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CALFUCURÁ, JUAN (1770-1873)
Callfucurá o Calvucurá, fue un poderoso cacique araucano que lo fue también de las pampas del sur y del oeste argentino, por lo que se lo conoció como el “Gran Señor de la pampa”. Nació en Llailma (Chile), perteneció al grupo pehuenche y su nombre deriva de los términos indios callou (azul) y curó (piedra). No se registra en que fecha, emigró de Chile hacia Argentina en busca de la riqueza que ofrecían estas tierras y llegado aquí estableció “la dinastía de la Piedra” y dirigió una casi independiente república conocida como la “Confederación de Salinas Grandes”, cerca de Epecuén, en la hoy provincia Neuquén.
Los libros abundan en detalles sobre los hombres blancos que, para bien o para mal, tuvieron que ver con la historia de la Nación. Pero demasiadas veces se olvidan de los miles de indígenas que habitaban este suelo y de los líderes que por muchos años los condujeron. Calfucurá o “Piedra Azul” fue uno de esos hombres, que dirigió el destino de un pueblo condenado a desaparecer. Hizo correr el rumor de que era clarividente y atribuía sus poderes a un talismán de piedra antropomórfica.
Había nacido en Chile y era heredero de una larga dinastía de caciques. Cruzó los Andes para establecerse en nuestro país durante el primer gobierno de Rosas, cuando ya tenía cerca de 60 años. Era un jefe ambicioso que llegó atraído por la enorme riqueza que entonces deambulaba en estas pampas bajo la forma de millones de cabezas de ganado. Sus huestes fueron usadas por algunos delincuentes y “hombres civilizados”, para acabar con las tribus locales, que dificultaban el progreso de sus negocios y la predación que del ganado hacían en su propio y personal provecho. Pero cuando consiguió dominar sangrientamente a los nativos, demostró su enorme astucia haciendo acuerdos con los vencidos y ofreciéndoles su protección.
Una vez establecido en las Salinas Grandes, mantuvo en vilo al gobierno, organizando malones, que si fracasaban no tenían nada que ver con él, pero si triunfaban debían compartir el botín. En 1837 atacó a los aucas chilenos y capturó cien mil cabezas de ganado. Entre 1840 y 1872 asoló con sus malones las poblaciones bonaerenses que se asentaron en los territorios del sur, y fueron tristemente célebres sus asaltos a Azul, Pergamino, Rojas, Tres Arroyos y Bahía Blanca. En 1844 invadió la localidad de Rojas y en 1846 asoló la ciudad de Chivilcoy. Sirvió, según sus conveniencias, a distintos gobernantes.
Mantuvo una relación de inestable equilibrio con Rosas, quien, en 1846, por un tiempo, pudo comprar la paz mediante un trato y un pago en dinero y ganado, pero en 1847 Calfucurá se volvió contra él y atacó Bahía Blanca y otras ciudades fronterizas. Después de Caseros, en 1852 se unió a Urquiza en su lucha contra Rosas, llegó a tener una relación personal con él y colaboró en el asedio que éste le impuso a Buenos Aires. Durante el período en el cual Buenos Aires se separó de las demás provincias, Calfucurá mantuvo a la primera en un constante alboroto. Su peor ataque, fue el realizado contra Azul en 1855, de modo que las fuerzas gubernamentales debieron ser enviadas para la defensa de esa población.
En 1857, luchó contra el general Bartolomé Mitre, pero luego de derrotarlo en Sierra Chica, fue vencido por los generales Granada, Conesa y Paunero y nuevamente en Pigüé en 1858. En la batalla de Cepeda (1859), luchó del lado de la Confederación y continuó incursionando en las ciudades de la provincia de Buenos Aires hasta que fue denotado en la batalla de Pichi Carhué, el 8 de marzo de 1872, una batalla que provocó la muerte de doscientos de sus “bravos” y el fin de su “reinado”, pues el terror indio de las pampas, a la edad de 101 años, murió en el año siguiente, el 3 de junio de 1873, en su propio toldo en Chilihué, cerca de General Acha, provincia de La Pampa.
Fue un hombre de aspecto imponente que, cumplidos los 100 años y a pesar de su afición a la bebida, dirigió todavía su última batalla cabalgando al frente de sus fuerzas. Para entonces y según el testimonio de un cautivo, apenas tenía arrugas en la frente y muy pocas canas. Astuto hasta por demás y también generoso cuando le convenía. Fue un encarnizado enemigo de los ejércitos nacionales, un estratega genial y un gran orador, capaz de mucha crueldad y al mismo tiempo de enorme generosidad y sentido de justicia. Pagó al hombre blanco con la misma moneda que recibió. En su más encumbrado momento, había llegado a comandar tres mil entrenados guerreros y había sido el jefe de veinte mil indios; al menos, ocho de sus hijos prestaron servicios como oficiales suyos; uno de ellos, Manuel Namuncurá (q.v.), ahijado de Urquiza, se convirtió en el nuevo y último líder de estos indígenas, que se consideraron los legítimos dueños de la pampa argentina y que como tales, defendieron su derecho a vivir en ellas, con las armas que tenían: el terror y el coraje (ver Araucanización de la Patagonia).