ORIGEN DE LA CIUDAD DE MAR DEL PLATA (10/02/1874)

La hermosa y pujante ciudad de Mar del Plata en la provincia de Buenos Aires, tuvo su origen en un saladero instalado en 1847. Eran tierras cercanas a la “Sierra de los Padres” (actual provincia de Buenos Aires, próximas a la ciudad de Mar del Plata), en las que en el siglo XVIII, los jesuitas habían establecido una “misión”. Su fundador, hombre de extraordinaria visión, adquirió esas tierras el 20 de septiembre de 1860 a su antiguo poseedor y así comenzó esta historia.

En 1847. JOSÉ COELHO DE MEYRELLES, cónsul de Portugal en el Río de la Plata un grupo de capitalistas brasileños y sus connacionales IRENEO EVANGELISTA DE SOUZA, Barón de Mauá; el consejero JOAQUÍN PEREYRA DE FARÍA, el comendador JUAN BAUTISTA LÓPEZ GONÇALVEZ, MELITÓN MÁXIMO DA SOUZA, DOMINGO DE SA PEREYRA y JOSÉ ANTONIO DE FIGUEREDO Junior, entusiasmados por las perspectivas que ofrecía la industria del salado de carnes en esa época, decidieron instalar un saladero en la provincia de Buenos Aires. Pensando en ello, el consorcio adquirió el 13 de agosto de 1856 las estancias Laguna de los Padres (ex Laguna de las Cabrillas), La Armonía y San Julián de Vivorotá a su propietario JOSÉ GREGORIO LEZAMA, pagando 30.000 onzas de oro y designando representante, con amplios poderes, a JOSÉ COELHO DE MEYREILLES, quien debía ponerse al frente de la explotación. Este personaje llegó a la zona actual marplatense a fines de 1856, juntamente con un convoy formado por carretas tiradas por bueyes y gran cantidad de jinetes y 400 peones, en su mayoría riograndenses. Construyó galpones, viviendas y un muelle para embarcar las carnes saladas que se faenaban en la zona. Años más tarde, puesto en mala situación, por diversas circunstancias, se vio obligado a enajenar esas tierras y en 1860 se las vendió a PATRICIO PERALTA RAMOS, quien el 14 de noviembre de 1873, pidió permiso al gobierno para “crear una ciudad en el partido de Balcarce”. En su presentación a Mariano Acosta, en ese entonces gobernador de Buenos Aires, anunciando esta compra, Peralta Ramos señalaba la importancia de esa zona, “en la que funciona un saladero, le dice, un molino de agua, una iglesia de piedra y cal (Santa Cecilia), botica, panadería, herrería, zapatería y otros ramos industriales y, además, veinte casas de piedra, madera y ranchos”

El lugar ya había seducido a los primeros europeos que la visitaron más de cuatro siglos atrás. JUAN DE GARAY la había llamado “muy galana costa” en una carta enviada al Consejo de Indias, pero durante muchos años la región continuó siendo un desierto sin habitantes y sin árboles y escenario de la guerra entre los indios y los blancos, hasta que en el siglo XVIII, los jesuitas establecieron  una misión en las cercanías del lugar elegido por Meirelles, precisamente en las tierras que se conocieron después como “Sierra de los Padres”. Y todo comenzó a cambiar cuando en 1860, Peralta Ramos compró esas tres estancias ubicadas en lo que hoy es “Laguna de los Padres” y el 10 de febrero de 1874, se colocó la piedra fundamental de un nuevo pueblo, que trascenderá como la ciudad de Mar del Plata. PATRICIO PERALTA RAMOS cumplía así un viejo sueño y empezó a levantar construcciones sobre la antigua reducción fundada por los jesuitas y pronto fue surgiendo un pequeño núcleo urbano que fue el origen de la ciudad de Mar del Plata. Poco después, PEDRO LURO compró la mitad de esas tierras, que luego fraccionó y vendió en lotes, dando así nuevo impulso a la población. De a poco Mar del Plata se fue convirtiendo en una de las ciudades más hermosas de América y en un centro turístico de excelencia, donde la belleza de un paisaje excepcional logró una equilibrada combinación con el espíritu creativo del hombre.

 

MAR DEL PLATA, EL BALNEARIO DE MODA. En setiembre de 1886, Dardo Rocha, gobernador de la provincia de Buenos Aires, hizo extender el ferrocarril que hasta ese momento solamente llegaba a Maipú, hasta esta nueva ciudad. El primer hotel de la ciudad fue propiedad de la francesa LUISA BONNET. Se llamaba la “Fonda del Huevo” y tenía en la puerta un gran huevo de avestruz y la primera función de cine sonoro del país la dio MATEO BONIN en la ciudad sincronizando trozos de películas con discos. Durante la temporada 1886/1887, fue tan grande el número de veraneantes, que surgió la idea de construir un gran hotel al estilo de los europeos y en la temporada de 1888 se inauguró el primer cuerpo del Gran Hotel Brístol, ubicado sobre el Boulevard Marítimo. Tenía un gran salón de fiestas, donde se ofrecían conciertos en la temporada de verano, lujosos ambientes y cómodas habitaciones, algunas con una hermosa vista al mar. Cuéntase que allí estuvo alojado durante unos días Nicolás Romanoff, que sería el último zar de Rusia. En la temporada de 1888 se inauguró el primer cuerpo del Gran Hotel Brístol sobre el Boulevard Marítimo y allí estuvo de visita NICOLÁS ROMANOFF que sería el último zar de Rusia. Este hotel tenía un gran salón de fiestas, donde se ofrecían conciertos en la temporada de verano.

El 8 de enero de 1888, un diario de Buenos Aires se refería a esto diciendo: “En Mar del Plata, nuestro futuro Trouville, la estación balnearia que dista sólo cinco horas de Buenos Aires por Ferrocarril, se inauguró la semana pasada el Hotel Brístol. Una orquesta dirigida por el maestro Ismael amenizará las veladas nocturnas con sus armoniosos acordes. El arpista Lebano y el pianista Lewita también ofrecerán conciertos para deleite de la selecta concurrencia que se prevee llegará al lugar”. Llegado el fin del siglo XIX, Mar del Plata ya era el lugar de veraneo de las clases altas y se empezaron a construir las primeras residencias familiares, levantadas por renombrados arquitectos europeos y muchas veces, utilizando materiales que traían desde Europa. Es que en Mar del Plata, se combinaban la belleza de un paisaje excepcional, con el espíritu creativo del hombre. Y un buen ejemplo de esto, es que en 1889, se anunciaba la inauguración de un hotel, destinado a las familias que guardaba luto, pero que no deseaban privarse del descanso y la paz que ofrecían estas costas.

En aquellos tiempos la mayor parte de  los turistas eran mujeres que se instalaban con sus hijos durante la temporada,  mientras los maridos trabajaban en Buenos Aires o en otros lugares aún más alejados. Bajo capelinas y tules, las damas se cuidaban muy bien de conservar la blancura de su piel, para estar a la moda. Y los tiempos fueron cambiando. Poco a poco, Mar del Plata fue cambiando su fisonomía de ciudad “paqueta y exclusiva”, de algunos pocos privilegiados, para convertirse en un gran balneario abierto a todo el mundo (en 1958, el periodista Horacio Jorge Cáceres, la bautizó “la ciudad felíz”). Con monumentales hoteles, una excepcional oferta gastronómica, kilómetros y kilómetros de playas, kilómetros y kilómetros de finas arenas, grandes espectáculos musicales y teatrales, un clima benigno, modernos y espectaculares locales bailables, atrapantes circuitos turísticos y numerosas actividades deportivas, para presenciar o para participar.La Rambla Bristol. A comienzos del siglo XX el mundo parecía maravilloso. La “belle èpoque” estaba en su apogeo, el progreso parecía no podía tener fin. Lo único que faltaba en Mar del Plata era un paseo a la altura de estas circunstancias y del prestigio que ya en ese entonces gozaba. Decididos a enmendar esta realidad, el 27 de enero de 1908, una asamblea de socios del Club Mar del Plata, resolvió la construcción de la Rambla Brístol, un verdadero símbolo del progreso y el bienestar económico por los que atravesaba el país en esos momentos. Aunque la ciudad de Mar del Plata era ya un centro de reunión de la alta burguesía nacional, donde veraneaban las familias “de apellido” del país y cuando ya había un tren que desde la Capital Federal acercaba a los turistas hacia sus playas y existía el Bristol Hotel, inaugurado en 1888 para recibir a una sociedad refinada, que podría darse el lujo de perder mucho dinero en el casino cercano, dejaba mucho que desear, lo que la ciudad ofrecía a los turistas que deseaban gratificarse con la contemplación de esas hermosas vistas que ofrecía el mar acariciando largas extensiones e blanca arena. La Rambla existente en aquella época era una construcción muy humilde. A fines del siglo XIX consistía en unas pobres instalaciones de madera que fueron destruidas en 1890 por un temporal. Fue reconstruida al poco tiempo, pero en1905 un incendio la redujo a cenizas.

A partir de ese momento nace la idea de construir una rambla que estuviera de acuerdo con el adelanto de la ciudad y fue así que el 27 de enero de 1908, una Asamblea de socios reunida en el Club Mar del Plata,  resolvió la construcción de una Rambla como la que la ciudad se merecía, una obra que fuera un símbolo del  progreso y el bienestar económico por los que atravesaba el país. El proyecto fue presentado al Congreso, donde el diputado LÓPEZ BOUCHARDO afirmó: “Es ridículo que en medio de todos los chalés, palacios y demás obras debidas al esfuerzo privado aparezca, como una demostración de la desidia de los poderes públicos, un armazón de madera de unas cuadras de largo, que sólo por espíritu de imitación puede llamarse rambla”. El Proyecto fue aprobado y los trabajos comenzaron el febrero de 1911. La “Sociedad Francesa de Construcción y Obras” estuvo a cargo de la edificación, y los planos pertenecían al arquitecto LUIS JAMÍN y al ingeniero CARLOS AGOTE, autor también del edificio del diario La Prensa, del Círculo Militar y del Club del Progreso. La Rambla, llamada Bristol, como el famoso centro de veraneo británico, se inauguró el 19 de enero de 1913. Del lado de la ciudad, la rambla era un un majestuoso balcón abierto al mar, con una extensión de 400 metros, en la que se levantaba una larga fila de columnas. Se parecía a una galería de una calle de París. Hacia la ciudad formaba una galería con adornos de mayólicas, presentaba cúpulas lujosamente decoradas y vitrales que filtraban la luz del sol.  Una espléndida escalera de granito llevaba hasta la parte del paseo. Cada detalle de la construcción había sido elaborado con sentido artístico, desde las mayólicas hasta las cúpulas lujosamente decoradas y los vitrales que permitían el paso de la luz.

El día de la inauguración todo era una fiesta. Hasta se había organizado un vuelo desde la capital en cuatro aviones, piloteados por TEODORO FELS, CATALBERT, LUBBE y el teniente ORIGONE. Pero una fuerte ráfaga de viento derribó el avión de Origone, que fue el primer muerto de la aviación argentina y esa noticia ensombreció la ceremonia de inauguración. La Rambla sobrevivió hasta 1941, cuando el Gobierno Municipal, decidió derribarla para hacer una nueva construcción. No faltaron las protestas y el diario La Prensa criticó editorialmente la idea de destruirla porque se encontraba en perfecto estado. Pero las protestas no prosperaron: la “belle epoque” había terminado y muchos sueños también cayeron bajo la piqueta.

Mar del Plata «la ciudad felíz»
Según lo cuentan los protagonistas de esta Historia, la ciudad de Mar del Plata comenzó a ser conocida como «la ciudad feliz» a partir de la corajeada de un empresario gallego que no soportó la humillación de un compatriota, agraviado por sus acreedores y esta es la historia:

Alrededor del año 1962 o 1963, llegó a LU9 Radio Mar del Plata un señor llamado JUAN PUENTE pidiendo consejos para revertir una situación que ponía en riesgo su futuro como nuevo propietario de la empresa “Zacarías López S.A.», propietaria de la fábrica de los alfajores «Gran Casino» que funcionaba en Mar del Plata, provincia de Buenos Aires.

Resulta que este señor, oriundo de Caldelas de Tuy (España) y empresario residente en Buenos Aires, como proveedor del chocolate que se utilizaba para fabricar los alfajores, había concurrido a la convocatoria que se realizó cuando la fábrica de los Gran Casino se vió obligada a cerrar.

Como «buen gallego», indignado por el mal trato que que le infligían sus furiosos acreedores a Don Zacarías, todo un personaje de la más rancia monarquía española, en un arranque de hidalguía, copó la banca y compró por 25 millones de pesos la totalidad de la deuda, quedando entonces como único dueño de la Empresa.

Sorprendido por el hecho de que Alfajores Havanna (propiedad en ese entonces de DEMETRIO ELIADES), fuera una empresa exitosa, mientras que «Alfajores Gran Casino», había medrado tristemente hasta llegar a la quiebra, quiso saber porqué había sucedido eso y pensó que en la Radio podían explicarle la razón de este fenómeno.

El Director de LU9 era entonces un ciudadano uruguayo llamado EVARISTO MARÍN PALMERO y luego de intercambiar ideas acerca de este tema, HORACIO JORGE CÁCERES, que se desempeñaba como Director de Relaciones Públicas de la Emisora, fue encomendado para que realizara una investigación para encontrar una respuesta que defina los hechos que provocaran la quiebra de Gran Casino.

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Abocado a esta tarea y luego de innumerables entrevistas realizadas a turistas y residentes, empresarios, periodistas, etc., CÁCERES llegó a la conclusión de que la desastrosa merma en las ventas, se había producido porque ni la imagen de la Empresa y de su establecimiento, ni sus mensajes publicitarios ni su mismo “slogan” (“Señores del Atlántico”), se adecuaban a las características del Universo que debían impactar para impulsar las ventas. «Gran Casino» era sinónimo de alcurnia, de exclusividad, especialmente destinado al placer de las clases altas. El isotipo era una galera, una chalina y un bastón con fina empuñadura de marfil. En la fábrica, ubicada en la avenida Champagnat (imagen), había una lujosa confitería, donde personal de cuidada vestimenta servía el te, en delicada vajilla importada, mientras las notas de una suave música de cámara, acariciaba el ambiente.

Evidentemente nada que ver con lo que era dable esperar fuera atractivo para las inmensas oleadas de turistas que habían comenzado a llegar por aquellos años. Recordemos que por ese entonces había explotado el turismo social. Gran número de argentinos ahorraban peso a peso durante el año, para darse el gusto de unas soñadas vacaciones en la costa. No importaban sacrificios si podían pasar quince días como magnates, lejos de sus rutinas como simples laburantes, placer que se potenciaba, si al regresar a su tierra, podían exhibir un envidiable color tostado y regalar una caja de alfajores, como muestras de lo vivido.

Y si a estos innumerables e improvisados “bon vivant”, les agregamos los hombres con problemas en su matrimonio que llegaban a Mar del Plata, viviendo una aventura extramatrimonial y las señoras que se animaban a lo mismo. A los jóvenes que veían en ese Balneario la oportunidad de descargar sus energías, sin gastar los pocos dineros que traían, en memorables noches pasadas en la playa, a la luz de la luna, podemos decir que hemos encontrado el común denominador del universo dispuesto a comprar una caja de alfajores, como demostración de lo vivido, o como descargo de la conciencia.

Eran todos gente feliz. A Mar del Plata no llegaba gente enferma, con problemas familiares o pobre. Venían familias enteras de todos los rincones del país dispuestas a pasar “las vacaciones de su vida” en la ciudad, que por eso era la “Ciudad Feliz”, como lo determinó CÁCERES en el informe que le presentó a PUENTE.

Y no estuvo tan desacertado en su diagnóstico, porque PUENTE encaró una furibunda campaña dirigida a ese tipo de público. Organizó importantes espectáculos populares gratuitos al aire libre, trayendo a figuras mundiales de la música y la canción (Troilo y la cantante italiana Mina, furor en esos días,  entre ellas); sus textos publicitarios comenzaron a saturar las tandas publicitarias de LU9 y LU6 diciendo:  “alfajor Gran Casino, el alfajor de la ciudad de feliz”; instaló nuevos puntos de venta y fue tanta la demanda de su producto, que hubo días en que se agotaban las existencias y los locales permanecían cerrados ante el disgusto de público.

Solamente doce meses después, DEMETRIO ELIADES, furioso por la competencia que había nacido, provocando la pérdida de su liderazgo en el mercado, le compró la fábrica a PUENTE, quien así pudo ganar una fortuna, por salvar el honor de un compatriota español y la ciudad de Mar del Plata surgir como el destino turístico por antonomasia de la República Argentina (recomendamos ver «Algo de Mar del Plata»).

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