FELIPE DÍAZ, EL ÚLTIMO GUERRERO DE LA INDEPENDENCIA (1765?-1901)

El 5 de julio de1901 (1) a la edad de 136 años, según un cálculo aproximado pues no hay constancias de su nacimiento, falleció en su hogar, una muy modesta casa en el barrio Palermo de la ciudad de Buenos Aires, donde vivía una vida retirada y en el más completo anonimato, FELIPE DÍAZ, el último soldado que había combatido durante la guerra de la independencia argentina.

Un 5 de julio Fallecía Felipe Díaz, el último soldado de la independencia  argentina, a los 140 años. Fue publicada como la muerte del “último guerrero  de la independencia” con los rigores

Sólo hacía unos pocos años que, por una gestión realizada por el periodista BARTOLOMÉ MITRE Y VEDIA, que lo había descubierto y supo sacar a la luz la historia de ese hombre para despertar la piedad y el agradecimiento de sus semejantes, el gobierno le había asignado una magra pensión para que pudiera sufragar sus gastos y superara la miseria en la que vivía, olvidadas por todos, aquellas gloriosas jornadas que tuvo ocasión de vivir en sus años mozos.

Poco antes de morir se había convertido en un personaje muy respetado por los hombres que formaban parte del gobierno durante la segunda presidencia del general JULIO A. ROCA, muchos de ellos nostálgicos evocadores de pasadas glorias vividas al servicio de las armas y aunque nunca hubo un documento que le permitiera autenticar sus relatos, en ellos había tal vehemencia, eran tan detallados y tan lógicas sus referencias a tal o cual circunstancia o personaje, que escucharlo, daba la sensación de estar reviviéndolos con él

Entre quienes lo visitaban con mayor asiduidad, se hallaba el coronel RICCHERI, que fue quien dispuso que se le sacara una fotografía para eternizar la imagen de este soldado que le era tan querido. Esa foto es la que luego fue reproducida en un cuadro realizado por pintor anónimo, que es el que nos ha quedado para mantener viva su memoria.

Como lamentablemente siempre pasa cuando la muerte nos arrebata un ser querido, la conciencia de quienes lo conocieron en vida, volvió en el momento de su muerte y su sepelio fue una emocionante ceremonia, un homenaje tardío, al último guerrero de la Independencia. Acompañado por una gran cantidad de gente encabezada por el entonces Ministro de Guerra, coronel PABLO RICCHIERI, sus restos fueron depositados en el Panteón Militar del Cementerio de La Chacarita y fueron despedidos por el doctor Eulogio Fernández, médico de Sanidad Militar, el coronel Smith, y el señor Mario Gorostarzu, una de las personas que más influyeron para mejorar la suerte de Felipe Díaz (2).

(1). También se dice que fue el 28 de mayo o el 28 de junio de 1901
(2). Mario Gorostarzu fue un funcionario municipal, intelectual y dirigente social católico que, a fines del siglo XIX y principios del XX, utilizó sus vínculos institucionales y su influencia pública para rescatar de la indigencia extrema a Felipe Díaz. Considerado en su tiempo el «último guerrero de la Independencia argentina» este ya muy anciano veterano de guerra, vivía en una situación de extrema pobreza y total olvido en una humilde vivienda del barrio de Palermo, subsistiendo en condiciones miserables. Tras ser «descubierto» y visibilizado por el periodista Bartolomé Mitre y Vedia, diversas figuras de la sociedad civil y del gobierno de Julio A. Roca se movilizaron para asistirlo y Mario Gorostarzu, aprovechando su rol e inserción en círculos de beneficencia y activismo social (como los Círculos de Obreros), operó como uno de los principales gestores y protectores directos de Díaz y su intervención fue decisiva para coordinar la ayuda material y médica que garantizó que éste no muriera en la indigencia absoluta. Junto al círculo de civiles conmovidos por los relatos del exsoldado, Gorostarzu influyó activamente ante las autoridades políticas para agilizar y sostener una pequeña pensión militar y estatal y esto le permitió al anciano afrontar sus últimos meses de vida con un techo digno, alimentos y «sin tribulaciones ni escaseces».

Más allá de lo económico, Gorostarzu mantuvo un lazo de asistencia constante y cercana durante el prolongado confinamiento en cama que sufrió el guerrero desde mayo e 1901 hasta que se produjo su fallecimiento. La magnitud de su esfuerzo fue tan notoria que quedó registrada en las crónicas de la época, reproducidas en archivos históricos como los de la revista Caras y Caretas o los portales de historiografía nacional y al fallecer DÍAZ, Mario Gorostarzu fue designado oficialmente como uno de los oradores principales durante el sepelio y sus palabras deben haber removido profundas culpas entre los asistentes, al tomar conciencia del olvido y el abandono al que inconscientemente los argentinos, someten a sus prohombres.

Fuentes. Revista Caras y Caretas, Año IV, Nº 144, 6 de Julio de 1901; “Crónicas del 900”, Mercedes Vigil y Raúl Vallarino, Ed. EMECÉ, Buenos Aires, 2002; Inteligencia Artificial.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *