COSTUMBRES PORTEÑAS (29/06/1823)

Muchas costumbres que caracterizaron la vida de los porteños y de los habitantes de las provincias, han perdurado y aún hoy el mate, la siesta, el baile y los carnavales, entre otros, se resisten a desaparecer y son la marca registrada del ser argentino. Pero “la vuelta del perro”, el ceder la pared a las señoras, las mangas largas y las medias como prendas obligatorias para ir a Misa, persignarse al pasar por una Iglesia o Cementerio y muchísimas otras costumbres más,  han desaparecido, seguramente que para siempre.

Pero volvamos a nuestros recuerdos y anotemos que antes era muy común y puede decirse que en todas las clases sociales, hacerse cruces cuando alguien bostezaba, por la creencia de que por esa boca abierta, saldría “mandinga” para hacer daño. La costumbre de sacarse el sombrero al pasar por delante de la puerta de una Iglesia y descubrirse cuando se nos cruzaba en el camino un sacerdote, también han desaparecido. Y era bien visto eructar luego de una buena comida, porque eso le indicaba al anfitrión, que la misma había sido satisfactoria.

Eran, aunque no todas muestras de buen gusto, «nuestras costumbres. Como lo era la proliferación de estampas e imágenes sagradas tanto en comercios, como en los hogares y aún en la vía pública, ya que era común verlas en gran cantidad en las casas de las familias, aún de las más humildes, donde era patético el contraste que exponían con la miseria, la suciedad y el desorden que muchas veces allí se exhibía. Las “boticas” (actuales Farmacias), tenían todas un santo o imagen de cuerpo entero que ocupaba en alto, un estante frente a la puerta de entrada y en las calles, no era difícil encontrarse con pequeños nichos que albergaban una imagen, que todas las noches, alguien iluminaba con una vela o pebetero.

Los fósforos no existían (1). Para encender los cigarros se usaba el “yesquero”; de plata y aún de oro, siendo los más comunes los hechos con la punta del asta de vaca, mientras que para encender las velas o hacer fuego, se usaba “la pajuela”, una larga y fina astilla de madera que llevaba la llama desde el fogón. De allí que para se quería dar a entender que alguna cosa era antigüa, se decía “es del tiempo de la pajuela”. Los primeros fósforos que aparecieron en Buenos Aires, llegaron allá por el último cuarto del siglo XIX de la mano de marinos que llegaban de Europa y se los conocía como los de “palito”.

Fotos: 250 años de fábricas de tabaco | Actualidad | EL PAÍS

El cigarro que se fumaba era el “de hoja”, hecho con tabaco paraguayo o correntino y armado en el País (imagen). Las mujeres eran grandes fumadoras y era cosa común ver a las de las clases bajas, en las puertas de sus casas, fumándose sin recato alguno, un habano o un simple cigarro armado a mano. No era así en los más elevados medios sociales. Las de mayor jerarquía, las señoras de la casa por ejemplo y sus amigas, sentadas en el patio, en una tarde de verano y medio encubiertas por alguna frondosa planta, fumaban enormes cigarros que rápidamente trataban de ocultar ante la súbita e inesperada entrada de algún inoportuno, quien discretamente, aparentaba no haberlas visto, a pesar de estar todas ellas envueltas en una densa nube de humo y olor a tabaco. En las provincias en cambio, el hábito de fumar estaba mucho más arraigado en las mujeres y éstas fumaban con menos reserva.

El mate generalmente se servía en ayunas y hasta se tomaba en la cama, cebado y servido por solícitos sirvientes. A las 9 o 10 de la mañana se servía el almuerzo; entre éste y la comida, nuevamente el mate; de 2 a 3 de la tarde, la comida: de 6 a 7, otra vez el mate y a las 9,10, 11 y aún las 12 de la noche, según la posición social de la familia, la cena. La hora impuesta en Europa por la aristocracia, para almorzar entre las 11 y las 13 y para comer entre las 6 y 8 de la noche, hasta mediados del siglo XIX, todavía no había llegado al Río e la Plata. Al anochecer, a los niños se les daba café con leche y bizcochos, leche sola con azúcar o chocolate y a esto se le llamaba “merienda”.

Mandar obsequios a quien cumplía años era una costumbre que también perduró hasta nuestros días. Lo que no se hace más, es “dar  música” al del cumpleaños, es decir ofrecerle una serenata a cargo de un grupo de amigos con buenas voces y buenos tocadores de guitarra. Y menos mal que tampoco perduró una fea costumbre que consistía en enviar, como broma, al cumpleañero, una estrepitosa banda integrada por cuatro o cinco improvisados músicos, que con un clarinete rajado, un par de platillos, un serpentón y una tumbadora, llegaban hasta su casa, la invadían y atronaban con sus destemplados cantos no sólo al “homenajeado”, sino también a todo el barrio.

Y qué podemos decir con respecto al baile?. Indudablemente una actividad que nos viene de nuestros ancestros y que con las modificaciones impuestas a través de siglos de existencia, llegó fortalecido como la máxima expresión visible del ánimo del ser humano. En la República Argentina la pasión por el baile siempre ha existido y aún hoy es una de las actividades preferidas por nuestros jóvenes. Pero en aquellos tiempos, el baile era algo más expontáneo y familiar. Bastaba que llegaran de visita dos o tres amigos a la casa de alguien, para que se armara un el baile y hasta fines del siglo XIX era costumbre de las familias bailar entre ellos mismos: hermanos, padres, tíos, sobrinos y aún abuelas y abuelos bailaban acompañados por un piano (generalmente un “Stodard” o un “Clementi” y cuando no lo había en la casa, por alguna guitarra). No necesitaban festejar nada. Simplemente lo hacían como pasatiempo y expresión de alegría y afecto familiar.

Por los relatos que de sus experiencias nos han dejado los numerosos viajeros que recorrieron estas tierra, anotando sus observaciones, conocemos hoy muchas de las costumbres porteñas, que identifican a quienes poblaron Buenos Aires durante el siglo XIX. Comenzaremos con los comentarios que hiciera al respecto el ingeniero SANTIAGO BEVANS.

El ingeniero  BEVANS llegó a Buenos Aires durante el gobierno del Coronel MARTÍN RODRÍGUEZ  y fue designado ingeniero jefe del Departamento de Ingenieros Hidráulicos que se había creado recientemente por iniciativa de su gobierno. Unos meses después de hallarse en Buenos Aires, el 29 de junio de 1823, BEVANS dirigió una carta a sus hijos —John, de 11 años, y Thomas, de 9— que habían quedado estudiando en un colegio de Londres. En esa extensa carta —de la que extraemos los párrafos de mayor interés— el ingeniero Bevans describe algunas características y costumbres de Buenos Aires, del país donde reside. Debemos señalar que los subtítulos no aparecen en el original de la carta y que el ingeniero Bevans (1777-1832), será, con el correr de los años, abuelo materno del doctor GARLOS PELLEGRINI, Presidente argentino y político de vasta actuación.

«Aquí nos sorprendió el hallazgo de familias inglesas, en tal número que no tratamos con otras. Voy aprendiendo muy despacio el español y espero que cuando ustedes vengan aquí, lo aprendan enseguida. El álbum de visitas bonaerenses que teníamos allí es casi perfecto. Las casas de Buenos Aires son amplias, de varios patios, sus paredes de ladrillo, muy gruesas, blanqueadas o enyesadas. Con el criterio inglés sobre edificación, parecerían destinadas a oficinas públicas. Algunas poseen ventanas al frente, con rejas exteriores de hierro. Las habitaciones dan a patios internos y son cómo­das. El clima, algo excesivo en e! verano, impone la siesta después del almuerzo, siendo esta costumbre tan generalizada que, cuando alguien está fuera de su casa y anda por el campo a caballo, ata el animal a un árbol o poste o simplemente lo para y se echa a dormir a la sombra de la planta o de la bestia.

Los comercios cierran sus puertas de una a cuatro de la tarde..Durante el verano, las tormentas son continuas y refrescan la atmósfera, pero el calor reaparece pronto, hasta que otra tormenta nos libera de él. Cuando llegamos era el tiempo de las frutillas, que son mucho más grandes que las inglesas, aunque sin su rico sabor. Las naranjas se producen en este país, pero la variedad dulce es escasa y cara. La otra clase es muy abundante y pueden obtenerse 8 ó 9 naranjas por un medio real. La fruta más aceptada es el durazno, de los que hay muchos árboles de especies salvajes, apreciados más que por su fruta. por su leña, que es utilizada aquí para quemar y que es traída de las quintas en carretas tiradas por bueyes. No tenemos otro carbón que el que se trae de Inglaterra y a precios muy altos. Los habitantes de este pais carecían de estufas hasta la llegada de los ingleses, los que las han generalizado en muchas fincas, aunque con algunas dificultades, pues en varios casos los propietarios han exigido su retiro al desocupar la casa. Yo he mandado hacer una estufa para mi salón». Viajando por el interior. «Mi empleo me obliga a viajar continuamente. Se reirían Uds. al verme salir de casa en un coche arrastrado por cuatro caballos que manejan tres hombres: dos montados en los animales delanteros y el otro, en el pescante. En llegando a una posta, hay que esperar el cambio de las bestias, las que unas veces están sueltas y otras guardadas en un corral.

En este último caso, se evita que el encargado del cambio, tenga que salir campo afuera y tire el “lazo” (especie de tira larga de cuero con una argolla en un extremo), tratando de que caiga sobre la cabeza del animal elegido, para así atraparlo, repitiendo la operación hasta juntar todos los que necesita. Varias veces he comido en las postas. La comida es siempre la misma. Cuando llega el carruaje, sale un muchacho corriendo al campo y trae un cordero que ha degollado y desollado en pocos minutos y cuya carne sujeta un “asador», que es un fierro clavado en tierra, a poca distancia de un fuego, que se hace con troncos de madera, hojas secas u otro combustible. Cocinada la carne es servida en una fuente gran tamaño y la comida es suficiente como para sa-tisfacer el hambre de cuatro cinco personas. Lo curioso es que el dueño de la posta, jamás acepta el pago de este almuerzo. En ocasiones, nuestro coche tirado esta vez por seis mulas, en lugar de los cuatro caballos que generalmente se utilizan y esto, resulta muy divertido. Felizmente, pronto gozaré de más comodidades. Se está construyendo un carruaje suficientemente largo como para que pueda ir yo acostado en su interior.

Tengo a mi servicio dos oficiales de policía, que el gobierno ha destinado a ese efecto. Estos oficiales viven en nuestra casa y cuando salgo me siguen y cuidan». Mulas, carretas y hormigas. «Es muy curioso ver un arria de muías procedente del interior. Suele estar formada hasta de noventa animales, cada cual cargado con dos cascos de vino. La tropilla lleva adelante una yegua, que llaman “yegua madrina” y lleva una campana atada al pescuezo. Muy interesante resulta también, ver una tropa de carretas que suele ser de doce a treinta juntas, tirada cada una por seis bueyes y transportando las más variadas mercancías, además de una gran tinaja con agua, que llevan asegurada en su parte trasera. La salida de estas caravanas de carretas, constituye todo un acontecimiento en la ciudad y al arrancar, levantan grandes nubes de polvo, producen mucho ruido y los “carreteros” y “boyeros” compiten con sus estentóreos gritos y voces para estimular el avance de los animales. Entre, las cosas que llagan al mercado, olvidé mencionar los melones, que abundan pero que hay que comerlos con discreción, pues dicen que desarreglan el estómago.

En este país son muy numerosas las hormigas, siendo los árboles sus principales víctimas, a pesar de que los protege con una piletita que se coloca a su pie y que se mantiene con agua para que estos insectos no puedan subir por ellos para atacar su follaje. Un amigo nuestro que tenía en su casa muchas hormigas, echó en el hormiguero una buena cantidad de sublimado corrosivo mezclado con azúcar y por este medio, se vio libre de ellas. Las ratas abundan y ocasionan grandes molestias. Mamá, al llegar a este país, se alarmaba mucho por ellas y una noche pisó una involuntariamente y la mató, pero quedó muy impresionada». Iluminación con gas. «En el mes de mayo, que es el de la independencia de este país, me encargaron de la iluminación de la plaza principal. Aunque el término que ms dieron era de diez días, iluminé con gas la casa de la Policía, realizando el trabajo con elementos improvisados, pues aquí no hay fundiciones y se carece de todo. Hice hacer letras con caños de fusil, para formar la frase: /Viva la Patria! Pro­yecté e hice dos fuentes de agua, cuyos chorros iluminé, ofreciendo un espectáculo que gustó mucho al pueblo y al gobierno. La ciudad empieza a desarrollarse y a progresar.

La policía es la encargada del barrido público, cobrando dos reales por puerta, siendo muy pocas las que tienen umbral da mármol. Las veredas son de ladrillo y muy angostas, las hay de piedra y están rodeadas de postes, para evitar que suban a ellas caballos o pasen carros. Es sensible que sean tan angostas e incómodas para andar dos personas a la par, como solemos hacerlo los ingleses. Los nativos tienen la costumbre de marchar de uno en fondo y cuando una familia va a la iglesia, el hijo menor encabeza la fila y así. Sucesivamente, hasta el mayor, luego la madre y detrás el esclavo o sirviente que lleva una alfombra, sobre la que se arrodillará la familia en el templo. Los hombres, pocas veces  acompañan a sus esposas en esas ocasiones; van solos a Misa, que las hay cada media hora, desde las seis de la mañana hasta la una de la tarde»

Costumbres porteñas en 1840. La «Nueva Revista de Buenos Aires» publicó, con el título «Costumbres Porteñas», Buenos Aires de 1830 a 1840, una carta escrita por el doctor M. BAYO, en la que éste rememoraba los lejanos años de su niñez, transcurridos en tiempos del gobierno de ROSAS. En esa carta, dirigida a su amigo MARIANO OBARRIO, el autor describe con risueña nostalgia la vida sencilla de un Buenos Aires que todavía no había perdido sus características de Gran Aldea. Transcribimos sus parrafeos principales. «¡Qué tiempos aquéllos, mi querido Mariano!… todas las cosas estaban en su lugar y se llamaban por su nombre. Al pan se le llamaba pan, y al vino, vino».

«Por la mañana se desayunaba apaciblemente, se almorzaba después, luego se comía y en seguida venía esa pesadilla de los muchachos llamada siesta, muy buena sin embargo para los viejos y sobre todo para ayudar la digestión. Entre los desperezos llegaba el mate, a la oración se rezaba la oración, a la hora del rosario el rosario, al toque de ánimas las ánimas, a la hora de cenar se cenaba el buen hervido, la sabrosa carbonada, el infalible asado de vaca hecho a la parrilla con ensalada de lechuga, se bebía una taza de leche hervida a la mañana, medio vaso de carlón puro y después de darse las buenas noches y pedir la bendición, a la cama sin pérdida de tiempo, que se hacía tarde y había que madrugar para barrer los patios que eran como unas plazas, mandar la morena vieja al mercado, vestir los muchachos y recoger los huevos del gallinero. No se conocían esos atronadores carros llenos de cadenas y cascabelas que destruyen los empedrados y dan dolor de cabeza».

«Menos conocidos eran aún los ferrocarriles, el gas, el telégrafo eléctrico y los vapores de agua, como les llama Pedrito: no había ni hoteles ni bazares, pero en cambio, se comía bien y se dormía mejor. La humilde carretilla tirada por dos caballos, que jamás hubo noticia que se muriese alguno de ellos de apoplejía, conducida sin ruidos ni ostentación, las carretas arrastradas por cuatro seis bueyes que transportaban hasta el último rincón de la República valiosas mercancías, buenas talegas de patacones y onzas de oro, que no conducen hoy todos nuestros ferrocarriles juntos, sin el riesgo, por supuesto, de un choque o descarrilamiento».

«Un chasqui iba a donde se le ordenaba, traía cuantas noticias se le exigieran y no dejaba que envidiar al telégrafo de hoy, que maldito que lo hace. Los buques de vela daban su vuelta a Europa al cabo de un año (muy cierto), pero también era un gusto ver un monstruo de esos preñados como una chancha, que al llegar a la deseada orilla vomitaba sin cesar hombres, mujeres y niños, rollizos, lozanos y alegres, con cara de pascua los unos y con cara de tontos los más. A bordo se casaban y daban en matrimonio, crecían y multiplicaban. La paz y el contento reinaban en unas conciencias regeneradas por la penitencia y unos corazones virginales, reemplazos por el amor y la galleta.» Velas de sebo”. Sin duda que el sebo no daba una luz tan clara como el gas, mas esto, ¿qué era en comparación de las ventajas que ofrecía a la familia aquel sistema de alumbrado?. En primer lugar, era más barato, no despedía ese olor nauseabundo del gas, todo el mundo estaba acostumbrado a él, no se le extrañaba ni se precisaba tanta claridad para tomar mate, fumar, hacer calceta, bostezar y jugar los domingos a las damas, la brisca, el tenderete y la pandorga. Sobre todo el sebo era el botiquín doméstico, la panacea universal. Nada resistía a su acción poderosa, los chichones y durezas que nos resultaba de los coscorrones que recibíamos por nuestras travesuras se curaban con sebo, con sal y saliva en ayunas, si uno se encajaba una espina, aunque fuese más gorda que los zapatones de nuestro condiscípulo JUAN ANTONIO RODRÍGUEZ, aplicándole sebo salía de raíz, el pasmo huía con vergonzosa fuga a la presencia del sebo caliente y el catarro más empecinado iba a parar a la loma del diablo, siempre que nos introdujésemos un cabo de vela derretido en agua caliente».

¡Oh tiempos aquellos, mi querido Mariano, en que los negros eran tíos de todos los muchachos! ¡Ay, se fueron para no volver! Sin embargo, atravesé de ese montón de ruinas acumuladas por la acción destructora del tiempo, entreveo la apacible figura de Juan José, el de las capuchinas con su sonrisa de bendito. A Carrasco, corriendo a los muchachos, a Martín Gainza tocando el órgano y haciendo morisquetas, al negro enano de lo de Arriaga, alborotando el barrio y a Geroma persiguiendo a Rabago…».

Junio de 1841. Hace frío y como piensan muchos, «el frío no es sano». Entonces es cosa de cenar temprano (cuando oscurece: a las cinco de la tarde en esta época), preparar el «calientapiés»: un ladrillo, un porrón con agua caliente o un perro lanudo, ponerlo en la cama, esperar que entibie las “cobijas” y mientras tanto, tomar unos mates o vasos de licor para «ayudar también desde adentro” el entrar en calor. De tanto en tanto, para romper la rutina, será conveniente arriesgarse: demorar el «calientapiés», abrigarse bien y buscar alguna de las maravillas que ofrece la noche titilante de Buenos Aires. Correrse, por ejemplo, hasta el Circo Olímpico para ver a los nuevos brujos: el extraño e increíble profesor ROSSO, que «come montones de estopa encendida» y su ayudante, «la salamandra humana», un payaso sin nombre, que «toma con las manos una barra de hierre al rojo, se la pasa por distintas partes del cuerpo y luego, para reponer energías «come vidrio picado».

(1). Resulta asombroso que hasta principios del XIX la forma de producir fuego, siguiera siendo la yesca y el pedernal, como en la Edad de Piedra. La idea de una astilla impregnada en azufre para hacer fuego surgió en 1800 y recién en 1826 el farmacéutico inglés John Walker (1781 – 1859) fue quién inventó la cerilla o fósforo de fricción (ver El origen de las cerillas)

1 Comentario

  1. Anónimo

    no me sirvio para nada no es lo que pide

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