EL MATE DE LAS MORALES (1836)

Como el mate de las Morales era una famosa frase que tuvo su origen allá por el año 1836 y que se aplicaba como sinónimo de vana espera (ver Recuerdos, usos y costumbres  de antaño).

Los pueblos de San Isidro Labrador, San Fernando de la Bella Vista y Las Conchas, eran los tres puntos de atracción para los paseos y veraneos de las gentes de la ciudad, en las épocas pasadas. A pesar de los malos caminos, nadie se desanimaba y el tráfico se hacía igual. Todo era cuestión de más caballos, si eran coches o diligencias, o de más bueyes, si eran carretas. Las vísperas de las fiestas eran las que generalmente se elegían para las excursiones que no sólo tenían el atractivo de la compañía de los paseantes, sino también los encantos del camino con sus lomas y pintorescas vistas.

 

Sobre estos caminos se encontraban las quintas de Pueyrredón, Ibáñez, Altolaguirre, Álzaga, Del Sar, Castro, Costa, etcétera. En la quinta de Castro, en las barrancas de los Olivos, se reunían aficionados a la música, como el doctor Nicanor Albarellos, guitarrista, don Juan Peña, flautista, don Juan Bautista Alberdi, músico y compositor, que amenizaban las reuniones a las que asistían las familias de Pacheco, Riera, Martínez, Gutiérrez, Castex, Videla, etcétera.

Era costumbre que cada excursionista llevara sus provisiones con las que se regalaban más tarde, pasando horas de solaz en medio de la mayor alegría y sencillez. Las quintas del camino recibían estas cabalgatas con la mejor buena voluntad, facilitando desinteresadamente lo que podían precisar los excursionistas. La hospitalidad era completa, desde los de más copete hasta los más sencillos y de estos paseos nació el dicho porteño de «como el mate de las Morales».

En el camino a San Isidro, cerca de la quinta de Pueyrredón, en una modesta casita que tenia grandes ombúes, vivía una familia de apellido Morales que era muy atenta con los que transitaban por esos caminos, muchos de los cuales, en los días de fuerte sol, hacían un descanso a la sombra de los árboles, a los que las Morales, para agradarles, se acercaban, saludándolos con el infaltable «Buenas tardes les de Dios», ofreciéndoles agua fresca y un matecito que éstos aceptaban gustosos. El agua llegaba, pero después de una larga espera los viajeros partían sin que el mate prometido llegase, y como esto sucedió a muchos, pasó a ser adagio popular «el mate de las Morales», cuando en una casa se ofrecía algo y se demoraba o no se cumplía lo prometido.

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