LA SOCIEDAD PORTEÑA (1810)

Buenos Aires, desde 1810 hasta 1830, era ya, una de las ciudades de Sud América que descollaba por lo refinado de su sociedad. Era ostensible en sus habitantes el buen trato y el más delicado agasajo; a propios y extraños se les recibía con sencillez y amabilidad. El porteño llevaba una existencia simple y honesta (la vida colonial era vida provinciana). Lo días sucedían a los días, y las noches a las noches, sin más novedades que las solemnidades religiosas, las fiestas onomásticas y circunstanciales de la real casa española, el cambio de altos funcionarios, las tertulias caseras.

Mi Sala Amarilla: Las tertulias en la época colonial. Propuesta Didáctica.

“Por el año 1817, escribe WILLIAM ROBERTSON PARISH, “Buenos Aires se hallaba en el estado más floreciente; la tranquilidad y la prosperidad interna, el crédito y el renombre en el exterior, mantenían a los habitantes joviales, alegres y contentos, de modo que las bellas cualidades de los porteños brillaban en su mayor esplendor.”

Efectivamente; todo era complacencia y contento; trato franco, sencillez de costumbres, sinceridad en las relaciones; éramos hospitalarios hasta el extremo. Y así fue hasta que, quizás a partir de mediados del siglo XIX, las características que asumieron nuestras relaciones con Europa (comercio, diplomacia, política) fueron transformando a los habitantes de Buenos Aires, en una sociedad europeizada. El porteño comenzó a ser más dado a las presentaciones formales, a la etiqueta y reserva; a ser, quizás, menos espontáneo y más cerebral y demandante.

La proliferación de Hoteles, pensiones y casas de comida, hizo innecesaria la disposición de los porteños para ofrecer su casa a los viajeros; las demandas de una vida con mayores exigencias, los hizo más interesados en la posesión de bienes materiales; las luces y el lujo de las grandes ciudades europeas lo encandilaron y aspiró a tenerlo también; el confort que allá se gozaba, se le hizo necesario y como así ocurrió en todos los estamentos de la sociedad, vino la competencia descarnada, y su consecuencia: la soberbia de quienes tenían éxito y la envidia de los insatisfechos. Tomaron conciencia de la posición relevante que el Puerto de Buenos Aires y las franquicias Aduaneras le otorgaban ante el resto de las provincias y así poco a poco, los “porteños” se fueron transformando en “más mundanos” (más «narices levantadas», al decir de sus detractores), es decir, mejor adaptados a un mundo que comenzaba a ser muy exigente y exitista, abandonando prácticas que solo siguieron vigentes en las provincias del interior.

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