NUESTRAS PRIMERAS IMPRENTAS (1699)

A los  jesuítas les debemos, además de otros muchos conocimientos y beneficios, la iniciación en el arte de imprimir y la instalación de la primera imprenta que funcionó en el Río de  la Plata (1699), donde se imprimieron los primeros libros editados en estas tierras.

Dos jesuitas misioneros: JUAN BAUTISTA NEUMANN Y JOSÉ SERRANO, con la cooperación de sus discípulos indígenas, por su cuenta y riesgo y sin contar aún con los permisos correspondientes, construyeron la primera imprenta, con maderas del país y obtuvieron los primeros tipos fabricados con la mezcla adecuada de plomo y  estaño. La instalaron en Misiones y en 1784, cuando FÉLIX DE AZARA, visitó Misiones vio en los depósitos de Candelaria restos de aquella imprenta: prensas, tipos de metal, letras de madera y otros elementos que les sirvieron a los jesuítas y a los aprendices aborígenes para su esforzada actividad.

La primera obra que se imprimió en el Río de la Plata, salió de esos talleres en 1700 y se llamaba “Martirologio Romano». Le siguieron luego «Flos Sancto- rum» de RIVADENEIRA y la «Diferencia entre lo temporal y lo eterno» de NIEREM BERG, ilustrado este último con hermosas xilografías. Dos obras del padre ANTONIO RUÍZ DE MONTOYA («Vocabulario de la lengua guaraní» y del «Arte de la lengua guaraní»), editadas luego, son una muestra del respeto y la consideración que los jesuitas tuvieron por sus adoctrinados, ya que las dos obras tenían la finalidad de facilitar la comunicación y el trato diario con ellos.

Numerosas obras siguieron a estas. Editadas en Loreto, Candelaria, Santa Ma­ría la Mayor y San Javier, demuestran que el taller de imprenta de los jesuitas era itinerante y que lo trasladaban de pueblo en pueblo llevando la luz de la palabra escrita  hacia donde la mayor concentración poblacional, facilitaba su tarea, que no era sólo la difusión de Evangelio, sino que también llegaban allí para enseñarles a leer y a escribir, llevaban consejos y enseñanzas para laborar la tierra, mejorar su alimentación, curar sus heridas y atender a sus enfermos

Desde 1728 cesó en su actividad la imprenta de Misiones y en 1766 fue reemplazada por la de Córdoba, traída de Europa en 1764. Poco menos de dos años alcanzó a trabajar allí, colaborando con la Universidad que ya estaba establecida en esa provincia,  pero vino la orden de expulsión. Los jesuitas se tuvieron que ir y los franciscanos, fueron los designados para ocupar el lugar que ellos dejaban (ver La imprenta jesuítica de Córdoba).

No todos en Buenos Aires veían con buenos ojos la tarea que desarrollaban los jesuitas. Muchos pensaban que la excesiva información de la gente, “podía resultar peligrosa” y la inquietud que provocaba en ciertos círculos de poder, la culturización de los indígenas, que de analfabetos rebeldes, se estaban transformando en hombres y mujeres “pensantes”, definió la paralización de la actividad impresora y la escasa vocación que por las artes gráficas tenían los franciscanos, terminó por sepultarla.

La imprenta de Córdoba traída por los jesuitas en 1766 durmió arrumbada en los sótanos del Colegio de Monserrat,  hasta que a fines de 1778, el virrey Vértiz pensó que sería conveniente instalarla en la Casa de Niños Expósitos,  para generar algunas rentas, mientras los huérfanos que allí se hospedaban, aprendían un oficio que podría serles de utilidad en el futuro, Vértiz le escribió entonces al Rector del Convictorio de Monserrat pidiendo noticias de esa imprenta.

Fray José de Parras le respondió que la imprenta se encontraba a salvo “bajo “tierra y que era  “la principal y más útil alhaja del colegio”. Finalmente la embarazosa v poco evaluada «alhaja» fue transportada a lomo de mula, por un destacamento de milicianos comandados por el  sargento de dragones AGUSTÍN GARRIGÓS quien, por esas cosas del destino, impactado por la historia de la carga que llevaba, terminó convirtiéndose en .tipógrafo y como tal, ejerció hasta su muerte.

Como en los comienzos no había en Buenos Aires, un  impresor, capacitado para ocuparse del nuevo taller de imprenta de los Niños Expósitos,  el virrey Vértiz lo hizo venir desde Montevideo y lo puso a cargo del armado de las máquinas y la organización del taller, hecho lo cual, la imprenta comenzó a funcionar y el 6 de octubre de 1780 salió de allí su primer trabajo impreso (ver Primera imprenta en el Río de la Plata)

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