ARGENTINA Y LA IGLESIA, UN RELACIÓN CONFLICTIVA

A lo largo de su Historia, la República Argentina ha tenido una relación generalmente amistosa con la Iglesia, aunque en el camino, debieron superarse algunas disidencias que felizmente lograron superarse sin vulnerar sus respectivas soberanías.

El 31 de julio de 1818, el Congreso de Tucumán, reunido en Buenos Aires, sanciona la Ley estableciendo que la religión Católica Apostólica Romana, será la religión oficial de la República Argentina, diciendo que “El gobierno le debe la más eficaz protección y los habitantes todo respeto, cualesquiera sean sus opiniones en materia religiosa”.

Una moción del diputado por Catamarca, MANUEL ANTONIO ACEVEDO propuso además restablecer las relaciones diplomáticas con la Santa Sede, que habían sido interrumpidas después de la Revolución de Mayo. El diputado por la Rioja, Doctor PEDRO IGNACIO DE CASTRO BARROS cedió dos años de sus sueldos con el objeto de financiar la misión que a esos efectos se envíe a Roma.

Pero no todo fue así de fácil la relación de la República Argentina con el Vaticano. A lo largo de su Historia, la República Argentina ha tenido una relación generalmente amistosa con la Iglesia y tanto en el Vaticano, como en la sede de los gobiernos que se han sucedido a través de ella, han sabido atenerse a sus respectivas responsabilidades: uno en el cumplimiento de su misión pastoral y otro en su gestión como administrador del Estado y responsable de los intereses de sus ciudadanos. Pero no siempre ha sido así. En varias oportunidades, uno u otro de esos poderes, se ha alejado de lo que le compete y han surgido chispazos que afectaron esa relación, llegándose a que en dos oportunidades fueron rotas las relaciones diplomáticas entre ambos.

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El primer antecedente que registra nuestra Historia vinculado con diferencias entre la autoridad gobernante y la Iglesia, data de marzo de 1808, cuando la pacífica vida de Buenos Aires, se vio alterada por el largo conflicto existente entre el Obispo de Buenos Aires BENITO LUÉ Y RIEGA (imagen) y el Cabildo, que culminó con la prisión del Pesbítero Doctor ANTONIO SÁENZ, dispuesta por el Fiscal Eclesiástico Doctor JULIÁN SEGUNDO DE AGÜERO (segunda imagen)..

Las hostilidades se iniciaron a fines de 1805, con motivo de la elección para Secretario Capitular y Defensor de la Catedral, que hizo el Cabildo de Buenos Aires  en la persona del Presbítero  SÁENZ (imagen), con manifiesta oposición del Obispo de Buenos Aires Doctor BENITO LUÉ Y RIEGA. El empecinamiento de los unos en mantener a su candidato y del otro en hacerle abandonar el cargo determinó una serie de pleitos en los que el notario GERVASIO ANTONIO DE POSADAS mostró paciencia de mártir, sobre todo cuando, procurando efectuar una notificación al Cabildo, pasó once días yendo y viniendo sin encontrar a nadie, sea porque llovía, sea porque no habían sido hechas las citaciones, sea en fin porque el Cabildo no quería notificarse de lo que ordenaba el Obispo.

Ya como Estado independiente y soberano, el siguiente encontronazo se produjo en los años posteriores a la Independencia. En 1816, más precisamente el 30 de enero de ese año, una Encíclica del papa PÍO VII exhortaba a los obispos y al clero americano a conseguir que los fieles se sometan a sus autoridades tradicionales “para evitar los perjuicios gravísimos de la rebelión”.

La encíclica elogiaba las virtudes cristianas de Femando VII y el ejemplo de valor, lealtad y fe dado por el pueblo peninsular en su lucha, contra los franceses. A pesar de las buenas intenciones del vicario de Cristo, su indebida intromisión en la política secular, disgustaron seriamente, a los patriotas, que no tenían en tan alta estima al soberano español, como se la tiene en Roma.

Pío VII, seguramente mal informado por el embajador de Femando ante la Santa Sede, ignoraba que los criollos reclamaban derechos legítimos a la autonomía y que sus ideales no se identificaban tanto como se le ha hecho creer, con los de la Revolución Francesa, declaradamente antirreligiosa. Por el contrario, distinguidos sacerdotes integran las filas de los “rebeldes” y tienen acceso a funciones de responsabilidad, en la lucha por la Independencia.

Las relaciones con Roma
En aquellos años, los nuevos gobiernos surgidos en Hispanoamérica enfrentaban el grave problema que significaba la falta de relaciones con la Santa Sede, una situación que era exclusiva consecuencia del sistema colonial español. En lo religioso las Indias no dependían de Roma en forma directa sino a través del Real Patronato, otorgado por la Iglesia a Su Majestad Católica. Tanto el pase de las bulas papales como la presentación de ternas de candidatos para ocupar las sedes episcopales vacantes corría por cuenta del monarca.

Cuando se produjo el movimiento de 1810, la mayoría de los obispos demostró adhesión al antiguo sistema y se negó a colaborar con los revolucionarios. En nuestro territorio, la Asamblea de 1813 decretó que la Iglesia local no dependería en lo sucesivo de ninguna autoridad eclesiástica residente en España. Como todos los contactos con Roma se canalizaban hasta entonces a través del nuncio de Su Santidad en Madrid, cesaron de hecho los vínculos con el papa. Porque éste no estaba dispuesto a reconocer el derecho a ejercer el Patronato al nuevo gobierno surgido de la Revolución de Mayo (ver El Patronato)

Las derivaciones de esta falta de contacto oficial estaban a la vista: el obispado de Buenos Aires se encontraba vacante por la muerte de su prelado; el de Salta porque su titular permanecía recluido en el convento dé La Recoleta, acusado de realista y en Córdoba se planteó un grave entredicho debido a que el confinado monseñor Orellana había lanzado anatemas y censuras contra el provisor de su diócesis.

Siguen los conflictos
Más tarde, ya en 1843, durante el gobierno de JUAN MANUEL DE ROSAS, luego de aceptar el regreso de los jesuitas, expulsados de América en 1776,  en marzo de 1843, se los volvió a expulsar, acusándoselos de no utilizar la iconografía oficial.

Hubo paz hasta 1884, y ese año, el Presidente JULIO ARGENTINO ROCA (1880-1886),  dispuso expulsar al nuncio apostólico LUIS MATERA, muy crítico de su gobierno, por considerarlo culpable de inmiscuirse en los asuntos del gobierno, asumiendo responsabilidades que no le competían, actitud que llevó a la ruptura de relaciones con el Vaticano, situación que se mantuvo hasta 1900, año en el que el mismo ROCA acepta reanudarlas.

Conflicto en 1925
En 1923 había fallecido el arzobispo de Buenos Aires, monseñor MARIANO A. ESPINOSA. Para reemplazarlo, el Senado  de la Nación. designó una terna, y de ella el presidente escogió a monseñor MIGUEL DE ANDREA para proponerlo al Papa. El Vaticano , presionado por sectores católicos argentinos conservadores que consideraban a De Andrea como muy liberal y cercano a los sectores obreros,  no lo aceptó, pero el Presidente ALVEAR, apoyado por la Corte Suprema, insistió con su postulación y la situación derivó en un conflicto que alteró las relaciones de la Argentina con el Vaticano. Nuevamente fue expulsado el nuncio apostólico y esta vez se fue más lejos y se le cortó el salario a los obispos

El nuncio GIOVANNI BEDA CARDINALE anunció el nombramiento de JUAN BAUTISTA BONEAO  como administrador de la sede vacante del arzobispado, pero Alvear se opuso a la designación y la Corte Suprema de Justicia declaró la ilegalidad de ese nombramiento. Rotas por segunda vez las relaciones, se sucedieron numerosas reuniones y gestiones para zanjar las diferencias y finalmente, el ministro de Relaciones Exteriores, ÁNGEL GALLARDO, propuso como solución el retiro de la candidatura de monseñor DE ANDREA, la renuncia del nuncio CARDINALE y la designación de JOSÉ MARÍA BOTARO para suceder a ESPINOSA, como Arzobispo de Buenos Aires, un candidato aceptado tanto por ALVEAR como por el Vaticano.

Más tarde hubo otros episodios similares, pero esos escapan al límite cronológico de esta página.

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