MUÑÍZ, FRANCISCO JAVIER (1795-1871)

Célebre médico, filántropo y naturalista. Coronel médico honorario, en reconocimiento a los importantes servicios brindados a la sanidad militar. Vivió 76 años desplegando una actividad tan asombrosa y múltiple que parece imposible que fuera desarrollada por un solo hombre. Ilustre precursor de la ciencia, a quien su biógrafo más destacado, Domingo Faustino Sarmiento, definiera como el “Primer Sabio Argentino”. Reintrodujo la práctica de la vacunación preventiva, desarrolló nuevas técnicas útiles para la obstetricia y la ginecología, fue maestro de varias generaciones de médicos.

Nació en San Isidro, provincia de Buenos Aires el 21 de diciembre de 1795 y su verdadero y completo nombre era Francisco Javier Thomas de la Concepción Muñiz. Fueron sus padres, Alberto Muñiz y Doña Bernardina Frutos, de reconocidos abolengos en España y la Colonia del Río de la Plata. Creció el niño en un ambiente de comprensión y cariño, desarrollando su cuerpo y su espíritu en medio de la naturaleza, distinguiéndose desde pequeño por su clara inteligencia y su gran seriedad. Para su mejor educación fue trasladado a Buenos Aires donde cursó sus estudios en el Colegio San Carlos.

A la edad de doce años, sacudido su patriotismo por la noticia de las invasiones inglesas, se alistó como cadete en el Cuerpo de Andaluces, y es herido de bala en las calles de esta ciudad, durante la heroica defensa de 1807 y es el general Britos del Pino quien al informar del hecho dice: “En el año 1807, el cadete Muñiz revistando en el Regimiento de Andaluces en Buenos Aires, cuyo jefe era el coronel José Merlo, cuya corta edad no le obligaban a hacer el servicio con la severidad con que la Ordenanza prescribe, ya que se le permitía continuar sus estudios mientras presta servicios en esta unidad, animado del patriotismo que ya le distingue, acompañó a su cuerpo, que unido al resto del ejército, marchó en la tarde del 1º de julio de 1807 al Puente de Barracas, con el intento de buscar y batir al enemigo inglés que había desembarcado días antes en la Ensenada de Barragán”.

“El Regimiento de Andaluces, que formaba el ala derecha, vanguardia del ejército, se encontró el día 2 de ese mes de julio, inmediatamente después de su regreso de Barracas, en la acción de los Corrales de Miserere. El cadete Muñiz se encontraba en esa función  y estando en la noche de ese día, en la Plaza Mayor, (hoy Plaza de Mayo), guarnecida principalmente por soldados de la Legión de Patricios, se unió a ellos, y asistió a la defensa del cuartel de los batallones legionarios y luego se agregó a las guerrillas que ya desde el día 3 salieron en distintas direcciones por las calles de la ciudad”.

“Habiéndose incorporado el día 5 a una de esas guerrillas, que se dirigía por la calle de las Torres (hoy Rivadavia), ocupó con ella y con otros soldados de distintos cuerpos, una azotea, a espaldas de la iglesia de San Miguel”. “Una columna enemiga, desprendida del Retiro, penetró hasta un cuarto de cuadra de la misma manzana de la iglesia por aquella calle, a pesar de ser hostilizada  desde todas las alturas y desde la torre de aquél templo”. “En estas circunstancias el joven Muñiz bajó con otros de las azoteas, y abriendo la puerta de la casa en que estaban salieron imprudentemente a la calle a disparar sus armas, a menos  de media cuadra del enemigo. Una bala de fusil le hirió, entonces, en la corva derecha”. “Al día siguiente fue conducido a San Francisco y colocado en un claustro entre otros muchos heridos, tanto ingleses como de los defensores de la ciudad. Extraída que fue la bala, la curación se hizo todavía esperar por algún tiempo”. “Y siendo, como es verdad lo que acabo de relacionar, doy certificado a los fines que importen  al interesado”.

Curado de su herida, se dedicó con mayor exclusividad a sus estudios, siendo su maestro el canónigo José León Banegas (uno de los doce ciudadanos que formaron en 1812 la Sociedad Patriótica Literaria) y fue llevado por éste a la fracción liberal y renovadora de la Revolución de Mayo, que presidía Mariano Moreno.

Con mucho ardor patriótico, el joven Francisco Javier Muñiz, que contaba entonces con 17 años de edad, se consagra a la causa pública y en colaborador de Banegas, quien firmó el célebre manifiesto en el que se invitaba a las provincias que componían el Virreynato a declararse independientes del gobierno metropolitano (representante de España), como se verificó 4 años más tarde.  Las ideas del doctor Banegas volcadas en aquel importantísimo y memorable documento, fueron redactadas y escritas por el joven Muñiz, lo que fue constatado por Sarmiento quien al revisar papeles del sabio halló trazada de su puño y letra la preciosa confesión. Inscripto en el Instituto Médico Militar, cursó allí otra etapa de sus estudios, teniendo por maestros a los doctores  Argerich y Fabre.

En 1824 funda con Francisco Agustín Wright y Ángel Saravia, un periódico que llevaba como título, “Teatro de la Opinión”, donde sorprenden sus artículos sobre americanismos y federalismo doctrinario. También el elogio hacia las ciencias naturales, a las que les asignaba el papel de “emancipadoras de la inteligencia”, que alientan  la libertad de los espíritus, teniendo  como bases las ciencias y el determinismo de la naturaleza.

Es nombrado Médico Segundo en la Guarnición de Patagones y luego, en 1825, el General Soler  lo nombró médico cirujano en el Cantón de Chascomús, cargo  que confirma el gobierno de Juan Gregorio de las Heras. Acompaña al Regimiento de Coraceros del Coronel Lavalle y presta asistencia  a los heridos en los combates  de Sauce Grande y Toldos Viejos. Y en tales circunstancias, Lavalle entabló una profunda amistad con Muñiz y ordenó colocar su rancho al lado del suyo como una distinción especial. El  sabio admiraba la audacia heroica del soldado y este la paciencia heroica del investigador. Allí permanece aún  después de terminado su contrato, realizando en esa zona detenidas observaciones sobre las costumbres indígenas, y su instinto de naturalista se despierta, a la vista de los restos fósiles en la laguna de la localidad y en los ríos cercanos.

Dotado de una voluntad férrea para el trabajo, se dio a la tarea de estudiar en la propia naturaleza los fenómenos sobre los cuales no existiesen aún explicaciones satisfactorias, realizando estudios paleontológicos, médicos, geológicos, veterinarios y ganaderos. Allí inauguró los primeros trabajos de la paleontología argentina y empieza sus estudios sobre la vacuna antivariólica. Recoge y arma con toda suerte los restos de un Gliptodonte y descubre por primera vez el que se llamará “Dsypous Gigantes”. Sus hallazgos fueron conocidos por sabios europeos, entre otros por Darwin, quien le escribe una carta pidiéndole informes sobre algunos restos fósiles, en la cual expresa el reconocimiento de un sabio universal a un sabio ubicado en territorio tan alejado de la América del Sud. Decía Darwin en parte de su nota: “No puedo adecuadamente expresar cuanto admiro el continuo celo de usted, colocado como está, sin los medios de proseguir sus estudios científicos, y sin que nadie simpatice con usted en los progresos de la Historia Natural. Confío que el gusto de seguir sus tareas, le proporcione algún premio para tantos esfuerzos”. Pero Muñiz no estaba solo, tenía ante sí el inmenso misterio de la naturaleza, trabajaba en el desierto, pero en el lugar donde la naturaleza había dejado los yacimientos fosilíferos más grandes del mundo. Su gran premio y satisfacción fue el resultado de sus investigaciones, que pudo compartir y discutir con los grandes científicos de esa época, Darwin, Cuvier, Buffon, Lamark y Saint Hilaire.

En la respuesta de Muñiz, aparecen ideas referidas sobre la selección natural y la lucha por la vida, que todavía no habían sido expuestas por el naturalista inglés, recibiendo esta descripción un gran elogio por parte del mismo.

El 12 de agosto de 1826, ya con el título de “Profesor de Medicina y Cirugía del Hospital del Ejército”, el Presidente Bernardino Rivadavia le extendió el despacho de Médico y Cirujano Principal, poco antes de dejar inaugurada la “Escuela de Medicina” que puso bajo la dirección de Muñíz, quien a poco de asumir creó las cátedras de teoría y práctica de partos y enfermedades de niños. Declarada la guerra con el Brasil, en 1826 se le confía el cargo de Médico y Cirujano Principal; y tuvo una destacada y activa participación en la batalla de Ituzaingó, por lo que se lo distinguió con el grado de Teniente Coronel Médico. Sabiendo que la Cátedra de Partos y Medicina Legal se hallaba vacante, en 1827 solicita ese cargo y su pedido es apoyado por el General Carlos María de Alvear, Jefe del Ejército que combatió contra Brasil, y por el Cirujano Mayor del Ejército, el doctor Francisco de Paula Rivero. Obtenido el anhelado cargo,

Muñiz abandona su puesto en la Sanidad del Ejército, para dedicarse por entero al mismo. Su discurso al entrar en su cátedra, destaca la necesidad del estudio de las nobles funciones de la mujer en la conservación de la sociedad y en parte del mismo, donde descubre con mano maestra, las cualidades físicas y morales que distinguen los sexos, decía lo siguiente:

“El hombre vive más al exterior por el vigor de sus músculos y la extensión de sus relaciones, la mujer vive dentro de sí por sus sentimientos y tierna solicitud. Las mujeres conservan la librea de la juventud con la timidez, la delicadeza y la sensibilidad material de la primera edad. La naturaleza la ha dado, la necesidad de la maternidad, más poderosa que la vida. Ella se arrojará por su hijo, lo mismo a las ondas que a las llamas; desafiará por él todos los infortunios. La necesidad de amar es la esencia misma de la mujer. Su pudor, su coquetería, no son sino elementos necesarios de ese sentimiento reproductor, el más sagrado, el más respetable de la naturaleza y al mismo tiempo el más ardiente y el más delicioso para todas las criaturas organizadas”.

En 1828 contrae enlace con Ramona Bastarte, se instala en Luján como Médico de Policía y se le designa además Cirujano del Regimiento 2 de Caballería, con asiento en Luján.  Muñiz reside en Luján durante veinte años, porque así lo requiere su salud seriamente afectada, y allí es unánimemente querido y respetado por sus vecinos. Con solicitud y desinterés, asiste a los enfermos ya sean militares de esa guarnición o civiles, costeándoles muchas veces, hasta las medicinas que les prescribe.. Con sus propias manos prepra sus recetas e incluso -según lo expresado por D. F. Sarmiento en su libro sobre Muñiz- algunas fórmulas parecen haber sido  inventadas por él. En Luján, encuentra Muñiz el centro de sus investigaciones paleontológicas. Desde 1830 hasta 1840 vive en una casa al lado del Cabildo, que aún se conserva y que es actualmente  el Museo Histórico Nacional de la ciudad de Luján, donde una sala lleva su nombre. En esos largos años dedicados a sus trabajos científicos y paleontológicos, trabaja sin descanso, a pesar de su precaria salud. Constantemente remueve el mundo fósil sepultado en las barrancas del río Luján.

Estudia y clasifica pacientemente los fósiles que desentierra. Trabajador insaciable, escribe e investiga sobre todo lo que es peculiar al país que habita. Respecto a esto Sarmiento dice en una parte de su biografía: “Todo lo que cae bajo su observación como parte de nuestra manera de ser, es objeto de su estudio, sin excluir la construcción y manejo de las boleadoras, las palabras que el uso de los campos ha agregado a la lengua, al tipo original del gaucho, la monografía del avestruz y otras particularidades de nuestro país”. “Hemos tenido escritores, sabios, estadistas y poetas, que han escrito poemas. Poco habría perdido el mundo con la pérdida de sus trabajos, aunque algo perdiéramos nosotros, por ser copias, aunque pálidas, de los grandes modelos clásicos o artísticos que sobreabundan en Europa.

Nadie empero ha descripto, casi científicamente, las boleadoras de cazar avestruces y maniatar caballos, armas terribles argentinas hoy por haberla heredado de los indios de La Pampa, sin árboles que las detengan en sus giros, sin piedras, lo que obliga a conservar en ellas las ya habidas”. Sin duda la descripción de Muñiz sobre el ñandú o avestruz americano, pone de relieve sus conocimientos científicos y su capacidad de observación personal que le permitieron hacer un paralelo entre las características de ambas especies: el ñandú americano y el avestruz africano, en el cual pudo corregir algunos errores cometidos por prestigiosos naturalistas de la época como Azára (“Historia de las aves del Paraguay”), M. Cuvier (“Elementos de la Historia natural de los animales”), M. Buffon; quienes en sus descripciones lo asimilaron en algunos casos a especies diferentes. De allí las variadas denominaciones como Tuyú, Manduchurí, Casoar, etc., que no corresponden exactamente a la especie a la cual pertenece el ñandú.

El sabio hace una minuciosa descripción de sus características físicas externas e internas, donde resalta al hacer el paralelo con el avestruz africano, las características de las patas del ñandú, que son trífidos o con tres dedos en relación al africano, que es con dos dedos. Esta circunstancia además de ser distintiva ejerce, una diferencia trascendental sobre la más extraordinaria de estas especies, la velocidad en carrera. Pero lo más notable de la descripción vinculada con las características y costumbres del ñandú es la que describe la cacería de los mismos por el gauchaje de la época, hecho al que denomina “campería”,  introduciendo así un nuevo vocablo como significativo del inmenso espacio interminable donde se realizaba esta “diversión”. La explicación sobre las características de la cacería, la confección de las boleadoras y sobre todo la astucia del animal para tratar de salvar su vida, poniéndose al costado o detrás del jinete para dificultarle el lanzamiento de las boleadoras, es realmente magistral. Así describe las condiciones requeridas por la caballada elegida para practicar la campería, así como las características de las boleadoras utilizadas en la misma y las costumbres de los paisanos que la practicaban. Muchos más detalles interesantes y pintorescos hay en este estudio, pero veamos el juicio de Florentino Ameghino sobre el mismo: “La descripción del avestruz de la Pampa en lo que concierne a sus caracteres externos  y a sus costumbres, es lo mejor que hasta ahora ha aparecido y bastaría para dar a su autor, reputación como Zoólogo y aún como escritor”. El original de este estudio fue donado por la familia Muñiz al Museo Histórico de la Reconquista de la localidad de El Tigre. Darwin, muy interesado por sus trabajos, mantiene con él una ininterrumpida correspondencia. Muñiz remite al sabio inglés la mayoría de sus trabajos que sorprenden a éste, por su justeza y profundidad, incluso su folleto sobre la fiebre escarlatina, que Darwin presenta al Real Cuerpo Médico y de Cirujanos de Londres.

En 1832 Charles Darwin llega a la argentina en el buque «Beagle» al mando del capitán Fitz Roy y recorre especialmente la patagonia atraído por los informes recibidos. Si bien sigue un derrotero hacia el norte, no conoce a Muñiz ya que este no se encontraba en Luján en ese momento. Lo mismo ocurriría en ocasión del viaje de Darwin de 1834.

Muñiz donó al gobierno, once cajones conteniendo restos de megaterios, elefantes, mastodontes, toxodontes, orangutanes, milodontes y gliptodontes, pensando que serían destinados al Museo de Historia Natural, creado por Bernardino Rivadavia en 1823. Lamentablemente el tesoro fue donado por el General Rosas al Almirante Francés Dupotet y fue llevado a París. Posteriormente a este despojo, volverá a arañar la tierra, esta vez en las orillas del Río Luján, donde realizará varios descubrimientos paleontológicos. Aparte de la fauna milenaria, encuentra árboles fósiles nunca vistos hasta entonces. En estas circunstancias es consultado por Darwin sobre la vida y costumbres de una curiosa especie de vaca, la “vaca ñata”, mal dotada para la lucha por la existencia, debido a una extraña mutación genética, por lo cual desapareció de la amplia zona que habitaban los aborígenes. En 1847 concluye sus “Apuntes Topográficos del territorio y adyacencias del Departamento del Centro de la Provincia de Buenos Aires y con algunas referencias a los demás de su campaña”, trabajo en el cual alterna el geólogo, observador de costumbres y el médico sociólogo. En 1854, realiza el hallazgo paleontológico que más aprecia: el Tigre Fósil. Le da su nombre, lo llama “Muñifelis Bonaerensis”. Comunica su hallazgo a sabios como Darwin y Geoffroy St. Hilarie, y a varias Academias Europeas.

Años después mandará a la Academia de Ciencias de Estocolmo una colección de osamentas fósiles de nuestro suelo, siendo premiado con la medalla Berzelius, y luego nombrado Caballero de la Orden de Wasa, título otorgado por el Rey Carlos I de Suecia y Noruega. En septiembre de 1841, Muñiz conoce la existencia del “cow-pox” natural en una vaca de una estancia de las inmediaciones de Luján, con cuya linfa vacuna a varios niños con resultados netamente positivos, noticia que comunica enseguida al Médico Director de la Real Sociedad Jeneriana de Londres, el doctor Juan Epps, quien le dio “las más sinceras gracias por la valiosa comunicación con que Ud. se ha dignado favorecer a dicha institución”. El entusiasmo de Muñiz por difundir la vacuna es enorme y Luján se convierte en puesto de lucha contra la viruela.

En 1844, Francisco Javier Muñiz recibe el grado de Doctor en Medicina, frisando ya los 50 años de edad y vuelve a Buenos Aires, donde se instala con su familia. En 1853 es elegido Diputado, y en 1855, Decano de la Facultad de Medicina. Ejerció el cargo durante siete años, elaboró un nuevo reglamento de estudios, estableció un plan de seis años y obtuvo la construcción del edificio de la facultad frente a la iglesia de San Telmo. Imprime a los estudios una gran seriedad, exigiendo para el ingreso no solamente haber aprobado los estudios preparatorios, sino dos cursos de física y química. Es de destacar entre sus estudios médicos, además de la fiebre escarlatina, sus descripciones sobre técnicas quirúrgicas y el uso del éter y cloroformo en cirugía y obstetricia. Fue catedrático de medicina legal y en una clase dirigida a sus alumnos les dijo lo siguiente: “El médico que entra en una casa a dirigir un enfermo, se constituye en depositario y podría decirse en árbitro de la salud, de su vida, y a veces también de la fortuna, del crédito y fama de toda la familia. ¡Qué misión tan sagrada, qué responsabilidad!”.

En 1859 ofrece sus servicios al ejército en una carta que es una lección de civismo y de energía moral. Los servicios son aceptados y es nombrado cirujano principal del ejército en campaña. Organiza escrupulosamente los hospitales, dispone los carros de sanidad y los botiquines. Envía una nota al Ministerio de la Guerra que dice: “En cuanto a la higiene preventiva, es de creer que el estado mayor facultativo del ejército, haya cuidado de establecerla del modo que la ciencia enseña y es de presumir que se haya desviado de aquella rutina que sólo se ocupa del soldado enfermo, sin buscar los medios de conservar su salud, para que haya menos dolencias”. Y agregaba en otra parte de sus recomendaciones: “Pabellones de hospitales portátiles de madera de regular magnitud, rendirían importantes servicios a los heridos y a los enfermos. Cuanto más abunden los recursos de ropas y cuanto más mejoren las condiciones higiénicas y terapéuticas del soldado, tanto más se alejarán las enfermedades del campamento, tanto menos bajas tendrá el Ejército Argentino”.

El 23 de octubre de 1859 en la batalla de Cepeda es herido de lanza, cuando curaba soldados caídos en una y otra vanguardia y en 1861, llevando todavía las huellas de las heridas en Cepeda, ofrece nuevamente sus servicios al General en Jefe del ejército.  Francisco J. Muñiz” es nombrado Jefe de Ambulancias y en esa misma época se le designa Senador por la Capital. Cuando estalla la guerra con el Paraguay, Muñiz tenía 70 años. En una cruda noche de invierno se le ve llegar al campamento de Entre Rios a la cabeza de la comisión de médicos que van a ofrecer sus servicios frente al asalto de Uruguayana y se alista, junto a sus hijos, en el ejército. Durante una de las batallas sufrió el inmenso dolor de ver morir a uno de ellos, el que llevaba su nombre, con el cuerpo destrozado por el fuego enemigo, por el cual nada pudo hacer ante la gravedad de sus heridas. Lo acompañó hasta su muerte, y luego partió a socorrer a otros heridos.

Es nombrado, único Director de los Hospitales instalados en Corrientes. En medio de aquél angustioso drama, apareció en la lejanía un ángel tutelar, su amiga de la juventud, Mariquita Sánchez, que en épocas de Rivadavia había organizado la Sociedad de Beneficencia. La había conocido en su célebre “salón” por donde desfilaron los hombres de la generación romántica de Echeverría. Allí conoció a Vicente López, a Gutiérrez, a Alberdi, a Monteagudo entre los héroes civiles y a San martín, a Belgrano, a Alvear y Lavalle entre los héroes militares. No fue un extraño en aquél nido de cóndores y ruiseñores. Simplemente un silencioso discípulo de Hipócrates que asistirá más tarde en los campos de batalla a muchos de aquellos héroes todavía ignorados. Volviendo al momento mencionado de la participación de Muñiz en la guerra, qué hacía Mariquita en Buenos Aires mientras éste curaba enfermos en Corrientes?. Pues nada menos que movilizar las manos de todas las mujeres para proveer hilos y vendajes a granel, a nuestras tropas. Contestando una carta de fecha 29 de septiembre de 1866, donde la “protectora” formula votos por la terminación de la guerra, Muñiz le escribe: “No puede usted figurarse cuánto me ha alegrado ver su carta en este panorama desesperante y salvaje. Y sobre todo instruirla de las proezas que usted esté llevando a cabo en su actual posición, por lo cual de veras le felicito. Cuando hayamos concluido nuestras tareas, haremos una fiesta de familia, y dividiremos vuestro hermoso “salón” por mitades para contener las palmas y coronas que recibiremos”. Estas dos almas superiores que unieron sus esfuerzos en bien del país, tuvieron la alegría de unir sus sangres generosas: una hija de Muñiz, contrajo enlace con un nieto de Mariquita Sánchez.

Durante su permanencia en Corrientes asistió gratuitamente a los enfermos civiles y en 1866, pareciéndole que el gobierno está afligido por el costo de la contienda se quiere desprender de su sueldo, ofrecimiento que el gobierno rechaza, enviándole el Vice-Presidente de la Nación, Marcos Paz, quien le envía una emotiva carta donde le agradece tal muestra de desinterés, expresándole que no se aceptaba dicho ofrecimiento, en razón de provenir de un sacrificado servidor público cuyos bienes personales estaban lejos de ser opulentos.

Aún no fue su última campaña. En 1871, cuando la fiebre amarilla asola a la ciudad, Muñiz que se encuentra descansando entonces en su quinta de Morón, vuelve a la ciudad a ocupar su puesto de combate. Atiende solícitamente a los enfermos, y como coronación de su vida y llevado por su amor al deber y a la humanidad, cuando tenía 76 años murió afectado por ese mal el 8 de abril de 1871. Su muerte tuvo así un sentido ejemplar de su sacrificio y contribuyó a enaltecer su destacada personalidad. “Si se le hubiera dado a elegir la propia muerte, dice Domingo F. Sarmiento, no habría escogido otra:: perecer al lado de la causa de los enfermos o curando heridos en el campo de batalla, como el soldado al pie del cañón”.

“Vivió en su Patria precediendo a su época en medio siglo dijo ” Florentino Ameghino y en “La vida del Dr. Muñiz», Bartolomé Mitre dice: consagrado al servicio público, al alivio de la humanidad, y al adelanto de la ciencia en los dominios de lo ignoto ha trazado un surco imborrable en el campo de la labor común del pueblo argentino, y en ese título merece ser recordada y perpetuada como ejemplo, como lección y como caudal utilizable”. Y agrega en una carta dirigida a Félix Lajouane, editor del libro de Sarmiento, «Vida y Escritos del Coronel Francisco Javier Muñiz»:: “El Dr. Muñiz fue además de todo eso, un hombre de ciencia en el vasto campo de exploración de lo desconocido, que suministró contingente nuevo al tesoro de los conocimientos humanos: fue el iniciador, el precursor de los estudios paleontológicos en el suelo argentino.  El fue el primero, que precediendo a Darwin quien lo honró con sus comunicaciones después, empezó a excavar el terreno cuaternario de la pampa, descubriendo en él tipos extraordinarios de seres extintos que acompañaron la aparición del hombre en el planeta, y completaban el plan de la creación desde sus orígenes, no sólo por la casualidad ciega, sino guiado por un espíritu crítico y un genio observador, del que todos sus estudios llevan el sello. Como todos los precursores que estudian sobre los hechos, buscando y descubriendo la verdad, como lo había hecho su gran predecesor Azara en sus formas primitivas, él fue maestro de sí mismo, inventando sus métodos de investigación y clasificación, por lo cual estudiaba en el gran libro de la naturaleza, cuyos documentos originales leía o interpretaba directamente, desenterrándolos”.

El generalísimo de los ejércitos aliados, le dirigió una carta al propio Muñiz en 1865, en la que decía: “Cuando el ejército argentino haga batir medallas en señal de gratitud y en honor de su cuerpo médico, que en tan corto número ha sido su providencia en esta campaña, el nombre de Ud. figurará entre los facultativos que mejor lo han servido; y para mayor gloria, como no son muchos esos nombres, todos ellos podrán ser grabados en letras bien claras en el círculo de una pequeña medalla”.

Gran honra es su biografía publicada por el más fecundo de los escritores argentinos, Domingo F. Sarmiento. Del extranjero recibió medallas, condecoraciones y diplomas de la Real Sociedad de Londres, de Cirugía de Zaragoza, de Brasil, de Madrid, de Suecia y Noruega. Propaló estudios sobre la vacuna indígena, de medicina legal, Niata Oxen, Paleontología Argentina, vocabularios y americanismos entre otras obras eruditas debidamente aplaudidas por hombres de ciencia, dentro y fuera del país. Si como médico llevó auxilios por todas partes, como hombre de estudio publicó adelantados descubrimientos como lo comprueba su larga correspondencia con Darwin, Bompland, y Burmaister, entre otros. Todos sus ascensos y despachos llevan las notables firmas de los generales Soler, Las Heras, Lavalle, Agüero, Mansilla, Alvear, Paz, Vicente López, Dorrego. Brown, Gelly Obes y otros. En su vida personal Muñiz fue un esposo honorable y un padre ejemplar. Hombre de profundas convicciones espirituales, porque el investigador, el naturalista, el sabio, que a todo fenómeno de la naturaleza, trató de encontrarle la explicación científica, era un Cristiano profundo que veía en Dios el origen y el fin de todas las cosas y supo transmitir a sus familiares, amigos y discípulos, su marcado sentido ético y su auténtica fe católica.

Como escribiera José Andrés Carrazzolo, en su ensayo “El Dr. Francisco Javier Muñiz y las Ciencias Naturales”: “Nosotros lo imaginamos ahora en el más allá a este federal, tan singular que admiraba a Rivadavia, al lado de su querido amigo Juan Lavalle, como cuando compartían horas de gloria en los frentes de batalla.  Es que -como dijera el escritor español Gregorio de Marañon- “Los hombres debieran agruparse por su conducta y no por sus ideas”. Exaltado por el afán de servir a la patria, a la par que a la humanidad, lo podremos recordar como cirujano en los campos de batalla,  como científico escrudiñando en los misterios de la naturaleza o como prolífico escritor y sus obras médicas, literarias y científicas son numerosas.

Publicó un gran número de trabajos fruto de sus investigaciones, escribió infinidad de artículos para numerosas publicaciones nacionales y del exterior y dejó un conjunto de obras entre las que se destacan: “El ñandú”, “Estudio sobre el departamento del Centro (Luján)”, “Noticia histórica sobre la guerra del Brasil”, “Voces usadas en las Repúblicas del Plata”. Repasemos la lista de nombramientos, condecoraciones, medallas y diplomas que recogió Muñiz a lo largo de su vida: Médico cirujano del Tribunal de Medicina de Buenos Aires (1822); Cordones y Escudo de Ituzaingó otorgado por el gobierno nacional (1827), Médico en Luján nombrado por el Gobernador Manuel Dorrego (1828); Miembro Honorario de la Real Sociedad Jeneriana de Londres (1832); Doctor en Medicina (Universidad de Buenos Aires 1844); Socio corresponsal de la Academia de Medicina y Cirugía de Zaragoza (1845); Socio Corresponsal de la Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona; Miembro de Número del Instituto Histórico y Geográfico del Brasil (1849); Socio Corresponsal de la Academia de Medicina de Madrid (1851); Socio Emérito de la Academia de Medicina de Buenos Aires (1852); Diputado por Buenos Aires al Congreso de Paraná (1853); Diputado y Senador a la Legislatura de Buenos Aires (1853); Presidente de la Facultad de Medicina (1855); Miembro de Número del Instituto Histórico y Geográfico del Río de la Plata (1856); Socio de la Sociedad Médica de Suecia (1857); Socio efectivo de la Real Sociedad de Escritura Antigua de Noruega presidida por el Rey Federico (1860); Caballero de la Orden de Wasa, otorgada por el rey de Suecia (1860); Medalla de Plata otorgada por la Sociedad Médica de Suecia (1860); Miembro Honorario de la Asociación Farmacéutica Bonaerense (1861).

 

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