PERIPECIAS PARA EL DESEMBARCO EN EL PUERTO DE BUENOS AIRES (1805)

A pesar del gran movimiento que ya en aquellos años tenía el Puerto de Buenos Aires, el embarque y desembarque de pasajeros era una odisea, por la carencia de un muelle apropiado para hacerlo y por la distancia a la que debían detenerse los navíos, por el escaso calado que ofrecía nuestra rada. Y así comentaba las peripecias a las que obligaba esta situación, un viajero que por aquella época nos visitaba:

«Cerca del centro de la ciudad, un poco hacia el norte del Fuerte se ha construido una mole de piedra natural para que sirva de desembarcadero en el Puerto de Buenos Aires. Tiene más o menos doscientas yardas de largo, doce de ancho y seis de alto. A pesar de esta protección, el río es tan bajo, que raramente pueden acercársele los barcos. Por eso para bajar a tierra, los pasajeros deben  primero embarcarse en unos pequeños botes que por su poco calado pueden llegar hasta ellos y desde éstos,  a los carros que provistos con con grandes ruedas son aptos para recorrer los bajíos y despositarlos a salvo, por fin en el muelle. El pasaje cuesta dos reales, o sea unos quince peniques cada viaje, sea la distancia grande o pequeña. Algunas veces son unas pocas yardas porque el río está algo crecido, mientras que otras el carro debe andar un cuarto de milla antes de alcanzar los botes o la costa, porque con viento del norte o noroeste, especialmente si soplan fuertemente, el agua se retira del río a tal grado que su fondo queda frecuentemente seco en esa distancia .(“Buenos Aires y Montevideo”,  Emeric Essex Vidal),

Algo se adelantó poco después de aquellos años para el transbordo de cargas, que originalmente se realizaba por medio de carretillas., el mismo medio que utilizaban los pasajeros  para ir a bordo o bajar a tierra  Éstas fueron reemplazadas por “carros de cajón”, tirados por caballos, mucho más altos y anchos y por supuesto con mucha mayor capacidad para cargar mercaderías, pero que no garantizaban tampoco que su carga, llegara a destino sin haber sufrido los efectos del agua durante el penoso trayecto que debían cubrir luego de haber sido bajadas de los barcos.

En cuanto el embarcar o desembarcar de  pasajeros, durante mucho tiempo fue un asunto serio y de difícil solución. Era una operación de lo más peligrosa e incómoda que se pueda uno imaginar, aunque se efectuara por medio de unos pequeños vaporcitos que se estacionaban más allá de Quilmes, con los que se tardaba noventa minutos y aún más para llegar a destino, si el tiempo no era favorable.

.Viajeros que llegaban desde Europa, contaban que lo más penosos de su viaje, había sido llegar al Puerto de Buenos Aires, una situación que finalmente movió a las autoridades a considerar las varias propuestas que esos efectos se presentaron. Casi todas ellas, sin excepción, consideraron que era necesaria la construcción de instalaciones portuarias con muelle incluído en Ensenada o en Quilmes, para sortear los inconvenientes del bajo calado que ofrecía el de Buenos Aires y fue ésta una de las obras que se pensó financiar en 1821,  mediante el empréstito que se negoció con la Baring Brothers, por impulso de BERNARIDO RIVADAVIA.

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