PLAZAS Y PLAZOLETAS DE ANTAÑO

En el viejo Buenos Aires no existían plazas propiamente dichas. Había barrios enteros, barrios populosos, sin plaza alguna, cuyos habitantes no tenían un lugar donde respirar en las tardes y en las noches sofocantes de los veranos de antaño. En las estrechas calles, de carácter semicolonial, había árboles, más árboles de los que hay en la actualidad. Había ombúes centenarios en las calzadas, sauces y talas de alta copa que daban una nota de alegría en las largas y angostas vías de la vieja ciudad. La mayor parte de las actuales plazas eran terrenos baldíos. Y en los espacios comenzaban a verse algunas mejoras que les permitían ser llamadas “plazas”, no tenían detalle alguno en su ornato, que llamase la atención. Servían únicamente como lugar de ventas” y la mayoría de las veces eran lugares pintorescos, con jardines para recreo del pueblo.

Recordaremos aquí algunas de esas plazas que fueron escenario de festejos patrios, de reuniones multitudinarias o fueron simplemente lugares de plácido descanso, según las circunstancias que les tocó protagonizar.

“Plaza Mayor” o “Plaza Grande
Así se llamó cuando el general JUAN DE GARAY levantó el plano de la traza de Buenos Aires, cuando fue fundada por segunda vez, señalando el lugar que debía ocupar la hoy espléndida Catedral y colocando la piedra fundamental de la Ciudad de la Trinidad, el 11 de junio de 1580.

La “Plaza Mayor”, estaba dividida por la “Recova Vieja”, en dos plazas: la “Plaza de Mayo” (que hasta 1810, se había llamado “Plazoleta del Fuerte”), que era la que estaba más próxima al río y la “Plaza de la Victoria”, que era la que enfrentaba al Cabildo y que comenzó a llamarse así en 1806, como homenaje a la gesta del 12 de agosto de aquel año, durante las invasiones inglesas. Ambas eran dos amplios y áridos espacios de tierra batida donde no había ni un solo árbol ni ornamento, hasta que en abril de 1811, se construyó “el altar de la libertad”, como se llamaba a la pirámide que en ese lugar se construyó para conmemorar el primer aniversario de la Revolución de Mayo. El 10 de junio de 1826 el Congreso Nacional sancionó la construcción de un monumento de bronce (no la actual pirámide de ladrillo), en el centro de la plaza, con esta inscripción: “La República Argentina a los autores de la revolución en el memorable 25 de Mayo de 1810”.

En el costado Norte, en el mismo sitio que le fue señalado por Garay en 1580, se levantaba la Catedral. Era un edificio a medio hacer, aún sin su actual fachada, de desnudas y derruidas paredes. En lugar de la magnífica columnata, del bello y majestuoso frontis que hoy ostenta la Catedral, se veían las desnudas y derruídas paredes de un edificio a medio hacer y que parecía destinado a no terminarse jamás. El año 1822 se hizo algo para reparar este frontis, pero todo se hacía allí con tal lentitud y la obra siempre quedaba incompleta, que se hizo proverbial; así cuando alguna cosa llevaba traza de no concluirse jamás, se decía muy comúnmente: ¡Bah! esa es la obra de la Catedral!.

La casa arzobispal no existía; se veían  en su lugar, un sombrío paredón construído con ladrillos de barro y sólo interrumpía esta monótona serie de ruinas, la extensa y cómoda casa de la familia del brigadier MIGUEL DE AZCUÉNAGA, exactamente en el mismo estado en que hoy se encuentra, mostrando la arquitectura de aquella época (hoy Nuevo Banco Italiano)

En la cuadra siguiente, hacia el Este, en el solar que GARAY  se había adjudicado cuando hizo el reparto, a medio construír, se encontraba el  “Coliseo de Comedias”, un tímido antecedente del Teatro Colón, al que le seguían en la bajada que conducía a “La Alameda”  (hoy avenida Leandro N. Alem),  las casas de FELIPE ESQUIVEL, la de DOMINGO BELGRANO PÉREZ, la de ELIZALDE y la del presbítero MARTINIANO ALONSO

Atravesando la Plaza hacia el sur, nos encontrábamos frente a la “Recova vieja”. Ésta se componía de una doble fila de cuartos, ocupados en su mayor parte, con negocios que vendían ropa hecha de ordinaria confección, donde acudían los marineros para surtirse. Como todos estos tenderos comían lo que al mediodía les enviaban las fondas cercanas  en viandas, era casi imposible pasar por  ese lugar, debido a los desagradables olores y al ruidoso desorden que reinaba mientras duraban esos almuerzos, pues también los empleados de comercios vecinos consumían esas viandas, por lo que eran numerosos los sirvientes negros que circulaban llevando las viandas de lata o algunas ocas de loza, hasta “sus comensales”.

Al sector ubicado en este costado sur, se lo conocía como “la Recova nueva”. Estaba casi despoblado y también se lo llamaba “el callejón de Ibáñez”, por el parecido que tenía ese lugar con otro ubicado en la localidad de San Isidro, donde se hacía muy difícil y peligroso transitar de noche por allí, debido a la presencia de malechores que frecuentemente asaltaban a quienes se animaban a pasar por el lugar para despojarlos de sus pertenencias. Durante el día, las cosas cambiaban. Numerosas “bandolas” se instalaban sobre una ancha vereda que corría desde la esquina (hoy calle Bolívar) hacia abajo y frente a la Iglesia de San Francisco. Las “bandolas” eran unos cajones con tapa que se colocaban sobra cuatro “patas” y que abriéndolas ponían a la vista de los transeúntes, una variedad de objetos de muy poco valor, como ser fantasías, peines, pañuelos, espejitos, dedales, agujas, “aguas de olor”, etc.

En el sector de la ciudad que limitaba con el río, lugar que se conocía como “Plaza de Mayo” (Plaza del Fuerte hasta 1810) se encontraba el Fuerte, un sombrío edificio erizado de cañones, aislado por medio de un foso que era, al decir de JOSÉ A. WILDE, un eterno pozo de inmundicias” y que fue demolido en 1853. Más alla, en dirección a las actuales Balcarce e Hipólito Yrigoyen, había un terreno baldío que se conocía como “Barraca o Hueco de Campana”, donde funcionaba una especie de matadero y carnicería y donde, pasado el tiempo se instalaría el Congreso Nacional y más tarde, hasta hoy, el Banco Hipotecario. Desde la mitad de esa cuadra hasta la esquina de Defensa, se elevaban “los altos de Escalada”, una de las cuatro o cinco casas de altos existentes en la Buenos Aires de los años diez

La cuadra siguiente, Yrigoyen, entre Defensa y Bolívar, ofrecía el atractivo de la “Fonda de las Naciones, y poco más allá, la casa paterna del doctor JUAN AGUSTÍN GARCÍA, en cuya planta baja, se dice que  funcionaba una tienda o mercería, donde FRENCH compró las cintas que repartió durante los sucesos del 25 de Mayo de 1810. Ocho años desués, se construirá allí la “Recova nueva” con planos de FRANCISCO CAÑETE, también autor de la primera Pirámide de Mayo.

Muy cerca de allí, pero ya sobre la hoy calle Bolívar, otro local de rica fama, “el Café de Marcos”, colmado de patriotas, exaltados revolucionarios y curiosos, que hicieron de ese lugar, el mejor destino para saber lo que sucedía en la Colonia y opinar sobre lo que fuera. Siguiendo hacia el norte, llegando a Bolívar, entre Yrigoyen y Rivadavia, el Cabildo, con su viejo reloj que se descomponía a cada rato y debajo de él, esculpidas las armas de la patria y al pie de éstas, una inscripción en letras doradas que decía “Casa de Justicia”- “Cabildo 1711”, textos que fueron borrados, al parecer por un rayo impiadoso.

En la parte baja de este mismo edificio, estaba instalada la Cárcel, con su cuerpo de guardia donde no se veía mucho aseo. Era en aquella época un foco de inmundicia y de inmoralidad, que duró así hasta que el edificio fue derribado. Desde el anochecer, no se permitía pasar a  nadie bajo sus portales, obligando la detención de los transeúntes, a la voz de ¡alto, quién vive! del centinela, para que se desviaran hacia la Plaza. Al lado de la cárcel estaban las oficinas de la Policía, de pobrísimo aspecto y completando esta cuadra, los “altos de Riglós”, la casa de don MIGUEL RIGLOS, ubicada en la esquina, con lo que terminaba este segundo frente, que hoy ocupa el Palacio Municipal (Cabe recordar que la casa de los RIGLOS le fue obsequiada al general SAN MARTÍN y que éste nunca la ocupó, aunque si lo hizo su hija MERCEDES y su yerno BALCARCE). Siguiendo en la misma dirección se alzaban los altos de URIOSTE, la primera casa de tres pisos que existió en Buenos Aires.

Plazoleta del Fuerte o Plaza de Mayo
Hasta el año 1881, la plaza principal de Buenos Aires, que era la “Plaza Mayor” denominada así en 1580 por JUAN DE GARAY,  estaba dividida por la “Recova Vieja”, en dos plazas: la “Plaza de Mayo” (antes, hasta 1810, “Plazoleta del Fuerte”)  y la “Plaza de la Victoria”. Imaginemos ahora que estamos en 1820, haciendo una excursión por el río de la Plata en el buquecito “Mosca”. Mientras se realizan las maniobras para atracar, podremos contemplar desde la rada, a la ciudad de Buenos Aires, cuyo aspecto no tiene nada de particular. Desembarcaremos en el paraje denominado “el bajo” y si avanzamos por un trayecto, no muy aseado, debido a la “basura” arrojada allí por el río y a los pocos pescados en estado de putrefacción, abandonados por los pescadores, veremos desde la orilla, hileras de casas nada bonitas, sino casi todas bajas y de igual estilo primitivo, cuyas sencillas fachadas están interrumpidas solamente por las torres de las iglesias y las barrancas del río, cubiertas en parte por abundante vegetación. Continuemos el camino a través de la Alameda” (paseo de Julio) y debajo de la sombra de los ombúes, y sobre unos pocos bancos de ladrillo veremos sentadas algunas personas, y a pocos pasos, llegamos a la Plaza “25 de Mayo”. A nuestra izquierda veremos el antiguo “Fuerte o Fortaleza (Casa de Gobierno), residencia en otros tiempos de los virreyes y gobernadores del Río de la Plata. Sobre sus paredes, dos veces seculares, hay varias bocas de cañón, teniendo por entrada un ancho portón de hierro, al que se llega por un puente levadizo a través de un foso que rodea todo el edificio. En el fondo de este foso, lleno de basura, juegan a las barajas” o tiran a la “taba” varios soldados de la guarnición, mal vestidos, descalzos algunos, con el pelo largo y desgreñado, en compañía de varios muchachos que hacen la rabona” en aquel lugar.

Esta plaza, que antes de la Revolución de Mayo se llamó “plazoleta de la Fortaleza”, carecía de todo adorno. Solamente había cerca del foso algunos asientos de ladrillos que se llamaban poyitos” (vaya a saberse por qué). No tenía empedrado y estaba siempre mal cuidada, como el resto de la ciudad. Servía como lugar de ejecuciones de criminales o condenados por motivos políticos. El banquillo para subir a los condenados, se colocaba próximo al foso que rodea al Fuerte, siendo a veces colgado allí el cuerpo del criminal, después de ser ejecutado. En el lado Sur, estaba el mercado donde se vendía la carne (después Congreso Nacional). Las perdices y mulitas en el costado del foso y la verdura bajo los “altos de Escalada”. Como no había techos ni construcciones, los vendedores, en caso de lluvia, se refugiaban bajo la Recova. En un desordenado “campamento”, un gran número de negras vendedoras de patas de vaca cocidas, huevos, chicha, tortas, etc., producían  grandes  bataholas con sus peleas y pregones..

El costado Norte estaba lleno de casas expendedoras de bebidas, muy mal atendidas y sucias, donde se reunían los marineros para beber. Había también una caballeriza, y un hotel, llamado del Congreso”, y en la esquina de la plaza (hoy 25 de Mayo y Rivadavia) estaba la mejor y más lujosa casa del lugar. En la cuadra opuesta y al lado del mercado se levantaba la casa de Escalada, que también formaba ángulo con la plaza de la Victoria, construida para inquilinato, en la que vivían  artesanos y personas de pocos recursos; además, había allí una fonda llamada “de la Catalana”, porque su dueña era nacida en Barcelona.

Plaza de la Victoria
La “Plaza grande” o “Plaza Mayor”, como la denominó Juan de Garay cuando hizo la traza de la ciudad de Buenos Aires, a partir de 1806, comenzó a llamarse “Plaza de la Victoria”, como homenaje a la gesta del 12 de agosto de aquel año, durante las invasiones inglesas. Lo mismo que su vecina, la “Plaza de Mayo”, no tenía ni un solo árbol; pero en cambio se veía allí, “el altar de la libertad”, como se llamaba a la pirámide que en ese lugar  se construyó en abril de 1811 para conmemorar el primer aniversario de la Revolución de Mayo.

En el costado Norte se levantaba la Catedral, en el mismo sitio que le fue señalado por Garay en 1580. Era un edificio a medio hacer, de desnudas y derruidas paredes, y a su izquierda (hoy Casa Arzobispal), había un paredón construido de ladrillo y barro. Más allá estaba la casa del brigadier MIGUEL DE AZCUÉNAGA, (hoy Nuevo Banco Italiano). El “Cabildo”, que daba frente al río, tenía en su vieja torre un reloj que se descomponía a cada rato y debajo de él, estaban esculpidas las armas de la patria y al pie de éstas una inscripción en letras doradas que decía “Casa de Justicia”- “Cabildo 1711”

En la parte baja de este mismo edificio, estaba instalada la cárcel, con su cuerpo de guardia donde no se veía mucho aseo. Desde el anochecer. No se permitía pasar a  nadie bajo sus portales, obligando la detención de los transeúntes, a la voz de ¡alto, quién vive! del centinela, para que se desviaran hacia la Plaza. Al lado de la cárcel estaban las oficinas de la Policía, y completando esta cuadra, estaba la casa de los RIGLOS, ubicada en la esquina.

Atravesando la Plaza nos encontrábamos frente a la “Recova vieja”. Ésta se componía de una doble fila de cuartos, ocupados en su mayor parte, con negocios que vendían ropa hecha de ordinaria confección, donde acudían  los marineros para surtirse.. Como todos estos tenderos comían  lo que al mediodía les enviaban las fondas cercanas  en viandas, era casi imposible pasar por  ese lugar, debido a los desagradables olores y al ruidoso desorden que reinaba mientras duraban esos almuerzos, pues también los empleados de comercios vecinos consumán esas viandas, por lo que eran numerosos los sirvientes negros que circulaban llevando las viandas de lata o algunas pocas de loza, hasta “sus comensales”.

Al sector ubicado en el costado sur, se lo conocía como “la Recova nueva” . Estaba casi despoblado y también se lo llamaba “el callejón de Ibáñez”, por el parecido que tenía ese lugar con otro ubicado en la localidad de San Isidro, donde se hacía muy difícil y peligroso transitar de noche por allí, debido a la presencia de malechores que frecuentemente asaltaban a quienes se animaban a pasar por el lugar para despojarlos de sus pertenencias.

Durante el día, las cosas cambiaban. Numerosas “bandolas” se instalaban sobre una ancha vereda  que corría desde la esquina (hoy calle Bolívar) hacia abajo y frente a la Iglesia de San Francisco. Las “bandolas eran unos cajones con tapa que se colocaban sobra cuatro “patas” y que abriéndolas ponían a la vista de los transeúntes, una variedad de objetos de muy poco valor, como ser fantasías, peines, pañuelos, espejitos, dedales, agujas, “aguas de olor”, etc. (ver “Las bandolas” en Crónicas).

Plaza de la Fidelidad/Plaza Monserrat
Esta plaza, que hoy se llama “General Belgrano”, popularmente conocida como “Plaza Monserrat” y que está señalada en algunos planos topográficos,  con el nombre de “Plaza Moreno”, se llamó hasta el año 1808 “Plaza Fidelidad”, por ser ese el lugar donde con pardos e indios, se formó  un cuerpo de voluntarios para combatir contra los ingleses en el año 1806. En este lugar paraban los carros que venían de la campaña, con frutos, siendo trasladados más tarde a la Plaza de la Concepción y después al “Mercado del Sur. Ocupaba un poco más de media manzana y en ella se levantó la primera Plaza de toros estable, que tuvo la ciudad de Buenos Aires. La Plaza Monserrat desapareció cuando se abrió la avenida 9 de Julio.

Plaza de la Concepción
Hoy conocida como Plaza Independencia, situada en las calles Independencia y Bernardo de Irigoyen, lugar donde se efectuó el fusilamiento del famoso jefe de la Mazorca, Cuitiño.

Plaza del Parque
Testigo del drama del 90, cuando las calles de Buenos Aires se ensangrentaron durante la revolución de los radicales, llamada la revolución del Parque”, hoy se llama Plaza Lavalle.

Plaza Constitución
Su grandiosa entrada había sido construida durante la intendencia de Alvear y fue demolida hace años. Era una estación de las carretas que venían cargadas del Sur, y en sus alrededores  se abrían pulperías y pequeñas tiendas, lo que le daba cierto aspecto de feria permanente.

Plaza de los inválidos
Se llamaba así a la hoy es la Plaza España.

Plazoleta del Carmen
Situada en la que hoy es Plaza Rodríguez Peña, frente a la capilla del mismo nombre, se hizo célebre por las ferias que se celebraban allí, a las cuales concurría el gaucho bandido JUAN CUELLO, quien, dicen las crónicas, ataba su caballo a los raigones de un ombú, que fue arrancado hace poco de allí y en cuya rugosa corteza podían leerse las iniciales del famoso bandido.

Plazoleta del Temple
Debía su nombre a que estaba ubicada en la esquina de Viamonte y Suipacha, y “del Temple”, era el nombre que tenía en esa época la calle Viamonte. Hoy se levanta allí el monumento a Dorrego.

Plazoleta San Francisco
Ubicada en la esquina noreste  de Alsina y Defensa, era muy antigüa,  tenía forma de rectángulo y ocupaba casi un cuarto de manzana.

Plaza General Belgrano
Tenía algo que la hacía distinta de cualquier otra plaza de Buenos Aires: la Iglesia de la Inmaculada Concepción. Es una plaza a la que hoy,  los porteños llaman familiarmente “La Redonda”, porque es así, redonda y esto es casi un milagro en una ciudad apegada a las aristas y a los ángulos. La diseñaron Nicolás y José Canale y la terminó Juan Buschiazzo. La enorme cúpula, las columnas corintias, el frágil campanario instalaron en la plaza un encanto definitivo y crepuscular.

Plaza de la Concepción del Alto de San Pedro
Ubicada en Bernardo de Yrigoyen entre Independencia y Estados Unidos y  el Mercado del Sud (en la actual plaza Constitución), también eran mercados de concentración de frutos del país, adonde llegaban las carretas repletas de frutas y verduras producidas en el interior.

Plaza Carlos Pellegrini
Todo el refinamiento y la sensualidad de la “belle epoque” están concentrados allí, en ese pequeño ámbito triangular, tan entrañablemente hermano de Saint- Germain des Pres. Exaltan y prolongan su brillo, la Embajada de Francia, la fachada neoborbónica de la Embajada de Brasil y el Jockey Club, otrora residencia de Unzué Casares. En el medio, el pintoresco farol-reloj quita solemnidad al monumento a Carlos Pellegrini, obra de Jules-Felix Coutan.

Plaza Constitución
El lugar está ligado a los primeros años de vida de la ciudad, cuando era un sitio apartado que servía como paso de tránsito hacia la campaña. Tenía una gruta que fue construida durante la intendencia de Alvear y demolida hace ya algunos años. Era una estación de las carretas que venían cargadas del Sur y en sus alrededores  se abrían pulperías y pequeñas tiendas, lo que le daba cierto aspecto de feria permanente. En 1727 la Hermandad de la Santa Caridad levantó, en un terreno ubicado en el cruce de las actuales avenidas Independencia y Tacuarí, una capilla que se convirtió con el tiempo en la Parroquia de la Concepción. En el lado este de la iglesia existía un “hueco” donde se estableció una parada de carretas y mercado de frutos. Años más tarde, el mercado ofrecía una imagen de abandono y suciedad en medio de una ciudad que crecía rápidamente y se decidió trasladarlo más hacia el sur. En 1857 el proyecto se materializó a sugerencia del gobernador Pastor Obligado y el mercado se instaló en el lugar donde hoy se encuentra la plaza Constitución. Tenía una superficie de 70.000 varas cuadradas y lugar para el estacionamiento de 900 carretas. En agosto de 1865 se terminó la primera etapa del Ferrocarril del Sur, que partía de la primitiva estación de Constitución, enfrente del mercado. Como consecuencia, las viejas carretas comenzaron a desaparecer, ya que el transporte empezó a realizarse por medio de los trenes. El intendente Torcuato de Alvear se propuso en 1884 transformar el mercado en una plaza, conservando una parte para la antigua función de mercado que terminó demolido en 1885. Las obras del paseo público se prolongaron durante varios años hasta su terminación y recién el 30 de octubre de 1892,  fue librada totalmente al uso público.. Hoy es una pieza clave del paisaje urbano con su constante movimiento de personas y transportes.

Plaza Dorrego
Fundada en 1586, la Plaza Dorrego es la segunda más antigüa de la ciudad, aunque cambió de nombre muchas veces. Primero se la conoció como “Alto de las carretas”, porque allí se detenían las carretas que venían del Riachuelo cargadas de mercaderías para vender en el mercado. Después se la llamó “Plaza de la Residencia” (obviamente porque próximo a ese lugar, se hallaba la residencia del virrey) y EN 1820 Plaza del Comercio, porque allí funcionaba el centro comercial más importante de la ciudad, después del de la Plaza de Mayo. Recién en 1905 recibió el nombre que lleva hoy (Plaza coronel Manuel Dorrego). Pero no le fue fácil llegar a esto: durante 20 años, la plaza casi desaparecía bajo el enorme monumento “Canto al Trabajo”, que se construyó en ella hasta que volvió la racionalidad a nuestras autoridades municipales y se trasladó esta magnífica obra a un lugar más propicio, que es donde está ubicada hoy: en Paseo Colón e Independencia.  En 1978 la Plaza Dorrego fue declarada “Monumento Histórico”,  porque en ella, en 1816, el pueblo de Buenos Aires adhirió con entusiasmo a la declaración de la Independencia.

Plaza General Pueyrredón
Esta plaza del porteño barrio de Flores  fue rebautizada como “Plaza General Pueyrredón”, aunque todo el mundo la llamó y la sigue llamando “Plaza Flores”. El nombre del barrio que fue un pueblo hasta que en 1887 se incluyó dentro de los límites de la Capital, se debe a JUAN DIEGO FLORES, uno de los primitivos dueños de los terrenos. En la primera traza del pueblo realizada en 1801 se destinó un lugar para la plaza que, durante muchos años, no fue más que un potrero destinado al estacionamiento de carretas. También fue un sitio de triste fama, donde a partir de 1813 se realizaron fusilamientos de delincuentes comunes y de presos políticos hacia 1832. En 1854 se decidió remodelar el terreno de la plaza y convertirlo en un paseo público: se plantaron acacias, paraísos y sauces; se trazaron senderos y se rodeó el perímetro con postes labrados y cadenas. Fue entonces que se le dio su primer nombre: Plaza 14 de Julio y en 1862 se instaló la primera calesita para chicos. Después de la inauguración de la estación ferroviaria de Flores y de la aparición del tranvía, la actividad de plaza se multiplicó. En 1870 fue rebautizada “San José” y por entonces era el lugar favorito para la actuación de bandas de música y la instalación de ferias y romerías. El 28 de noviembre de 1894 se le volvió a cambiar el nombre por el de “General Pueyrredón” y se inauguró una estatua del general. Pero ninguna decisión oficial logró cambiar la costumbre y la plaza sigue siendo “Flores” para el pueblo.

Plaza Once de Setiembre
Se denominó Plaza Once de Septiembre al espacio ubicado entre las calles Bartolomé Mitre, Ecuador, avenida Rivadavia y avenida Pueyrredón de la ciudad de Buenos Aires. El nombre fue impuesto el 4 de octubre de 1853, por medio de un decreto del gobernador PASTOR OBLIGADO en recuerdo de la batalla de Pavón, que culminó con la separación de Buenos Aires de la Confederación Argentina. Pero en noviembre de 1947 se le restituyó la antigua denominación de Miserere, apodo con el que era conocido ANTONIO GONZÁLEZ VARELA, dueño de las tierras durante el siglo XVIII. Sin embargo, los porteños siguieron llamando Once a esta plaza ruidosa multitudinaria y caótica que es uno de los espacios más característicos de la ciudad. En la época de la Colonia era solo el cruce entre dos caminos anchos y allí se instalaron los Mataderos del Centro, también conocidos como Corrales de Miserere. El lugar fue escenario de grandes acontecimientos históricos como la concentración de las tropas criollas que reconquistaron la ciudad durante la primera invasión inglesa de 1806 y allí fueron derrotadas las tropas de Liniers durante la segunda invasión de 1807. Comenzó a tomar verdadero aspecto de plaza después que se realizara la Exposición Continental de la industria argentina en 1882 y fue el intendente TORCUATO DE ALVEAR el que ordenó su diseño y mandó levantar el terreno sobre el nivel de la calle adoquinada, limitándola con un pequeño muro. En 1913, cuando se instaló la línea A de subterráneos, fue íntegramente remodelada. Y en 1932 se levantó el mausoleo que guarda las cenizas de BERNARDINO RIVADAVIA. Muy cerca de la estación del subte se veía hasta hace pocos años una bomba de agua corriente para dar de beber a los caballos.

Pero aunque todo esto es cierto, hoy todavía es posible escuchar: Vive ahí, por el Once…”, o “en el barrio del Once”, o “cerca de plaza Once”. Parecen  expresiones que no necesitan explicación para un porteño y hasta ocurre, cada tanto, que uno de éstos, añoso y dado al pálido encanto de la prosopopeya, añada a la plaza un sentencioso “de Septiembre”. Aunque, en rigor, no existe barrio con ese nombre y la plaza se llama “Miserere”, latinajo bastante absurdo, registrado por quién sabe qué oscuro cronista municipal. Sin embargo, la otra designación asimismo figura, referida a la terminal ferroviaria allí situada y también a una calle de Belgrano. Es curioso al respecto que una publi­cación del Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, “sobre el origen y razón” de los nombres urbanos, indique que en el segundo caso, el apelativo data de 1855, para aclarar a renglón seguido que “el 11 de septiembre de 1888, día del fallecimiento de DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO, fue elegido también para conmemorar el Día del Maestro”, impensada incrustación para normal en los dominios del cerrado racionalismo decimonónico. Diversas cosas sucedieron en otros tantos 11 de septiembre; sin ir más lejos, en 1852 se produjo un acontecimiento al que Buenos Aires consideró como liberación y cuyo festejo alcanzó, por cierto tiempo, relieves comparables a los del 25 de Mayo y del 9 de Julio. La revolución de Buenos Aires contra Urquiza, durante una veintena de años fue la fiesta patria local y debemos a EDGARDO J. ROCCA la noticia de que en 1854 fue inaugurado un monumento para honrarla, precisamente en esa plaza a la sazón paradero de carretas: tras una reja, un pedestal robusto y cuadrado sostenía una figura femenina, que desapareció en 1881.  Unos pocos dibujos y fotos es cuanto queda de este monumento que fue el segundo monumento que tuvo la ciudad, posterior a la Pirámide de Mayo pero anterior a los de Belgrano y San Martín.

Plaza San Martín
No hay duda de la Plaza San Martín es uno de los más bellos espacios verdes con que cuenta la ciudad de Buenos Aires. No solamente por la calidad de su trazado y de sus jardines, sino también por su entorno edilicio, que bien puede considerarse un especial muestrario de la arquitectura del siglo XX. Pero tal vez lo que atraiga más en esta plaza,  sea su añeja historia, que arranca en las postrimerías del siglo XVII, cuando el gobernador AGUSTÍN DE ROBLES, hizo levantar más allá del zanjón de Matorras, en el ejido (esa franja de tierra que separaba la traza de la ciudad de las quintas), una casa a la que denominó “El Retiro”, en la cual esperaría cómodamente instalado el juicio de residencia, al que se lo sometería después del ejercicio de su gobierno. La casa, una importante construcción para la época, terminó por dar su nombre a ese sector del norte de la ciudad.

En el predio se instalaron, más tarde, dos compañías europeas, una de la Guinea francesa y la otra británica, llamada “Mares del Sur”, dedicadas ambas al tráfico de esclavos, actividad que, cuando éstas desaparecieron, pasó a manos de la Compañía de Filipinas, que regenteada por española estuvo activa hasta que en 1787, un fallido proyecto de MARTÍN DE SARRATEA,  alejó el infame comercio para siempre del Retiro. El virrey VÉRTIZ, luego, hizo construir en el lugar, las primeras instalaciones militares, al emplazar una batería para instrucción y práctica de artilleros y un edificio para su cobijo y más tarde se levantó allí, una plaza de toros firme, ya que antes se lidiaba en plena Plaza de Mayo u otros lugares apropiados, improvisando ruedo y graderías con carros y carretas.

Esta Plaza de Toros, se inauguró en 1801 y fue punto de reunión de la gente que los domingos y días de fiesta, en que se realizaban  las “corridas, concurría masivamente para “disfrutar” de este sangriento espectáculo. La plaza para lidiar, consistía en un gran circo de ladrillo con capacidad para diez mil personas, tenía palcos y gradas; la entrada valía tres reales. Entre los picadores había uno muy afamado, conocido como el Xato”, que murió después de muchas proezas en las astas de un toro junto con su caballo, y refiere la tradición, que ese fin lo salvó de la justicia, porque era un individuo de criminales instintos.

En 1807 fue tomada por los ingleses y supo ser el escenario de la heroica lucha contra el invasor. Poco tiempo más tarde, ya conocida como Campo de la Gloria, iba a ser elegida por el entonces teniente coronel JOSÉ DE SAN MARTÍN, para alojar e instruir a los hombres de su flamante cuerpo de Granaderos a Caballo. El edificio subsistió hasta 1819, en que fue demolido, ya que su refacción era demasiado gravosa, pero el lugar siguió siendo conocido como “Hueco de doña Engracia” .

Durante el Gobierno de JOSÉ RONDEAU fueron suprimidas las corridas por decreto de 4 de enero de 1822, demoliéndose el circo y construyéndose con ese mismo material los cuarteles del Retiro. La excelente medida del Gobierno, suprimiendo ese espectáculo, fue aplaudida por la mayoría de los vecinos de la ciudad, si bien no pocos se mostraron descontentos, por verse privados del entretenimiento que esos espectáculos brindaban. La Plaza se llamó luego sucesivamente, tal vez por inspiración rivadaviana, “Paseo de Marte” y “Campo de Marte”. En 1865, una tremenda explosión sacudió el barrio, causando más de sesenta víctimas  y las instalaciones del cuartel que había sido instalado allí en 1783 por el virrey VÉRTIZ, quedaron totalmente destruídas, por lo que se ordenó su demolición. A mediados del siglo XIX, frente a la plaza se instaló, una carpintería mecánica que fue el asombro de los porteños, y más tarde el Pabellón Argentino, que había lucido airoso en la Exposición Universal de París, con la que el pueblo francés recordó el siglo de la Toma de la Bastilla en 1789. Este “Pabellón Argentino”, fue luego instalado en la intersección de Maipú y Arenales y sirvió como sede inicial de nuestro Museo Nacional de Bellas Artes.

Recién en 1878, en el centenario del nacimiento del Libertador, recibió su nombre actual, a pesar de que ya desde el 13 de julio de 1862,  se había erigido en ella la estatua ecuestre de San Martín, modelada por el escultor francés LOUIS JOSEPH DAUMAS. En 1890 fue escenario del movimiento de las tropas que participaban de la revolución radical y en 1898, sirvió para instalar en ella la Primera Exposición Nacional, que fue inaugurada por el Presidente JULIO ARGENTINO ROCA el 16 de octubre de ese año. A partir de 1900, en sus alrededores, comenzaron a levantarse lujosas casa y señoriales mansiones, construcciones, muchas de las cuales aún perduran: los palacios de Anchorena -hoy asiento de la ex Cancillería- y Paz -actualmente sede del Círculo Militar -, el Plaza Hotel, y bastante más acá en el tiempo, el Kavanagh, verdadero hito en la arquitectura argentina y de América latina.

Plaza Lavalle
Muy bien ornamentada hoy, con árboles, jardines, enrejados, etc., y rodeada de espléndidos edificios, esta plaza se llamó “del Parque”, como derivación del Parque de artillería o fábrica de armas,  que se hallaba en el costado Oeste y cuyo antiguo edificio se demolió para levantar el de los Tribunales. En el año 1820, la Plaza Lavalle era solamente un campo abierto, con una extensión de dos manzanas de 150 varas, teniendo en sus costados, exceptuando el lado del parque, una que otra casita de material y pocos ranchos de paja. En el lugar donde se levanta la casa de Miró,  había una casita de pobre aspecto con cercado de tapia, y los contornos presentaban un triste arrabal donde la tuna crecía en abundancia. Cuando en 1857 se inauguró en Buenos Aires el Ferrocarril del Oeste, que fue la primera vía férrea construida en la República Argentina, la estación se hizo en esta plaza, edificio ocupado más tarde por las oficinas del Estado Mayor General del Ejército, que es donde hoy  se halla el Teatro Colón.

Plaza Lorea
Esta plaza debe su nombre al vecino ISIDRO LOREA, muerto junto con su esposa durante la defensa de la ciudad contra las tropas de Whitelocke, durante las invasiones inglesas. Antes y durante mucho tiempo, a ese sector de la ciudad se lo conocía como el hueco de Lorea”, que era un lugar donde paraban las tropas de carros que llegaban de diferentes puntos de la campaña y es­pecialmente del Norte y del Oeste, cargados con cueros, lana, cerda, grasa, maíz, cebada, trigo, etc. Posteriormente los carros se trasladaron al “hueco de Salinas”, hasta que fue creado el “Mercado Once de Septiembre”. A esta plaza acudían, allá por los años 1825 y 26, grupos de indios que venían a vender sus tejidos, mantas pampas, riendas, lazos, maneas, boleadoras, plumas de avestruz, cacharros, etc. En los días de llegada, era curioso ver a ese campamento de indios extendido cuatro o cinco cuadras desde la plaza por la calle Rivadavia, donde plantaban sus negocios, para expender los artículos o cambiarlos por caña, yerba y tabaco.

En el costado Este había una cantidad de cuartos debajo de un ancho corredor, y a lo largo de toda la cuadra comprendida entre Rivadavia y Victoria, ocupados por pequeños negocios y fondas donde se hospedaban los troperos y compradores de frutos del país. En el medio de esta fila de cuartos, un enorme portón daba acceso a una barraca, de propiedad lo mismo que el resto del edificio, de PABLO VILLARINO. La cuadra del lado Oeste tenía mucha semejanza con la anterior. Hilera de cuartos para hospedaje y en el medio “la barraca de Cajias”, donde los indios guardaban sus caballos. Los lados de las calles Victoria y Rivadavia eran completamente abiertos.

Plaza Nueva
Esta plaza ya no existe, por haberse construido sobre ella el que fue “El Mercado del Plata”, y ocupaba la misma extensión que éste: media manzana, o sea 150 varas de frente a la calle Artes (Carlos Pellegrini) con 75 a las de Cangallo y Cuyo (Sarmiento). Aquí se juntaban todas las carretas procedentes de San Isidro, Las Conchas, San Fernando y otros pueblecitos del Norte, que traían leña, maderas, .caña para ranchos, sandías, duraznos, melones, trigo, maíz, cebada, lino, etc. Las carretas de fruta y choclos, se colocaban en fila para vender al menudeo. De noche colgaban un farol encendido en cada una, lo que producía singular aspecto, al mismo tiempo que contribuía al alumbrado público, muy escaso. Cuando la ciudad comenzó a progresar, se trasladaron las carretas que acudían a esta plaza, al “Hueco de Cabecitas” y al de “doña Engracia” o “ña Gracia”, como la llamaban algunos, y hoy convertido en la Plaza Libertad.

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