RIVERA, UN CAUDILLO IMPLACABLE ( 1839)

Hubo un período de la Historia Argentina protagonizado por unitarios y federales que dejó grabadas infinidad de confrontaciones épicas tras ideales nobles muchas de ellas, pero también, como contrapartida, una inhumana actitud y un desprecio por las leyes de la justicia, de algunos de sus actores, ya sean de uno u otro bando, que mancharon con sangre y dolor infinitos su lucha fratricida.

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Transcribimos de las “Memorias” del general TOMÁS IRIARTE, el relato de un dramático episodio acaecido en el transcurso de la campaña que en 1839 emprendió el general FRUCTUOSO RIVERA contra las fuerzas federales. El hecho permite apreciar hasta qué extremo de dura insensibilidad habían llegado los dirigentes de uno y otro bando —unitarios y federales—, arrastrados por las sangrientas alternativas de la guerra civil, claramente evidenciada en gran cantidad de situaciones.que se sucedieron a través de más de sesenta y cinco años (1814-1880 de inútiles enfrentamientos.

«Me avisaron que todo estaba pronto para marchar y me presenté en la tienda del Presidente (Rivera). En aquel momento condujeron al cuartel general a dos infelices que habían cometido el delito de alejarse del campamento la noche anterior, para visitar a dos paisanitas que los habían seducido y habían sido aprehendidos por una partida exploradora. Venían a caballo y desarmados.

El Presidente, en su estilo llano y popular, le  dijo al oficial que los conducía:  “Vaya, llévelos a que me los fusilen sus compañeros”. El semblante de uno de los prisioneros hizo se transformó. Se quitó el sombrero y descubriendo su cara compungida dijo “Cómo ha de ser hermanito”. “Vaya no más” le contestó RIVERA. “Es por la patria. Encomiéndense a Dios que van a morir”. Y dirigiéndose al guardia le ordenó “Vaya. Lléveselos”. ¿Es posible, señor?, insistió angustiago el condenado. “Sí, es posible”, repitió el Presidente, y dirigiéndose al oficial añadió: “Que lo fusilen por la espalda por cobarde y llorón”.

“Confieso que estuve a punto de interceder porque el momento de despedirme del Presidente era oportuno para obtener gracia para esos desgraciados, pero no me atreví porque conocí que nada conseguiría y habría sentido recibir un desaire” (ver La crueldad no tenía bando).

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