EL GENERAL LAVALLE SE ARREPIENTE DE HABER FUSILADO A DORREGO ((1840)

En 1840, a! avanzar con sus tropas sobre Buenos Aires, el general JUAN LAVALLE se detuvo en la estancia de Navarro donde, en 1828, hiciera fusilar a Manuel Dorrego. Reproducimos el relato que al respecto de una conversación que tuvo con él en esas circunstancias , hace en sus “Memorias”  el general TOMÁS IRIARTE.

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«El general Lavalle y yo nos alojamos en la misma habitación en que once años atrás había ordenado la muerte del desgraciado Dorrego. Allí estaba la misma mesa sobre la que escribió la terrible cuanto injusta sentencia. Los objetos que ro­deaban al general Lavalle debían recordarle aquel acto cruento. Su alma debió con­moverse. Yo lo conocí alterado y de mal humor y el pasaje siguiente me hizo comprender todo lo que sufría.

El mayordomo de la estancia estaba a nuestras espaldas, de pie y como con­templando en éxtasis al general Lavalle. Este se volvió bruscamente y le dijo: “¿Qué? ¿No ha visto usted un hombre nunca? Vaya, pues. ¿No me está usted mirando como si fuese una niña bonita? Retírese de aquí, pronto”. Cuando Lavalle se acostó yo salí a descansar en el corredor extendiéndome sobre los ladrillos. Calculé que  la presencia de un amigo de Dorrego podría mortificarlo en momentos en que todo debía contribuir a despertar en su memoria el suceso que, según he podido comprender durante el largo tiempo que lo he observado, acibara los días de su existencia.

He dicho que el general Lavalle tiene calidades recomendables. Al menos, si no es diestro en fingir, y creo que no, pues no está acostumbrado a hacerlo, y mucho menos para retractarse, es una prueba de generosidad decir como lo ha hecho muchas veces hablándome sobre la ejecución de Dorrego: “Me hicieron cometer un crimen. Yo era muy joven entonces, no tenía reflexión: y creí de veras que hacia un servicio a la causa pública. Mucho me costó firmar la sentencia, me enfermé, porque yo amaba a Dorrego, le tenía inclinación. Pero es cierto también  que cargué solo con la responsabilidad. Hasta en esto creí contraer un mérito y por eso lo publiqué”.

Después continuaba diciendo: “Es preciso mirar por la familia de Dorrego cuando entremos en Buenos Aires: he de asegurar su bienestar futuro”. Si en estas palabras hay sinceridad, es forzoso  decir que también hay mucha nobleza de alma. No he dudado nunca que Lavalle tiene  elevación y un espíritu caballeresco; pero que, llevado muchas veces hasta el fanatismo, le ha hecho cometer grandes desaciertos en el discurso de su vida.

Muchas veces me ha dicho, haciendo alusión  a la revolución de diciemnre y a la muerte de Dorrego y como temiendo las impresiones que había quedado grabadas en sus compatriotas de resultas de aquellos funestos sucesos: “General Iriarte, yo tengo un cáncer que me devora .-..”.

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