ORÍGENES Y DESARROLLO DE LA MEDICINA EN LA REPÚBLICA ARGENTINA (1536/1930)

La medicina, tanto de la escuela española como de la aborigen, ocupó un lugar importante en la América española y es evidente que los reyes de España, recién tomaron conciencia de la importancia de preservar la salud de los pobladores que se instalaban en las ciudades que se fundaban en estas colonias, después de que JUAN DE GARAY fundara la ciudad de Buenos Aires en 1580.

Fue entonces, cuando GARAY, aunque en su expedición no había traído ningún médico, tuvo presentes las cuestiones vinculadas con la salud, y en el plano de la ciudad que trazó, destinó una manzana de tierra para instalar el hospital, origen del futuro Hospital de Hombres.

Pero, la verdad, es que en los comienzos de la colonización, en la Colonia española del Río de la Plata, la situación sanitaria era muy deficiente: no había suficientes médicos ni instalaciones sanitarias adecuadas, no había asepsia y menos anestesia. El mayor peligro eran las infecciones y el agua para consumo domiciliario debía ser traída desde el río o comprada a los aguateros.

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Barberos, sangradores y algebristas. fueron nuestros primeros médicos
Durante esos tiempos la atención de la salud era muy precaria, tanto por la escasez de médicos titulados como por la inexistencia de control de los profesionales y las medicinas. A falta de médicos, la mayoría  de los enfermos acudía a barberos, sangradores, y sobre todo a curanderos o brujos.Además de los conocidos curanderos y los barberos-cirujanos, había también algebristas, que se ocupaban de las enfermedades de los huesos. También abundaban los sangradores o flebótomos, explicó en cierta oportunidad el doctor ALFREDO KOHN LONCARICA, profesor titular de Historia de la Medicina y Director del Instituto de Historia de la Medicina de la Universidad de Buenos Aires

Llegan los primeros médicos al Río de la Plata (1536)
En 1536 llegaron al Río de la Plata, acompañando al primer Adelantado de la corona, PEDRO DE MENDOZA, por lo que deben ser considerados como los primeros médicos que habitaron en Buenos Aires, los médicos ABLAS (dice Luis Trenti Rocamora), cirujano de su Majestad el rey, Carlos V; HERNANDO DE ZAMORA, vecino de Córdoba, de 29 años de edad, licenciado y médico personal de PEDRO DE MENDOZA; SEBASTIÁN DE LEÓN, vecino de Bruselas, cirujano y capitán de arcabuceros que actuó durante más de 50 años en Asunción. ZAMORA regresó luego a la península acompañando al ya muy gravemente enfermo Adelantado, que murió en la travesía y en 1540 consigue una Real Cédula que lo autorizaba a retornar al Río de la Plata, aunque es dudosa la realización de su viaje.

En 1540, con el segundo Adelantado HERNANDO ARIAS DE SAAVEDRA, llegaron el barbero y médico NICOLÁS FLORENTÍN y el cirujano de la provincia de Toledo PEDRO DE SAYÚS, quien en 1564, todavía estaba en Asunción.

En 1549, con NUFRIO DE CHAVES, llegó a Asunción, procedente de Perú, el cirujano PEDRO SOTELO y en 1555, acompañando a MARTÍN DE ORUÉ, llegó el médico granadino JUAN DE PORRAS, y se quedó en Asunción hasta 1578 y probablemente, poco antes de que MARTÍNEZ DE IRALA en 1541 ordenara el despoblamiento de Buenos Aires, apareció el cirujano genovés BLAS DE TESTANOVA, quien permaneció en el Río de la Plata al menos hasta 1558.

En 1575, llegaron con ORTÍZ DE ZÁRATE, el cirujano ANDRÉS ARTEAGA, que durante un tiempo ejerció su profesión en Santa Fe; LUIS BELTRÁN, cirujano procedente de Turín, JUAN DE CÓRDOBA, un cirujano de 27 años, natural de Granada, DIEGO DEL VALLE, un asturiano de 48 años, “cirujano real de Su Majestad, el Rey de España” y LORENZO MENAGLIOTTO, cirujano de 25 años, natural de Parma, que ejerció su profesión en Asunción hasta 1582.

Posteriormente, en las varias expediciones armadas que llegaron de España, arribaron varios médicos, pero no consta que éstos se hayan desempeñado en Buenos Aires, sino que, con seguridad, lo hicieron en Asunción.

Si bien en la fundación de Buenos Aires, realizada por JUAN DE GARAY en 1580, no se contaba médico alguno acompañando la expedición, se tuvieron presentes las cuestiones vinculadas con la salud, ya que en el plano de la ciudad que se hizo, se destinó una manzana para instalar el hospital.

Fue así que a lo largo de todo el siglo XVI, los médicos venidos de Europa, aborígenes curanderos o hechiceros, barberos y herradores o médicos de caballos (veterinarios) asumían la responsabilidad inherente a cuestiones médicas y utilizaban tanto remedios europeos como indígenas. Sin embargo, ya desde principios del siglo XVII, casi todas las poblaciones contaban por lo menos con una persona que se hallaba registrada como “médico».

Primera mención de un médico reconocido como tal en Buenos Aires (1605)
La primera mención de un médico reconocido por el Cabildo de Buenos Aires apareció en 1605. El 24 de enero de 1605, comenzó a ejercer su profesión el primer médico del que se tenga noticias en la ciudad de Buenos Aires. Se llamaba MANUEL ÁLVAREZ y ese día hizo su presentación ante el Cabildo titulándose cirujano. Para prestar sus servicios pedía un salario de 400 pesos en frutos de la tierra y que además le pagaran las medicinas y ungüentos que pusiera.

A los cabildantes les pareció muy caro y en principio no aceptaron sus exigencias, pero pocos días más tarde llegaron a un acuerdo y el doctor ÁLVAREZ firmó un contrato por el que se comprometía a “servir de médico cirujano “a los vecinos y moradores, indios y esclavos de ellos, en todas sus enfermedades que tuviesen de cualquier género que fuesen, sangrarlos y ventosearlos”.

Seguramente desde ese momento el médico debe haber estado muy ocupado porque las condiciones de higiene de la ciudad eran muy pobres y según las crónicas abundaban la” calentura” (tuberculosis), calentura pútrida (tifus y tifoidea) y las llagas pútridas”. A  pesar de lo necesario que resultaban sus servicios, pronto el médico comenzó a reclamar su pago atrasado ante el Cabildo, bajo amenaza de marcharse de la ciudad si no recibía lo acordado. Los reclamos se repitieron y estando ya a punto de marcharse a Perú, al pobre Álvarez le prohibieron abandonar la ciudad.

Un año más tarde, el médico fue despedido y la gente no tuvo más remedio que recurrir a los curanderos y a los métodos de curación de los indios. Es posible que en muchos casos los pacientes salieran beneficiados, porque el nivel de la medicina que se practicaba carecía casi por completo de bases científicas.

En 1607-1608, el Cabildo de Buenos Aires otorgó a FRANCISCO BERNARDO JIJÓN (q.v.) el estado legal profesional acreditándolo como médico y fijándole un sueldo de cuatrocientos pesos por año.  Pero, no era éste el único autorizado. Ya ejercían debidamente habilitados JUAN CORDERO, FRANCISCO VILLABÁÑEZ y JERÓNIMO MIRANDA.

En ese año Buenos Aires era aún una ciudad muy pequeña para que tuviesen suficiente trabajo cuatro médicos; fue por esto que el doctor JIJÓN solicitó del Cabildo que pidiese ver los títulos de los diversos facultativos, ya que pudiera acontecer — decía — que “alguno de ellos no hubiese hecho los estudios necesarios para desempeñar tan altas y humanitarias funciones”. JIJÓN fue el primero y único que exhibió su título, expedido en Madrid; de los otros no hay noticias de que lo hayan hecho.

Las órdenes religiosas por su parte, especialmente los franciscanos y jesuitas, hicieron importantes contribuciones en la práctica de la medicina y en el estudio y la experimentación con varias plantas indígenas. El doctor NICOLÁS XAQUÉS (q.v.) fue convocado para trabajar en sus misiones y luego estableció sus prácticas en Buenos Aires, como lo hicieron el jesuita SEGISMUNDO ASPERGER (q.v.), recordado durante mucho tiempo por los servicios que prestara en ocasión de la epidemia de viruela entre los indios guaraníes a principios del siglo XVIII y PEDRO MONTENEGRO (q.v.), quien, con ASPERGER dejaron importantes trabajos refiriéndose a los remedios y prácticas aborígenes, que habían podido conocer y experimentar en sus consultas.

Cuando en 1609 vino a Buenos Aires para asumir como gobernador DIEGO MARÍN NEGRÓN, lo acompañaba el maestro JUAN ESCALERA, cirujano que era considerado una verdadera autoridad en su profesión. Presentó sus credenciales al Cabildo de Buenos Ares en enero de 1610 y permaneció aquí hasta su muerte, acaecida entre 1626 y 1631. Casi enseguida se registró en el Cabildo de Buenos Aires, TELLES DE ROJO, para ejercer en la ciudad de Córdoba. Desde ese entonces, debido a la seriedad con que ESCALERA y ROJO ejercieron su profesión, la medicina fue respetada en el Río de la Plata, en tanto los curanderos y demás cultores de los tratamientos empíricos perdieron gradualmente credibilidad.

En 1617 aparece otro médico, LORENZO MANAGLIOTTO, y dos años después encontramos en los registros, el nombre de un tal JAIME NICOLA, que decía haber recorrido el país ejerciendo la medicina.

En el año 1620, ya eran varios los médicos que había en Buenos Aires, por cuanto el Cabildo declaró que “en esta ciudad hay muchas personas que curan de medicina y cirugía, y conforme a las leyes reales no pueden usar los dichos oficios sin presentar en este Cabildo sus títulos”.

Pese a que los médicos eran bastantes en relación a los habitantes, lo cierto es que no fueron suficientes para atender afectados, durante la gran epidemia que hubo en 1620 y 1621, a raíz de la cual murieron más de mil personas y huyeron otras tres mil. Era, según dice un documento de entonces, una “enfermedad contagiosa de viruelas y tabardillo”. Quizá esta epidemia fue la que dejó a Buenos Aires sin médicos, ya que en 1625 había uno sólo, llamado FRANCISCO PAULO, que se aprestaba en ese momento a partir para Córdoba, lo que le fue prohibido. PAULO ya no estaba en la ciudad en 1630; y en ese año, uno de los pocos médicos que había, llamado ALONSO DE GARRO, fue expulsado y prohibido de ejercer la medicina.

A partir de 1630, la permanencia de médicos en el Río de la Plata, fue permanente y hasta fue en aumento, lo que obligó a las autoridades a reglamentar el ejercicio de la medicina. Así fue que, en 1660, se formó un tribunal integrado por Alonso de Garro y Francisco Navarro, “personas capaces, de ciencia e inteligencia en el arte de medicina y cirugía”, para juzgar a los curanderos. El primero en sufrir los rigores de este tribunal, fue ANTONIO DE PASARÁN, “inmediata y permanentemente inhabilitado, para ejercer la medicina en los territorios de la corona”.

En el siglo XVIII se acentuó muchísimo la persecución a los curanderos; pero, en cambio, los verdaderos médicos fueron objeto de envidiables franquicias. Citaremos el caso, bastante elo­cuente, de los doctores Roberto Young y Roberto Fontaine, a quienes, en 1738, se les exceptuó de la expulsión general de extranjeros, tanto casados como solteros. Diez eran los médicos que había en 1765, sin contar los religiosos; esta cantidad se vio pronto muy superada, porque sólo entre extranjeros, en 1771, se censaron a once facultativos.

Los aranceles fueron siempre muy vigilados por el Cabildo porque, por lo general, no estaban al alcance de las clases humil­des. Los abusos de muchos médicos hicieron que la institución citada los fijase desde remotos tiempos. Una tarifa del año 1781 dice así: «por visita simple, cuatro reales; por visita a media noche, un peso; por operación quirúrgica simple, dos pesos; por operación compuesta, como ser la amputación de las dos piernas, cuatro pesos; por la amputación de una pierna, un peso; por visita a dos leguas, a peso la legua; por visita que dure días, se pagarán seis pesos por día».

El Hospital de Hombres (1709)
En 1709 se fundó un Hospital que se se conoció como el “Hospital de Hombres” y que hallaba bajo la advocación de San Martín de Tours. El Cabildo, que tenía el patronato del establecimiento, una vez por año, nombraba a los diputados que se harían cargo de su administración. Al principio fue utilizado como hospicio para militares del presidio por lo que se lo conocía como “Hospital Militar” y estaba muy mal atendido, hasta que en enero de 1685 se hizo cargo de él, la comunidad de San Juan de Dios, siempre bajo el patronato del Cabildo, pero ahora, nuevamente, con el nombre de Hospital San Martín”. En 1745, el “Hospital de Hombres” fue puesto a cargo de los padres betlemitas y más tarde en 1757, se trasladó al Colegio de Belén o de San Pedro Telmo, quedando dicha congregación como simples “sirvientes” luego de tenerlo a su cargo durante doce años.

El Hospital de Belén o de San Pedro Telmo, disponía de una sala principal y 3 ó 4 salitas en las que cabían hacinadas, unas 8/10 camas en cada una, carentes de ropa, de cortinas, de privacidad y de aislamiento. En algunos momentos residían allí unos 48 enfermos y 19 asilados.

Como no existían establecimientos aptos para recibir a los ancianos y dementes, todos iban a parar al mismo sitio: húmedo, ruinoso y mal ventilado, donde luchaba heroicamente 12 religiosos hasta el punto de tener que ceder sus propios cuartos, para alojar enfermos de urgencia. Muy diferente era la situación del Hospital San Miguel con 4 salas y 62 camas, 10 sirvientes, una directora y un administrador y con la atención de los internados, a cargo de una piadosa hermandad de religiosas.

La alimentación era buena, las camas estaban provistas de cortinas y —aunque las rentas eran menguadas— la beneficencia aportada por muchas señoras piadosas, de la caridad y religiosas bien entendidas, hicieron mucho por el bien de esta casa y por las personas que allí padecían sus males. Por otra parte, la falta de capacidad en ambos establecimientos, era causa de que muchos enfermos pobres debían permanecer en sus domicilios, arrastrando dolorosas privaciones y los más sórdidos padecimientos y si bien se supone que los médicos que los asistían sin cobrar, por un deber humanitario, debían hacerse cargo del costo de sus medicamentos, que eran provistos, en algunos casos, por boticarios no tan humanitarios, que exigían el pago de altos costos por ellos (leemos en la Gaceta del día 12 de diciembre de 1817 una nota poniendo en evidencia que no todos estos comerciantes son así ya que es encomiable la actitud de los boticarios MARENGO, BRAVO Y ENCALADA, que en muchos casos, hasta no cobraron los productos medicinales que dejaban a algún enfermo de escasos recursos). Se agudiza el problema hospitalario.

El primer Protomedicato (1777)
A principios de 1777, el Virrey Cevallos creó el primer “Protomedicato” porteño, una especie de tribunal fiscalizador de la actividad y el desempeño de los profesionales de la medicina, encargándose su dirección al cirujano FRANCISCO PUIG y al BOTICARIO (farmacéutico), Luis Blet. El Protomedicato era una Institución establecida en España, desde varios siglos antes y sus fines eran altamente dignos 1. Dirigir la enseñanza de la medicina; 2. Combatir la falsa medicina; 3. Reglar el ejercicio de la profesión, y 4. Administrar sus recaudaciones para ejecutar obras de bien público.

Instalación del Protomedicato en Buenos Aires, considerado el origen de la medicina en el país - El Historiador

El Tribunal Real del Protomedicato (1º de febrero de 1779)
Poco después, el 17 de agosto de 1779, cuando Buenos Aires ya tenía alrededor de 25.000 habitantes y nueve médicos reconocidos, conforme a una propuesta del virrey VÉRTIZ Y SALCEDO, fechada el 1º de febrero de 1779, mediante una Cédula Real, se recreó el “Tribunal del Protomedicato de Buenos Aires” (conocido también como el “Tribunal Real del Protomedicato”), aquella entidad creada en 1777, pero con una nueva organización y autoridades.

Fue designado para ejercer la dirección del Protomedicato el doctor MIGUEL O’GORMAN, un eminente hombre de ciencia que había realizado profundos estudios en varios países europeos. Había llegado al Río de la Plata en 1777, en la expedición del virrey PEDRO DE CEBALLOS y se estableció en Buenos Aires como médico personal de CEBALLOS y de su sucesor JUAN JOSÉ DE VÉRTIZ Y SALCEDO..

Fue quien le entregó el primer título del Real Protomedicato al asturiano radicado en Buenos Aires PEDRO JOSÉ DE FAYA, que expedido el 20 de junio de 1781, lo convirtió en el primer médico cirujano y odontólogo argentino diplomado.

Primera Escuela de Medicina (14 de octubre de 1801)
En 1783, el doctor MIGUEL O’GORMAN comenzó a gestionar la creación de escuelas para la enseñanza de las ciencias médicas, logrando que por Real Cédula de 1798 se autorizara la instalación de la “Escuela de Medicina”, de la que en 1799 fue nombrado profesor de Medicina General y el doctor JOSÉ DE CAPDEVILA, profesor de Cirugía. Capdevila renunció a poco de hacerse cargo de la cátedra y en su lugar, se designó al doctor AGUSTÍN EUSEBIO FABRE.

Las clases se iniciaron con la asistencia de aproximadamente quince estudiantes y fue otro de sus primeros profesores, además de los doctores O’GORMAN y FABRE, el doctor COSME MARIANO ARGERICH. La Escuela ofrecía un curso de seis años para la graduación de médicos calificados y continuó funcionando con posterioridad a la Revolución de Mayo.

El Programa de estudios, elaborado por ellos tres establecía el siguiente ordenamiento: Primer año: anatomía y vendajes; Segundo año: elementos de química farmacéutica, fisiología y botánica; Tercer año: instituciones y materias médicas; Cuarto año: heridas, tumores, úlceras y enfermedades de los huesos; Quinto año: operaciones y partos; Sexto año: elementos de medicina

La Escuela abrió las puertas en marzo de 1801 con quince alumnos. La falta de recursos y las condiciones de la época convertían la enseñanza en una tarea siniestra, tanto para los profesores como para los alumnos. Las primeras clases de anatomía, que comprendían la disección de cadáveres, se hicieron al aire libre en el camposanto de los padres betlehemitas. El primer núcleo de estudiantes tuvo ocasión de probar sus conocimientos durante las invasiones inglesas y poco después, en las guerras de la independencia

Y a partir de entonces, la medicina en la Argentina tuvo un explosivo desarrollo, aportando nuevos conocimientos y técnicas, participando en los sangrientos eventos que se protagonizaron durante la guerra por la Independencia y en los diversos enfrentamientos internos y con potencias extranjeras que se libraron hasta consolidarla.

Sin dejar por ello, de bregar intensamente por la creación de una legislación moderna y humanitaria para proteger la salud de los argentinos y la formación de profesionales de reconocido mérito, gestión que significó la obtención del Premio Nobel de Medicina, a tres de nuestros médicos: Bernardo Houssay, Federico Leloir y César Mildstein.

Desde 1802 hasta aproximadamente 1820 el doctor Argerich fue la figura rectora de la enseñanza médica, manteniendo y dando clases al mismo tiempo, en un instituto propio, desde donde salieron profesionales que obtuvieron luego muchísima experiencia y prestaron invalorables servicios durante las invasiones inglesas y la guerra de la independencia. En esos tiempos, gran parte de la atención médica se circunscribía al uso de nuevas vacunas antivariólicas y al tratamiento de las víctimas de las epidemias (cólera, fiebre amarilla, viruela). A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, la ciudad de Buenos Aires, tuvo también un Hospital para Mujeres que, gracias a la labor de MANUEL BASAVILBASO, halló local adecuado en la misma Casa de Huérfanos.

Así pues, si exceptuamos “la Residencia” que era así llamado el Hospital Militar, la ciudad contaba desde su fundación, solamente con estos dos hospitales: el de Belén, para hombres, también llamado “Hospital Santa Catalina” y el “Hospital de San Miguel” para mujeres pobres. La situación de estas casas y de sus enfermos causaba grave preocupación a las autoridades, por lo reducido de su capacidad y por la escasez de los medios con que contaban para atender la cada vez mayor cantidad de pacientes. El Hospital de Belén disponía de una sala principal y 3 ó 4 salitas en las que caben hacinadas unas 8/10 camas en cada una, carentes de ropa, de cortinas, de privacidad y de aislamiento. En algunos momentos residían allí unos 48 enfermos y 19 asilados.

Como no existían institutos para recibir a los ancianos y dementes, todos iban a parar al mismo sitio húmedo, ruinoso y mal ventilado, donde luchaba heroicamente 12 religiosos hasta el punto de tener que ceder sus propios cuartos, para alojar enfermos de urgencia. Muy diferente era la situación del Hospital San Miguel con 4 salas y 62 camas, 10 sirvientes, una directora y un administrador y la atención de los internados, estaba a cargo de una piadosa hermandad de religiosas. La alimentación era buena, las camas estaban provistas de cortinas y —aunque las rentas eran menguadas— la beneficencia aportada por muchas señoras piadosas, de la caridad y religiosas bien entendidas, hicieron mucho por el bien de esta casa y por las personas que allí padecían sus males.

Por otra parte, la falta de capacidad en ambos establecimientos, era causa de que muchos enfermos pobres debían permanecer en sus domicilios, arrastrando dolorosas privaciones y los más sórdidos padecimientos y si bien se supone que los médicos que los asistían sin cobrar, por un deber humanitario, debían hacerse cargo del costo de sus medicamentos, que eran provistos, en algunos casos, por boticarios no tan humanitarios, que exigían el pago de altos costos por ellos (leemos en la Gaceta del día 12 de diciembre de 1817 una nota poniendo en evidencia que no todos estos comerciantes son así ya que es encomiable la actitud de los boticarios MARENGO, BRAVO Y ENCALADA, que en muchos casos, hasta no cobraron los productos medicinales que dejaban a algún enfermo de escasos recursos).

El Instituto Médico Militar (10 de marzo de 1813)
Pero, pasando el tiempo, lejos de mejorar la atención de la salud en estas tierras, fue empeorando. Fundamentalmente debido a la falta de profesionales que se hicieran cargo de la misma. “Escasean los galenos en esta ciudad”, es la conclusión del cirujano mayor del Ejército, doctor FRANCISCO RIVERO, autor de un informe que elevó a las autoridades en diciembre de 1815, preocupando severamente al gobierno de IGNACIO ÁLVARE THOMAS. Según los cálculos de este profesional, “en  Buenos Aires, trabajan  quince médicos, sin contar algunos ingleses (que sabe que atienden consultas, pero que no conoce) y los incorporados a los regimientos. Cinco de los quince mencionados son inútiles por demasiado viejos, otro es enemigo del régimen. En suma, el recuento final no resulta muy alentador”.

“Sería urgente entonces, aconseja,  contribuir a la formación de nuevos médicos. Para ello es imprescindible jerarquizar una profesión que no goza del respeto de la sociedad, que considera a los médicos —en especial a los cirujanos— como simples matasanos. Nuestros soldados necesitan ser bien atendidos y lo mismo ocurre con los pobres que se asis­ten en los hospitales de los Betlemitas (de hombres y de mujeres). Afortunadamente, nos llegan buenas noticias de los cursos de medicina que se dictan en el Instituto Médico Militar de Buenos Aires.

Consultada la opinión que le merecía este informe, el Director del “Hospital Militar de la Residencia”, el doctor COSME ARGERICH, uno de los promotores  de la creación  del Instituto Médico Militar, así se dirigió al Director Supremo: “No me sorprende la crudeza de este informe, que comparto en todas sus partes. Mi interés y el de los colegas que me acompañaron para llevar a cabo la creación del “Instituto Médico Militar”, fue precisamente el de impedir que desapareciera el único establecimiento de enseñanza superior que existía en Buenos Aires. Me refiero a los estudios de medicina fundados  en 1801 con el patrocinio del Protomedicato. El plan de la carrera, redactado por el Dr. O’ Gorman era muy serio v comprendía, lo mismo que el actual: cursos de seis años, el último de los cuales, se dedicaba exclusivamente a la práctica en los hospitales: La primera inscripción fue la más alta registrada hasta ahora: una docena de alumnos.

En 1804 mermó —los estudiantes se inscribían cada tres años—. En 1807 fue nula con motivo de las invasiones inglesas. En 1812 sólo tres jóvenes a punto de  recibirse, cursaban medicina y realizaban sus prácticas en el ejército. El caos en la enseñanza era total. Las aulas se destinaban a almacenar material bélico y los profesores nos arreglábamos como podíamos, dictando clases en nuestros domicilios particulares. En mayo de ese malhadado año el gobierno nos suprimió los sueldos.

“Alarmado por la situación, .averigüé el estado de los establecimientos de enseñanza media de la ciudad y supe que el Colegio de San Carlos pasaba por tantas penurias como nosotros. Era evidente, como todavía lo es, que la juventud no quiere estudiar. Mucho menos medicina. Imaginé que muy distinto seria el concepto que se tendría de nuestra profesión si se nos incluyera en el ejército. En una sociedad militarizada, como es la nuestra hoy, eso atraería la atención sobre nuestros cursos. Por otra parte, es justo que el médico obtenga ciertos beneficios cuando acompaña a la tropa en las penurias del campo de batalla”.

Después de algunos tropiezos, triunfó el buen sentido y en 1813, se creó el “Instituto Médico Militar”, cuyos alumnos y profesores se incorporaron al escalafón militar. A los jóvenes les gustó eso de lucir vistoso uniforme, sentirse contenidos por una Institución prestigiosa, disponer de una buena paga mientras realiza sus estudios y todo eso los decidió a estudiar medicina.

El primer curso, inaugurado en 1814, tuvo diez inscriptos que cursaron anatomía y fisiología y en abril de este año rindieron exámenes con resultados brillantes. Todos aprobaron y debo destacar algunos nombres promisorios, como el de FRANCISCO JAVIER MUÑIZ, por ejemplo. Me parece negativa la práctica de que los estudiantes salgan a campaña acompañando a sus profesores. Eso retarda su formación científica e impide que reciban lecciones adecuadas en el hospital, a la cabecera de los enfermos. Pero por ahora resulta inevitable debido a la escasez de cirujanos en el ejército. Confío plenamente en que pronto superaremos estos obstáculos y conseguiremos un excelente plantel de profesionales al servicio de las Provincias Unidas”.

Más recursos para cuidar la salud
Se agudiza el problema hospitalario. En diciembre de 1817, se hace evidente un problema que afecta gravemente la prestación de servicios de salud en los Hospitales de Buenos Aires y el 31 de julio de 1818, el Gobierno dispone medidas de carácter impositivo tendientes a obtener los recursos necesarios para el mantenimiento de dichos establecimientos.

La Academia de Medicina (1822)
El 12 de agosto de 1821 se inauguró la Universidad de Buenos Aires, con un Departamento de Medicina que rápidamente pasó a ser una destacadísima escuela de esa ciencia. En 1822, BERNARDINO RIVADAVIA fundó la Academia de Medicina, que luego, pasó a ser la Faculta de de Medicina (véase Marcial Quiroga, La Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires, 1822-1972, publicado por la Academia en 1972 para celebrar su sesquicentenario).

Y si bien el comienzo de la enseñanza de la medicina en Buenos Aires se inició en 1801, con la inauguración de los cursos de la Escuela de Medicina, creada por el Protomedicato, debemos considerar que el inicio de esta actividad, con cursos regulares, planes de estudio funcionales a nuestra realidad y con un cuerpo de profesores de reconocida idoneidad recién llega en 1822, un año después que BERNARDINO RIVADAVIA fundara la Universidad de Buenos Aires (1821), con la creación de la “Academia de Medicina” (1), que rápidamente pasó a ser una destacadísima escuela de esa ciencia y provocó la desaparición del Protomedicato  (otros autores prefieren llamarla  “Departamento de Medicina” dependiendo de dicha Universidad).

A lo largo del siglo XIX, fueron llegando otros médicos y muchos se fueron recibiendo en nuestra Facultad de Medicina y los médicos y cirujanos argentinos pudieron recibir excelente enseñanza en su país y muchos de ellos la complementaron realizando estudios superiores en el exterior. Fueron famosos en esa época el doctor JAMES LEPPER (1785-1851), el doctor PEDRO VENTURA BOSCH (1814- 1871), el doctor TEODORO ÁLVAREZ (1818-1889), el doctor JOSÉ MARÍA FONSECA (1799-1843), quien, becado por el gobierno de Las Heras, habla sido, a su vez, discípulo del célebre DUPUYTREN en París durante 1826-1829. El mismo Rosas, en 1844, con un problema en sus sistema urinario, fue operado por el doctor JAMES LEPPER (1785-1851), médico de la marina inglesa que trató a Napoleón, a bordo del navío “Bellerophon”, cuando éste estaba prisionero en la rada de Plymouth en vísperas de zarpar para Santa Elena y que había llegado a Buenos Aires en 1822, con lord Ponsomby y se radicó en la ciudad (ver “Enfermedades de Rosas en Estampas). Lepper ejerció su profesión en el Hospital Inglés, en su primitivo local de la calle Independencia 15 y después en su segunda ubicación de Uruguay 222. Recordemos que el 18 de junio de 1848 fue empleada en este hospital, por primera vez en la Argentina, la anestesia por medio de éter y la utilizó el Dr. JUAN GUILLERMO MACKENNA al realizar una de sus operaciones. Durante Ese período de nuestra historia, los profesionales se dedicaron con especial ahínco a exigir de las autoridades mayores facilidades para importar las vacunas y medicinas que le eran necesarias, logrando que a través de conductos británicos y estadounidenses se trajeran importantes partidas de medicamentos y que se introdujera el uso del cloroformo y del éter como anestésicos para la cirugía.

En el siglo XX la medicina argentina alanzó un alto nivel de eficiencia, con tres profesionales galardonados con el Premio Nobel de investigación médica: el doctor Bernardo Houssay, fue galardonado en 1947, el doctor Luis F. Leloir en 1970 y el doctor CÉSAR MILSTEIN en 1984 (ver “El Protomedicato”, “Enfermedades Epidémicas” y “Viruela” en Crónicas).

La medicina a comienzos del siglo XX (Extraído de una conferencia del doctor Alberto Chatas, dada en 1994)
“La Escuela Médica de nuestra formación fue producto de la post reforma universitaria de 1918, lograda como consecuencia de la revuelta de los estudiantes contra malos profesores, producida en la ciudad de Córdoba ese año. En esos años, los inscriptos en la Facultad de Medicina de Buenos Aires,  no pasábamos del centenar y  la matrícula era equivalente a 150 dólares al año, cuando un auto Ford T valía 600. Con los años, el ingreso se masificó y desde 1945 en adelante, los estudiantes libres en medicina alcanzan el 70% del total del estudiantado universitario. Había exámenes mensuales y la mortalidad académica, es decir, la deserción escolar, llegó a ser del 80%. Hoy la puja política sigue entre estudiantes, egresados y docentes para dominar el manejo universitario”.

“En nuestra formación hospitalaria y en el ejercicio médico de ese entonces, dominaban las compresas, emplastos, fomentos, ventosas simples o escarificadas, sangrías, bolsas de hielo o de agua caliente, fórmulas magistrales, inyecciones diarias de aceite alcanforado o e aceite de hígado de bacalao. Como en la fiebre tifoidea que duraba de 1 a 2 meses y la neumonía lobar, que duraba 8 días, las complicaciones eran frecuentes. Se recurría a las secciones de leche tyndalizada o al abceso de fijación para aumentar las defensas”.

“Las inyecciones de sangre intramuscular, se usaron para combatir el asma, los eczemas y en otras enfermedades. Con frecuencia veíamos encías sangrantes producidas por el escorbuto o lesiones oculares por avitaminosis A.

«Veíamos también muchos casos de craneotabes (osteoporosis craneal congénita), surco de Harrison (una depresión torácica en la zona de inserción del diafragma) y rosario costal (una serie de nudos en la unión de las costillas y de los cartílagos costales), manifestaciones todas del frecuente raquitismo que debíamos atender”.

“Abundaban también las distrofias farináceas producidas por alimentar al lactante solamente con agua de mazamorra. A los niños inapetentes, algunos médicos le inyectaban insulina y muchas madres les daban a tomar yemas de huevos batidas con un vino generoso. Las enemas y los purgantes no faltaban. La amigdalectomía era frecuenta y los rayos ultravioleta, de uso común. Los hospitales de niños de nuestro país se vieron obligados a tener salas especiales dedicadas a la difteria y el tétanos, verdaderas pesadilla de los médicos internos y practicantes de entonces”.

“Cuando no había nada para reemplazar la leche materna, las diarreas y los problemas nutricionales, dominaban en la tarea médica entre los lactantes. Ya se sabía que la leche de la madre evitaba esas patologías tan graves. En muchos capítulos de los tratados de Pediatría, se desarrollaban estudios sobre desnutrición, diarreas y sobre la composición de la leche humana, aconsejando cómo manejar a las amas de leche, verdaderas dictadores en las casas donde se las empleaba, ya que comprendían la necesidad que había de ellas”.

“En Buenos Aires se instalaron “Lactarios Municipales”, donde se vendía leche materna a diez pesos el litro. Pero los niños alimentados con esta leche que vendían allí las “amas de leche”,  corrían graves riesgos, por los fraudes que se cometían, cuando, pretendiendo mayores ganancias, aumentaban el volumen,  agregándole leche de vaca o aún agua de la canilla, elementos éstos muy peligrosos para la salud, por el alto contenido bacteriano que contenían”.

Fuentes. «La cultura en Buenos Aires hasta 1810″. Luis Trenti Rocamora, Ed. Universidad Nacional de Buenos Aires, Buenos Aires, 1948; “Primeros egresados de la Escuela de Medicina”. Crónica Argentina Tomo I. Ed. Codex, Buenos Aires, 1979; “El Protomedicato y la Escuela de Medicina”. Etapas históricas de la Educación en la Argentina. José Mará Ramallo, Ed. Fundación Nuestra Historia, Buenos Aires, 2002; La Historia en mis documentos». Graciela Meroni, Ed. Huemul, Buenos Aires, 1969; “Tribulaciones del primer medico”. Buenos Aires, cuatro siglos. Ricardo Luis Molinari, Ed. Tipográfica Editora Argentina, Buenos Aires, 1980; “Historia Argentina”, Ediciones Océano, Barcelona, España, 1982; “Protomedicato en Buenos Aires”. “Historia de las Instituciones Políticas y Sociales Argentinas”. José C. Ibañez, Ed. Troquel, Buenos Aires, 1962”; “Páginas de historia de la medicina en el Río de la Plata”. Pedro Mallo, Ed. Anales de la Facultad de Ciencias Médicas de Buenos Aires, Buenos Aires, 1897; “Los hospitales en la Argentina con anterioridad a 1850”. Guillermo Furlong S.J., Actas del II Congreso Nacional de Historia de la Medicina Argentina, Córdoba 1970; “Los comienzos de la medicina o algo parecido en el Virreynato del Río de la Plata. Roberto Litvachkes, (en PDF); “La organización hospitalaria en tiempos del protomedicato”. Jorge Alberto Requejo (en PDF); “La organización sanitaria de Buenos Aires durante el virreinato del Río de la Plata, 1776-1810”. Juan Ramón Beltrán, Ed.  Cátedra de Historia de la Medicina, Facultad de Ciencias Médicas, Buenos Aires. 1938; “La medicina y los médicos en los albores de la argentinidad”. Francisco Cignoli, Ed. Revista del Colegio de Farmacéuticos nacionales de Rosario, Rosario, Santa Fe, 1949; “Historia de la Medicina”, Ed. Facultad de Ciencias Médicas, Buenos Aires, 1940; “Historia de la Medicina en el Río de la Plata (1542-1925)”. Eliseo Cantón, Ed. Sociedad de Historia Hispanoamericana, Madrid, España, 1928.

(Véase también “La Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires”, 1822-1972, obra de Marcial Quiroga, publicada por la Academia en 1972 para celebrar su sesquicentenario)

1 Comentario

  1. Rosa Carlini Carranza

    MUCHAS GRACIAS MUY UTIL PARA SEGUIR INVESTIGANDO. REITERO MUCHAS GRACIAS

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