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12/10/1812
Dejó de existir el doctor JUAN JOSÉ CASTELLI, pobre y olvidado. Un pequeño cortejo siguió sus restos hasta la iglesia de San Ignacio, donde recibió sepultura.
Destinado por sus padres a la carrera eclesiástica siguió los cursos religiosos en Córdoba, pero la jurisprudencia lo atrajo y en Charcas completó sus estudios en tal sentido. De vuelta en Buenos Aires se consagró a su carrera, destacándose por sus luces y por su brillante talento. Fue uno de los primeros patriotas que se enroló en la causa de la Libertad de los pueblos americanos. Actuó en plano destacadísimo cuando la Revolución de Mayo.
Ardiente sostenedor de las ideas de Manuel Belgrano sobre la libertad de comercio, fue uno de los más decididos colaboradores de aquel patricio en la empresa inmortal que inició en el Consulado. Fue uno de los primeros patriotas que se enroló en la causa de la Libertad de los pueblos americanos. Actuó en plano destacadísimo cuando la Revolución de Mayo.
Enérgico como pocos, y dispuesto a defender a todo trance el movimiento triunfante, hizo cumplir la ejecución de los conspiradores en Córdoba, que con don Santiago de Liniers a la cabeza fueron fusilados en el monte de los Papagayos, cerca de Cabeza del Tigre, provincia de Córdoba. A él se debe el fervor de los indígenas a la causa argentina y americana.
El conspicuo miembro de la Primera Junta de Gobierno Patrio, inteligencia clara y fina, voluntad de hierro que tuvo la Revolución de Mayo de 1810 y al cual la posteridad hizo merecida justicia, había nacido en Buenos Aires el 19 de julio de 1764. Era hijo de don Ángel Castelli Salomón, natural de Venecia, Italia, que ejercía la profesión de médico-boticario, y de doña María Josefa Villarino y González de Islas. Hizo sus primeros estudios en la escuela de los jesuitas e ingresó luego en el Colegio Real de San Carlos.
En 1818 la viuda, doña María Rosa Lynch de Castelli, gestionó el pago de una pensión, pues su marido había sido “uno de los principales autores y agentes de nuestra gloriosa Revolución del 25 de Mayo de 1810”, y también decía la peticionante en su solicitud ,que su extinto marido había gastado en viajes dilatados y dispendiosos, y en atraerse a los indígenas a la causa revolucionaria, todos sus bienes y aun su corta hacienda de campo que poseía”.