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BUENOS AIRES, FUE UNA CIUDAD INGLESA DURANTE 46 DÍAS (1806)
Entre el 27 de junio de 1806 y el 12 de agosto de ese mismo año, Buenos Aires formó parte del Imperio Británico. El gobernador de la ciudad fue el general WILLIAM CARR BERESFORD y el diario “The Time” del 26 de septiembre de 1806 decía al respecto: “Buenos Aires at this moment forms a part of the British Empire” (Buenos Aires, forma aparte, a partir de este momento, del imperio británico).
Y lo que hoy todavía nos duele por lo que el hecho significa como agravio a la soberanía de nuestros ancestros, parece que en ese entonces, no afectó mucho a los porteños (entre los que había españoles y criollos), porque fue muy diferente su reacción ante esta invasión. Solamente los segundos ya comenzaban a sentir el “orgullo de pertenencia”: el sentirse parte de una patria que le aseguraba un buen futuro para él y para sus hijos, gozando de una libertado que le estaba siendo arrebatada por el invasor. Los otros, los nacidos en España, sin sólidos lazos que los ataran a estas tierras, que aún no se sentían parte de las mismas, lo vieron sin dramatismo y dispuestos a jugar con las nuevas reglas que se les estaba imponiendo.
Los retratos del rey de España Caros IV fueron rápidamente reemplazados por los del rey de Inglaterra Jorge III y MARIQUITA SÁNCHEZ DE THOMPSON por ejemplo, describió así la escena de las tropas inglesas en Buenos Aires: “…con un uniforme de lo más poético; botines de cintas punzó cruzadas, una parte de la pierna desnuda, una pollerita corta (…) este lindo uniforme sobre la más bella juventud, sobre caras de nieve. La limpieza de estas tropas admirables contrastaba con el ejército local…“Todos rotos, en caballos sucios, mal cuidados, todo lo más miserable y más feo, con unos sombreritos chiquitos encima de un pañuelo atado a la cabeza”.
Un documento de la época que afortunadamente fuera hallado y que contiene interesantes observaciones del Capitán ALEXANDER GUILLESPIE, un oficial inglés que desembarcara con las tropas que llegaron al mando de BERESFORD, donde refleja algunos aspectos desconocidos de aquellas jornadas, ayudará a comprender cómo se vivieron aquellas jornadas.
El Capitán GUILLESPIE comienza diciendo: “El 27 de junio de 1806, el general BERESFORD al frente de sus tropas, entró en la ciudad bajo un fuerte aguacero; siguió por la calle Defensa (entonces de la Residencia) y a las cuatro de la tarde se posesionaba del Fuerte de Buenos Aires al son de las gaitas del regimiento escocés de Montañeses, número 71 (Highlanders), cuerpo orgulloso de su limpia historia militar, pues hasta entonces jamás había sido vencido. “Los balcones de las casas estaban alineados con el bello sexo que daba la bienvenida con sonrisas y no parecían de ninguna manera disgustados por el cambio” (aquí hay algo que no parece muy claro: “bajo un fuerte aguacero”, estaban en los balcones?).
“La guarnición del Fuerte arrió pabellón y se entregó prisionera. BERESFORD, así que se hubo instalado, exigió la entrega de los caudales públicos, ordenó que se tomaron medidas para garantizar un buen alojamiento y avituallamiento de la tropa y los oficiales fueron hospedados en las casas de las familias más reconocidas y parece ser que fueron tratados amigablemente.
Comenzaban así los 46 días durante los cuales, los porteños iban a estar sometidos al poder del invasor. No fue, sin embargo, ésta una dominación despótica. Todas las medidas del jefe inglés demostraron su intención de no irritar a los habitantes de Buenos Aires y procuró granjearse su confianza. En su primer bando, garantizando la administra-ción de justicia por sus propios tribunales a las personas privadas y a sus propiedades, ratificó las leyes españolas vigentes; confirmó a los funcionarios públicos en sus puestos, aseguró el libre ejercicio de la religión y se comprometió a brindar su protección a la Iglesia Católica.
Cuando llegado el 28 de junio de 1806, la bandera de la Union Jack ya flameaba a lo alto del Fuerte de la ciudad, a los funcionarios y vecinos destacados de la ciudad, les tocaría pasar el trago más amargo: fueron convocados por el gobernador para rendir juramento de lealtad a Su Majestad Británica. Tenían que documentar su juramento, voluntariamente, ante el capitán GILLESPIE, que actuaba como Comisario de prisioneros y numerosos comerciantes, religiosos y vecinos importantes juraron sin inconvenientes. En nombre de las comunidades religiosas, lo hizo el prior de los dominicos, fray GREGORIO DE TORRES, quien prometió ante BERESFORD la fidelidad que se les reclamaba. No obstante, el día del juramento hubo una ausencia notoria: el superior de los bethlemitas del Hospital, fray NICOLÁS DE SAN MIGUEL, no firmó y perdió su cargo. MANUEL BELGRANO, por su parte, en una retirada prudente, se trasladó a su campo de Mercedes, en la Banda Oriental, para no verse obligado a jurar.
Los ingleses dispusieron luego la internación de todos los militares que habían sido hecho prisioneros, en la cárcel la ciudad, con prohibición de salir de ella. Se exceptuó de este compromiso a los jefes y oficiales que prometieran, bajo palabra de honor, no volver a tomar las armas contra Inglaterra. Los invasores comenzaron a alternar con la población y los alojados en hogares peños a recibir las numerosas vistas que se acercaban a ellos y participaban también en las fiestas que se sucedieron en homenaje a los militares invasores, quienes allí pudieron admirar la destreza de las elegantes damas porteñas para recitar y tocar el piano o la guitarra. Por las tardes era frecuente ver a las SARRATEA, las MARCÓ DEL PONT, las ESCALADA, las hijas de los hogares más aristocráticos de la ciudad, paseando por la Alameda (actual calle Leandro N. Alem), del brazo con los “herejes”, como llamaba el pueblo a los ingleses por su confesión protestante.
Sin embargo, esta cara amable de la convivencia con las fuerzas dominadoras tenía su reverso: pasado el estupor de los primeros días, los patriotas comenzaron a montar una sorda y vasta conspiración para echar al invasor. El factor religioso fue utilizado, a manera de arma psicológica, para fomentar la deserción de soldados irlandeses o extranjeros de confesión católica. Algunos soldados ingleses, de guardia en las calles o frente a las pulperías (que según el censo levantado por los británicos en esos días eran seiscientas en toda la ciudad), aparecieron apuñalados.
Pero, detrás de la obediencia formal y de las buenas maneras, los porteños criollos, compartían una idea: desalojar a los ingleses de Buenos Aires. Los 1500 soldados ingleses eran pocos para controlar el creciente descontento que su presencia generaba. BERESFORD que algo sospechaba, para engañar sobre la cantidad de soldados disponibles y desalentar cualquier intento de alzamiento, se hacía entregar diariamente una cantidad de raciones mayor que la necesaria y hacía correr rumores de que la mayor parte de sus tropas se encontraban todavía embarcadas.
El 30 de junio de 1806 apareció en Montevideo un periódico editado por los ingleses en una imprenta que habían traído con ellos y el 3 de julio aparecen en Buenos Aires algunos ejemplares. Se trataba «The Southern Star» o sea, «La Estrella del Sur» y era una publicación bilingüe de la que solo se editaron siete números. Había sido impreso en una imprenta que trajeron los ingleses (1) y que luego de la Reconquista, quedó en Buenos Aires. Publicaba órdenes, directivas, bandos y proclamas de las fuerzas inglesas, avisos comerciales dirigidos al público y artículos de interés general. Su presentación era más ágil y atractiva que la de los diarios, que se editaban en Buenos Aires, debido a los medios técnicos superiores con los que contaban los ingleses y se sospechaba que entre 1os redactores de esta publicación, figuraba MANUEL ANICETO PADILLA, que firmaba sus artículos con un seudónimo. Un personaje nacido en Cochabamba (Alto Perú) y que fue el mismo que luego ayudó a escapar al general BERESFORD luego de su derrota, empeñado en colaborar en la “liberación” del Río de la Plata mediante la ayuda británica (ver Padilla, Manuel Aniceto).
Uno de los números que llegó a Buenos Aires, traía un Bando que ordenara publicar BERESFORD ofreciendo a la población de la ciudad y sus dependencias toda clase de seguridades, tanto de la propiedad privada como de sus archivos, dejando a su Cabildo y a todos los habitantes los derechos y privilegios que hasta entonces habían gozado; consignando también que la Curia eclesiástica “seguirá en el pleno y libre ejercicio de todas sus funciones y precisamente en el mismo orden que antes” y dando otra prueba de “generosidad para con el enemigo vencido” en un nuevo intento de congraciarse con la población, pero que en realidad ponía en evidencia el fundamento mercantilista de su gestión, ordena devolver las 180 embarcaciones de cabotaje que habían sido capturadas por sus tropas y que, por derecho de guerra, le pertenecían. El comercio marítimo y fluvial continuó de ese modo desenvolviéndose normalmente en el litoral, por lo que, en rigor de verdad, las únicas reformas importantes dispuestas por los invasores fueron comerciales, pero la ciudad fue recuperada antes de que se pusieran en práctica.
En respuesta a este mensaje de BERESFORD, el Cabildo de Buenos Aires emitió un Bando que circuló subrepticiamente hasta que fue decomisado. En él, se prevenía a los habitantes acerca del “carácter engañoso de esta publicación, que intenta presentar a los británicos, no como a conquistadores, sino como a defensores de los derechos de los rioplatenses: Aseguran que quieren emancipamos de la servidumbre del Imperio Español y que, sometiéndonos a Inglaterra, gozaremos de todos los derechos y privilegios que poseen los súbditos de S.M. Jorge III, especialmente de los beneficios del comercio, libre de exacciones injustas”.
El 10 de julio de 1806 los vecinos de Buenos Aires exigen deponer al virrey SOBREMONTE, acusándoselo de haber sido incapaz para enfrentar la invasión de los ingleses y de tener una conducta equívoca, al abandonar la ciudad a su suerte (ver ) y el 12 de julio se produce el primer acto de rebeldía como consecuencia de la presencia del invasor: los esclavos negros protagonizaron un incipiente movimiento de emancipación, que fue rápidamente reprimido, recordándoseles la obligación que tenían de mantenerse sujetos a sus dueños, estableciendo severas penas pare los que trataran de liberarse (ver Sobremonte. Héroe o villano?).
El 14 de julio los ingleses fundan la logia masónica “Estrella del Sud” y la instalan en la calle San Carlos (hoy Alsina) e “Hijos de Hiram”, llamada luego San Cosme y Damián (actualmente Bernardo de Irigoyen) y el 16 de julio MANUEL BELGRANO se presenta ante el nuevo jefe de la «Legión de Patricios Voluntarios de Infantería», (hoy Regimiento Patricios), el coronel CORNELIO SAAVEDRA y a partir de entonces, el abogado, el teórico, el tratadista, con el grado de Capitán y nombrado ayudante de campo de SAAVEDRA, se interesa por la táctica, el manejo de las armas y las cuestiones de la guerra y lo hace con tanto empeño, que en poco tiempo el alumno se convierte en maestro. . “Desde este día –dice en su autobiografía- contraje con empeño al estudio de la táctica y tomé maestro que me enseñase el manejo de armas”.
La mesura, los gestos de generosidad y el equilibrio de BERESFORD no habían logrado conquistar para Inglaterra la adhesión de los criollos, ni la de los españoles y los planes para lograr la Reconquista de Buenos Aires, ya estaban en marcha. A principios de julio, el Capitán de Navío SANTIAGO DE LINIERS Y BREMONT, un francés que se hallaba al servicio de España en la Ensenada de Barragán, libre de su compromiso de lealtad a la corona inglesa, había podido pasar a Montevideo donde se presentó ante el Gobernador PASCUAL RUÍZ HUIDOBRO para pedirle ayuda para realizar la reconquista de Buenos Aires. El general español, que ante la presencia de los realistas estaba impedido de realizar un movimiento por su cuenta, decidió ayudar a la gesta que estaba organizando LINIERS para expulsar a los ingleses del Río de la Plata y le proporcionó toda clase de auxilios para la proyectada expedición y puso a su disposición 50 veteranos reforzados con 100 “miñones catalanes” y 100 milicianos de Montevideo.
El 23 de julio, LINIERS con estos efectivos, parte hacia Colonia del Sacramento y llegado allí, se le incorporan otros 133 milicianos y 5 cañones y se dispuso a organizar el transporte de sus tropas en una flotilla que los debería llevar hasta la costa occidental del Río de la Plata para emprender la reconquista de Buenos Aires, sin saber que SOBREMONTE se hallaba en Córdoba organizando una fuerza para intentar conquistar el mismo objetivo.
El 1 de agosto de 1806 el Comandante de fronteras ANTONIO OLAVARRÍA, a fin de proteger el desembarco de SANTIAGO DE LINIERS cundo llegara con sus tropas desde Colonia del Sacramento, se reunió con su Regimiento de Blandengues en el pueblo de Luján y en la Chacra de Perdriel se unió a las fuerzas que había logrado reunir JUAN MARTÍN DE PUEYRREDÓN, que había estado recorriendo la campaña de Buenos Aires con el fin de reclutar tropas.
El General inglés CARR BERESFORD informado de este movimiento, mandó al famoso regimiento N° 71 de Highlanders, con el objeto de atacar a los criollos en dicho lugar y a pesar de haber marchado durante toda la noche anterior, el 1º de agosto de 1806, atacaron vigorosamente a los criollos, produciendo el desbande de sus adversarios. Así concluyó Perdriel. Con una derrota que sin embargo entro en nuestra Historia como un hecho que sintetiza los sentimientos de la población de Buenos Aires dominada por el invasor extranjero.
El 3 de agosto LINIERS al mando ya de una fuerza considerable parte desde el puerto de Colonia. Embarcados en veinticinco buques que el Capitán de Fragata JUAN GUTIÉRREZ DE LA CONCHA había armado a la ligera y tomó rumbo hacia el Paraná de las Palmas, iban con él, 871 hombres.
Ajeno a lo que estaba pasando, evidentemente debido al secreto con el que habían sabido guardar sus movimientos los patriotas, el 4 de agosto de 1806, BERESFORD expidió un decreto declarando libertad de comercio en el Río de la Plata. En el preámbulo se lee: “Por ahora se contenta el comandante británico con manifestar al pueblo que el sistema de monopolio, restricción y opresión ha llegado ya a su término; que podrá disfrutar de las producciones de otros países a un precio moderado; que las manufacturas y producciones de su país están libres de la trata y opresión que los agobiaba.” (más y mejores negocios para la corona, verdad?).
Y enseguida, mediante otro Bando, estableció nuevas tarifas para la importación y exportación. Para las mercaderías extranjeras, que por las leyes españolas pagaban un arancel que oscilaba entre el 35 y el 42 por ciento, se redujo este derecho al 12 y medio por ciento si provenían de Inglaterra y al 15 y medio por ciento si procedían de Francia, Holanda o Alemania. Paralelamente, se establecieron tarifas diferenciales para la exportación, en favor de Inglaterra, y se abolió el estanco (monopolio fiscal del tabaco) y de los naipes
Llegado el 4 de agosto, como era un día muy frío y lluvioso con intensos vientos del sudeste no pudieron desembarcar en la playa de “Olivos” como estaba previsto y debieron hacerlo en “Las Conchas” (hoy Partido de Tigre, en la provincia de Buenos Aire) a siete leguas de Buenos Aires, frente a la casa del vecino GOYECHEA, quien le dio hospedaje a LINIERS y a la oficialidad, en tanto que la tropa descansó bajo los frondosos árboles del paraje que hoy es la Plaza Daniel María Cazón, mientras se le unían los dispersos de Perdriel y un gran número de criollos voluntarios, precariamente armados, pero dispuestos a marchar al combate contra los invasores.
El 5 de agosto reemprenden la marcha hacia Buenos Aires para tomar contacto con las fuerzas caballería de JUAN MARTÍN DE PUEYRREDÓN que lo aguardaban para sumárseles y así se conformó una fuerza que contaba ahora con un total de 1.936 hombres (entre criollos y españoles), cinco cañones y dos obuses. El 10 de agosto llegaron hasta los suburbios de Buenos Aires y desde Miserere intimaron la rendición de los ingleses, que fue terminantemente rechazada por BERESFORD, expresando que estaba dispuesto a combatir. La historia no registra porqué LINIERS lanzó su ataque a las nueve de la mañana del 12 de agosto, cuando había decidido hacerlo al mediodía, recién cuando tuviera todo dispuesto, pero así fue y lo hizo dividiendo sus fuerzas en cuatro columnas. Con la más numerosa, con el grueso de sus tropas avanzando por la actual calle Florida hacia el sur, mientras que las otras tres tomaban diversas calles paralelas.
Se encontraron con las tropas inglesas en posición defensiva. El Regimiento N° 71 de Gran Bretaña, esperaba el ataque frente al Fuerte y dentro de la Plaza Mayor y con el objeto de dispersar el centro de gravedad del ataque criollo, lanzaron sus columnas por las calles de la ciudad, lo que demostró luego, ser su gran error, pues ello permitió que ese día, se librara una batalla que hizo historia por la bravura, pero por sobre todo, por el ingenio que allí se desplegó.

La lucha fue encarnizada. El arrojo y el coraje temerarios de criollos y españoles eran contestados con la bravura de los ingleses. Cuando la situación no pudo sostenerse, el Jefe del ejército invasor, General BERESFORD, dio orden de abandonar la Plaza de Mayo y replegarse sobre el Fuerte. No contaba con la reacción del pueblo que cubrió su retirada arrojándoles desde las terrazas todo tipo de proyectiles y hostigándolos en cada esquina de la ciudad con las armas que cada uno pudo empuñar. Poco después una bandera de parlamento apareció en el edificio e instantes más tarde la enseña española fue arriada en la Fortaleza (ver La Reconquista de Buenos Aires).
Así fue vencido el Regimiento N° 71. Cinco oficiales y cuatrocientos doce hombres de tropa perdieron los ingleses en la oportunidad y el resto debió rendirse a discreción. Las jornadas de la Reconquista habían concluido y Buenos Aires dejaba de ser una ciudad inglesa. Dos nombres, entre muchos gloriosos, se voceaban titulándolos de defensores de Buenos Aires: SANTIAGO DE LINIERS, comandante de las tropas y MARTÍN DE ÁLZAGA, cabecilla de la reacción popular que había encendido la pasión de los porteños.
(1). Se supo que la imprenta que lo editaba, llegó a la Banda Oriental, junto con una gran cantidad de productos comerciales de toda índole, para ser vendidos a muy bajos precios.