EL PROBLEMA INDIO (1500)

Los colonizadores españoles primero y criollos más tarde, protagonizaron una confrontación con los aborígenes que ocupaban las tierras que hoy se conocen como la República Argentina, que duró cerca de 400 años, desde 1492 hasta 1º de enero de 1885, cuando con la muerte del cacique SAYHUEQUE, finaliza la Campaña al Desierto comandada por el general JULIO ARGENTINO ROCA (1)

En un comienzo, las sabias «Leyes de Indias» constituían una legislación protectora del indígena, pues los monarcas españoles no vacilaron en reunir juntas de teólogos y juristas para dictar normas sobre el trato humanitario que debía aplicarse con los naturales. A pesar de ello, en América se cometieron numerosos excesos por parte de aventureros españoles que actuaron amparados por la enorme distancia que los separaba de la metrópoli y también por funcionarios venales, reacios a cumplir las humanas disposiciones de la Corona.

La nueva legislación
Producidos los movimientos emancipadores, las naciones americanas acordes con el progreso de la civilización, no tardaron en dictar leyes justicieras con respecto al indio y al negro. En nuestro país fue la Junta Grande el primer gobierno que dio a conocer disposiciones humanitarias, al declarar extinguida toda forma de servicio personal de los indios (setiembre de 1811). Luego, la Asamblea de 1813 ratificó esta última disposición y desde ese momento «los naturales del país, debían ser considerados hombres perfectamente libres y en igualdad de derechos a todos los demás ciudadanos». La Constitución de 1853 (Art. 67, inc. 15) dispone «promover la conversión de los indios al catolicismo». Pero si bien la nueva legislación liberó al indígena del estado de esclavitud en que se hallaba, la necesidad de ejercer la soberanía nacional en todo el territorio de la República, hizo necesario combatir al natural cuando se opuso al avance del progreso o cuando cometió tropelías penadas por la Ley.

Así comenzó esta historia
Todo había comenzado en el mismo momento en el que CRISTÓBAL COLÓN desembarcó en estas tierras en 1492, como pasó en absolutamente todos los escenarios del mundo y en todas las épocas, cuando llegan extraños a un lugar, causando miedo a lo desconocido y provocando cambios en lo que es rutina de vida de quien los ve llegar.

El 12 de octubre de 1492, la llegada de esas extrañas embarcaciones a las costas de Santo Domingo y la presencia de esos no menos extraños personajes que bajaban de ellas, debió haber causado sin duda, primero sorpresa ante lo inesperado, luego temor hacia lo desconocido y finalmente preocupación por no saber qué hacer. Pero superados esos primeros momentos de incertidumbre, esa gente sencilla, supersticiosa y que vivía de lo que la madre tierra le proporcionaba, que criaba a sus hijos como lo habían hecho sus antepasados y que guerreaba solamente con gente parecida a ellos mismos, que hablaba su mismo idioma y que tenía sus mismas armas, comenzaron a acercarse y quizás por señas, cambiaron los primeros y tímidos saludos.

Pero las cosas no siguieron bien y comenzaron los enfrentamientos. En un principio, éstos fueron el resultado de la lógica y comprensible actitud de los “dueños de la tierra” ante quienes violaban sus derechos de posesión y atentaban contra sus modos de vida, costumbres y tradiciones, pero más pronto, el temor a lo desconocido, la subestimación de los nativos, la ignorancia, la soberbia y la codicia ensombrecieron esta relación y así comenzó una confrontación, que como decimos en otra parte de esta página, provocó la desaparición de unos y el repudio y la vergüenza para otros.

Según algunos historiadores, esta confrontación comenzó en diciembre de 1493, con la destrucción del “Fuerte Natividad, otros opinan que fue la muerte de Solís en 1515, lo que inició la violencia. Sea cual fuere el suceso desencadenante de este aquelarre, lo cierto es que a partir de entonces, el hombre blanco y el aborigen libraron una guerra sin cuartel.

Primeras medidas
El problema de los aborígenes y de su violenta penetración en los territorios colonizados por los españoles, había preocupado seriamente durante toda esta época a los gobernantes españoles y en 1796, el clamor de los hacendados fue escuchado por el virrey PACHECO DE MELO Y PORTUGAL, quien comisionó a FÉLIX DE AZARA para que efectuara un estudio sobre las fronteras con el objeto de contener las repetidas hostilidades de los aborígenes.

AZARA concluyó su trabajo considerando que no era necesario aumentar el número de fuertes y fortines de la frontera y que el único medio eficaz para asegurar la tranquilidad de las poblaciones era el de repartir más propiedades para fomentar la ocupación de esas tierras, pero nada se hizo y la violencia siguió reinando (extraído de la “Colección de obras y documentos relativos a la historia del Río de la Plata”, de Pedro de Ángelis, que reproduce lo expresado por Azara en su “Diario del reconocimiento de las guardias y fortines que guarecen la línea de fronteras de Buenos Aires”.

Producida la Revolución de Mayo, el Primer Gobierno Patrio, no obstante lo numerosos y urgentes cuestiones que debía resolver planteó con toda inteligencia este acuciante problema. En el Archivo General de la Nación, existe un Decreto de puño y letra de Mariano Moreno, encargando al coronel PEDRO ANDRÉS GARCÍA se pusiera al frente de una expedición con destino a la frontera para proponer luego «los medios conducentes a la distribución de tierras y su colonización.

El coronel GARCÍA produjo un informe a fines de 1811, manifestando que los fuertes no desempeñaban función alguna puesto que las poblaciones se habían extendido ya desde veinte hasta sesenta leguas más al sud. Proponía para evitar la indefección en que se encontraban tantos pobladores, que se llevara a cabo el trazado de una nueva línea de frontera (quizás sobre los ríos Colorado o Negro), y llegar a acuerdos con los indígenas para llevar la paz a esos territorios.

En ese mismo año, numerosos caciques fueron recibidos en Buenos Aires por el Triunvirato, como demostración de que el nuevo gobierno, se disponía a mantener relaciones pacíficas con los aborígenes. Luego de esto, los primeros gobiernos patrios combinaron el establecimiento de relaciones comerciales con los indígenas, la firma de Tratados, la alianza con algunos de los caciques que se avenían a dejar las armas, para recibir tierras y alimentos y la adopción de una estrategia defensiva, para responder a los ataques que a lo largo de toda la frontera sur de Buenos Aires, llevaban a cabo aborígenes hostiles.

Pero esto no fue suficiente. Infiltrándose entre quienes poseían auténticos derechos como pobladores nativos de estas tierras, caciques ambiciosos venidos desde Chile en busca de mejores tierras y poder, delincuentes, cuatreros, desertores y hasta algunos caudillejos políticos, incendiaron la pampa con sus correrías, saqueos y matanzas.

En 1820, el acrecentamiento de la población rural en el sur de Buenos Aires (se estima que ya había 74.000 habitantes en esos territorios), hizo necesaria la adopción de medios de defensa adecuados. Mientras los «blancos» mostraban un creciente desarrollo, las tribus errantes de aborígenes medraban sin posibilidad de arraigarse ni de satisfacer sus mínimas necesidades. De esta dicotomía nacíeron encontrados intereses: por una parte, los colonos invadían lentamente el desierto, se apropiaban del territorio y fundaban establecimientos permanentes; por otra, los indígenas se iban retirados, como empujados por esta invasión, lenta pero contínua.

Los aborígenes resistían este movimiento por medio de un permanente hostigamiento, ya que por medio de ataques rápidos y sorpresivos, lograban producir malestar, temor e inseguridad a los colonos. El aborigen no encontraba en la pérdida de sus agrestes soledades, ninguna utilidad; desde la llegada del blanco, no solo permanecía en la misma condición, sino que se lo forzaba a emigrar, empujándolo siempre y empujándolo violentamente fuera de los sitios en los que había nacido, vivido y gozado de la salvaje libertad que le proporcionaba la vida vagabunda y ociosa que había vivido. El instinto le aconsejaba hostilizar a los cristianos para detener su avance y continuó haciéndolo impunemente (muchas veces instigados por «transfugas cristianos»), hasta mucho después de 1810, aprovechándose de la anarquía en que se debatía su odiado enemigo, que apremiado por otras necesidades, carecía de los medios necesarios para detenerlos.

En 1823, decidido entonces el gobierno de MARTÍN RODRÍGUEZ a poner término a esta situación, se inicia otra etapa de la lucha secular con los indígenas y comienzan a instalarse Fuertes y Fortines y a ponerse en ejecución los planes operativos, que se conocerán como las Campañas al Desierto, mal llamada “Conquista del Desierto (ver “Las Campañas al Desierto” en Crónicas).

(1). Aunque después de esa fecha, se produjeron numerosos hechos esporádicos que siguieron trayendo inseguridad y dolor a quienes se atrevían a instalarse en el desierto. Y fueron los trágicos sucesos que tuvieron como escenario el Fortín Yunká, el 19 de marzo de 1919, los que como ningún otro, quedaron grabados en la memoria de los argentinos, como muestra de algo que nunca debió haber ocurrido, si quienes rechazando el futuro, no hubieran recurrido a la violencia y si quienes traían el futuro, no hubieran provocado esa violencia.

Fuentes: «La frontera y los indios». Vicente G. Quesada, Revista de Buenos Aires, Tomo V; «La Conquista de la Pampa». Manuel Prado, Ed. Hachette, Buenos Aires, 1960; «La conquista del desierto», Juan Carlos Walther, Editorial EUDEBA, Buenos Aires, 1970; «La Conquista del Desierto». Actas del Congreso Nacional de Historia; «La Conquista del Desierto». Adolfo Arana; «La Conquista del desierto». Autores varios, Editorial Atlántida, Buenos Aires, 1960; «La conquista del desierto. Crónicas de la campaña de 1879». Remigio Lupo, Ed. Freeland, Buenos Aires, 1968; «Anuario I», El Chasque del desierto. Ed. Asociación de Expedicionarios al Desierto, Buenos Aires, 1983; «Anuario II», El Chasque del desierto. Ed. Asociación de Expedicionarios al Desierto, Buenos Aires, 1984; «Crónicas Militares. Antecedentes históricos sobre la campaña contra los indios». Ministerio de Guerra, Buenos Aires, 1924; «La conquista del desierto». Ed. Atlántida, Buenos Aires, 1960; La nueva línea de fronteras». Adolfo Alsina, Ed. Eudeba, Buenos Aires, 1977; «Lucha de fronteras con el indio». Ed. EUDEBA, Buenos Aires, 1976; La Campaña al Desierto de 1833. Conferencia de Arturo Carranza, Buenos Aires, 1990; «Las primeras fuerzas nacionales en la Confluencia y el Neuquén». Fernando A. Baldrich; «Guerra del indio». Eduardo Ramayón; «La conquista de las quince mil leguas». Estanislao Zeballos, Ediciones Continente, Buenos Aires, 1878.

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