EL LAZO CRIOLLO

El lazo criollo  (1)  fue y es una herramienta imprescindible de nuestra gente de campo (y aún lo es), para lazar animales (por el cogote) o para  pialar (trabándole las patas o las manos) con el objeto de derribarlos para herrarlos, vacunarlos, descornarlos o sacrificarlos (ver Los oficios del gaucho).

Están confeccionados con  hasta ocho largas tiras de cuero de vaca (aunque los mejores eran los de potro), de no más de un centímetro de diámetro,  trenzado y  muy bien sobado  con grasa, lo que los hace muy resistentes y muy difícilmente se rompen por la resistencia que opone siempre al animal así apresado.

Tienen una longitud que varía entre cuatro y seis metros y en uno de sus extremos lleva una argolla de metal (que se llama “yapa”), para formar lo que se llama “la armada”, es decir, cuando el lazador, revoleándolo por sobre su cabeza, hace que tome la forma de un aro flexible que hábil y oportunamente lanzado, volará en dirección a su presa. En el otro extremo, algo más grueso que el resto,  lleva una presilla que permite se lo mantenga firmemente sostenido con la mano del lazador si laza de a pie, o unido al recado si lo hace montado a caballo.

Según sea la ocasión en que se lo use y la forma en que se lo lanza, será su peso, largo, grosor y rusticidad. Porque no es lo mismo lazar o pialar un vacuno que un potro cerril.  No es lo mimo lazar de a pie (imagen) que a caballo y no es lo mismo pialar de “volcado” (técnica que consiste en usar la armada del lazo como trampa. Si el animal pisa dentro de ella, el pialador, mediante un brusco tirón cierra el lazo y así logra aprisionarlo), que pialar o enlazar a un animal lanzado a la carrera.

Puede ser «de payanca» -quizá la más sencilla y menos considerada por el paisanaje- o «por sobre el lomo», con todo el lazo lanzado sobre las paletas del animal para que éste quede aprisionado solamente de sus patas delanteras, siendo esta modalidad la única que se puede realizar de a caballo. Las otras denominaciones están dadas por la forma de revolear: de revés, siguiendo el sentido de las agujas del reloj, y de derecho, en dirección contraria.

Y no siempre el lazo fue una herrarienta de trabajo, aunque hoy, es sólo eso. En manos de los gauchos de MARTÍN MIGUEL DE GÜEMES allá por 1814, fue un arma formidable en su lucha contra los realistas que invadían desde el norte, tratando de desbaratar los planes de independencia gestados el 25 de mayo de 1810. Cayendo de sorpresa sobre las partidas realistas, enlazaban a los oficiales y los llevaban arrastrándolos hasta sus filas, dejando sin jefes y desorientados a sus efectivos. VICENTE FIDEL LÓPEZ nos dice a este respecto: “cuando el lazo y las boleadoras comenzaron a desempeñar un servicio aterrante entre las armas de los argentinos, a cada encuentro, seis o más godos, oficiales sobre todo, salían arrebatados de los entreveros y de los realistas, a perecer espantosamente arrastrados y deshechos al correr tendido de los caballos”, y la misma historia cuenta ARÁOZ DE LAMADRID en sus “Memorias”, cuando fue hostigado por las milicias de GÜEMES.

Otro uso que se le dio en los enfrentamientos  que se produjeron con los aborígenes durante las Campañas al Desierto, consitía en armar lo que podría llamarse “una maroma rasante”. Dos jinetes unían sus lazos sujetándolos firmemente por sus respectivas argollas y separados por el largo que ambos lazos lo permitían, cruzaban a todo galope por entre las filas de los aborígenes, arrastrando, como si fuera una gigantesca guadaña, a todo aquel jinete o guerrero de a pie que encontraba a su paso, desmontándolo y tronchando cabezas.

(1).- El nombre de lazo, deriva del latín: «Láqueus», siendo en el circo romano “laqueadores”,  unos gladiadores de élite, que en bárbaros torneos “lidiaban”» con toros y bisontes, enlazándolos por la cornamenta, previo al sacrificio.

Fuentes: «Atuendo Tradicional Argentino». . Héctor Aricó, Buenos Aires, 2002 y El lazo, un elemento de trabajo y diversión» La Nación.com.ar

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