ALBERDI, JUAN BAUTISTA (1810-1880).

Abogado, diplomátIco, escritor, intelectual y filósofo. Considerado el “padre de la Constitución de 1853”, documento al que le aportó su pensamiento sociológico y político. Un  hombre en fin,  cuya obra cultural es difícil de mensurar. Nació en Tucumán el 28 de agosto de 1810. Su padre fue  SALVADOR ALBERDI, vasco español, naturalizado argentino en 1816 y su madre era JOSEFA ARÁOZ Y BALDERRAMA proveniente de una destacada familia tucumana. Al hablar de ellos, decía Alberdi: “mis padres abrazaron la causa de la Revolución, arrastrados por ese instinto vasco de autonomía liberal que habían traído de su lejana tierra natal”.

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Huérfano a los diez años, recibió los primeros rudimentos del saber, de su tío, el ilustre Obispo MOISÉS ARÁOZ. Realizó su primer viaje a Buenos Aires (dos meses y medio en carreta) a la edad de quince años y aquí realizó sus estudios secundarios. Fue protegido de JUAN FACUNDO QUIROGA y amigo del caudillo tucumano doctor ALEJANDRO HEREDIA, quien lo recomendó para una de las Becas creadas por BERNARDINO RIVADAVIA y por medio de ella, ingresó al Colegio de Ciencias Morales, donde realizó sus estudios durante algunos años,  sin demostrar aún aptitudes intelectuales fuera de los común..En 1824 abandonó los estudios debido a que “no se adaptaba a las exigencias de la enseñanza” y comenzó a desarrollarse en él, un gusto nuevo  por la música. Compuso obras de música clásica, para piano, guitarra y flauta y  en 1832 escribió el que fue su primer libro “El espíritu de la música”.

Retomó luego sus estudios en la Universidad de Buenos Aires y luego, en 1834,  en la de Córdoba, donde obtuvo el título de Bachiller en Leyes, título que no lo habilitaba todavía para ejercer la profesión. A fines de 1835, regresó a Buenos Aires, donde se unió al llamado “Salón Literario” fundado por MARCOS SASTRE y conoció a los jóvenes JUAN MARÍA GUTIÉRREZ, MIGUEL CANÉ, ESTEBAN ECHEVERRÍA, VICENTE FIDEL LÓPEZ y otros, con los cuales,  integraría más tarde,  la Generación de 1837 y crearía la célebre “Asociación de Mayo”, un movimiento que nucleó a los jóvenes intelectuales de Buenos Aires, que adhirieron a las ideas de la “democracia liberal”, se asumieron como continuadores de la obra de la Revolución de Mayo, y partidarios de una nueva política que resolviese el conflicto existente entre unitarios y federales.

Procurando aplicar estas ideas a los problemas argentinos, llegó a ser uno de los más influyentes precursores del positivismo. ALBERDI, junto a los restantes miembros de la Generación de 1837, compartió la decisión de estudiar las realidades de la vida y el paisaje argentinos para que pudieran fundarse instituciones eficaces y su especial contribución parece radicar en su determinación por formular las bases jurídicas sobre las cuales podría construirse toda la estructura.

En 1837, siendo todavía un estudiante de Leyes, publicó “Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho”, donde decía  lo que pensaba. En un trabajo de contenido historicista, explica a ROSAS, hace un diagnóstico de la situación nacional y propone posibles soluciones aplicando una filosofía y una sociología americanas muy originales y esta obra será más  tarde su tésis doctoral. Ese mismo año editó el periódico “La Moda”, que estaba dedicado a divulgar la evolución de la moda en Europa y bajo el seudónimo de “el figarillo”, realizaba comentarios vinculados con  la vestimenta femenina y masculina, música, poesía, literatura y costumbres sociales.

JUAN BAUTISTA ALBERDI fue uno de los tantos intelectuales opositores que tuvo JUAN MANUEL DE ROSAS y cuando en 1838 se negó a prestar juramento al régimen del gobernador porteño, se vio obligado a exiliarse en Montevideo. Éstando allí, terminó sus estudios y en 1838 se graduó de Abogado. De inmediato se expuso  como frontal opositor de ROSAS y se incorporó al activo movimiento de oposición que en esa ciudad se potenciaba. Funda, con RIVERA INDARTE, LAMAS, MITRE y otros hombres de prestigio, también exiliados, algunos periódicos importantes, como “El Iniciador”, “El Grito Argentino” y “La Revista del Plata” y redacta la declaración de guerra del estado Oriental contra Rosas y las proclamas del general LAVALLE. “He dado — dice — mi vida entera al estudio de la libertad y de la organización del gobierno libre de mi país; he escrito su Constitución de libertad y he negociado el reconocimiento de su independencia por España.”.

En 1843 regresa a Buenos Aires, pero no permanece mucho tiempo aquí, pues casi enseguida se radicó en Chile, donde ejerció la profesión de abogado y prosiguió su actividad literaria, realizando una intensa actividad que lo llevó a recorrer diversos países, desde donde hace oir su voz en contra del gobierno de ROSAS, mediante una profusa activad como escritor y conferencista. Entre 1843 y 1844, viajando por Europa, se sintió atraído por las recientes teorías de AUGUSTO COMTE que prometían grandes progresos y desarrollos en lo social, lo político y lo económico por medio del auxilio de las ciencias.

En 1852 vuelto a Chile, lidera el Club Constitucional de Valparaíso, creado para promover y apoyar los contenidos del Acuerdo de San Niccolás, lo que le valió una violenta y extrema crítica de DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO, origen ésta de una polémica histórica contenida en las “Cartas Quillotanas”(enero de 1853), donde ALBERDI expresaba sus opiniones, que fueron contestadas por SARMIENTO  en sus famosas “Las Ciento y una”.

Al tener noticias de la caída de Rosas en la batalla de Caseros,  apresuró la publicación de la que fue su obra cumbre y en mayo de 1852 apareció “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, derivados de la ley que preside al desarrollo de la civilización en la; América del Sud” y tres meses después, en su segunda edición, incluyó un Apéndice titulado “Un proyecto de Constitución para la República”, quizás con la esperanza de que sirviera como inspiración y guía para los Diputados Constituyentes que se reunirían en Santa Fe para definir los contenidos de la Constitución que debería darse ahora el país.

Con ese fin, el 30 de mayo de 1852 le escribió a JUSTO JOSÉ DE URQUIZA “Los argentinos de todas partes, aún los más humildes y desconocidos, somos deudores de V.E. en nuestra perpetua gratitud, por la heroicidad y ejemplo con que ha sabido restablecer la libertad de la patria, anonadada por tantos años. Abrigo la persuasión de que la inmensa gloria, esa gloria que a nadie pertenece hasta aquí, de dar una Constitución duradera a la República, está reservada a la estella feliz que guía los pasos de V.E. Con ese convencimiento, he consagrado muchas noches a la redacción del libro sobre las bases de la organización política para nuestro país, que tengo el honor  de someter al excelente buen sentido de V.E. En él, no hay nada mío, sino el trabajo de expresar débilmente lo que pertenece al buen sentido general de esta época y a la experiencia de nuestro país”.

Con estas palabras, le enviaba el original de su obra “Las Bases”, que tuvo fundamental influencia en el espíritu de los redactores de la Constitución de 1853. En 1853, el gobierno de URQUIZA lo nombró Ministro Plenipotenciario de la Confederación Argentina en París, Madrid, Estados Unidos y Londres, tarea que cumplió entre 1854 y 1861. La postura, netamente pacifista, el tono de sus escritos y actitudes, sumados al desagrado que habían producido su posición contraria a la guerra del Paraguay y su apoyo de la Federalización de Buenos Aires, le crearon enemigos que tomaron su revancha en 1862, cuando, BARTOLOMÉ MITRE, luego de asumir como Encargado del Poder Ejecutivo de la Nación, dispuso su separación del cuerpo diplomático. Permaneció entonces en Francia, donde asumió posteriormente la defensa de Paraguay con distintos escritos.

Al producirse la guerra entre este país y la Triple Alianza, deploró la recurrencia a las armas para dirimir las diferencias que enfrentaban a los países beligerantes y antes que el ex presidente de los Estados Unidos de Norte América, Woodrod Wilson, predicó análogos principios en su afamado libro “El crimen de la guerra”, valiente exposición de sus ideales pacifistas, obra cuyo simple título nos está revelando lo que pensaba sobre la guerra, como recurso para solucionar los conflictos internacionales. Según él, “el derecho de la guerra es el derecho de dañar al que nos daña para que cese de dañarnos. Derecho de matar nacido del derecho de vivir”, agregando a esos conceptos: “La guerra esclaviza y empobrece, despoblando la nación”.

Vuelto a su patria, en 1878, fue Diputado por Tucumán al Congreso Nacional y desde su banca, criticó duramente la política de la triple alianza que nos había llevado a la guerra con el Paraguay. Electo Senador por Tucumán en 1880, fue decidido partidario de la capitalización de Buenos Aires, contra la opinión de la provincia que representaba. En 1881 se trasladó nuevamente a Francia y se instaló en Neully-sur-Seine, cerca de París, hasta que el 19 de junio de 1884 falleció  “soltero y viejo— como él mismo decía, — siempre pobre y con la manía de escribir y estudiar para que otros aprendieran, mientras procuraba despertar interés y lograr apoyo para una Liga de Naciones hispanoamericanas que, en conjunción con algunos países europeos, pudiera arbitrar pacíficamente cuestiones de límites y otras disputas internacionales, que hicieran innecesario el recurso de la guerra.

Por gestiones realizadas por una Comisión que se constituyó en Buenos Aires bajo la presidencia del doctor A. REYNALDO O’CONNOR, el 27 de abril de 1889,  se decidió repatriar sus restos. Llegaron a Buenos Aires el 2 de junio de 1889 y tres días más tarde fueron inhumados en el Cementerio de La Recoleta, donde se le ha erigido un Mausoleo.

Pocos argentinos han sido tan discutidos como ALBERDI, tanto durante su actuación, como una vez desaparecido del escenario político. Aun después de muerto, despertó apasionadas polémicas. Pero aunque combatido en vida, la posteridad le ha hecho justicia, reconociendo en él al gran patriota, una de las más preclaras inteligencias de América, proclamándolo estadista y númen de los filósofos del derecho en la América del Sur

Por la originalidad de su vasta obra literaria, y la decisiva influencia que ésta ejerció en el desarrollo institucional de su país, Alberdi ocupa un destacadísimo puesto entre los pensadores argentinos de su tiempo. Siempre demostró su constante preocupación por la búsqueda de la unidad o la conciliación, no solamente en el texto de esta Constitución que procuraba salvar la brecha entre el centralismo y el federalismo, sino también en sus previas tentativas, realizadas en el mismo sentido, durante los primeros tiempos del gobierno de ROSAS.

En sus intentos por unificar a la población urbana y la rural en una sola cultura y civilización; en sus aspiraciones por introducir en la sociedad argentina lo mejor de las culturas europea y norteamericana (la base de su frecuentemente repetido “gobernar es poblar”, aforismo que está indiscutiblemente unido a su nombre de gran economista) y en su visión con respecto a la Federalización de Buenos Aires en 1880.

Escritor prolífico, su obra ha sido vastísima y sus trabajos publicados llenan veinticuatro volúmenes, incluyendo poemas, cuentos e incluso un manual para el aprendizaje del piano. Son algunas de sus obras, además de las incluídas en esta biografía: “Memoria descriptiva de Tucumán”, “El espíritu de la música”, “Las palabras de un ausente”, “El voto de América”, “Memorias sobre las ventajas de un congreso americano”, “Defensa ante los tribunales de Chile”,” Peregrinación a la luz del día”, “Tratado sobre ejecuciones y quiebras en Chile”, “La magistratura y sus atribuciones en Chile”, “Las dos guerras del Plata”, “La República Argentina consolidada en 1880 con la ciudad de Buenos Aires por capital”, “La omnipotencia del Estado es la negación de la libertad individual”, “De la integridad nacional de la República Argentina bajo todos los sistemas de gobierno”, “Crónica dramática de la revolución de 1810”. Después de su muerte, el gobierno de la Nación hizo editar, entre otras, las siguientes obras inéditas: “Estudios económicos”, “Derecho internacional”, “Del gobierno: sus formas, fines y medios en Sud América”, “Ensayos sobre la sociedad, hombres y cosas en Sud América”, y “Apuntes biográficos”.

Pero su fama reside fundamentalmente en sus ensayos políticos y jurídicos que, en muchos casos, proveyeron soluciones aptas para los urgentes problemas argentinos de ese momento y sirvieron para estimular el pensamiento de los intelectuales de su generación y de las siguientes. Entre muchos trabajos de mérito se destacan “La anarquía y sus dos causas principales”, “La magistratura y sus atribuciones”, “Elementos de Derecho Público provincial para la República Argentina” una crónica dramática de la Revolución de Mayo, infinidad de folletos políticos circunstanciales, artículos de costumbres (que firmaba con el seudónimo de “Figarillo”, discursos y estudios.

Su obra fundamental, cuya primera versión se publicó apresuradamente en 1852, para que sirviera como guía para la Constitución de 1853, fue, como hemos ya dicho, “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina”, designada simplemente con el nombre de “Bases”, y que basta por sí sola para darle gloria imperecedera. Es una especie de catecismo político, institucional cuyos principios no deberían ser olvidados jamás. Una obra cumbre por el invalorable aporte liminar que se le atribuye para la formulación de los principios fundacionales que se movilizaron a partir de la caída de Rosas y que en 1853, sirvió de inspiración y de guía, a los diputados constituyentes reunidos en Santa Fe para organizar definitivamente a la Nación Argentina.

ALBERDI fue sin duda, un hombre cuya obra cultural será difícil de superar. Su inspiración patriótica se puso de relieve al visitar la casa del general MANUEL BELGRANO, el campo de honor y la ciudadela de Tucumán. Allí, frente al histórico lugar de la batalla del 24 de septiembre, exclamó: “¡Oh! Augustas sombras de los mártires de la libertad; ilustres viejos de la Resolución de Mayo, no dudéis que vuestros altas designios serán coronados un día por la más bella juventud del mundo, cuyo celo reposa en los brazos de la filosofía y de la libertad”. Como sociólogo y filósofo, es de mérito indiscutible la labor que llevó a cabo. Fue el gran predicador americano del trabajo y de la democracia y su afamado libro “El crimen de la guerra”, es el legado que dejó como alerta para gobernantes y líderes mesiánicos, que deberían nutrirse en él, para no traer el caos a nuestro mundo.

El Diario “La Nación”, en su edición  del 21 de junio do 1884, al dar cuenta del deceso de Alberdi, dijo: “Ha muerto en París a la edad de 74 años, el doctor Alberdi, que por espacio de cerca de medio siglo ha llenado con sus escritos y con su nombre la prensa del Río de la Plata, proyectándose sobre él las luces y las sombras que acompañan a todo hombre de pensamiento mezclado a la acción contemporánea, para quien la pluma es un instrumento de propaganda y de lucha, que sirve a la vez a la pasión y a la idea. Aunque a los muertos sólo se deba la verdad, no es el momento de llamar a severo juicio para pronunciar la sentencia definitiva a su respecto, aquel en que un hombre muere lejos de la patria, ajeno a su vida activa, en la soledad y la tristeza, envuelto por las sombras del alma, y tal es el caso del doctor Alberdi, cuya inteligencia se había apagado, perdiendo hasta la noción de su propio ser antes de morir.

El doctor Alberdi fue una de las más lozanas inteligencias de la generación a la que perteneció, y desde muy temprano empezó a hacerse conocer por sus cualidades de escritor. Fue uno de los que en la prensa combatió contra la tiranía de Rosas, en Montevideo y en Chile. Concurrió en la medida de sus facultades y desde lejos, a la organización constitucional de la República Argentina después de Caseros, y aun cuando la parte que le cupo en esta obra se haya exagerado por demás, no puede negársele la eficiente influencia que ejerció en tal sentido, dando una fórmula que bien que incompleta, quedará unida a su nombre como publicista. La herencia literaria que deja el doctor Alberdi es más rica en cantidad que en calidad, pero aun cuando muchas de sus páginas ligeras serán llevadas por el viento del olvido, alguna le sobrevivirán, porque llevan el sello de la originalidad, unido al penetrante espíritu de análisis de un pensador que realza su ingenio verdaderamente chispeante, aun en medio de sus grandes incorrecciones y deficiencias, porque era un improvisador tan fecundo como espontáneo. Echemos en estos momentos un velo fúnebre sobre los períodos de la vida que se ha extinguido, cuando en nombre de la política se excitaban los odios entre pueblos hermanos, cuando en aras de esos odios se sacrificaban principios de conservación nacional, y cuando el sentimiento nacional amortiguado ante una lucha a muerte para la vida argentina,  se encendía en honor del enemigo extraño.”

Este último párrafo alude a su malquerencia a Buenos Aires y a sus hombres, y a su desgraciada actuación como representante del Paraguay en Europa, cuando nuestro país se hallaba en plena guerra contra una tiranía espantosa. Cabe finalizar aquí esta biografía, dejando constancia del pensamiento profundo de ALBERDI cuando decía: “Que un triple cordón sanitario sea levantado entre nuestras generaciones, al través de los rencores que han dividido los tiempos que nos han visto crecer. Es menester llevar la paz a la Historia, para radicarla en el presente, que es hijo del pasado y en el porvenir, que es hijo del presente. Facción “morenista”, facción “saavedrista”, facción “rivadavista”, facción “rosista”, son para nosotros voces sin inteligencia; no conocemos partidos personales. No nos adherimos a los hombres, somos secuaces de principios.  No conocemos hombre malo  al frente de los principios del progreso y la libertad. Para nosotros, la Revolución es una e indivisible. Todos los argentinos son uno en nuestro corazón, sean cuales fueren su nacimiento, su color, su condición, su escarapela, su edad, su profesión, su clase. Nosotros no conocemos más que una sola facción, la Patria; más que un solo color, el de Mayo; más que una sola época, los treinta años de la Revolución Republicana. Desde la altura de estos supremos datos, nosotros no sabemos qué son unitarios y federales, colorados y celestes, plebeyos y decentes, viejos y jóvenes, porteños y provincianos: Divisiones mezquinas, que vemos desaparecer como el humo durante las tres grandes unidades: la  del pueblo, de la bandera y de la historia de los argentinos”.

Algunos pensamientos de Alberdi.
“La libertad es la obediencia de sí mismo. La guerra es escollo, no manantial de la libertad interior. La primera condición de la libertad es la paz. Adular, lisonjear, disimular, encubrir los vicios y defectos del pueblo de Sud América, por vía de especulación, es un modo de practicar el patriotismo americano como practica la caridad el que vende aguardiente a los indios salvajes, el que vende opio a los chinos para que se embriaguen por vía de gozo. Donde el laurel es mejor cultivado que el trigo; donde despoblar por el cañón es más glorioso que poblar por el trabajo y el ahorro prosaicos, la pobreza tiene carta de ciudadanía y soberanía permanente. La barbarie y la instrucción se reúnen y combinan en un hombre o en un país, cuando la educación falta. Corno se cortan los ladrillos en cuadrados para formar un edificio, así debe ser cortado o hecho el hombre moral para formar el estado social. La altivez es la máscara del servilismo. Ejemplo de ello: los lacayos. Nuestros pueblos abundan en hombres de bien con educación de esclavos. El hombre que pide la República Argentina es el fundador del poder, es el creador del gobierno general (Véase Jorge Mayer, “Alberdi y su tiempo”, Buenos Aires, 1961.

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