BELTRÁN, Luís (1784-1827).

Sacerdote. Sargento mayor de artillería, que dedicó sus energías y su destreza a la producción y el mantenimiento de la artillería de ejércitos de su época, haciendo posible muchas de las victorias de Carrera, San Martín y Bolívar. Por sus conocimientos, San Martín le confió el montaje del parque y maestranza de sus tropas, y bajo su dirección se fabricó todo cuanto necesitó el Ejército de los Andes para equiparse, desde uniformes hasta cañones.

Nuestras estatuas hablan Hoy en #JuevesDeMonumentos reconocemos a Fray Luis  Beltrán, quien fue un militar y fraile argentino, encargado de fabricar y  organizar la artillería del Ejército de Los Ande

Nació en Mendoza el 8 de septiembre de 1784 y era hijo del francés Luis Bertrand y de doña Manuela Bustos. Hizo sus primeros estudios en la escuela del convento de San Francisco de Mendoza, donde tomó afición a la Orden que luego vistió y a muy temprana edad ingresó en la Orden Franciscana. En 1811, pasó a Chile donde completó sus estudios superiores en el convento de Santiago de Chile, descollando en el aprendizaje de las ciencias físicas, química y matemáticas, dedicándose con verdadero apasionamiento a los experimentos físicos y mecánicos y se desempeñó como capellán del ejército de JOSÉ MIGUEL CARRERA.

Los conocimientos demostrados en reparar el material bélico le valieron el grado de teniente de artillería. Producida en Chile la derrota de Rancagua, en octubre de 1814, regresó a pie a Mendoza en compañía de una gran caravana de expatriados bajo el comando del General BERNARDO O’HIGGINS. Instalado en su tierra natal, O’Higgins se lo recomendó a San Martían y éste, gran conocedor de hombres, lo sacó de una celda de un viejo convento mendocino y lo incorporó al Ejército de los Andes nombrándolo Director de la maestranza, con el grado de teniente de artillería.

Entusiasmado por la Causa de la Emancipación, el padre BELTRÁN se incorporó así al Ejército de los Andes. El 1º de marzo de 1815 se hizo cargo del parque y maestranza del Ejército que entonces organizaba San Martín. La falta de armas y de talleres de fundición era el principal obstáculo con que tropezaba San Martín para completar el equipo del Ejército de los Andes y lanzarse a Chile. Fray Luis Beltrán fue el genio tutelar en esa emergencia.

Fue quien con guinches, zorras y aparejos de su creación puso “alas” en los cañones americanos para “volar” sobre los Andes. “Quieren alas para los cañones ?. Pues las tendrán !!!”. Esta frase, que se le atribuye como respuesta a las exigencias de San Martín sobre la fabricación de cañones que se adaptaran a la travesía que estaban por iniciar, refleja lo que en la preparación del ejército significó este sacerdote.

Autodidacta con conocimientos de matemáticas, física, química, relojería, pirotecnia, dibujo, arquitectura, ingeniería, herrería, bordado y medicina, logró armar bajo su jefatura una fábrica de pertrechos militares de más de 300 operarios. De él dice Mitre: “Lo que no sabía, lo aprendía”.

Los que lo conocieron en su diario accionar decían que daba gusto verlo inventar herramientas y equipos militares, arreglar fusiles, diseñar herraduras, monturas, zapatos, mochilas, caramañolas, fundir campanas y otros elementos para obtener los metales necesarios en la fabricación de proyectiles, bombas, etcétera. Tanto gritaba a los operarios en los galpones de su fragua que quedó con una ronquera por el resto de sus días.

Transformó los talleres del Plumerillo en una fragua gigantesca y llegó a tener bajo sus órdenes a más de 700 hombres en sus talleres. Por su capacidad, fue llamado “el Arquímedes y el Vulcano del Ejército”. Tal era el claro talento de fray Luis Beltrán, que, sin más ayuda que la de algunos libros que logró reunir, fue mecánico, fundidor, armero, pirotécnico, relojero, herrero, carpintero, dibujante, cordonero, bordador. Matemático, físico y químico por intuición, fue artillero, y médico por observación y práctica.

Fue una figura muy popular en Mendoza. Recordando unos fuegos artificiales que hiciera quemar en la plaza Mayor de aquella población, poco tiempo antes de ponerse el ejército de los Andes en marcha para Chile, solían decir los mendocinos: “ no tendremos ya otros lindos fuegos como los que preparó en la plaza el padre Beltrán”. Su voz casi se extinguió al esforzarla en medio del ruido de las fraguas y yunques, quedando ronco hasta el fin de sus días. Fundió cañones, balas y granadas, empleando el metal de las campanas de los templos y los utensilios de bronce y hierro que donaban los mendocinos.

Forjó millares de herraduras para las bestias de carga y silla, construyó cureñas y zorras para llevar cañones en las montañas: fabricó cartuchos de guerra, mochilas y calzado para la infantería, monturas y aparejos, improvisó puentes colgantes para llevar los cañones en las alturas (decía: “si los cañones necesitan alas, las tendrán”). Cuando San Martín cruzó los Andes, él proyectó los aparatos necesarios para arrastrar la artillería a través de las sendas de la montaña. Mostró de cuánto era capaz, después de la triste hora de Cancha Rayada, los patriotas perdieron todos los cañones, trabajó día y noche para reemplazarlos en solamente 17 días y recompuso el armamento y el material de campaña a pesar de la escasez de tiempo y de recursos.

Iguales servicios prestó cuando San Martín, terminada la reconquista de Chile, preparaba la expedición al Perú. Hizo la campaña del Perú (1820-1822) siempre al frente de la maestranza. En el lugar llamado “Las Bóvedas”, en Uspallata, fundió los cañones para el ejército. En 1822 fundió 24 cañones de campaña. Poco después, el general José de San Martín decía de él: “Este hombre es evidentemente un genio”.

Al ocurrir la sublevación del Callao, se salvó el parque de Santa Catalina merced a sus desvelos y actividad febril; envió todo, a Chorrillos primero y a Trujillo después, y allí fue él, ya teniente coronel, con sus obreros y herramientas. En una ocasión, cuando ya se había retirado San Martín, se presentó Bolívar en el parque, y con la altanería que le era peculiar, viendo que aún no estaba aceitada ni encajonada una cantidad de fusiles que había ordenado se recompusieran y enviaran a Huaras, le dijo con dureza: “Si estos fusiles no están listos para ser embarcados de aquí a ocho días, le hago fusilar, porque yo se castigar a los jefes que no cumplen”. Beltrán, que no había recibido orden tan perentoria, se lo hizo observar a Bolívar, sin ser atendido. A los ocho días los fusiles estaban listos; pero el ex fraile quedó afectado.

El 1° de agosto de 1827, intentó asfixiarse por medio de un brasero. Salvado a tiempo, huyó, extraviándose en el campo. Una vieja campesina le encontró y cuidó. Durmió cuatro días y al despertar, su espíritu estaba sano. Vuelto a la patria, prestó servicios durante la guerra del Brasil. Falleció el 8 de diciembre de 1827 a las 7 de la mañana, “de natural enfermedad”, según reza la partida de defunción que se registró en la parroquia de San Ignacio de Buenos Aires, y en el parte oficial de su albacea. Al día siguiente, el cadáver fue sepultado en el Cementerio de la Recoleta, “en clase de sacerdote que era, por haber renunciado a la carrera militar antes de morir”

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