LAS CINTAS DE FRENCH Y BERUTI (25/05/1810)

«La mañana del lunes, FRENCH, BERUTI (oficial de las cajas) y un tal ARZAC, fueron a la plaza como representantes del pueblo, y repartieron retratos de Fernando VII y unas cintas blancas que la tropa (esto es, los oficiales) traían en el sombrero y otros atadas en los ojales de la casaca, que decían significaba la unión de europeos y patricios, pero yo a ningún europeo la he visto, y ayer ya había una cinta roja encima, que me dicen que significa guerra, y la blanca paz, ,para que se escoja…» El historiador Guillermo Palombo defiende la idea de que durante la Revolución de Mayo, por el relato de un marinero norteamericano -Nathan Cook-, testigo de los hechos, y las memorias de Beruti, las cintas que repartían FRENCH y BERUTI eran blancas, «y significaban la unión entre los españoles americanos y europeos», dice el historiador. Una forma de decir: «Elegimos nuestro gobierno local, pero seguimos bajo la órbita del rey». El azul celeste recién aparece en la época de la Sociedad Patriótica, hacia el mes de marzo de 1811, como distintivo de los morenistas y símbolo de la libertad. «Azul celeste y blanco, entonces, son el símbolo de la unión y la libertad -agrega el investigador-. No por nada son las palabras que se leen en la primera moneda de la patria en 1813. La misma dicho sea de paso, que se reproduce hoy en dorado en las monedas de un peso.

BARTOLOMÉ MITRE y VICENTE FIDEL LÓPEZ fueron de los primeros que endosaron a DOMINGO FRENCH  y ANTONIO LUIS BERUTI la creación de las cintitas celestes y blancas para ser distribuidas entre los asistentes a la Plaza Mayor. El siempre documentado MITRE, sin embargo, ha reconocido que en este caso, se basó en la tradición oral y no en las pruebas de archivo. Pero los patriotas de aquella semana memorable exhibieron, en realidad, cintas blancas y rojas, alternativamente. No como símbolo de los colores españoles -según se ha sostenido también erróneamente, sino porque se quería significar así la unión existente entre americanos y europeos. Según otros testimonios, la cinta blanca representaba la paz y la roja denotaba la guerra, de manera que la gente tenía la opción de elegir una cosa u otra. Se conservan varios do­cumentos originales de época que prueban la inexistencia de las cintas celestes y blancas como connotación de símbolo nuevo en un país naciente.

Entonces, ¿cómo surgió la añeja leyenda clásica? En rigor de verdad, las cintas existieron, pero un año más tarde. En 1811, en efecto, Ignacio Núñez y otros jóvenes morenistas fundaron la Sociedad Patriótica, destinada a reavivar el espíritu revolucionario que parecía haberse perdido desde el 25 de mayo anterior. Como símbolo de ese renacer, usaron a manera de distintivo una escarapela blanca y celeste.

El Presidente Saavedra recibió la denuncia de que un grupo de gente, con un extraño símbolo celeste y blanco, se aprestaba a una reunión tumultuosa. Cuenta Nuñez en sus memorias que «ocho oficiales militares, entre ellos los ayudantes del presidente, se desparramaron por las calles con orden de prender y conducir a la fortaleza, que servía de casa de gobierno, a ocho o diez particulares que habían sido denunciados (…) y sin distinción alguna, a los que se encontrasen con divisa blanca y celeste, y a los que pareciesen sospechosos». Aproximadamente 80 jóvenes fueron aprehendidos y conducidos al tribunal, siendo interrogados por el secretario Hipólito Vieytes: ¿Qué sabe usted de una reunión de ciudadanos? ¿Cuál es el objeto de esta reunión? ¿Se le ha convidado a usted con armas o sin ellas?. ¿Qué sabe usted del significado de una escarapela blanca y celeste?

El escándalo estaba armado por la fundación de la Sociedad Patriótica y el uso de lo que no tardaría en convertirse en nuestra enseña nacional. El problema de la escarapela era grave, porque nadie la había autorizado. Las contestaciones fueron, no obstante, muy claras: «Todo se reduce al uso de una divisa diferente de la que cargan los españoles para combatir contra la revolución», fue la respuesta general, con más o menos matices. Pocas horas después, los muchachos debieron ser soltados. Corrieron todos al Café de Marco y allí tomaron aguardiente francés, mientras entonaban una nueva canción: «La América toda se conmueve al fin». Durante varios días prosiguieron los tumultos y las confusas reuniones y libaciones, hasta el punto que el cordobés Juan Bautista Bustos -capitán de Arribeños- proyectó disolver el nuevo club a balazos. Más diplomáticamente, Saavedra optó por enviar una nota de felicitación a los fundadores de la Sociedad Patriótica, convencido de que todo se reducía a una inofensiva peña literaria (ver Los colores de las cintas de Mayo).

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