LOS CABALLOS, PROTAGONISTAS DE LA HISTORIA ARGENTINA

Hay consenso entre los historiadores en que los caballos no existían en América hasta CRISTÓBAL COLÓN descubrió este Continente, el 12 de octubre de 1492, y que fue en su segundo viaje, cuando llegó el 24 de noviembre de 1493, que trajo los  que fueron los primeros yeguarizos europeos  que pisaron tierra americana. Eran quince animales, entre caballos y yeguas, los que arribaron tras penosa travesía en las frágiles carabelas de la época y los desembarcó en “La Española”, donde hoy se encuentra la República de Haití.

Los indígenas a quienes, en un principio de la conquista, les estaba prohibido montarlos, con el tiempo se identificaron con él y llegaron a creer que era oriundo de nuestra tierra. LUCIO VÍCTOR MANSILLA en «Una excursión a los indios ranqueles» narra la discusión que tuvo lugar en las tolderías de MARIANO ROSAS, en torno al origen del caballo. Relata allí, que los indios sostenían que el caballo les pertenecía por ser oriundo del lugar. Mansilla les preguntó corno denominaban diversos animales de la pampa, como el tigre, el puma, etc. Y de inmediato les dieron los nombres araucanos y al preguntarles como denominaban a sus yeguarizos, le respondieron Kawallu. “Ven, les respondió Mansilla, no tienen otro nombre para darle que el que le dan los blancos.

Cabe citar como antecedente del caballo en tierra americana, la existencia en épocas remotas, de un animal de ese tipo, de sesenta centímetros de alzada, con los vasos abiertos en forma de pezuña, conocido con el nombre de “Hipidiom o Plichippus” que se extinguió después de la época del Plioceno y que los primeros yeguarizos europeos desembarcaron en Haití el 29 de noviembre de 1493. Eran quince entre caballos y yeguas, los que arribaron tras penosa travesía en las frágiles carabelas de la época e inicialmente les sirvieron a los conquistadores como medio de transporte y de combate. Según consta en el Archivo de Indias, estos animales conocidos como “rocines”, eran muy rústicos, de poca alzada, ya que no superaban el metro y medio, y eran muy resistentes a la fatiga.

En nuestro territorio, fue PEDRO DE MENDOZA, el primer fundador de Buenos Aires, quien introdujo 72 caballos y yeguas.  Luego del abandono de ese primer poblado de los castellanos, el 10 de agosto de 1541, las cinco yeguas y los siete caballos que quedaban de los setenta y dos que había traído MENDOZA, fueron librados a su suerte en la inmensidad de la pampa bonaerense y con los años, se multiplicaron en cantidades tan grandes que constituían manadas de más de 15 y 20.000 animales (ver El caballo en el Río de la Plata).

Aunque algunos escritores han sugerido que podrían haber existido en estas tierras algunos caballos nativos que no habían sido descubiertos antes de la llegada de los españoles, la mayoría de los estudiosos, adhieren a la teoría de que fueron los que quedaron de los traídos por MENDOZA, los que por multiplicación natural, con excelentes pasturas y sin predadores a su alrededor, formaron esas inmensas manadas, quizás con la participación de algunos de los que fueron traídos por ÁLVAR NÚÑEZ CABEZA DE VACA en .1542. Pero no fueron los yeguarizos de Mendoza los únicos que entraron a nuestro suelo por esos años. En 1542 las expediciones de DIEGO DE ROJAS y ALVAR NUÑEZ CABEZA DE VACA y en 1550 la de NUÑEZ DE PRADO, penetran en nuestro territorio trayendo consigo equinos.

Más tarde JUAN DE GARAY trajo con él mil caballos para fundar Buenos Aires en 1580 y grande habrá sido su sorpresa cuando, vio en las llanuras próximas a las riberas del Plata, grandes manadas de ganado caballar, que estimaron en 12.000 cabezas. En este ganado según FÉLIX DE AZARA predominaban los pelos colorados, zainos y tostados, a los que se sumaban una gran variedad de pelos y manchas, entre ellos los gateados, lobunos, overos, rosillos, bayos o tobianos. Superaban ligeramente en promedio el metro cuarenta de alzada y eran de cuello corto, ollares amplios, crines abundantes, ancas fuertes, lomo parejo y ancho, patas fuertes y cuartillas cortas. El el caballo pampeano, era más robusto que el serrano, quizás por las mejores posibilidades que le daba la pampa, para correr y resistir grandes distancias.

Tal abundancia fue aprovechada por GARAY, quien concedió licencias para cazar a estos caballos salvajes, anotados en los registros como “reyunos”, es decir “propiedad del rey” (ya que todos ellos, según las leyes imperantes, pertenecían a la corona), para ser aprovechados económicamente y utilizados por ellos. En 1589, en rechazo de la solicitud efectuada por una orden religiosa para proceder a la caza de caballos salvajes, el Cabildo de Buenos Aires manifestó que éstos animales eran de legítima propiedad de los hijos de los conquistadores.

Tamaña disponibilidad de caballos, afectó de distinta manera a los españoles, criollos, mestizos y aborígenes. Ppara los ricos criollos y españoles, significaron más riqueza y un excelente medio de transporte para sus viajes y placeres; para los mestizos y trabajadores de raza blanca, ofrecía el escape de la labor en la granja o en el pueblo, para lanzarse a la libertad de los campos, cazar y vivir como quisieran (éstos fueron los que conformaron luego la identidad de los  gauchos criollos, mezcla de blanco con aborigen), cuya mística identificó toda la vida y el espíritu argentinos); para los aborígenes, especialmente para los que habitaban la Pampa y el Chaco Austral, el caballo les trajo una violenta revolución  en sus estructuras sociales y políticas, así como en su economía, sus formas de luchar y su etilo de vida.

Contando con esa gran movilidad que le otorgaba el caballo, pudieron abandonar sus pequeños reductos familiares o tribales para recorrer los campos, para cazar, encontrar mejores tierras y para malonear. Dejaron de lado así sus primitivas costumbres agrícolas, cazadoras o recolectoras, para vivir de la caza del ganado, de ñanduces y otros animales salvajes.  En la Patagonia, el caballo satisfizo todas sus necesidades vitales: alimento (carne y leche), vivienda, vestimenta, movilidad, transporte de mercaderías y bienes y por sobre todo, les otorgó un arma formidable para enfrentarse al hombre blanco. Mientras el criollo empleó al caballo como instrumento de trabajo e hizo de él un compañero inseparable, manso y obediente, el indio lo educó para la pelea y lo hizo arisco y rebelde. Cuando a mediados del siglo XVIII los araucanos se adueñaron de la pampa, fue gracias al caballo que pudieron realizar sus fulminantes y sorpresivos ataques a las guarniciones y poblados de frontera y arrear los grandes rodeos de ganado vacuno y caballar que arrebataban en sus correrías.

Con el tiempo, aquellos lejanos y poco gráciles “reyunos” se transformaron en esbeltos animales que acompañaron al hombre en las distintas etapas de nuestra Historia. Fueron los que le dieron al conquistador español, esa superioridad para el combate que le permitió vencer a los aborígenes, que rechazaban su intromisión en la tierra de sus ancestros; fueron los compañeros fieles y eternos del gaucho en las vaquerías, los rodeos y en las infinitas tareas que el trabajo en la campaña le exigió; para ellos y los hombres que lucharon por nuestra Independencia, el caballo fue un amado compañero, parte inseparable de sí mismo y de su vida. Fueron los que acompañaron a MANUEL BELGRANO en las primeras campañas que llevaron nuestro mensaje de libertad a tierras lejanas; los que montados por los granaderos de SAN MARTÍN, escribieron decenas de páginas de gloria y coraje; los que llevando a “Los infernales” de GÜEMES, supieron parar el avance realista en su pretendida invasión por el norte.

Innumerables historias de los caudillos del siglo XIX describen la estrecha relación que hombres, tales como el General general ÁNGEL VICENTE PEÑALOZA (el Chacho), FACUNDO QUIROGA y JUSTO JOSÉ DE URQUIZA tenían con sus caballos y el cuidado que les brindaban y es sabido que  JUAN MANUEL DE ROSAS, se ganó primero la admiración de la población rural, y luego, la firme lealtad de sus seguidores cuando fue gobernador de Buenos Aires debido a sus habilidades como jinete y el trato que le daba a sus caballos,

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Ya más acá en el tiempo, con el advenimiento de los ferrocarriles y de las industrias y la pujanza que adquirió la actividad agropecuaria en la Argentina, el caballo se convirtió en un protagonista principal de esas actividades y se hizo necesario comenzar a recorrer un nuevo camino para garantizar su existencia y mejorar sus rendimientos: se introdujeron para ello modernas técnicas y procedimientos para sus crianza, se promovieron las actividades hípicas y se fundaron importantes establecimientos dedicados a la cría y mejoramiento de las distintas razas aptas especialmente para el trabajo, las carreras, el salto, el Pato y el Polo, lográndose además, crear una nueva raza, la criolla, orgullo hoy de esa pléyade de investigadores que creó un animal de excepcionales aptitudes para el trabajo rural: rústico, fuerte, dócil y totalmente adaptado a su medio (imagen).

Finalizamos esta nota, recordando que el caballo ha dado lugar en nuestro país a un rico vocabulario de tipo popular, que según GUILLERMO ALFREDO TERRERO, abarca alrededor de quinientas voces y que incluyen desde «Abajarse», cuando se desciende de la cabalgadura; pasando por «A media rienda», cuando se corre a media velocidad; o «A media juria» , es decir correr a la mitad de sus máximas posibilidades; «Aparearse» o colocarse a la par; «Bagual», animal chúcaro o salvaje; «Bellaco», ariscos y corcoveadores; «Cabresteador», manso para llevar de tiro; «Chapino», que tiene largos los vasos o pezuñas; «en todita la juria», a toda velocidad; «Estrellero», los que tienen la manía de levantar sorpresivamente la cabeza; «Hocicada» tener una caída o entregarse; «Mostrenco», sin dueño conocido; «ore­jano», el que no tiene marca o señal; «Retomar», caballo que excita a las yeguas sin servirlas; «Sotreta» que tiene las manos flojas, hinchadas y a veces golpeadas; «Varear», correr para preparar un caballo parejero y tantos otros. Uno de los símbolos de la presencia argentina en las Islas Malvinas, es que aún hoy, en los campos del archipiélago, se siguen usando muchas de estas voces, que empleaban los gauchos de LUÍS VERNET cuándo éste fue su primer Comandante Militar

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