LOS SOLDADOS FEDERALES, UNA LEALTAD MÁS ALLÁ DE LA MUERTE (1850)

Los hombres que formaron a las órdenes de JUAN MANUEL DE ROSAS, hayan sido éstos milicianos, soldados o simplemente gente de campo que lo acompañó durante todos los años que llenó las páginas de la Historia Argentina, siempre mostraron un increíble orgullo de pertenencia y lealtad hacia éste, que los hizo temibles y protagonistas de actos de inusitado valor y muchas veces crueldad innecesaria.

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Y fue DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO, quizás el más enconado de sus enemigos, quien en su libro “Campaña en el Ejército Grande aliado de Sud América  (1852) analizara con mayor profundidad los interrogantes que de tal conducta nacen, dejando constancia de la profunda impresión que le causara el espectáculo de los soldados federales que, a las órdenes de MANUEL ORIBE, en 1843, sostuvieron el sitio de Montevideo dispuesto por ROSAS.

Dice a este Respecto SARMIENTO: “….. Pocas veces he experimentado impresiones más profundas que la que me causó la visita e inspección de aquellos terribles tercios de Rosas, a los cuales se ligan tan sangrientos recuerdos, y para nosotros preocupaciones que habíamos creído increíbles.

¿De cuántos actos de barbaríe inaudita habrían sido ejecutores estos soldados que veía tendidos de medio lado, vestidos de rojo, chiripá, gorro y envueltos en sus largos ponchos de paño?. Fisonomías graves como árabes y como antiguos soldados; caras llenas de cicatrices y de arrugas. Un rasgo común a todos, casi sin excepción, porque así eran las caras de oficiales y soldados. Diríase al verlos, que había nevado sobre sus cabezas y las barbas de todos, aquella mañana.

La mayor parte de los cuerpos que sitiaban hasta poco antes a Montevideo habían salido de Buenos Aires en 1837 y desde entonces, ninguno, soldados, clases ni oficiales, había obtenido ascenso alguno. Qué misterios de la naturaleza humana!!. Qué terribles lecciones para los pueblos !. He aquí los restos de diez mil seres  humanos que han  permanecido casi diez años en la brecha, combatiendo y cayendo uno a uno todos los días, ¿por qué causa?, ¿sostenidos por qué sentimientos?. Los ascensos son un estímulo para sostener la voluntad del militar. Aquí no había ascensos. Todos veían los cuerpos sin jefes o sin oficiales; por todas partes había claros que llenar y no se llenaban; y los mil postergados nunca trataron de sublevarse”.

Nunca murmuran
“Estos soldados y oficiales durante diez años carecieron del abrigo de un techo, y nunca murmuraron. Comieron sólo carne asada en escaso fuego y nunca murmuraron. La pasión del amor, poderosa e indomable en el hombre como en el bruto, pues que ella perpetúa la sociedad, estuvo comprimida diez años y nunca mur­muraron. La pasión de adquirir como la de elevarse no fue satisfecha en soldados ni oficiales subalternos por el saqueo, ni entretenida por un salario que llenase las más reducidas necesidades, y nunca murmuraron. Las afecciones de familia fueron por la ausencia extinguidas, los goces de las ciudades casi olvidados y todos los instintos humanos atormentados, y nunca murmuraron.

Matar y morir: he aquí la única facultad despierta en esta inmensa familia de bayonetas y de regimientos. Y sus miembros, separados por causas que ignoraban, del hombre que los tenía condenados a este oficio mortífero y a esta abnegación sin premio, sin elevación, sin término, tenían por él, por Rosas, una afección profunda, una veneración que disimulaban apenas.

¿Qué era Rosas para estos hombres? o, más bien, ¿qué seres había hecho de los que tomó en sus filas hombres y había convertido en estatuas, en máquinas pasivas para el sol, la lluvia, las privaciones, la intemperie, los estímulos de la carne, el instinto de mejorar, de elevarse, de adquirir, y sólo activos para matar y recibir la muerte? Y aun en la administración de la sangre había crueldades que no sólo eran para el enemigo. No había ni hospitales ni médicos. Poquísimos fueron los inválidos que se han salvado de entre estos soldados. Con la pierna o el brazo fracturados por las balas, iba al hoyo el cuerpo, atacado por la gangrena o las inflamaciones. ¿Qué era Rosas, pues, para estos hombres?, ¿o son hombres estos seres?».

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