ARGENTINA Y LA IGLESIA, UN RELACIÓN CONFLICTIVA

A lo largo de su Historia, la República Argentina ha tenido una relación generalmente amistosa con la Iglesia y tanto en el Vaticano, como en la sede de los gobiernos que se han sucedido a través de ella, han sabido atenerse a sus respectivas responsabilidades: uno en el cumplimiento de su misión pastoral y otro en su gestión como administrador del Estado y responsable de los intereses de sus ciudadanos. Pero no siempre ha sido así. En varias oportunidades, uno u otro de esos poderes, se ha alejado de lo que le compete y han surgido chispazos que afectaron esa relación, llegándose a que en dos oportunidades fueron rotas las relaciones diplomáticas entre ambos.

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El primer antecedente que registra nuestra Historia vinculado con diferencias entre la autoridad gobernante y la Iglesia, data de marzo de 1808, cuando la pacífica vida de Buenos Aires, se vio alterada por el largo conflicto existente entre el Obispo de Buenos Aires BENITO LUÉ Y RIEGA (imagen) y el Cabildo, que culminó con la prisión del Pesbítero Doctor ANTONIO SÁENZ, dispuesta por el Fiscal Eclesiástico Doctor JULIÁN SEGUNDO DE AGÜERO..

Las hostilidades se iniciaron a fines de 1805, con motivo de la elección para Secretario Capitular y Defensor de la Catedral, que hizo el Cabildo de Buenos Aires  en la persona del Presbítero  SÁENZ (imagen), con manifiesta oposición del Obispo de Buenos Aires Doctor BENITO LUÉ Y RIEGA. El empecinamiento de los unos en mantener a su candidato y del otro en hacerle abandonar el cargo determinó una serie de pleitos en los que el notario GERVASIO ANTONIO DE POSADAS mostró paciencia de mártir, sobre todo cuando, procurando efectuar una notificación al Cabildo, pasó once días yendo y viniendo sin encontrar a nadie, sea porque llovía, sea porque no habían sido hechas las citaciones, sea en fin porque el Cabildo no quería notificarse de lo que ordenaba el Obispo.

Ya como Estado independiente y soberano, el siguiente encontronazo se produjo en los años posteriores a la Independencia, porque el Papa de entonces, PÍO VII no quiso reconocer el derecho a ejercer el Patronato al nuevo gobierno surgido de la Revolución de Mayo (ver El Patronato). Más tarde, ya en 1843, durante el gobierno de JUAN MANUEL DE ROSAS, luego de aceptar el regreso de los jesuitas, expulsados de América en 1776,  en marzo de 1843, se los volvió a expulsar, acusándoselos de no utilizar la iconografía oficial.

Hubo paz hasta 1884, y ese año, el Presidente JULIO ARGENTINO ROCA (1880-1886),  dispuso expulsar al nuncio apostólico LUIS MATERA, muy crítico de su gobierno, por considerarlo culpable de inmiscuirse en los asuntos del gobierno, asumiendo responsabilidades que no le competían, actitud que llevó a la ruptura de relaciones con el Vaticano, situación que se mantuvo hasta 1900, año en el que el mismo ROCA acepta reanudarlas.

En 1925 fue MARCELO TORCUATO DE ALVEAR quien protagonizó un nuevo altercado con el Vaticano. Durante su presidencia (1922-1928), otra vez fue expulsado el nuncio apostólico y esta vez se fue más lejos y se le cortó el salario a los obispos. El motivo fue que, en 1825, ante la muerte del arzobispo de Buenos Aires, la Iglesia trató de imponer a un obispo que era rechazado por el Presidente, apoyado por la Corte Suprema que dictó la ilegalidad de ese nombramiento. Rotas por segunda vez las relaciones, se sucedieron numerosas reuniones y gestiones para zanjar las diferencias y finalmente, el Vaticano aceptó la propuesta de ALVEAR y nombró al obispo JOSÉ BOTARO como nuevo arzobispo de la ciudad ede Buenos Aires.

Más tarde hubo otros episodios similares, pero esos escapan al límite cronológico de esta página.

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