LA DOMA

En la campaña argentina, la doma, es una actividad destinada a amansar animales chúcaros o salvajes. Es uno de los oficios que luego de la mestización que produjo «el criollo», encontró sus máximos cultores entre el gauchaje, que además de lograr su objetivo de doblegar potros capturados en las inmensas manadas que poblaron nuestros campos, le permitían sacar «chapa de guapo y corajudo», demostrando sus excepcionales condiciones como jinete (ver La doma).

Se viene la Fiesta Provincial de la Doma | Ruedadeprensaok

Comenzaba el día y la tarea del domador comienza su ritual. Después de unos mates, un pequeño grupo de jinetes ensilla tranquilo sus caballos y rumbean luego, a paso cansino,  hacia una hondonada donde saben, que por la cercanía de una aguada, es frecuentada por una numerosa manada de caballos salvajes, a algunos de los cuales, ya les han echado el ojo.

A los lejos ya se los divisa. Están tranquilos y sin sospechar aún la presencia del hombre que trae con él, la pérdida de su libertad. De pronto, un olor extraño o quizás un pasto movido por la brisa, alerta al líder de la manada. Alza su cabeza, orienta sus orejas y al punto que decide huir, los jinetes parten como relámpagos en dirección a ellos y la manada huye despavorida, bufando con la cola al viento y las crines flotando.

Pero todo es inútil, los hombres llegan rápidamente y luego de elegir y apartar del resto al potro elegido, lo persiguen en su loca carrera y de un certero bolazo, o diestramente enlazado, cae con sus patas enredadas en los tientos de las “tres marías” o del lazo que lo aprisiona, mientras el resto de la manada continúa su fuga.

Sobre la presa tendida en el suelo y luchando desesperadamente por liberarse de sus ataduras, caen dos o tres jinetes y rápidamente, aflojan las ataduras y mientras uno le cubre la cabeza con una bolsa, los otros lo sujetan firmemente, acompañándolo en su esfuerzo para ponerse de pie. Ni bien está parado, aferrándolo firmemente por las orejas, con suma rapidez y destreza, le colocan el bocado y la.montura, eludiendo sus patadas, en medio de un remolino de polvo, sudor, gritos y relinchos.

Y sin que se llegue a dar cuenta, sobre el animal, ya está enhorquetado el jinete que lo domará, que como remachado al recado espera la reacción de su montado, mientras a su alrededor el revolear de ponchos y los gritos destemplados, de la peonada, anuncia el comienzo de la lucha.

Repuesto de su sorpresa, el potro comienza a corcovear, Se abalanza hacia adelante, se para de manos, cocea con rabia, se sienta y hasta se tira al suelo, tratando de desprenderse de eso que sobre su lomo, lo castiga sin piedad y marca sus flancos con las crueles nazarenas. De pronto, como si se diera cuenta de que nada de lo que haga le dará resultado, se lanza a una loca carrera, sin dejar de corcovear, resoplar o tirar coces al aire.

Pero todo es inútil, el jinete, aferrando firmemente con una de sus manos las riendas junto con las crines y revoleando en el aire su “talero”, con el que da repetidos golpes en las ancas del animal, parece seguro de vencer y hasta se rie de los intentos de la bestia, que lejos de darse por vencida, lucha con valor, tratando de mantener su libertad. Sabe que él ganará “por cansancio” a su rival.

Treinta minutos y hasta una hora y más, potro y jinete pasan en esta porfía hasta que cansado, cubierto de sudor y con espuma en su boca; con los flancos heridos por las espuelas, agitados y con la cabeza gacha, se detienen, palpitantes y confundidos, pero inmóviles. Hasta que el jinete, comenzando a ejercer su dominio sobre él, lo impulsa con sus piernas a avanzar.

Y hacia allá va, el potro ya resignado y entregado. Un giro a la derecha, trote, galope, Alto. Un giro a la izquierda, trote, galope. Nunca más, aquel que fue vencido en dura porfía, hará lo que quiera, sino lo que le ordenen, porque ya estará domado.

De este relato surgen palmariamente las razones que esgrimen ciertos defensores de los derechos de los animales que definen como cruelmente innecesarios a estos métodos para domar un caballo y propician lo que se llama “amansar de abajo”. Una técnica que requiere mucha paciencia y verdadero amor hacia los animales; que consiste en la aplicación de caricias, voces tranquilizadoras, paseos a la rienda e incorporación lenta y progresiva de los distintos elementos de sojuzgamiento (bocado, cabezada y montura).

Argumentos muy entendibles pero que chocan con el derecho que esgrimen y la decisión que han tomado, todos aquellos que luchan por mantener vigentes las tradiciones que hacen a nuestra argentinidad y no aceptan que la doma, sea una práctica cruel e innecesaria para domesticar un animal.. Hombres e Instituciones que consideran imprescindible no alejarse de nuestras raíces, si queremos mantener nuestra identidad nacional.

Hombres e Instituciones que ven en la doma, el juego del Pato, el salto de la maroma y en tantas otras actividades violentas propias de nuestra gente de campo, el verdadero origen de nuestra idiosincrasia y que como tales, no debemos dejar que desaparezcan (ver Los caballos, protagonistas de la Historia Argentina).

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