LA CONQUISTA DEL DESIERTO. VERDADES Y MENTIRAS

Desde el siglo XVI, los aborígenes que habitaban en los territorios del sur de Buenos Aires, en la Patagonia argentina y los pobladores españoles o criollos que empezaban a compartirlos, dependían tanto para su subsistencia como para el comercio, de las grandes manadas de ganado cimarrón que las poblaban y hubo paz entre ellos, hasta que el aumento de esas poblaciones y la posterior llegada de los “mapuches” o araucanos (como los llamaban los españoles) desde Chile a partir del siglo XVII (1), se inició una despiadada competencia por la posesión de la cada vez menor cantidad de ganado vacuno y caballar.

Fue entonces lógico que llegaran los enfrentamientos. Mientras los españoles atacaban las tolderías de los aborígenes, éstos lanzaban malones contra los establecimientos rurales y los poblados que ya comenzaban a alzarse en esos territorios, pero esta situación, nunca llegó a inquietar demasiado a las autoridades. Las fuerzas y los medios con los que contaba, resultaban más que suficientes para contener la belicosidad de grupos dispersos y mal armados de nativos, una actividad, que no dejaba de ser un simple acto de codicia y rapiñería.

Entre las diversas tribus que se desplazaban por la frontera de la provincia de Buenos Aires en la primera mitad del siglo XIX existían, desde hacía largo tiempo, permanentes enfrentamientos y guerras entre ellas. Uno de los grupos más diferenciados eran los ranqueles, provenientes de las cuencas de los ríos Colorado y Neuquén y que, desde finales de los años 1700, se establecieron al sur de las actuales provincias de San Luis, Córdoba y Santa Fe y al noroeste de la de Buenos Aires. Mientras tanto, varios ganaderos ocuparon territorios al sur de la frontera, en territorios hasta entonces vacantes, una especie de “franja de seguridad” que evitaba choques entre blancos e indígenas. Varias comunidades nativas tenían alianzas entre sí, y algunos forjaron alianzas permanentes con los blancos. A estos aborígenes se los denominaba “indios amigos”, muchos de los cuales llegaron incluso a trabajar en los fortines y como peones en las estancias.

Hasta 1819 existía en la región, un aceptable, aunque precario estado de equilibrio y casi no hubo grandes malones, pero ese año, aunque todavía la extrema violencia no se había generalizado, hubo algunos ataques algo más violentos y entonces si, las autoridades comenzaron a preocuparse.

Se hallaban ante un escenario que impedía el poblamiento y el desarrollo de un inmenso territorio, que no podía considerarse como parte integrante de un país soberano, por la resistencia que oponían a ello, las tribus que defendían el derecho que tenían sobre las tierras heredadas de sus antepasados; se resistían al avance de la civilización, a la pérdida de sus costumbres y lo que no era menos importante, a la pérdida de su derecho a la caza y a la posesión de las inmensas manadas de ganado vacuno y caballar que garantizaban su sustento.

Fue entonces cuando hizo irrupción la mal llamada “Conquista del Desierto” (ver, una serie de operaciones militares llevadas a cabo en la Patagonia Argentina que se desarrolló en cinco etapas y que fueron ordenadas en las cinco oportunidades, por quienes en esos momentos, detentaban la máxima autoridad de los territorios involucrados.

Se inició en 1820, durante el gobierno del coronel MARTÍN RODRÍGUEZ, cuando comenzó lo que se conoce como la etapa ofensiva de “La Campaña al Desierto, alzándose frente los aborígenes, la figura siniestra del hombre blanco que venía a despojarlo de sus tierras.

Al español de la conquista le había sucedido el “gaucho” y los criollos y ambos, comenzaron a disfrutar libremente los bienes y riquezas que le ofrecían estas ubérrimas tierras. Pronto vieron en ellas la posibilidad de labrarse un porvenir y entonces quisieron poseerla, porque se le dijo que era suya, que esta era su patria y que era su derecho afincarse en ella, laborarla y extraer de ella su sustento y el de su familia.

Y así lo hizo en un comienzo, sin pensar que detrás de ese horizonte que veía prometedor, estaban quienes habían nacido en ella. quienes por siglos y siglos la habían recorrido libres y felices con sus hijos, sus costumbres, sus esperanzas y sus miedos y fue entonces que en esta tierra hubo dos dueños. Mejor dicho, dos mundos que se consideraron dueños absolutos de un bien y como esto no era así, vino lo que vino.

Infinitas crueldades de ambos bandos. Incomprensión, traiciones, engaños, violencia, dolor, mucho dolor y un final que no mereció nadie, porque unos fueron borrados de la tierra y otros, quedaron triunfantes sobre ella, pero a qué precio señor !!!. Aún hoy, pasados ya muchos años, la historia argentina aún está manchada con la sangre de quienes murieron en ella por defender “sus derechos” y aún se piensa que podría haber habido otra solución, para dirimir esas diferencias de opinión.

Entre 1820 y 1824, el Coronel MARTÍN RODRÍGUEZ, primero como Comandante General de Frontera y a partir de setiembre de 1820 como Gobernador de la provincia de Buenos Ares, encabezó tres expediciones fundamentales contra las poblaciones indígenas de la frontera sur.

Estimado lector. Si llegó hasta acá en la lectura de este texto, se habrá dado cuenta de que este artículo, quizás sea demasiado extenso y difícil de aceptar lo que aquí diremos, pero comprenda que no podemos ser muy breves, si queremos exponer un punto de vista que será sin duda en un futuro no muy lejano, motivo de serias controversias, como lo fueron muchos episodios de nuestra Historia que necesitaron que pasara el tiempo para ser aceptados como una realidad. Esto es lo que honesta y racionalmente creemos, el tiempo dirá si estamos equivocados o no.

Las campañas del coronel Martín Rodríguez (15/12/1820-00/12/1824)
Decidido a que las cosas no pasaran a mayores y que hubiera paz con los aborígenes, el 7 de marzo de 1820 suscribió con el estanciero FRANCISCO HERMÓGENES RAMOS MEJÍA que había sido designado por un numeroso grupo de “indios amigos” para que los representara en ese acto, una Convención entre la Provincia de Buenos Aires y varios de los caciques de la frontera del sur, que fue llamada “Tratado de Miraflores” y representó el primer intento de convivencia pacífica (2).

Por este Tratado, se ratificaba la paz en el territorio y se declaraba como línea divisoria definitiva la alcanzada por los hacendados de las estancias al sur del río Salado. Los indígenas debían devolver el ganado robado y recibirían trabajo en las estancias.

Pero sorpresivamente y sin nada que justificara esta acción, el 27 de setiembre de 1820, el renegado y exdirector Supremo de Chile MIGUEL CARRERA, aliado con los caciques YANQUETRUZ y PABLO LEVNOPAN, al frente de 2.000 aborígenes y más de 500 desertores (3) y prófugos de la justicia, lanza un malón sobre la ciudad de Lobos en el que murieron 100 de sus habitantes y el 3 de diciembre, asaltan el pueblo de Salto y luego de asesinar a toda su guarnición, lo saquean y los destruyen completamente, pasando a degüello a todos los hombres y llevando como cautivas a 250 mujeres y niños.

Primera campaña
Ante la indignación pública que estos sucesos provocaron, el coronel MARTÍN RODRÍGUEZ, quien había asumido como gobernador en septiembre de 1820, decidió salir a escarmentarlos. El 15 de diciembre de ese año, partió de Buenos Aires al mando de dos columnas compuestas por unos 1.600 soldados y como ignoraba qué fracciones habían producido el ataque, se dirigió hacia el sudoeste, hacia la “Laguna de los Huesos” (Kakel Huincul), para incorporar allí a las fuerzas del Fortín San Martín (o Fortín Kakel Huincul).

En la columna que mandaba el coronel RAFAEL HORTIGUERA, dividida en tres divisiones, JUAN MANUEL DE ROSAS comandaba un regimiento de milicias, mientras que las otras dos divisiones estaban al mando de GREGORIO ARÁOZ DE LAMADRID y de MANUEL CORREA.

El Coronel RODRÍGUEZ tras una infructuosa entrada hacia la sierra de Tandil, al no hallar a CARRERA, violando el “Pacto de Miraflores”, el 16 de enero de 1821 atacó a las tribus de ANCAFILÚ en el arroyo Chapaleofú, donde precisamente, tenían sus tolderías varias parcialidades que nada habían tenido que ver con los hechos que intentaba castigar. La mayoría de los indígenas lograron escapar y sólo pudo apresar a algunos.

Tras este enfrentamiento, las fuerzas retornaron a la ciudad de Buenos Aires sin haber logrado hallar a CARRERA ni a sus secuaces. RODRÍGUEZ, decidido a no dejar sin castigo a los responsables de los ataques a Lobos y Salto, al regresar al Fortín, envió al comandante del mismo, el Capitán RAMÓN LARA, a la estancia de RAMOS MEJÍA a arrestar a todos los indígenas que allí se encontraran para trasladarlos a Buenos Aires. Acusó de organizar los malones a los indígenas de la estancia y a las tribus de ANCAFILÚ, PICHIMAN, ANTONIO GRANDE y JUAN LANDAO y cuando RAMOS MEJÍA llegó para quejarse, también fue arrestado y luego se hizo una matanza de unos 80 peones indígenas prisioneros que se habían entregado.

Este ataque injustificado, provocó que las tribus que se habían mantenido hasta ese entonces en paz por voluntad y en respeto de lo establecido en el “Pacto de Miraflores”, se alzaran también contra las poblaciones de la frontera y se desató una oleada de malones sangrientos en represalia, dando inicio formal a la que fue la “Primera Campaña al Desierto”. Se relanzaron las acciones ofensivas y la violencia siguió tiñendo de sangre las tierras de la Pampa sin que pudieran obtenerse resultados permanentes que trajeran la paz a la región,

Segunda campaña
El 6 de marzo de 1823, el Coronel RODRÍGUEZ emprendió una nueva expedición al mando de una fuerza compuesta por más de 2.500 hombres y artillería. El propósito era adentrarse más en el territorio, establecer una línea de fortines y relevar el terreno para la ganadería.

El 4 de abril de 1823, fundó el Fuerte “Independencia” (lo que dio origen a la actual ciudad de Tandil), como un punto clave para fijar la nueva frontera y en mayo de ese año, mientras marchaba hacia el sur buscando sumar a sus filas a un grupo de 800 indígenas «aucas», éstos se ofrecieron a actuar como guías para señalar aguadas y pastizales y el 8 de ese mes, al llegar a la laguna nombrada “El Chifle” por los aborígenes, conocida luego como “La Perfidia” (o “La Perfidita”), el cacique ANCAFILÚ pidió parlamentar. Se acordó una reunión en ese lugar que habían alcanzado las tropas de la provincia y allí, en venganza, ANCAFILÚ asesinó a todos los enviados de RODRÍGUEZ. Entre las víctimas estaban el Teniente Coronel BULESKI, el Mayor MILLER, y a los capitanes FERRER, MONTES y BOSCH. A causa de las desafortunadas acciones de RODRÍGUEZ, ROSAS renunció a su empleo, lo que fue aceptado en abril y regresó a su estancia de Los Cerrillos, mientras RODRÍGUEZ retornaba a Kakel Huincul.

Aunque después, el ejército repelió la agresión, sufrió bajas críticas que minaron su capacidad operativa y RODRÍGUEZ se vio obligado a suspender la expedición y retroceder a la “Guardia del Monte” hasta que llegado el mes de diciembre de 1823, luego de una serie de expediciones que no lograron dominar definitivamente los ataques de los aborígenes y debido a dificultades logísticas, discrepancias entre los mandos, negociaciones de paz frustradas y rebeliones internas, el coronel RODRÍGUEZ se vio obligado a suspender esa fase de hostilidades directas, optando por replegar la línea de fortines y firmar tratados de paz provisorios (como el de la Laguna de los Padres) para contener la frontera.

Tercera Campaña
En su tercera incursión, las fuerzas del Coronel RODRÍGUEZ lograron penetrar hasta la región donde hoy se asienta la ciudad de Bahía Blanca, pero, aunque las expediciones permitieron ganar reconocimiento territorial, el control no fue permanente. La tensión escaló a tal punto que, a fines de 1824, el gobierno provincial debió prohibir todo tipo de comercio con los indígenas que no adhirieran a acuerdos de paz y sus tropas regresaron a sus cuarteles.

El 14 de diciembre de 1830, JUAN MANUEL DE ROSAS, siendo ahora un estanciero consolidado en Los Cerrillos, selló una alianza crucial con el pueblo originario borogano y otros líderes ranqueles en el actual Valle Argentino, en la actual provincia de La Pampa. El pacto garantizó la paz en la frontera y el apoyo indígena a cambio de la entrega regular de suministros, ganado y vacunas. Esta política, conocida como el “negocio pacífico con los indios”, se basó en el respeto de los caciques leales y el uso de «indios amigos» para frenar los malones, una nueva estrategia que supo utilizar para proteger sus tierras y la frontera: la paz con los caciques, frenaba los malones que destruían el ganado y las estancias de la región. Pero por esos años, llegó a la Patagonia el cacique mapuche (araucano) CALFUCURÁ y su presencia, pronto se hará sentir.

Campaña de Juan Manuel de Rosas (06/03/1833-28/01/1834)
Presionado por los estancieros bonaerenses que sufrían constantes asaltos a sus establecimientos y robos de ganado, en 1833, el ahora gobernador de Buenos Aires, general JUAN RAMÓN BALCARCE, con el objetivo de asegurar la frontera sur de la provincia, sometiendo a las tribus indígenas rebeldes para detener los continuos malones y expandir el territorio para desarrollar una productiva actividad agrícola y ganadera como demandaban los estancieros, dispuso que JUAN MANUEL DE ROSAS emprendiera una nueva campaña militar al desierto y que la misma fuera financiada por los mismos terratenientes cuyas tierras estaban amenazada por los aborígenes.

Antes de que partiera la primera columna hacia el desierto, una nota del Ministerio de Guerra le comunicó que como no se habían podido establecer los acuerdos necesarios, el gobierno no podía proveerlo de vestuarios, municiones, pertrechos, caballos ni ganados, por lo que ROSAS decidió realizar la campaña a su costa y la de sus amigos.

Aunque el peso mayoritario recayó sobre el ejército porteño, contó inicialmente con la colaboración coordinada de Córdoba, San Luis, San Juan y Mendoza y la expedición incluyó a un equipo de agrimensores y meteorólogos para confeccionar mapas y diarios de marcha. Incluso, el célebre naturalista CHARLES DARWIN llegó a encontrarse con Rosas a orillas del río Colorado durante este período

Los primeros efectivos de su fuerza, que estaban al mando del general RUÍZ HUIDOBRO se internaron en el desierto el 6 de marzo de 1833. Decidido a liberar a los pobladores hispanocriollos que habían sido tomados prisioneros en las fronteras y a hacer efectiva la presencia del Estado provincial sobre la pampa y el norte de la Patagonia, ROSAS había optado por emplear una estrategia que combinaba una dura represión militar contra los grupos hostiles, con una política de negociación pacífica y pactos con las tribus aliadas.

Y hasta el 28 de enero de 1834 que comenzó el regreso, pudo lograr los objetivos que se propusiera: dominar a los indígenas y llevar la frontera sur hasta las márgenes del río Colorado. En casi 11 meses de campaña, combatió duramente a caciques rebeldes como YANQUETRUZ pero selló fuertes alianzas con sectores clave, como los indios pampas y posteriormente, con la poderosa Confederación liderada por JUAN MANUEL CALFUCURÁ.

Según los informes oficiales presentados al gobierno bonaerense, la campaña dejó un saldo de unos 3.200 indígenas muertos y 1.200 prisioneros, además de haber logrado el rescate de aproximadamente 1.000 cautivos entre hombres y mujeres. Se incorporaron de manera nominal unas 2.900 leguas cuadradas de territorio y las líneas militares avanzaron hasta los ríos Colorado y Negro.

El sistema de acuerdos empleado por ROSAS, el “negocio pacífico con los indios” funcionó con éxito. Mediante la entrega regular de provisiones, ropa, vacunas contra la viruela y alcohol, a partir de entonces la provincia de Buenos Aires no sufrió grandes malones hasta que derrotado Rosas en 1852, quienes le sucedieron los dejaron caer.

Campaña de Bartolomé Mitre (00/03/1855-31/05/1855)
Pero la paz duró poco. El afianzamiento de CALFUCURÁ como líder absoluto en la pampa y la “araucanización” de la Patagonia, hicieron que los ataques a estancias y poblados recrudecieran con más violencia y en marzo de 1855, el gobernador de la provincia de Buenos Aires PASTOR OBLIGADO, dispone que BARTOLOME MITRE marche al desierto para “acometer y destruir en sus propias tolderías a los indígenas del sur”, pero su campaña, la tercera que se llevaba a cabo, fue un fracaso y terminó de la peor manera luego de sufrir una contundente derrota militar que le infligieron los aborígenes en la Batalla de Sierra Chica (ver Campaña al Desierto de Bartolomé Mitre)

Campaña de Adolfo Alsina (26/07/1875-15/02/1879)
En 1875 es el presidente NICOLÁS AVELLANEDA (1874-1880), quien esta vez considera de urgente necesidad, poner fin a la violencia desatada por los aborígenes que resistían fieramente la pérdida de sus tierras, del acceso a la inmensa riqueza que prometía el ganado que la poblaba y que no aceptaban, como era lógico, la ocupación de sus hábitats ancestrales. Dispone entonces que su ministro de guerra, ADOLFO ALSINA le presente un plan para poner en marcha la que fue la cuarta “Campaña al Desierto”.

Y el doctor ALSINA, que no era militar, ni estratega y ni en su vida había tenido algo que ver con el ámbito castrense, ideó un plan que incluía el tendido de líneas telegráficas y levantar poblados y fortines allí, donde se hubiera podido dominar a los aborígenes. Se pone al frente de las operaciones y durante cuatro años debe sostener repetidos enfrentamientos armados con los nativos impulsados a la violencia por los araucanos, hace construir la llamada “zanja de Alsina”, un ancho zanjón de 2 metros de profundidad y algo menos de 400 kilómetros de extensión (se había proyectado que tuviera 600 km.) con el objeto de dificultar el traslado de los grandes arreos de ganado que eran robados para ser enviados a Chile y logra rescatar numerosos fortines y localidades tomadas por asalto por la indiada (Puan, Carhué, Guaminí y otros puntos de reconocida importancia estratégica). Pero ALSINA muere el 29 de diciembre de 1877, antes de terminar su obra y es reemplazado en el cargo de Ministro de Guerra por el General JULIO ARGENTINO ROCA.

Con la invasión de las tribus de mapuches que cruzando la Cordillera de los Andes los habían “araucanizado”, la violencia en esos territorios adquirió carácter de catástrofe y fue entonces, cuando el presidente AVELLANEDA le encargó a su nuevo ministro que, continuando con la tarea emprendida por su antecesor ALSINA, prepare un Plan que permita obtener mejores resultados que los logrados hasta ese momento para afianzar definitivamente la soberanía nacional sobre los territorios del sur y habilitarlos para su colonización y desarrollo.

Campaña del General Julio Argentino Roca (16/04/1879 -01/01/1885)
Aunque la política desarrollada por ALSINA había permitido ganar unos 56 mil kilómetros cuadrados, extender la red telegráfica, la fundación de cinco pueblos y la apertura de caminos, ROCA se manifiesta en desacuerdo con la estrategia empleada por su antecesor. Estaba convencido que la gran mayoría de quienes se oponían a la presencia del blanco en la región, no eran sus pobladores originarios, sino que eran tribus naturales de Chile (araucanos), que luego de exterminar a los verdaderos originarios, se habían apoderado de estas tierras, que encontraban más promisorias que las suyas y aconseja lanzar primero una ofensiva general para pacificar la región, porque “…la única solución contra la amenaza de los indígenas es subyugarlos, expulsarlos del país, o asimilarlos, porque la política de contención en las fronteras no ha dado resultados satisfactorios”.

Pero ROCA ve más allá. Como lo percibiera DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO en 1870 (4), el peligro real que se cernía sobre estos territorios, no eran los aborígenes. Era el perder nuestros derechos soberanos sobre ellos, porque vistos los permanente reclamos y acciones hostiles que realizaba Chile, eran evidentes las pretensiones de soberanía sobre esta región que alentaba nuestro vecino que soñaba con plantar allí su bandera.

Considera entonces que ahora, es tan urgente la pacificación de la frontera, como lo es la necesidad de lograr la consolidación definitiva de la República Argentina como Estado Nacional, estableciendo una clara delimitación de sus fronteras, específicamente la del sur de la provincia de Buenos Aires ….. “porque la hostilidad de los pueblos originarios y las pretensiones de soberanía sobre esas regiones que Chile alentaba permanentemente, ponían en grave riesgo nuestros derechos soberanos en esa región”.

ROCA finaliza su informe recomendando realizar una gran expedición que cubra la totalidad del territorio hasta el río Negro, “como un palo de amasar abarca toda la masa”, para pacificar la región y establecer rápidamente poblaciones estables en las tierras redimidas, única forma de que nuestros derechos soberanos sobre las mismas, estarán garantizados”.

El plan de Roca se realizaría en dos etapas: una ofensiva general sobre el territorio comprendido entre el Sur de la Provincia de Buenos Aires y el Río Negro y una marcha coordinada de varias divisiones para confluir en las cercanías de la actual ciudad de Bariloche. En julio de 1878, con el objeto de realizar una campaña previa de desgaste, algunas fuerzas de ROCA entran al desierto y realiza sostienen fugaces encuentros con los aborígenes.

El 14 de agosto de 1878, el presidente AVELLANEDA envió al Congreso un proyecto para poner en ejecución la Ley del 23 de agosto de 1867 que ordenaba la ocupación del Río Negro, como frontera de la República sobre los indios pampas (6). El Congreso sancionó en octubre una nueva ley autorizando una inversión de 1.600.000 pesos para sufragar los gastos de la conquista.

Con la financiación aprobada, Roca estuvo en condiciones de preparar sus fuerzas para lanzar la ofensiva final. El grueso de las fuerzas expedicionarias partió el 16 de abril de 1879. Los seis mil soldados fueron distribuidos en cuatro divisiones que partieron de distintos puntos para rastrillar la pampa. Dos de las columnas estarían bajo las órdenes del propio ROCA y del coronel NAPOLEÓN URIBURU, que atacarían desde la cordillera para converger en Choele Choel. Las columnas centrales, al mando de los coroneles NICOLÁS LEVALLE y EDUARDO RACEDO, entrarían por la pampa central y ocuparían la zona de Trarú Lauquen y Poitahue.

Todo salió según el plan con el acompañamiento de la armada que con el buque “El Triunfo”, a las órdenes de MARTÍN GUERRICO, navegó por el Río Negro y a su bordo, el 25 de mayo de 1879 se preparó el último tramo de la conquista.

ROCA inicia formalmente su Campaña el 16 de abril de 1879 y para tener éxito enfrentándose a los pueblos de las Pampas y silenciar las objeciones que los partidarios de la política defensiva de ADOLFO ALSINA le hacían, comprende que debía contar con el apoyo del lonco SAYHUEQUE: “Es necesario darse cuenta de la importancia del cacique SAYHUEQUE y de las consideraciones que le debemos por su nobleza y por la constante protección que ha prestado a la causa de la civilización y de los intereses argentinos”, decía.

 “Él domina a los tehuelche y si estuviera aliado a nosotros en el Río Negro, aquellos lo estarían con más razón. Lo cortés no quita lo valiente, dice el adagio, y ésa es la fórmula que encierra todo el plan sobre los manzaneros y tehuelches. Debemos sacar partido de su índole, para aliarlo a nuestro ejército”, concluía diciendo ROCA en su informe de campaña.

También ESTANISLAO ZEBALLOS, un estudioso de la Pampa y la Patagonia, aconsejaba ganarse la amistad y la confianza de Sayhueque, pero a la vez consideraba que se debía ser implacable con los pampas, puelches, ranqueles y salineros. Siendo uno de los más decididos impulsores de la campaña del desierto, decía que «La barbarie está maldita y no quedarán en La Pampa, ni los vestigios de sus huesos» (5).

Y fue lamentable, que a pesar de esta favorable predisposición, la figura del cacique mapuche adquiriera relevancia y se erigiera como el más peligroso adversario del “blanco invasor”, durante la campaña comandada por ROCA.

En 1879, recién iniciada esta etapa de las campañas al desierto, se produjeron una serie de confusos episodios que derivaron en una violenta alteración de la situación imperante. En abril de ese año, al observar la presencia de un inesperado número de partidas de exploración en los territorios que controlaba, SAYHUEQUE reunió a sus caciques en un “parlamento” y al término del mismo preparó a su gente y como nunca recibió una convocatoria para dialogar y aclarar la situación, se dirigió al coronel NAPOLEÓN URIBURU (7), que se desempeñaba como jefe de la IV División del Ejército Argentino, instándolo a mantener la paz.

El coronel URIBURU, no contestó su pedido y contra lo esperado, a pesar que todavía había Tratados de Paz vigentes, tal vez ofuscado y sin órdenes expresas de hacerlo, se extralimitó en el cumplimiento de sus órdenes e inició las hostilidades, atacando a los aborígenes.

En mayo de 1879, cruzó el río Neuquén—que actuaba como límite jurisdiccional— y atacó los territorios del norte de la provincia de Neuquén. Avanzó sobre las tierras ocupadas por las tribus del cacique pehuenche PURRÁN e incursionó en la zona del “País de las Manzanas”, dominio del cacique SAYHUEQUE y entonces, el conflicto no tuvo marcha atrás.

Sorprendido por esta inesperada agresión, SAYHUEQUE y su Gobernación Indígena del “País de las manzanas” (8) pasaron a ser referentes de la resistencia a la pérdida de la soberanía indígena. Aborígenes y fuerzas armadas de Buenos Aires volvieron a enfrentarse en combate y se batieron en “Auca Mahuida” y en el río Agrio, pero en tan amplio territorio, se libra una guerra de guerrillas y la gente de SAYHUEQUE golpea al ejército en sus puntos débiles, sin que se produzcan grandes enfrentamientos.

El 11 de junio las tropas de ROCA llegaron a la confluencia de los ríos Limay y Neuquén. Pocos días después, ROCA debió regresar a Buenos Aires para garantizar el abastecimiento de sus tropas y para estar presente en el lanzamiento de su candidatura a presidente de la República por el Partido Autonomista Nacional. Lo reemplazaron en el mando los generales CONRADO VILLEGAS y LORENZO VINTTER

Y aquí comienza otra historia. Para el coronel VILLEGAS, el cacique SAYHUEQUE no era “amigo” (9). En 1881 lanzó la “Campaña al Nahuel Huapi”, con el objetivo de batirlo. Estimando que en ese momento tenía a sus órdenes 1.000 lanceros, movilizó a 1700 hombres en tres brigadas: La primera Brigada bajo el mando del Teniente Coronel RUFINO ORTEGA realizó una breve campaña en la que enfrentó a TACUMÁN, hijo de SAYHUEQUE y llegó al “Nahuel Huapi” el 3 de abril, dejando a su paso 23 indígenas muertos.

La segunda Brigada a cargo del coronel LORENZO VINTTER, sorprendió cerca del río “Collón Curá” al cacique MOLFINQUEO tomando 48 prisioneros y en la búsqueda de SAYHUEQUE dejó 17 indígenas muertos.

La tercera Brigada al mando del coronel LIBORIO BERNAL, en su camino hacia el “Nahuel Huapi”, capturó a 140 indígenas y abatió a 45. Sin embargo, los principales caciques seguían libres, «Prefieren morir peleando que vivir esclavos» decían sorprendidos sus perseguidores.

En 1882 realizaron los últimos ataques. La campaña de VILLEGAS había expandido la frontera a todo el Neuquén, territorio defendido a partir de ese momento, por quince nuevos fortines y fuertes: 364 indígenas más habían sido muertos y más de 1700 fueron hechos prisioneros.

Durante esta campaña que duró seis años, sólo se libraron seis combates en ninguno de los cuales participó ROCA que ya se había retirado a Buenos Aires para lanzar su candidatura a la presidencia de la Nación (Combate de Choique Mahuida (26 de junio de 1879), Combate de Las Barrancas (28 de junio de 1879); Ataque al Fortín Primera División (16 de enero de 1882); Primer Combate de Pulmarí (1882); Segundo Combate de Pulmarí (6 de febrero de 1883); Combate de Genoa (fines de 1883/1884).

El resto del tiempo fueron años de persecución y de guerra de guerrillas hasta la rendición del cacique SAYHUEQUE (1º de enero de 1885), que marcó el fin de las Campañas al Desierto. Se había logrado la ocupación formal del territorio argentino, trasladando la frontera interior del sur, desde el Río Salado hasta el Río Negro (ver Roca y el mito del genocidio) y el 5 de mayo de 1883 el general VILLEGAS informaba: “En el territorio comprendido entre los ríos Neuquén, Limay, Cordillera de los Andes y Lago Nahuel Huapi, no ha quedado un solo indio, todos han sido arrojados a occidente.(…) Al sur del río Limay, queda del salvaje los restos de la tribu del Cacique SAYHUEQUE, huyendo, pobre, miserable y sin prestigio”.

Pero no era así. En noviembre el gobernador de la Patagonia, general LORENZO VINTTER, dispuso el ataque final contra los caciques SAYHUEQUE e INACAYAL. El Teniente Coronel LINO ORTIS DE ROA partió de Valcheta con tres columnas ligeras, buscando a SAYHUEQUE por Tromeniyeu, Maquinchao y Yalalabat, pero el cacique se había esfumado. Para entonces MANUEL NAMUNCURÁ, hijo del cacique NAMUNCURÁ, extenuado, se había rendido con 330 de sus hombres. Los caciques, reunidos en un gran parlamento, intentaron organizar una defensa desesperada. Provistos de armas de fuego fueron al combate con el compromiso de pelear hasta morir. Varios caciques se vieron obligados a rendirse. Pero SAYHUEQUE e INACAYAL estaban dispuesto a batallar hasta el fin.

En la Memoria del Departamento de Guerra y Marina se afirmó que “Los caciques, acordaron una enérgica resistencia. Que en Schuniqueparia había tenido lugar un gran parlamento, al que concurrieron Inacayal, Foyel, Chagallo, Salvutia, Rayel, Nahuel, Pichi Curuhuinca, Cumilao, Huichaimilla, Huenchunecul, Huicaleo y otros caciques en representación de su tribu y Sayhueque con todos sus capitanejos. Que durante el parlamento se decidió no entregarse ninguno a las fuerzas del gobierno y de pelear hasta morir, debiendo prestarse recíproco apoyo las tribus entre sí. Que la señal de alarma convenida era prender fuego en los cerros y que según su número y situación tenían su inteligencia explicativa, cosa que sólo era conocida por los caciques”.

Luego hubo escaramuzas aisladas y el ejército les cerró los pasos a los indígenas. Pese al juramento de sus jefes, los contrastes y la diferencia de armamento mella el ánimo de los aborígenes. No hay fuerzas ni ganado y frente a los chasques que revelaban que todo había terminado, el ejército indio se desbandó. Únicamente las huestes de SAYHUEQUE cabalgaban libres, pero el cacique comprendió que la rendición era una cuestión de tiempo. Los indios libraron una última batalla el 18 de octubre de 1884 y SAYHUEQUE acompañado por 700 “indios de lanza” y 2500 “de chusma”, pertenecientes a diversas tribus que habían sido responsables de los más violetos ataques a las poblaciones de esos territorios, se rindió en el Fuerte “Junín de los Andes” ante el jefe del 7 de caballería, teniente coronel MARCIAL NADAL, declarándose sumiso y amparándose en las leyes de la nación y así terminaron las “Campañas al Desierto iniciadas en 1820

Conclusiones
Durante las “Campañas al Desierto” se había establecido una línea de fortificaciones que partía desde el sur de la provincia de Buenos Aires, atravesaba La Pampa y se extendía por el Alto Valle del río Negro, compuesta por quince fuertes y fortines destinados a asegurar el control de la Patagonia y la región pampeana y muchos de estos emplazamientos militares, fueron luego el origen directo de las ciudades y pueblos que existen hoy en día en esos territorios:

Se fundaron las actuales ciudades de Tandil (1823), fundada por el Coronel MARTÍN RODRÍGUEZ para establecer un baluarte en la frontera contra los malones; Bahía Blanca (1828), creada inicialmente como una fortaleza militar (la Fortaleza Protectora Argentina), fue clave para el control del sur bonaerense; “General Roca”, en Río Negro (1879), fundada originalmente como “Fuerte General Roca” (o Fiske Menuko) por el coronel LORENZO VINTTER durante el avance de la Primera División; “Choele Choel”, en Río Negro (1879), surgió del asentamiento militar establecido en la Isla de Choele Choel; Cipolletti, Río Negro (1881), surgida a partir del asentamiento militar “Fuerte Primera División, instalado por las tropas de Roca; Coronel Pringles (1882); Chos Malal, Neuquén (1887), fundada por el coronel MANUEL OLASCOAGA como la capital del entonces Territorio Nacional del Neuquén y más de un centenar de centros urbanos que se crearon en la provincia de Buenos Aires para colonizar el territorio y expandir la red productiva.

Se calcula que las distintas parcialidades (tehuelches, ranqueles y grupos araucanizados) que habitaban en la Patagonia cuando se inició el siglo XIX, sumaban en conjunto entre 20.000 y 30.000 individuos en toda la inmensidad de la región pampeana y norpatagónica y no todos eran combatientes activos durante la llamada “Conquista del Desierto”. Historiadores y documentos de la época estiman que las fuerzas de resistencia indígena estaban compuestas por aproximadamente 2.000 a 3.000 guerreros armados en los momentos de mayor movilización.

Se sabe también, que luego de la expansión sobre la Patagonia a finales del siglo XIX, la población total de los pueblos originarios (mapuches, tehuelches y ranqueles) rondaba ahora, entre las 15.000 y 20.000 personas, pero, aunque  no hay datos que se refieran a las bajas producidas entre los aborígenes durante las campañas de MARTÍN RODRÍGUEZ, BARTOLOMÉ MITRE, ALSINA y ROCA, si los hay en el parte oficial que ROSAS le envió al gobierno, luego de finalizada su campaña en 1834, donde dice que hubo 3.200 aborígenes muertos y 1.200 prisioneros y que por su parte, sus bajas “rondaron los cientos, mayormente por enfermedades, deshidratación y escaramuzas”.

Existen también estimaciones realizadas por historiadores, expertos e investigadores, que han establecido que durante los 65 años que duraron las cinco “Campañas al Desierto” realizadas entre 1820 y 1885, cerca de 14.000 indígenas fueron tomados prisioneros, desplazados de sus tierras o reducidos a la servidumbre y los registros históricos estiman que entre ellos, hubo al menos entre 10.000 y 12.000 muertos en distintos enfrentamientos. A esto se sumó una alta mortandad posterior debido a las enfermedades, la desnutrición y las duras condiciones de traslado y reclusión a las que fueron sometidos (10).

Las fuerzas gubernamentales por su parte, tuvieron varios miles de soldados y cientos de oficiales que murieron en combate, o debido a enfermedades (como cólera y viruela), accidentes y el extremo rigor climático de la zona de operaciones.

Es evidente que tanto las cifras como los acontecimientos que desde entonces se manejan acerca de esta aciaga época de nuestra historia, son magnificados o retaceados según sea la militancia de quien los expone, pero es evidente que el resultado de este proceso de ocupación militar y territorial, es aterrador: miles de muertos y heridos, tolderías y pueblos enteros arrasados, infinitos actos de crueldad y cientos de mujeres arrancadas de su hogar para vivir el resto de sus vidas como cautivas. Será que todo esto fue el precio que se tuvo que pagar para ocupar la Patagonia?. Nosotros no sabemos la respuesta, pero tampoco podemos aceptar que lo sucedido fue un genocidio.

Si nos atenemos a la definición de esta palabra que trae el “Diccionario de la Lengua” de la Real Academia Española (RAE), un genocidio, es el “exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad”, no podemos comprender la insistencia de calificar así a estos eventos y de genocidas a los hombres que los protagonizaron, especialmente a Roca.

Es que alguien honestamente piensa que el Coronel Rodríguez, Balcarce, Rosas, Obligado, Mitre, Sarmiento, Avellaneda y Alsina, ordenando o cumpliendo órdenes, tenían la intención de “exterminar o eliminar sistemáticamente a los aborígenes que poblaban la Patagonia?.

No señor ¡!!. Es una idea descabellada que como tantos otros relatos, han emponzoñado la memoria de los argentinos, con un virus que no terminamos de eliminar de nuestra idiosincrasia: la demagogia, que parafraseando lo que se dice de ella, es la actitud de quienes, apelan a las emociones, los prejuicios, los miedos y los deseos de la gente, para ganar prestigio o valorizarse, ubicándose como los defensores de los débiles y desamparados, prefiriendo sumarse a quienes son mayoría en lugar de tratar de luchar por lo que verdaderamente piensan y saben, porque no hay solamente una verdad absoluta; la única y absoluta verdad, es la realidad.

Y la realidad está expuesta por lo hechos que hemos relatado. Nadie jamás pensó “exterminar” a los aborígenes, hacerlos desaparecer de la faz de la tierra. Lo que quisieron hacer aquellos hombres, era ocupar un lugar que ahora les pertenecía. Ésta era su patria, sus tierras, su futuro y trataron por todos los medios de que su presencia fuera admitida y aceptada, pero como no fue así, lamentablemente (y aquí si que se equivocaron), recurrieron a la violencia.

Y una vez que llega la violencia, nada ni nadie la puede parar hasta que se agota el impulso demente que la genera. En la guerra no hay piedad, no hay respeto por la vida ajena, no hay buenas maneras ni nobleza. Es sucia, malvada, siniestra y saca a flote lo peor del ser humano. La necesidad de sobrevivir hace que los hombres en un campo de combate, solo piensen en matar a quien se le enfrenta como un enemigo. El soldado pelea por su vida y no se le puede pedir que lo haga con cuidado, ni con respeto a los Derechos Humanos.

Qué esperan los críticos de Rosas, Mitre, Obligado, Balcarce, Avellaneda, Alsina y Roca que hicieran, aquellos hombres que mandaron a luchar y lucharon para poder vivir en paz en las tierras que la ley les decía que eran suyas. Aceptar que 20.000 seres humanos les cierren las puertas y les impidan ingresar?. Esperan acaso que debían haberlos dejado en paz, limitándose a vivir al norte del río Salado, dejándoles a ellos el resto de la Patagonia, para que siguieran viviendo la vida que estaban viviendo: libres sí, como el viento, dueños del ganado y los caballos que encontraban a su disposición, adorando a sus Dioses y maloqueando cuando algún desaforado, alentada su codicia por la riqueza que veía en algún poblado, lo atacaba y le robaba hasta las mujeres.

Muy romántica, noble y humana la imagen, pero nada real. Seguirían siendo un anacrónico grupo de hombres, mujeres y niños viviendo y guarecidos del viento y la lluvia en sus toscos toldos, ajenos a todo lo bueno que la civilización ofrece (que es mucho, a pesar de todo lo malo que también trae) mientras la República Argentina perdía un tercio de su territorio emergido: una extensión de 804.538 kilómetros cuadrados a la cual los argentinos no habrían podido tener acceso. Eso es lo que piensan que debería haberse hecho, los defensores de los derechos de los pueblos originarios y los invasores araucanos (simplemente inspirados quizás, por discrepancias de carácter político partidario).

Admitamos que la estrategia adoptada no fue, a la vista de lo que hoy conocemos como “Derechos Humanos” la más acertada ni “humana”, pero es lo que hicieron nuestros prohombres en las circunstancias que les tocó vivir. Ellos pensaron que lo que hacían, estaba bien. Que hubo descontrolados que no supieron estar a la altura de los valores que inspiraron estas acciones, nadie lo puede negar. Los hubo, y en ambas partes (algunos de ellos, atrevidamente, los nombramos en estas páginas). Ataques a poblados, asaltos a tolderías, rupturas de tratados, traiciones, engaños, matanzas innecesarias, promesas incumplidas fueron cosa común durante esos 65 años y debemos sentirnos avergonzados de que sucedieran.

Quizás si alguien hubiera tenido la sensatez de buscar otro tipo de solución al problema que nuestros gobernantes enfrentaban en aquellos años, las cosas no habrían sido así. Veinte mil aborígenes que eran el total de la población a principios del siglo XIX en esas tierras, podrían haber sido instalados legalmente en el lugar, adjudicándoles tierras para laborar y ganado para medrar; construyéndoles escuelas para educar a sus hijos y prepararlos para vivir en el nuevo mundo que se les ofrecía, garantizándoles asistencia médica y trabajo para quienes lo solicitaran.

Pero no fue así y si bien el camino que tomaron era el equivocado, no fueron genocidas. Simplemente querían entrar en su casa y que no se les prohibiera hacerlo. Quizás hubo quienes fueron ambiciosos (11), poco escrupulosos, excesiva e innecesariamente violentos, insensibles al dolor humano y finalmente, brutales predadores, pero no era su intención que desaparecieran todos aquellos hombres y mujeres; de matarlos a todos, porque así no lo hicieron y prueba de ello es que, paradójicamente, hoy son los antepasados de muchos de los argentinos que hoy viven en esas tierras.

Las críticas que hoy se lanzan sobre aquella gesta, huele más a herramienta militante que a verdadera indignación por algo que no fue. Los “liberales” y la “generación del 80” han tenido y tienen aún muchos enemigos que no dejan escapar ninguna oportunidad ni escenario para caer sedientos de sangre sobre quienes descargan sus frustraciones. Pateticamente centran su odio en ROCA, cuando de los cinco que comandaron esas cinco expediciones que se realizaron entre 1820 y 1885, él fue quien menos actuación personal tuvo. Dirán que no combatió, pero que fue el gestor de la estrategia que recomendaba la extinción total de los aborígenes y el que puso en marcha el plan que así se lo garantizaba.

Qué argumento tan poco feliz. ROCA, era un militar y cuando a un militar se lo envía a combatir, solo piensa en destruír y vencer a su enemigo. No a toda la raza humana, ni a todas las tribus de originarios, ni a los mapuches invasores. Solamente a quienes ocupaban una tierra que debía desalojar. Si ese objetivo tenía fundamentos espurios, si fue impulsado por la ambición de los terratenientes  (11) o el oportunismo de los políticos de esa época, es algo que a ROCA no se le puede atribuir, como excusa para justificar los ataques que se han centrado en  él.

Hasta exigieron la destrucción de los monumentos que honran su memoria en varias ciudades de la Patagonia, agraviando a quien, más allá de su intervención durante las campañas al desierto, fue dos veces Presidente de la Nación. A pesar del rechazo que le opusieron los pobladores locales, lograron que sus aliados militantes políticos afines, trasladaran de lugar a algunos y que a otros se los retirara de sus emplazamientos y se los guardara, hasta que los cambios en la política, permitieran su reinstalación.

Pero en muchos lugares de la Patagonia, rechazaron este descabellado proyecto porque sus pobladores saben que hoy, si pueden vivir en esas tierra, criar a su familia, trabajar y progresar, es porque hubo hombres que hicieron que esto fuera posible.

Hemos deseado ser muy ecuánimes en la consideración de los hechos producidos durante las “Campañas al Desierto”, para producir este informe y para ello, recurrimos a una gran cantidad de libros, recortes periodísticos, ensayos y páginas web y realizamos infinidad de consultas que Google nos respondió por medio de la IA y no ponemos las fuentes consultadas aquí, porque su extensión duplicaría la del presente. Esperamos que nos perdonen quienes sientan usurpados sus derechos autorales, porque nuestra intención no fue lucrar con los méritos ajenos, sino tratar de descubrir la verdad, tarea que me imagino, también estimuló a todos ellos para escribir lo que escribieron.

(1). La expansión de los mapuches (o araucanos como los llamaban los españoles) hacia la Patagonia argentina fue un proceso largo que se inició en el siglo XVII. El flujo se intensificó significativamente a partir de 1820, cuando grandes grupos cruzaron la cordillera huyendo de la Guerra a Muerte en Chile, desplazando a los tehuelches originarios
(2). En la negociación tuvo participación el estanciero FRANCISCO HERMÓGENES RAMOS MEJÍA, dueño de la estancia “Miraflores”, (en el actual Partido de Maipú, en la provincia de Buenos Ares), quien firmó a nombre los caciques ANCAFILÚ, TACUMÁN y TRICNÍN. Estos habían sido autorizados en las tolderías del arroyo Chapaleufú a representar también a los caciques Carrunaquel, Aunquepán, Saun, Trintri Loncó, Albumé, Lincón, Huletru, Chañas, Calfuyllán, Tretruc, Pichilongo, Cachul y Limay
(3). Previamente, CARRERA había tomado el centro de detención de los prisioneros españoles “Las Bruscas”, liberando a muchos detenidos pro-realistas chilenos y entró en tratos con los ranqueles para obtener paso hacia Chile. También sufrieron malones los pueblos de Rojas y Chascomús. En febrero de 1821 Carrera se internó hacia el sudoeste y marchó a Chile.
(4). En 1870, el presidente Domingo Faustino Sarmiento dispuso enviar al Chaco Austral una expedición militar al mando del coronel Napoleón Uriburu para asegurar la navegación de los ríos, frenar los ataques indígenas, forzar su traslado para proveer mano de obra a los obrajes y establecer señales permanentes en la región, con el fin de asegurar los derechos soberanos de la República Argentina en esos territorios, que insistentemente eran reclamados por Paraguay (ver “Campaña al Chaco Austral).reclama la región.
(5). “Cazadores de poder”. Marcelo Valko, Agencia de noticias ANCAP.
(6). La Ley 215, sancionada por el Congreso argentino el 13 de agosto de 1867 y promulgada el 23 de agosto de ese mismo año, fue una legislación clave para la expansión territorial del Estado, autorizando al Ejército a establecer la nueva frontera nacional en la margen norte del río Negro y el río Neuquén. Disponía que el Ejército Nacional ocupara la ribera del río Neuquén desde su nacimiento en la cordillera hasta su confluencia con el río Negro, extendiendo la línea de frontera de mar a mar.  El artículo 2 establecía que a las tribus nómades (pampas, ranqueles, mapuches y tehuelches) que habitaban en el territorio hasta entonces considerado de frontera, se les concedería lo necesario para su existencia «fija y pacífica». La extensión y los límites de estas nuevas tierras serían determinados por convenios entre el Poder Ejecutivo y las tribus que se sometieran voluntariamente. Debido a la Guerra del Paraguay y a conflictos internos, la ley no se aplicó inmediatamente. Fue recién el 14 de agosto de 1878 cuando el presidente Nicolás Avellaneda envió un proyecto al Congreso para reactivar y ejecutar formalmente esta normativa y así, las “Campañas al Desierto” tuvieron el marco legal y financiero para la comandada por Julio Argentino Roca, buscando hacer efectiva la ocupación de la Patagonia y modificar drásticamente el mapa demográfico del país.
(7). Ese coronel Napoleón Uriburu era el mismo que cumpliendo las órdenes del Presidente Sarmiento, había comandado la campaña que tuvo lugar en el Chaco Austral en 1870 para dominar a las tribus hostiles y para afianzar nuestros derechos de soberanía sobre esos territorios, disputados en ese entonces por Paraguay.
(8). El “País de las Manzanas”, el lugar done había nacido el cacique Sayhueque y ahora gobernaba con mano férrea, era una zona fértil ubicada en el noroeste de la actual provincia de Río Negro y el sur del Neuquén, en la Patagonia argentina, habitada por una confederación heterogénea y multiétnica integrada por parcialidades de los pueblos mapuche (principalmente huilliches) y tehuelches septentrionales.
(9). “Las enfermedades contraídas por el contacto con los blancos, la pobreza y el hambre aceleraron la mortandad de los indígenas patagónicos sobrevivientes. El padre salesiano Alberto Agostini brindaba este panorama: “El principal agente de la rápida extinción fue la persecución despiadada y sin tregua que les hicieron los estancieros, por medio de peones ovejeros quienes, estimulados y pagados por los patrones, los cazaban sin misericordia a tiros de winchester o los envenenaban con estricnina, para que sus mandantes se quedaran con los campos primeramente ocupados por los aborígenes. Se llegó a pagar una libra esterlina por par de oreja de indios. Al aparecer con vida algunos desorejados, se cambió la oferta: una libra por par de testículos” (Felipe Pigna, en “La Conquista del Desierto”).
(10). “El general Victorica no andaba con rodeos al explicar que la estrategia que adoptará será “Privarlos del recurso de la pesca por la ocupación de los ríos, dificultarles la caza de la forma en que lo hacen y que esperaba que solo el anuncio de su presencia, indujera a los dispersos a acogerse a la benevolencia de las autoridades, acudiendo a las reducciones o a los obrajes donde ya existen muchos de ellos disfrutando de los beneficios de la civilización. No dudo que estas tribus proporcionarán brazos baratos a la industria azucarera y a los obrajes de madera, como lo hacen algunos de ellos en las haciendas de Salta y Jujuy” (Felipe Pigna, en “La Conquista del Desierto”).
(11). “El éxito obtenido en la llamada “conquista del desierto” prestigió frente a la clase dirigente la figura de Roca y lo llevó a la presidencia de la república. Para el Estado nacional, significó la apropiación de millones de hectáreas. Estas tierras fiscales que, según se había establecido en la Ley de Inmigración, serían destinadas al establecimiento de colonos y pequeños propietarios llegados de Europa, fueron distribuidas entre una minoría de familias vinculadas al poder, que pagaron por ellas sumas irrisorias. Algunos ya eran grandes terratenientes, otros comenzaron a serlo e inauguraron su carrera de ricos y famosos. Los Pereyra Iraola, los Álzaga Unzué, los Luro, los Anchorena, los Martínez de Hoz, los Menéndez, ya tenían algo más que dónde caerse muertos. Algunos de ellos se dedicarán a la explotación ovina poblando el desierto con ovejas; otros dejarán centenares de miles de hectáreas sin explotar y sin poblar, especulando con la suba del precio de la tierra. Aún hoy, el territorio de Santa Cruz tiene un porcentaje de medio habitante por kilómetro cuadrado” (Felipe Pigna, en “La Conquista del Desierto”).

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