PERSONAJES PINTORESCOS DE ANTAÑO (1743)

Recorriendo viejos libros y notas periodísticas de época, podemos encontrar que en nuestra Historia pasada, medró una serie de personajes, digamos pintorescos, que con sus actitudes, actividades y dotes «sobrenaturales», sorprendieron, emocionaron  y a veces hasta engañaron a sus crédulos contemporáneos, como lo hacen hoy con nosotros, quizás con técnicas más sofisticadas, pero igualmente perversas.

El principe de los gauchos (23/08/1743)
Así era como se lo llamaba a FRANCISCO ANTONIO CANDIOTI, un rico hacendado vecino de Santa Fe de la Veracruz, que recibió ese nombre por parte de un viajero inglés que lo trató,  haciendo alusión quizás, a su porte y a que pasaba la mayor parte de su vida a caballo, compartiendo las rudas tareas del campo con sus peones.

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Don Antonio Candioti (imagen) nació  el 23 de agosto de 1743 en la ciudad capital de la provincia de Santa Fe.  Era un hombre de edad madura, de bellas facciones y pelo rubio casi blanco de claro. Su figura patriarcal, vestida con mucho lujo pero a la usanza criolla, era célebre no sólo en Santa Fe sino también en el Alto Perú, adonde iba regularmente acompañando a sus tropas de mulas. Pero no llevaba solamente mulas al norte; cargaba diversas mercaderías del litoral en carretas tiradas por bueyes y hacía cruzar a sus recuas por el río Paraná, prefiriendo trasladarse por el camino de los Porongos, sin invernar en Córdoba, “ de esta manera se ahorra mucho dinero”, decía, mostrando así su aptitud para los números y los negocios. En 1810, siendo Cabildante en su ciudad natal, al producirse la Revolución de Mayo, era tal la popularidad y el respeto que les inspiraba el Príncipe de los Gauchos, que el pueblo entero quiso que fuera su gobernador y la provincia se plegó de inmediato al movimiento emancipador. En esa ocasión, por circunstancias diversas, no pudo asumir el gobierno de su provincia natal, que le correspondió al coronel MANUEL DE RUIZ, elegido por la Junta de Gobierno Patrio. Sin embargo, en 1815 llegó a la gobernación de Santa Fe, asumiendo el cargo con el título de “Primer Gobernador Independiente de Santa Fe”, provincia que se había declarado independiente del Directorio de Buenos Aires (ver El príncipe de los gauchos).

Domassan y Ernest, dos charlatanes de la época (1780)
En el Buenos Aires colonial, podía faltar de todo, menos carne y “cosméticos”. Así parece ser si se observa la inmumerable y variadísima oferta de cosméticos que saturan los diarios de la época. Pero hubo una que se destacó notoriamente sobre las demás. Era la que publicitaba la “línea del doctor DOMASSAN”. Ofrecía “el agua de lis doble”, para el cutis de las señoras, el “agua preservativa” para el cuidado de la boca y el “agua para teñir el pelo privilegiada”, en las variedades negro, castaño y rubio, especial para caballeros, “a quienes no les endurecería las facciones”.

Había también “ungüentos salutíferos” para combatir la calvicie y “pomadas olorosas” para disciplinar los bigotes que competían con las ofertas de la medicina que también eran variadas. El que prefería a los alópatas, a los homeópatas o aún a los “mano santas”, los tenía bien a mano y si se prefería ser tratado por una corporación galénica, no tenía más que dirigirse a la “Empresa de Puestos Médicos”. Si lo que necesitaba era que le hicieran una sangría, seguramente encontrará lo que busca si acude a un práctico que se calificaba a si mismo como “pedícuro o callista, flebótomo o sangrador”, en cuyos avisos publicitarios, no dejaba de anunciar que las sanguijuelas que aplicaba, eran importadas de Hamburgo, “célebres por su poder extractivo”.

El doctor RALPH ERNEST sacaba dientes sin dolor, pues anestesiaba con gas, compitiendo en tales menesteres con una señora que publicaba en el diario La Nación, un aviso donde ofrecía “una cura radical del dolor de muelas, sin operación alguna”, y como siempre, gratis a los soldados y a los pobres”. También la farmacopea era abundante, amplia, generosa e “infalible”. Ofrecía el bálsamo del doctor Greeves para los sabañones, el aceite de Berthé o el Quinium Labarraque como tónico reconstituyente, las perlas de éter del doctor Clertan para las jaquecas y neuralgias, los polvos de Rogé como laxante y las Píldoras de Vallet, que terminaban “con los colores pálidos”.

Antonio Somoza y el agua fría como santo remedio (1795)
Entre todos los cuenteros, manosantas y curanderos que recorrían los caminos de la virreinato del Río de la Plata, es digno de recordar el famoso “médico del agua fría” como fue conocido ANTONIO SOMOZA.  Con su terapéutica, inocente en sí y bienhechora a veces hasta cierto punto al principio, cuando solo usaba el agua fría en cantidad medida y prohibían el uso del alcohol,  pronto se volvió dañino, debido al éxito obtenido en algunos casos, que con el entusiasmo que había cundido entre la gente, al ver que no mataba a todos sus clientes, le dieron fama y admiración.

Los que se salvaban por sus brebajes y maniobras, cantaban gloria; la protesta de los muertos metía poca bulla. Y la fe en el agua fría fué tal, que las copitas de agua acompañadas de palabras sagradas, rumeadas por estos “médicos”, se volvieron jarros, y las unciones inocuas se volvieron baños, y los muertos entonces, fueron tantos que su protesta empezó a dejarse oír (ver Curanderos, manosantas y otros chralatanes)

Simón, un mendigo muy especial (1809)
Un inglés, estando de paso por Buenos Aires, comentó extrañado el elevado número de mendigos que había en la Plaza Victoria, en proporción a los habitantes de esa ciudad. Consideraba que la abundancia de artículos de primera necesidad que estaban disponibles a buenos precios, como lo había comprobado, no hacía lógico tener que soportar este lamentable espectáculo.  Lo que no comprendía este buen inglés, era la idiosincrasia del porteño de aquella época (seguramente antecesor del actual en mañas,  costumbres y técnicas que le permitían vivir sin trabajar). En efecto, existían, en Buenos Aires, gran cantidad de mendigos callejeros, la mayoría muy viejos o muy jóvenes. Los había pobres de verdad (los menos) y otros para quienes la caridad era un medio de vida.

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La experiencia nos mostraba que cuando menos exigente era el postulante, más necesitado estaba. En cambio, cuando insistían y molestaban era probable que fueran “mendigos profesionales”. Se colocaban a las puertas de las iglesias y donde había aglomeraciones. Ciegos, cojos algunos desfigurados por la viruela u otras pestes, cubiertos de harapos, solicitaban la caridad pública con el lamento «Por amor de Dios». Era frecuente, también, ver a religiosos de órdenes mendicantes. Con una enorme bolsa colgada de sus hombros, iban de casa en casa pidiendo su ración cotidiana. Pero los más llamativos, en especial para los extranjeros, eran los mendigos a caballo. Estos llevaban sus alforjas generalmente llenas, gracias al caritativo espíritu porteño; sin embargo, continuaban mendigando un real para comprar caña.

Uno de estos mendigos «de a caballo» era el viejo SIMÓN. Su método era esencialmente distinto al de los otros. Se acercaba con aire de seguridad y sonrisa picaresca. Un chiste sobre la edad y flacura de su caballo le permitía iniciar la charla. Acomodaba su poncho raído, sus velas y su costillar y descendía del caballo.

—Don Simón, ¿puede explicarnos  por qué los muchachos lo saludan al grito de ¡cancha! ¡cancha!?
—Bueno —responde—, lo que sucede es que yo era antes peón enlazador en los mataderos y le puedo asegurar que mi brazo no erraba tiro al toro más bravo. Un día de agosto de 1806 estaba yo en el Retiro cuando se produjo un ataque sorpresivo de los malditos herejes. ¡Caray! Me acordé, entonces, de mi habilidad con el lazo y me dije: Simón, a tu juego te llamaron. Se produjo una pausa, quizás de añoranza, y el viejo Simón continuó su relato.
— ¡Caramba con los herejes!. Tomé, indignado, mi lazo y abriéndome paso entre las líneas enemigas al ¡grito de ¡cancha! ¡cancha! enlacé como animales a dos grandotes de esos ingleses.—¡Es una verdadera hazaña!.

El viejo asiente ruborizado y orgulloso exclama: ¡El propio virrey Liniers me felicitó!.  Al interrogarlo sobre la razón de su estado actual, explicó que al año siguiente, a consecuencia de una rodada de su caballo «en que no pudo salir de pie», «se disgració» y quedó mutilado e inútil para el trabajo. El blanco caballo se aleja mientras algunos chiquillos lo siguen, gritando ¡Don Simón! ¡cancha! ¡cancha!.

Martina Chapanay, la chasqui de San Martín (1817)
MARTINA CHAPANAY fue una valerosa mujer mestiza, nacida en San Juan, que entremezclando leyendas y verdades, pasó a la historia como protagonista de una vida tumultuosa y violenta, que rozando muchas veces las fronteras del bandolerismo, la llevó a compartir hombro a hombro con los hombres de su época, los rigores de sus luchas por la Independencia primero , con las montoneras luego y que hasta llegó a ser “la chasqui de SAN MARTÍN. Fue ladrona de caminos, bandolera, Robín Hood con cara de mujer, cuchillera sin sosiego y heroína de la Patria.

En 1817, ofreció sus servicios al general SAN MARTÍN, y éste la nombró “chasqui” del Ejército de los Andes. Se mezcló luego con evadidos de la ley, y hasta convivió y compartió con algunos de ellos sus andanzas y fechorías. Al elegir la vida de montonera comenzó a utilizar la vestimenta de los gauchos (chiripá, poncho, vincha y botas de potro), y así es como hoy se la representa. Cuenta la leyenda (jamás certificada), que se amancebó luego con el bandido CRUZ CUERO, jefe de una banda que asoló la región por años y que hasta se atrevieron a atacar la Iglesia de la Virgen de Loreto, en Santiago del Estero, pero esta relación terminó en tragedia. MARTINA se enamoró de un joven extranjero que habían secuestrado para pedir rescate y  Cruz golpeó a Martina y mató al joven de un balazo, pero Martina mató a Cruz con una lanza y quedó como jefa de la banda. Después de muchas andanzas, Martina regresó a su pueblo natal y éste ya no existía. Terminó refugiándose en Mogna donde todavía se encontraba el poblado indio y allí la encontró la muerte (ver Martina Chapanay)

Indios y compadritos (1874)
Gustan llamarse a sí mismos la indiada” y al encenderse las luces de Buenos Aires acuden en tropel a “El Alcázar”  o a “El Dorado” para aplaudir todo tipo de can-cán, ya se trate de robustas vedettes o de unos pobres gansos a los que se ubica sobre unas planchas de metal caliente, para que se muevan enloquecidos como si fuesen bailarinas. Llenos de afeites y cosméticos son la claque bien, los sofisticados de siempre, dispuestos a terminar la noche con batallas y líos descomunales que nadie pagará y que algunos socialistas utópicos denominan “decadencia burguesa”.

El reverso de la medalla está constituido por una subcultura que puebla ciertos barrios de la ciudad, donde la policía no se anima a entrar ni a detener a nadie por temor a las represalias. Sus líderes concurren al “Almacén de la milonga”, un burdel oscuro, donde el gaucho Pajarito, el pardo Flores, el tigre Rodriguez o el negro Villarino (amigos del vino, del acordeón y de la guitarra),  mastican broncas por mujeres y política. Son triples híbridos de gaucho, gringo y negro; algunos de cuadradas espaldas. Su diversión favorita es pelear con la policía y mostrar su hombría campesina en el vestir y en el manejo del cuchillo. Se los suele llamar “pesados” o “compadritos”.

Están muy lejos de los tumultos de los jóvenes dorados de “El Alcázar” y llevan una existencia al día, insegura y pronta a eclipsarse si las cartas vienen mal o quedan entre ceja y ceja de un caudillo influyente. La síntesis de su filosofía de la vida es la “camorra, una forma de ahuyentar a los débiles y de pegar primero si el contrincante es fuerte. Olor a vino rancio en el “Almacén de la milonga”-, aroma de tabaco inglés en “El Dorado”: dos matices del insomnio de Buenos Aires.

Pierre Benoit, un heredero del trono de Francia que vivió en Buenos Aires (1818)
Parece ser que entre 1818 y 1852, en Buenos Aires, vivió el enigmático Delfín de Francia, Luis XVII, quien oculto tras el nombre de PIERRE BENOIT fue celoso custodio de un secreto que llegó a convertirse para él en una inagotable fuente de amarguras, hasta el día de su misterioso final. La que supuestamente sería la verdadera identidad de Pierre Benoit, es sostenida por los descendientes de quien en vida debió ser Luis XVII, dedicados hace ya más de medio siglo a transformar las tradiciones orales familiares en investigaciones sistematizadas y profundas en procura de develar este misterio.

Quien más hizo al respecto fue el doctor FEDERICO ZAPIOLA, descendiente directo de Benoit, autor de un libro que tanto esclarece como llena de interrogantes al lector, “Luis XVII, ¿murió en Buenos Aires?”. Su segunda edición debía tener un tono más polémico, pues el autor pensaba suprimir los signos de interrogación del título para proclamar sin ambages lo que se sugería en la primera entrega. Pero FEDERICO ZAPIOLA murió en 1963 sin revisar la obra. Treinta años más tarde, sus sobrinos LUCRECIA ZAPIOLA DE SARAVIA -que acaba de terminar su ensayo novelado “Soy Luis XVII, debo llamarme Pierre Benoit” y JOSÉ MATÍAS ZAPIOLA decidieron reeditar el trabajo original, enriquecido con un apéndice de su autoría y nuevos testimonios (ver  Un heredero al trono de Francia vivió en Buenos Aires)

José Santos Coronel vendió el bastón de Gobernador por tabaco y caña  (1830)
Uno de los capitanes federales que integraban las fuerzas de JAVIER LÓPEZ, enviadas por el General JOSÉ MARÍA PAZ, cuando éste invadió la provincia de Santiago del Estero en 1830, llamado JOSÉ SANTOS CORONEL irrumpió en el despacho del Gobernador y había logrado apoderarse del bastón de mando del Gobernador. Y fue nuevamente nuestro inefable señor PALACIO (nombrado más arriba), quien , viéndose obligado a intervenir, le ofreció comprárselo por la suma que estimara suficiente. Llegados a un acuerdo, SANTOS CORONEL aceptó recibir 300 mazos de tabaco de Tucumán, 3 barriles de caña para sus “muchachos” y 13 pesos fuertes para él. PALACIO le entregó no sólo lo que pedía Coronel, sino que le dio además una bolsa de yerba y otra de azúcar, para que obsequiase a su gente en su nombre.

Asombrado por el pago recibido, SANTOS CORONEL prorrumpió en vivas a PALACIO, cuya largueza no se cansaba de elogiar, pero reprochado por sus amigos, que lo criticaban por haberse desposeído de tal bastón, por tan poco precio, habiendo podido sacar por él mucho más, contestó: «¿Qué entendía yo del valor de ese bastón? ¿Ni qué había yo de hacer con semejante instrumento que no sabia ni manejar?».

Shimu Negro, un Gobernador que dejó de serlo a cambio de 50 pesos  (1831)
SHIMU NEGRO fue un personaje que se proclamó gobernador de Santiago del Estero 1831. Su gobierno duró solamente dos días porque vendió por 50 pesos su derecho a ejercerlo. Don BENARÓS cuenta en la Revista “Todo es Historia” que el señor SANTIAGO DE PALACIO, un santiagueño respetable y de nobles dotes, tan patriota como de distinguida alcurnia, escandalizado y avergonzado al mismo tiempo de ver degradada la primera magistratura de su provincia en manos de aquel personaje de tan baja esfera, no por su color, sino por sus antecedentes y vida relajada, quiso librar a la provincia de de aquella degradación. Para el efecto, fue a verlo a SHIMU NEGRO y éste, recordando que en oportunidades anteriores, había trabajado como boyero y picador de carretas de don PALACIO, recibió gustoso a su antigüo patrón.

Corta fue la entrevista, pues rápidamente llegaron a un acuerdo. PALACIO, . haciéndole presente que estaba ocupando un puesto que no le correspondía, le ofreció 5.000 pesos, con tal que lo abandonara y se retirara a su vida  ordinaria de boyero. Ante su sorpresa,  SHIMU NEGRO le contestó airadamente: «Se equivoca mi patrón, si cree que por esa cantidad había yo de dejar el puesto que ocupo y le prevengo, continuó diciendo, que si usted no me da 50 pesos, sublevaré a toda la canalla». El señor PALACIOS, sorprendido de la supina ignorancia  del “gobernador Luna”, contó 50 pesos y le dijo: Aquí tienes los 50 pesos que me pides. SHIMU los tomó rápidamente y mientras PALACIOS se retiraba, le prometió abandonar de inmediato la Casa de Gobierno, para cumplir el deseo de quien había sido su antiguo patrón, cuando le había servido como boyero y picador de carretas.

Acompañado de sus ayudantes los hermanos PEDRO ALCÁNTARA MEDINA y VENANCIO MEDINA, que habían sido sus socios en la aventura, SHIMU abandonó la Casa de Gobierno y se dirigió a la pulpería, donde permaneció con sus compinches bebiendo, hasta que no le quedó ni un real de lo cobrado por renunciar (ver Shimu Negro).

Bruna Medina, la bruja Bruna (1844)
Existió en la ciudad de Flores, en la República Oriental del Uruguay), una mujer que se dedicaba a explotar a la gente ignorante, haciéndoles creer que curaba a los enfermos con simples brebajes y bendiciones. Allá por el año 1880, un vecino de la Cuarta Sección del Departamento Treinta y Tres, requirió los servicios de la curandera, para que asistiera a su esposa que se encontraba enferma. Doña Bruna, que no se hacía de rogar, marchó rumbo a esa Sección, para atender a la enferma, que aseguraba  curar con su ciencia y con su audacia. Tan pronto llega, empieza a «tratar» a la señora, aconsejando a los demás miembros de la familia, que tomen los mismos remedios, que da a la dueña de casa, pues según ella, todos se encuentran enfermos de un mal hereditario que padecerían andando el tiempo.

Esos remedios consisten en unos polvos color crema que había adquirido de los indios collas, y en unos cuantos yuyos que contenían sustancias tóxicas, que muy pronto comienzan a surtir sus efectos en el organismo y en el cerebro de esa gente ignorante, que termina por enloquecer. Algunos vecinos del lugar, conmovidos por ese cuadro de desgracia, se ofrecen para cuidar a los enfermos, pero terminan corriendo la misma suerte que éstos, es decir enloqueciendo también ellos y a pesar de que todos ellos han perdido el uso de la razón, obedecen a las órdenes que les da la curandera, que los conduce por la noche a orillas de una laguna, obligándolos a realizar todo cuanto a ella se le ocurre. En una obra de la que es autor Pedro Leandro Ipuche, cuenta que “cierta vez los hombres de Treinta y Tres (Departamento de la ROU), como un Tribunal Español del Santo Oficio, resolvió quemar con petróleo, en la plaza central a la bruja BRUNA MEDINA, que no se llevó a cabo, debido a la eficaz intervención del Actuario, que salvó de las llamas a aquella ciega condenada”, pues la vieja curandera había perdido la vista (ver Curandero, manosantas y otros charlatanes)

Oreile Antoine Tounens, el rey de la Patagonia (1860)
OREILE ANTOINE TOUNENS (imagen), en su idioma natal (1825-1878), fue un aventurero francés nacido en 1825 en Périgueux, en la Dordogne, que llegó a Coquimbo, Chile, en agosto de 1858, con la esperanza de emular las conquistas de Cortés y Pizarro trescientos años antes.

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Protagonista de una historia alucinante que comienza en Francia y termina en nuestro lejano y mágico Sur. Un territorio que hasta mediados del siglo XIX estaba habitado por tribus de indios que dominaban la región y se manejaban con total independencia de los gobiernos de Argentina y de su vecino Chile. En aquellos años, un ciudadano francés, bajo el nombre de Orélie-Antoine I, reinó durante dos años en un territorio equivalente a cinco veces la superficie de Francia, hasta que el 5 de enero de 1862, fue expulsado de estos territorios por las autoridades constituídas en los recientemente formalizados estados de Argentina y Chile (ver Antoine de Tounens, rey de la Patagonia).

Un equilibrista en la plaza de mayo (24/05/1879)
Es la noche del 24 de mayo DE 1879. Algunos trasnochadores comentan la instalación de dos gruesos postes, «de más que regular altura», uno en cada extremo de la “Plaza de Mayo”. Al día siguiente una cuerda une los extremos de ambos postes, conformando  un riel mortal cortando el vacío!. Se ha hecho alguna publicidad diciendo que el señor BLONDÍN, equilibrista de fama mundial, se adherirá a los festejos del 25 de Mayo cruzando la plaza de punta a punta, a varios metros del suelo, sin red de protección alguna. Su única ayuda, un balancín y su extraordinario coraje y sentido del equilibrio (ver El señor Blondín, un equilibrtista en la Plaza de Mayo)

CANDELARIO (1875)
Hizo su aparición en los tiempos del “Tribuno”, de Héctor Varela, que se complacía en reunir  a su alrededor una corte de personajes del estilo de “Candelario”, que siempre lo recordaba y decía “Don Héctor fue  el que me lanzó en la poesía y me dio la popularidad”.

Nadie lo conocía de otra manera  que como “Candelario”, a secas y sin embargo, seguro que tenía nombre y apellido más, el pobre vividor que recorría restaurantes y calles más populosas, ya ganándose la vida con “dicharachos” y conversaciones emprendidas sin previa presentación o concluídas de sopetón  como un”apabullazo”.

Qué tal “Candelario” le preguntaron un día. Mal, respondió. Las cosas van mal en este país. Antes, un loco vivía con dos pavadas, pero ahora, “la gente se ríe, pero no larga la mosca”

Usaba galera de felpa tipo ”pavita” y pobladas patillas o“chuletas” y amplios bigotes, al modo de un lord inglés del pasado. Como bastón, un simple palo para amenazar a los que lo molestaban. El abierto levitón que lleva, mostraba una considerable barriga. Calza importantes zapatones y el cuello, obeso, remata por debajo, en una corbata de lazo, de flojo y grueso moño. Todo él daba una sensación  de cómica gravedad, robusta y bien alimentada (ver ampliado en “Todo es Historia”, Nº 150, páginas 24 y 25)

Vendedor de periódicos y de billetes de lotería, si encontraba quien le fiara algunos números, cuyo importe entraba, seguramente en la infaltable “cuenta de ganancias y pérdidas”. Repartidor de hojas sueltas, hombre-aviso, comentador callejero. De todo era “Candelario” y nadie tenía su habilidad para hacer la propaganda de algún artículo.

Cayetano Ganghi, “gaudillo posetivo” (1885)
CAYETANO GANGHI, era el principal agente electoral de Pellegrini (hoy se llamaría “puntero”) y amigo de Sáenz Peña. Se autonombraba un “Gaudillo posetivo” (Caudillo positivo) ya que a diferencia de los “Doctorcitos que eran pura “charla” y no conseguían muchos votos, él sin pronunciar una palabra hacía que miles de personas o mejor dicho, libretas de identidad, votaran por quien él decidiera.

A todos lados iba con su portafolios cargado de libretas, a lo que él llamaba su “Mercadería.” Cayetano se sentía orgulloso de tutearse con todos los presidentes. Era el “hombre de las gauchadas” Contaba con innumerables amistades que cultivaba como parte del negocio. Era famoso dentro de la colectividad italiana. Todos recurrían a él cuando tenían algún problema y Cayetano se los solucionaba al instante. “…tenía en su casa miles de libretas electorales dispuestas a venderse al mejor postor, sin importar banderías. Concejales, diputados y senadores salían de su bolsa mágica y tenían que negociar con él los apellidos más respetables de la oligarquía” (ver Cayetano Ganghi)..

El San Roque porteño (1892)
Alejado de los vaivenes de la política marcha GIGLIO, cuyo verdadero nombre es GRAJERA,  el San Roque de Buenos Aires. Hay quien dice que «es un rico comerciante, al que un revés de la fortuna lo volvió loco”. y tal vez por eso se declaró protector de los perros. Cuando ve uno herido, enfermo o abandonado, lo cura, lo atiende y lo invita a formar parte de un verdadero rebaño de canes que lo siguen por la zona céntrica de la ciudad. Cerrando el desfile, siempre apurado, con una sonrisa de oreja a oreja, saludando a todo el mundo, exista o no, va Giglio: el loco saludador de la calle Florida.

Oradores callejeros (1912)
Todos los llaman TRABUL. Saco corto. Chambergo echado hacia atrás. Sus discursos son un boomerang constante: tan pronto ataca al gobierno como a la oposición. No necesita estrado ni tribuna. En cuanto ve un grupo se acerca y comienza sus diatribas que duran  lo que la paciencia del auditorio. Pero eso a él no lo preocupa. Sigue su camino por las calles de Buenos Aires y sólo se detiene cuando en alguna esquina, encuentra que dos o más personas se han detenido para conversar o mirar una vidriera y es entonces, cuando comienza de nuevo con su perorata.

Su peor enemigo es otro famoso tribuno: CANDELARIO. Pero éste no es sólo famoso por sus peroratas políticas, sino que lo es porque  alterna la política con una increible voracidad gastronómica. Viste levita, galera de felpa, y como bastón un palo para amenazar a los que lo molestan. Generalmente cena y almuerza gratis: «no pocos le pagan la comida con tal de verle ingerir la enorme cantidad de alimentos que su estómago admite».

Por un encono tapó una Iglesia (1918)
En torno a la Basílica del Santísimo Sacramento, ubicada en la calle San Martín 1039 de la ciudad de Buenos Aires, existe una leyenda que dice que por un encono entre familias, CORINA KAVANAGH hizo construir el monumental edificio que está enfrente para taparle la visual a la iglesia que MERCEDES CASTELLANOS observaba desde su residencia (el actual Palacio San Martín, sede de la Cancillería).

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Cuentan que Corina tenía un romance con AARON (uno de los diez hijos que Mercedes tuvo con su esposo Nicolás) y que ésta impidió la relación. Por eso la venganza de Corina, quien para comprar el terreno donde está el rascacielos, vendió tres estancias. Los historiadores afirman que eso es un mito porque Mercedes murió el 9 de julio de 1920 y el Kavanagh se inauguró en 1936, aunque otros historiadores, si bien están de acuerdo con estas fechas, no descartan que la anécdota sea cierta, considerando que es muy posible que la venganza de Corina haya comenzado a gestarse, antes de su muerte, cuando en 1918  decidió comprar los terrenos para destinarlos a la construcción de ese monumental edificio. Que no haya visto consumada su venganza, no quita que eso haya sido eso lo que maquinó.

Serge Abrahamovitch Voronoff asegura que el rejuvenecimiento es posible (06/07/1927)
Llega a Buenos Aires un personaje que ha asombrado al mundo con su teoría de los injertos como medio de obtener el rejuvenecimiento en la especie humana. Se trata de SERGE ABRAHAMOVITCH VORONOFF,un cirujano francés, nacido en Rusia, famoso ya en todo el mundo, por la aplicación de una técnica por él creada, mediante la cual, asegura que el trasplante de testículos de mono, en el hombre, lo rejuvenecerá y es agasajado por diversas instituciones científicas, que le facilitan los medios para hacer sus experimentos. Pero cuando estuvo en Buenos Aires, prudentemente, se pro­puso hacer  solamente operaciones con carneros, argumentando que “la Argentina es un país muy rico en su industria ganadera y aprovecharía muy bien el uso del injerto glandular en las diversas especies animales”. No duda, sin embargo, de que a través de los injertos, se llegará a hacer con el hombre lo mismo que con los animales: selección y perfeccionamiento de especies. “De momento, el injerto permite rejuvenecer las fuerzas intelectuales y físicas de los seres vivos” pontifica.

Fernando Asuero, el rey de Trigémino (1930)
Llega a Buenos Aires el doctor español FERNANDO ASUERO, un vasco famoso que se decía capaz de curar diversas dolencias excitando el nervio trigémino con un estilete que introducía por la nariz. Desde el año anterior está en Montevideo, donde siguen “las maravillosas curaciones”  que este profesional practica en sus pacientes: paralíticos que andan, un ciego que ya ve y várices desaparecidas.

En Buenos Aires, donde llega recomendado por PRIMO DE RIVERA, lo recibe el presidente Yrigoyen y pronto comienza a realizarr  sesiones de lo que él llama “asueroterapia”.. Un mes después de su llegada, algunos de sus enfermos, que estaban curados, se agravan o mueren. ¿Culpa del donostiarra?. El 10 de junio de 1930, el Departamento de Higiene pide su procesamiento y  la prensa lo fustiga sin piedad, cuando se descubre que no es médico, sino un simple charlatán (ver La magia del Trigémino)

 

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