JUAN MANUEL DE ROSAS (1793-1877)

General. Líder y caudillo militar que durante 23 años dominó el escenario político argentino, durante el período de la organización nacional. Gobernador y Capitán General de Buenos Aires y encargado de las Relaciones Exteriores (1829-1832 y 1835-1852), protagonista principal de la llamada “primera tiranía”. Nació en Buenos Aires (calle Sarmiento número 94) el 30 de marzo de 1793.  Fueron sus padres LEÓN ORTÍZ DE ROZAS y AGUSTINA LÓPEZ DE OSORNIO, ricos y poderosos terrateniente que constituían un matrimonio de los más ilustres entre los que vinieron a radicarse durante el tiempo de la Colonia, en el Río de la Plata. Desde pequeño vivió en la estancia paterna en el Salado, que era uno de los principales establecimientos de la provincia de Buenos Aires. A los nueve años ingresó en la Escuela que dirigía Francisco Javier de Argerich, una de las más reputadas de Buenos Aires.

Tenía trece años cuando en 1806 se produjo la primera invasión inglesa y decidido a participar en la, lucha, se reunió con algunos compañeros, los invitó a ponerse bajo las órdenes del  general LINIERS, y el 12 de agosto de 1806 participó en la Reconquista de la ciudad. En 1808 su padre le encargó la administración de sus bienes y se instaló en otra estancia de la familia, ubicada en Rincón de López, donde los indios habían matado a su abuelo en 1783.

En 1820, se casó con Encarnación de Ezcurra y poco más tarde discutió con sus padres y ofendido con su madre, que había expresado su desconfianza acerca del manejo que hacía de los bienes familiares, se retiró del hogar paterno. Cambió y simplificó el nombre de JUAN MANUEL JOSÉ DOMINGO ORTIZ DE ROZAS por el de JUAN MANUEL DE ROSAS y comenzó su exitosa carrera como estanciero independiente, asociándose para ello con JUAN NEPOMUCENO TERRERO. Años más tarde, Rosas explicó este momento de su vida, escribiendo que ….“ningún capital quise recibir de mis padres…Salí a trabajar sin más capital que mi crédito y mi industria. Encarnación Escurra, su esposa, nada tenía tampoco, ni tenían sus padres. El testamento de mi padre lo hice yo, por su encargo. En una de sus cláusulas dice: “Mi hijo Juan Manuel me ha declarado que la herencia que le corresponda después de mis días, la cedía a su muy amada madre Da Agustina López de Osorio”. Cuando murió mi madre, mi herencia materna pasó a mis hermanos”.

Con TERRERO, Rosas se dedicó al negocio de salazón de carnes y acopio de frutos del país. En 1815 estableció el saladero “Las Higueritas”, en el partido de Quilmes, que fue el primer saladero de la provincia de Buenos Aires. Tan importante fue este comercio, que los hacendados creyeron ver en los saladeros la causa de la disminución de la existencia de ganado y en 1817, lograron que el Director SUPREMO PUEYRREDÓN dispusiera su cierre. Sin amedrentarse por este quebranto, en sociedad nuevamente con Terrero, compraron tierras cerca del río Salado y fundaron la estancia “Los Cerrillos” sobre ´las márgenes de este río, cerca de la frontera con los indígenas. Allí se dedicaron al negocio de pastoreo y aquí comenzó ROSAS a labrarse su influencia y su fortuna. Desde esa época y por muchos años, vivió consagrado a la explotación ganadera, atrayéndole enormemente la vida campesina y las faenas rurales y a luchar contra los elementos de la naturaleza. Se ha dicho que “La pampa fue su primer gran libro de enseñanza”. Los peonajes, las tribus y los rebaños le fueron mostrando, poco a poco, hechos, síntomas, formas, instintos, precauciones, defensas, cosas provechosas y peligros evitables”. Hasta escribió un “Reglamento de Estancias”, exigente y listo para a “punir cruelmente las infracciones”, dando el ejemplo de la severidad de sus costumbres y de su amor al trabajo. Llevaba, en más de un sentido, vida común con sus empleados. El atacaba el primero las faenas más rudas, como que pasaba por el jinete más apuesto y por el “gaucho” más diestro para vencer a fuerza de habilidad y de pericia las dificultades que entonces se presentaban diariamente a los que vivían en la Pampa, fiados en su propia fortaleza. Sus estancias se convirtieron en verdaderos centros poblados, sometidos a la disciplina rigurosa del trabajo que educa y ennoblece. Los gauchos y los que no lo eran, hacían mérito para trabajar en ellas, fiados en el módico bienestar y en la esperanza de mejora que alcanzaron cuantos se distinguieron por sus aptitudes y por su constancia. Especie de “señor de horca y cuchillo”, perseguía la embriaguez, la ociosidad y el robo, expulsando o entregando a las autoridades a los que incurrían en esos vicios que él abominaba” (Extraído de “Historía de la Confederación Argentina; Rozas y su época, A. Saldías).

En 1818 envió al gobierno un plan para el desarrollo, la vigilancia y la defensa de las pampas más remotas, anticipando en sesenta años a la Conquista del Desierto, y como respuesta, recibió un pedido del Director Supremo JUAN MARTÍN DE PUEYRREDÓN, para que asumiera la responsabilidad de defender la frontera sur de los ataques de los indios. Rosas, desatendiendo su establecimiento, reunió a las milicias del sur y con ellas marchó sobre los indios, logrando resolver este problema, ya sea por medio de la acción armada, o mediante tratados y acuerdos firmados con los distintos caciques, a los que conocía muy bien.

El 8 de junio de 1820 fué designado comandante del 5º Regimiento de campaña y cando el 10 de octubre de 1820 distintas facciones políticas hicieron un movimiento revolucionario para deponer al gobernador RODRÍGUEZ, Rosas, al frente del 5º Regimiento que desde entonces pasó a llamarse “de Colorados”, acompañado por DORREGO, sostuvo y apoyó la autoridad del gobernador, enfrentándose con las fuerzas de JOSÉ MIGUEL CARRERA, CARLOS M. DE ALVEAR y ESTANISLAO LÓPEZ, rebelados  en oposición al gobierno de Buenos Aires.  “Los testigos de la época, la prensa de todas las tendencias y hasta los enemigos más apasionados que después tuvo Rosas y que han escrito sobre estos sucesos, todos están contestes en declarar que el pueblo de Buenos Aires no supo qué admirar más, si el heroísmo con que lucharon y vencieron los colorados del 5º regimiento o el ejemplar comportamiento y disciplina que los distinguió después del combate. A la caída de la tarde Rosas mandó batir marcha, y a la cabeza de sus “Colorados”, presentó armas al gobernador y capitán general de la provincia. El  general RODRÍGUEZ, visiblemente conmovido, se detuvo un instante frente al comandante ROSAS, se sacó la gorra, y dirigiéndole una amistosa invitación, lo colocó a su izquierda, y juntos entraron en el Fuerte”. ROSAS continuó después afianzando sus prestigios en la campaña de Buenos Aires. En noviembre de 1820, se estableció la paz entre Buenos Aires y Santa Fe y se cree que esto fue así,  gracias a un regalo de veinticinco mil cabezas de ganado que ROSAS prometió enviarle a Estanislao López, el caudillo de Santa Fe que era uno de los líderes más influyentes del movimiento si cejaba en sus ataques a Buenos Aires.

En 1821 renunció al ejército, ya  con el grado de coronel y regresó a Los Cerrillos y a la vida de campo. Continuó preparado, con sus gauchos y peones armados, para proteger la frontera contra el ataque de los indios; instaló fuertes a lo largo de la nueva línea de frontera e hizo nuevos acuerdos con los indios, pero RIVADAVIA (entonces presidente), se negó a aceptar las condiciones que había garantizado ROSAS. los indios renovaron sus ataques y Rosas, que tenía su estancia en la frontera, se convirtió en un poderoso opositor de RIVADAVIA. Para ese entonces ya se había hecho federal, opuesto violentamente a los unitarios, dirigidos por RIVADAVIA.

Después de la renuncia de RIVADAVIA en 1827, ROSAS pasó a ser Comandante de la milicia con órdenes de lograr la paz con los indios y de establecer un pueblo en Bahía Blanca y realizó con éxito ambos cometidos. Cuando en 1828, el general unitario JUAN GALO DE LAVALLE destituyó del cargo de gobernador de Buenos Aires a DORREGO, que era federal, éste salió de la ciudad para buscar el apoyo de los miliciano de Rosas, con los que, pese a las advertencias que le hizo Rosas, para que evitara ese enfrentamiento, en los campos de Navarro, fue derrotado y luego fusilado por orden de LAVALLE.

Derrotado y muerto DORREGO, ROSAS le hizo frente a LAVALLE y en unión con las fuerzas de LÓPEZ, el 26 de abril de 1829 lo venció en “Puente de Márquéz” y en julio de ese año, firmó con su vencido el Tratado de “Barracas”, que dio el gobierno provisorio de la provincia a JUAN JOSÉ VIAMONTE. Este gobernó tres meses, convocó la Legislatura y el 6 de diciembre de 1829, JUAN MANUEL DE ROSAS, fue designado Gobernador y capitán general de la provincia de Buenos Aires con poderes extraordinarios, desde entonces hasta febrero de 1852 —con la excepción del corto período desde 1832 hasta 1835— dominó no sólo la provincia de Buenos Aires, sino también todas las demás provincias, a las que con mano de hierro pretendió, sojuzgar, con mayor o menor éxito, debiendo por lo tanto, estar en permanente enfrentamientos armados contra éstas.

Estos son los antecedentes personales del hombre que llenaría la escena política del país en un período histórico de más de veinte años que se ha llamado  “La tiranía de Rosas”. Antes de pronunciar un juicio sobre el gobernante y el caudillo es preciso seguirlo en la acción y en la obra de su gobierno. Pero digamos, desde ahora, que toda muerte o crimen imputado a ROSAS y comprobado, merece la condenación de la historia. Del mismo modo que la posteridad ha calificado duramente el fusilamiento del coronel DORREGO, la historia ha dejado caer su reprobación sobre ROSAS cuando ha comprobado y verificado la muerte de un solo hombre. Veremos a su tiempo la parte de responsabilidad que le corresponde, y la que es preciso adjudicar y distribuir entre nuestro pasado histórico — de continuas revoluciones, de crisis violentas de los gobiernos, de transformación de los partidos políticos de principios en partidos personales—y la sociedad de la época, aquejada y conmovida por fenómenos de disolución moral y política.

Rosas Gobernador de Buenos Aires
Luego de asumir con Gobernador de Buenos Aires, ROSAS designó un gabinete capaz, incluyendo a TOMÁS GUIDO como ministro de Gobierno y de Relaciones Exteriores, MANUEL J. GARCÍA como ministro de Hacienda y JUAN RAMÓN BALCARCE como ministro de Guerra y Marina Y una de sus primeras acciones fue celebrar un solemne funeral por DORREGO, ejecutado por LAVALLE el año anterior. Luego confiscó las propiedades de aquellos que habían intervenido en la revolución del 1º de diciembre de 1828, que había derrocado al gobierno de DORREGO; utilizó estos fondos para recompensar a los veteranos de su ejército restaurador y a los agriculto­res y peones que habían sufrido grandes pérdidas en la lucha.

El 4 de enero de 1831, firmó el Pacto Federal, un acuerdo para restablecer la paz con las provincias del litoral (véase en Crónicas “Pacto Federal de 1831, también llamado Pacto del Litoral”). Cuando la comisión, formada de acuerdo con este pacto, comenzó a proyectar el Congreso Nacional como se había dispuesto, Rosas, que creía firmemente que una reorganización nacional constitucional era prematura en ese momento, el 5 de diciembre de 1832 retiró el apoyo de Buenos Aires. En noviembre de 1832 fue reelecto gobernador pero no aceptó el cargo, a pesar de las súplicas del pueblo, porque no se le otorgaban poderes extraordinarios. JUAN RAMÓN BALCARCE asumió la gobernación de Buenos Aires pero comenzaron a surgir desavenencias entre sus partidarios y los de Rosas, que finalmente lograron destituírlo luego de la “Revolución de los Restauradores”.

A BALCARCE lo sucedió JUAN JOSÉ VIAMONTE, que gobernó entre 1833 y1834). Durante su gobierno, ROSAS marchó hacia el sur de la provincia para dirigir las fuerzas expedicionarias hacia el corazón del territorio indígena, al sudoeste, oeste y noroeste de Buenos Aires:  una sequía de tres años había sido desastrosa para la pastura del ganado y era esencial conseguir nuevas tierras. Con casi dos mil hombres, ROSAS empujó a los indios más hacia el sur, abriendo nuevas tierras, destruyendo tribus de importantes caciques que habían atacado los pueblos de Buenos Aires, matando o capturando a miles de indios, rescatando unos dos mil cautivos de ellos y explorando los cursos de los ríos Neuquén, Limay y Negro hasta el pie de los Andes. Finalmente, prometiéndoles la comida necesaria a cambio de su rendición y otras concesiones, firmó con los caciques una paz que duró veinte años. A su regreso a Buenos Aires, se lo recibió y se lo aclamó como héroe conquistador del desierto. La Legislatura de Buenos Aires le confirió el título de “Restaurador de las leyes”, le otorgó la isla de Choele Choel (que no aceptó pero tomó a cambio sesenta leguas cuadras de tierras buenas para la pastura, cercanas a Buenos Aires) y se le rindieron otros muchos honores.

El gobierno se encontraba en dificultades. DOÑA ENCARNACIÓN y los partidarios de Rosas habían sabido manejar la situación política contra el gobierno en el poder durante su ausencia y ya se había creado la Mazorca, policía secreta, que incitando al pueblo a apoyar a Rosas. Atemorizando a sus opositores, provocó la caída de VIAMONTE. Y otros hechos comenzaron a presagiar el regreso triunfal de Rosas al poder: Se comenzó a usar la cinta o divisa punzó (cinta o distintivo rojo subido, color de los uniformes usados por la primera unidad militar de ROSAS contra los británicos y luego por los combatientes de los indios del sur) un emblema de la lealtad federal que luego fue de uso obligatorio. BERNARDINO RIVADAVIA había regresado al país, después de un exilio de cinco años, pero no se le autorizó a permanecer.

El más grande rival de ROSAS, JUAN FACUNDO QUIROGA, había sido asesinado en febrero de 1835. Finalmente, el 7 de marzo de 1835, el gobernador interino, MANUEL VICENTE MAZA, renunció y ROSAS aceptó el cargo siempre que se le otorgaran poderes judiciales, ejecutivos y legislativos ilimitados y que un plebiscito aprobara su nombramiento. Cumplidos estos requisitos, el 13 de abril de 1835, asumió con la suma del poder, como lo había exigido. Por primera vez desde la Revolución de Mayo, se unieron las provincias argentinas bajo un gobierno central (de hecho, no de derecho) y ROSAS decidió hacer respetar su autoridad por cualquier medio. De inmediato, dejó cesantes o pidió la baja de cientos de funcionarios del gobierno, empleados y oficiales del ejército, cuya lealtad hacia él no era del todo clara.

A lo largo de su mandato enfrentó despiadadamente la oposición individual, grupal o institucional y demandó una constante demostración de lealtad; su propósito según decía era conservar la paz y el orden para que la nación pudiera prosperar política, social y económicamente. Durante este período, la industria ganadera dominó la vida nacional con sus demandas de más tierras para el pastoreo, nuevas fuentes de sal para los saladeros (q.v.) y la creciente monopolización por parte de Buenos Aires del lucrativo comercio de carne salada y desecada; ROSAS estaba muy involucrado en todo esto como estanciero, y propietario de mataderos, saladeros y del monopolio de la sal; incluso enviaba su propia carne a Brasil y Cuba, etc.

Cualquier oposición o conspiración contra ROSAS era considerada una amenaza al bienestar de la nación; el apoyo a Rosas provenía de: 1) los estancieros, especialmente en la provincia de Buenos Aires, que compartían sus intereses; 2) la Iglesia Católica Apostólica Romana, a la cual él favoreció en muchos aspectos, en contraste con las actitudes más seculares de sus predecesores y 3) la gente pobre, que lo adoraba, desde los negros urbanos hasta los gauchos y peones rurales e incluso los indios; la oposición provenía de: 1) los unitarios que, odiaban a Rosas por su brutal supresión de la libertad, no estaban tan comprometidos en la economía ganadera como él, y creían que la nación necesitaba un gobierno constitucional centralizado, de acuerdo con las ideologías del liberalismo europeo y con asiento en Buenos Aires desde donde estas ideas e instituciones pudieran fluir o imponerse en las provincias.

ROSAS, por su parte, despreciaba a los unitarios, los culpaba de las guerras civiles de las cuales él había rescatado a la nación; impuso el lema “Federación o Muerte, mueran los salvajes unitarios” y como federal, no estaba de acuerdo con ellos en cuanto a la teoría política, creyendo que la organización nacional debía surgir de las raíces de los movimientos provinciales y locales y que sólo después de que las provincias estuvieran individualmente preparadas y hubieran firmado acuerdos entre ellas, se podría convocar a una Convención constituyente nacional; 2) los intelectuales y escritores literarios que lo criticaban a él, a sus políticas y actuaciones y, especialmente, a la Mazorca, en sus escritos, discursos y conferencias. Un grupo importante de éstos se unió en la Asociación de Mayo bajo el liderazgo de ESTEBAN ECHEVERRÍA y muchos de ellos fueron exiliados a Montevideo, Santiago de Chile y Bolivia donde continuaron luchando contra ROSAS, a menudo en novelas que han pasado a la posteridad tales como “Civilización y barbarie” de SARMIENTO, “El matadero” de ECHEVERRÍA y “Amalia” de MÁRMOL, donde reflejaban la imagen de ROSAS como asesino sanguinario, tirano y dictador.

Culminando con todo esto, las críticas al gobierno formuladas desde la Universidad, trajeron como consecuencia una severa reglamentación y en general toda la educación sufrió un nefasto deterioro; 3) los caudillos provinciales que se resistían a la autoridad de Rosas y que finalmente fueron derrotados y reemplazados; 4) otros caudillos provinciales, tan federales como ROSAS, que no estaban de acuerdo con que Buenos Aires dominara la economía y que no estuviera interesada en desarrollar las de las otras provincias y en que ROSAS se rehusara a convocar una Convención constituyente; 5) los Colorados de FRUCTUOSO RIVERA en el Uruguay, quienes discrepaban con los intentos de ROSAS de poner al Uruguay nuevamente bajo dominio argentino o su esfera de influencia y 6) las potencias extranjeras como Inglaterra y Francia, resueltas a ejercer su control imperial sobre la Argentina para fortalecer su creciente dominio económico. Algunos de estos grupos hasta llegaron a aliarse en su lucha contra ROSAS pero fueron todos derrotados hasta que en 1852 lograron su propósito bajo el mando de JUSTO JOSÉ DE URQUIZA.

El 20 de noviembre de 1845 debió enfrentar a los gobiernos de Francia e Inglaterra que habían enviado una flotilla que trató de forzar el paso por el Río Uruguay con la intención de comercializar productos traídos de contrabando. Tras el fracaso de las gestiones diplomáticas para detener esta acción, ROSAS decidió frenar estos intentos de avasallamiento de nuestra soberanía y dispuso el envío de tropas al paraje “Vuelta de Obligado”, lugar donde se desarrolló un combate, que aunque perdido, significó un hito triunfante en el largo camino que se tuvo que recorrer para lograr la Independencia y afianzar nuestra Soberanía.

En 1851, JUSTO JOSÉ DE URQUIZA, Gobernador de  de Entre Ríos, uno de los generales más importantes de ROSAS que por más de 15 años fue un fiel servidor del “tirano” en su lucha contra el partido unitario y el extranjero, por razones que han quedado sepultadas pero que se vinculan con una disputa por el poder, lanzó una Proclama anunciando su intención de derrocar a ROSAS. Contando para ello con la ayuda de los unitarios, las fuerzas de RIVERA, el Brasil (contra el que Rosas había luchado por el Uruguay) y la mayoría de los caudillos provinciales, pudo finalmente vencerlo el 3 de febrero de 1852 en la batalla de Caseros, provincia de Buenos Aires.

JUAN MANUEL DE ROSAS, ya derrotado pudo alejarse del campo de batalla y en la retirada, fue herido levemente en la mano derecha. Se dirigió a la ciudad pero al llegar frente a la casa de ROBERTO GORE, Encargado de Negocios de Gran Bretaña, se refugió en ella. Posteriormente se embarcó con su familia en la fragata de guerra inglesa Centaur rumbo a Inglaterra. Cuando Rosas desembarcó en Southampton se quedó por algún tiempo allí, por ser de aquella ciudad el capitán DAY, que mandaba el buque en el que hizo su viaje a Europa. Después, compró a un señor JOHN FLEMMIG una propiedad llamada “Burgess-Street Farm” situada en “Swarkling”, un pequeño pueblo de Inglaterra, a tres millas de Southamptom, donde vivió durante veinticinco años de los aportes partidarios que le llegaban desde Buenos Aires (hasta de Urquiza) porque su enorme fortuna había sido confiscada. Allí permaneció hasta sus últimos días, llevando una vida sumamente simple y original. Nadie podía dirigirle la palabra, sin permiso especial, como no fuese para contestar a sus preguntas. Pagaba mejor que ningún otro propietario a sus obreros y a sus intendentes, pero sólo les contrataba por día. Cada hombre recibía su salario al terminar el trabajo, y sólo entonces, se le decía si debía o no volver al siguiente día. A pesar de esto, sus braceros permanecían por largas temporadas y aun por muchos años a su servicio. Su mayor placer era recorrer a caballo su posesión, dirigiendo el trabajo de sus peones. Por la noche, lo mismo en invierno que en verano, inspeccionaba la labor del día y tomaba sus disposiciones para el siguiente.

Su muerte
Este amor inmenso a la vida campesina le ocasionó la muerte. En un día de espantoso frío del mes de febrero de 1877, salió, como de costumbre, pero al regresar de su excursión se sintió mal y se acostó. El doctor WIBBLIN, médico de la familia, llamado urgentemente, declaró que se trataba de una congestión pulmonar de carácter grave en sí, y mucho más, teniendo en cuenta la avanzada edad del enfermo. En la noche del día 13 de marzo, la gravedad fue en aumento y al amanecer del 14, su hija MANUELITA, que no se separaba de su lado, le preguntó: ¿Cómo te va, tatita? A lo que ROSAS, con suma fatiga y mirándola con gran ternura, contestó: “No sé, niña”. MANUELITA, dándose cuenta de que el fin de su padre se aproximaba, salió de la estancia un minuto para ordenar que un sirviente fuera por el confesor; al penetrar de nuevo en ella, ROSAS ya había muerto.

De acuerdo con sus disposiciones testamentarias, fue enterrado con gran sencillez, el día 20 de marzo (1). La chapa de bronce colocada sobre su féretro, dice lo siguiente: “Juan M. De Rozas, Nació el 30 de Marzo de 1793, Falleció el día 14 de Marzo de 1877, a los 83 años, 11 meses y 16 días”. La familia del ex dictador anunció que el 24 de abril se celebrarían en la iglesia de San Ignacio los funerales del extinto; pero la protesta unánime del pueblo de Buenos Aires, obligó al gobierno a suspenderlos. En cambio, y bajo la dirección de una comisión popular, se celebraron  solemnes exequias por sus víctimas, asistiendo a ellas todo el pueblo de la capital, encabezado por los dos gobiernos, nacional y provincial.

Sus restos fueron repatriados, durante la presidencia de Carlos Saúl Menem  el 30 de septiembre de 1989 y sepultados en el Cementerio de la Recoleta. Mucho se ha hablado y escrito acerca de este singular personaje argentino. Sus defensores, que en junio de 1954, durante el gobierno de JUAN DOMINGO PERÓN, llegaron a constituir la “Organización Pro Repatriación de sus restos”, exhiben como el más alto pendón para defender a su ídolo, que el General San Martín le obsequió su espada —el sable corvo con el que luchó en tantas batallas—. Sus detractores, en cambio, recuerdan los terribles relatos de las tropelías cometidas por la “mazorca” (policía rosista), la ferocidad con que combatió a sus enemigos y detractores y el hecho de que SAN MARTÍN, aunque le regaló su sable por haber sabido defender nuestra soberanía, rechazó el nombramiento de la Embajada en el Perú que Rosas le ofreció en 1840.

Sus restos fueron repatriados el 30 de septiembre de 1989 y sepultados en el Cementerio de la Recoleta. Una era había llegado a su fin, no del todo por la fuerza de las armas, ya que el apoyo con que contaba ROSAS había demostrado ser increíblemente débil, sino porque su nombre dejó de representar el poder más absoluto que se ejerció en esa época. Habían vencido quienes durante casi veinticinco años habían denostado ese poder y no aceptaban  una forma de gobierno que cercenaba los derechos ajenos. Y si bien en Caseros fue derrotado, el nombre de ROSAS ha sobrevivido, cualquiera haya sido su utilidad como gobernante y eso ha sido porque, quizás su nombre y su gestión, sirvieron como un catalizador para que la oposición, comprendiera que sólo uniéndose harían posible el sueño de una Nación libre y soberana. Diez años después, la nación se había unificado bajo la presidencia de BARTOLOMÉ MITRE, amparado por una Constitución Federal que había sido redactada en Santa Fe en 1853. Buenos Aires se vio obligada a compartir su comercio con las nuevas zonas estancieras del litoral y se comenzó la diversificación del desarrollo económico de todas las provincias.

Más que cualquier otro personaje, ROSAS dominó una larga etapa de la historia argentina y aún hoy, su figura continúa siendo tan controvertida o ensalzada en la narración de sus acontecimientos, como lo fueron los escritos de sus contemporáneos. En la década de 1970, la mayoría de los historiadores tienden a afirmar que estas crueldades no fueron exclusivas de su época y que él, en realidad, logró tener unidas a todas las provincias hasta que la República Argentina pudo tomar forma y que sus ideas federales, están perpetuadas en la Constitución Nacional. Valoran que en su firme oposición a las presiones francesas e inglesas, defendió la soberanía y la dignidad de la Argentina, que mejoró la administración pública y que fue un individuo honesto. Se ha dicho de él que “asumió el poder sobre una anarquía y dejó una nación” y también que “consolidó lo que la revolución había cambiado”.

Las primeras historias de la Argentina (después de la organización nacional) fueron escritas generalmente por los vencedores de Rosas. El revisionismo comenzó con la publicación de Adolfo Saldías “Historia de Rosas y su época”, 5 volúmenes editados entre 1881 y1887 (ediciones posteriores llevan el título de “Historia de la Confederación Argentina”). A éste, le siguió el importante trabajo de Ernesto Quesada, “La época de Rosas”, publicado por primera vez en Buenos Aires en 1898. Más tarde se publicaron “Rosas y la revisión de la historia argentina”  de Clifton B. Kroeber, Buenos Aires, 1965, “Rosas, interpretación real y moderna”, Ravignani, 1970  y numerosos ensayos de Enrique de Gandía y los varios volúmenes de “Historía de Argentina” de Vicente D. Sierra.

(1).-  ROSAS ordenó en su testamento que se le enterrara dos días después de su fallecimiento, pero no fue posible cumplir su voluntad, pues siendo ROSAS de elevada estatura, el encargado de las pompas fúnebres declaró que necesitaba tiempo para hacer construir los ataúdes de plomo y de roble que debían guardar los restos del extinto. Por esta causa, el entierro se demoró hasta las primeras horas de la mañana del día 20 de marzo.

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