PELUQUERÍAS Y BARBERÍAS DE ANTAÑO

En otros tiempos no se conocían las lujosas peluquerías que hoy abundan no sólo en Buenos Aires, sino también en muchas otras provincias; esas peluquerías en donde se encuentra toda la comodidad, aseo y hasta lujo que puede desearse (gracias al mejor genio francés).

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Los tocados que usaban en aquella época las mujeres eran sencillos y caseros, para la vida diaria, por lo que muy pocas veces se veía a una dama en una peluquería (barbería se llamaban en aquellos tiempos). Ellas mismas se peinaban y quedan referencias para recordarnos que los peinados más usados entonces eran los llamados “de banana”, “bucles”, “amor partido”, “sígueme pollo” y “melena”, reemplazados luego por los “rodetes”, “flequillos”, “sorongos”, “bandeau”, etc. Solamente demandaban los servicios de un  peluquero, cuando un compromiso social les exigía un peinado más refinado.

Más tarde. hubo un tiempo, en que tanto las señoras como las señoritas pusieron de moda el pelo corto, peinado al que llamaban “pan de leche”. A las que no se lo cortaban así las llamaban “peladas” y un chascarrillo de la época lo cantaba así: “Son tantas las peladas/que van a misa/que las de pan de leche/se escandalizan”.

Después de una triste experiencia que alrededor de 1785 las y los porteños vivieron con un tal “monsieur LEVANT” (un aventurero francés que se presentó en Buenos Aires equipado con las últimas novedades en pomadas y perfumes, ofreciéndose como experimentado peluquero y que resultó ser un vulgar ladrón y estafador), las mujeres siguieron ocupándose ellas mismas de su pelo y los hombre de su pelo y su barba, poniéndose como siempre en manos de nuestros barberos nativos, que siguieron con sus primitivas prácticas.

Y así fue hasta que en 1850 llegó a Buenos Aires JOSÉ SEGOT, un francés sumamente educado que instaló su peluquería a la que llamó “La Peluquería del Colegio”, en la actual calle Bolívar, frente a la Iglesia San Ignacio. Pronto contó entre su clientela a los más encumbrados miembros de la sociedad porteña, políticos y personajes más distinguidos de la época y el ejercicio de su oficio fue escuela para nuestros peluqueros, que empezaron a pulir su técnica, sus modales y sus locales de atención.

A partir de entonces, el arribo de otros profesionales de la tijera y la navaja, generalmente franceses e italianos y la adecuación de los nativos a las nuevas técnicas e instrumentos, fue mejorando esta prestación. En 1890 con la llegada de GUILLERMO MOUSSION llegó la moda del rizado y la ondulación, una novedad que causó furor entre nuestras damas y pronto fueron  llegando a nuestras costas todas las novedades que se producían en Europa y la mujer argentina pudo lucir sus rizados y sus trenzados, su “croquiñol” o su melenita a la “garçón” igual que sus pares de allá.

Los hombres en cambio, frecuentemente acudían al barbero para cortarse el pelo, pero fundamentalmente para que lo afeitaran, una necesidad que era un verdadero suplicio. Los barberos, eran unos tipos muy especiales, que además eran dentistas o ponían ventosas y no eran por cierto muy cuidadosos ni delicados en su oficio:

Eran casi todos pardos o negros. Charladores incansables, entretenían al parroquiano con sus cuentos y chismes, ya que, a no dudarlo, sabían la vida y milagros de todo el mundo. Por añadidura, además casi todos eran consumados o aficionados guitarreros

Entonces no se usaba la brocha para jabonar la cara. El maestro movía con los dedos el jabón y el agua en la bacía y luego, con la mano colocaba y frotaba la espuma así obtenida en la cara de su cliente. En aquellos tiempos, como se ve, se manoseaba mucho el rostro del pobre candidato; asentaban la navaja en sus manos callosas, metían los dedos entre los labios para afeitarle la patilla y si no había bigote, se prendía sin misericordia de la nariz, y la sacudían de un lado a otro, para rasurar el labio superior. Como también hacían “sangrías”, guardaban las sanguijuelas en un frasco para que en caso de tener que hacerla, el “paciente” eligiera la de su gusto.

Las peluquerías durante la época colonial y aún después, quizás hasta 1850, constaban de lo que llamaba “un cuarto redondo”, es decir, un solo ambiente a la calle con una puerta con vidriera donde flameaba una cortina de zaraza (tela de algodón, muy ancha, muy fina y con listas o flores estampadas. de color), con grandes angaripolas (adornos con flores de mal gusto y de colores llamativos) en las paredes, generalmente blanqueadas con cal, casi siempre muy sucias y jamás empapeladas, de donde colgaban algunas estampas, a veces en marco, otras sin él.

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Un sillón de baqueta, una “bacía”, una palangana metálica de borde muy ancho y con una hendidura para apoyar el cuello, usada por el barbero para remojar las barbas (imagen) y toallas y peines no muy limpios, completaban el ajuar. Tal vez un poco de aceite de limón, comprado en una botica cercana, una escoba en un rincón y el tradicional brasero, que cerca de la puerta o en algún otro rincón, con unos cuantos pedazos de carbón encendido, mantenía caliente el agua de una pava, que servía tanto para ablandar la barba o para el mate, que el barbero compartía con sus clientes.

Las vendas ensangrentadas utilizadas durante las sangrías, rodeando en espiral un madero colocado al lado de la puerta era “el cartel” que anunciaba su oficio y quizás fue lo que inspiró a un despierto publicitario para idear y vender luego a todas (o a casi todas) las peluquerías del pais, un aparato que consistía en un largo cilindro que pintado con franjas oblicuas rojas y blancas, giraba permanentemente sobre su eje, atrayendo la atención de los transeúntes.

Fuentes: “Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires, Manuel Bilbao, Ed. Dictio, Buenos Aires, 1981; “Buenos Aires, 70 años atrás”, José Antonio Wilde, Ed.

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