lejana, patria y por el inolvidable y querido jefe. Caro les costó aquel justificado entusiasmo. Horas más tarde, ese pequeño grupo de soldados, fue sorteado para la muerte y a los que no les tocó el fatídico número, fue enviado al trabajo de socavón, de las minas de Potosí. Patriotas anónimos, mártires ignorados, es posible que la historia ignore para siempre cuáles fueron de los patricios porteños los que pagaron así su entusiasmo y su lealtad a la causa que para ellos era sagrada, porque era la defendida por su admirado jefe.

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