PERROS CIMARRONES EN BUENOS AIRES (20/02/1627)

El Cabildo de Buenos Aires registró la primera queja a causa de los daños ocasionados por los perros cimarrones que deambulaban por la ciudad. Los perros llegaron al Río de la Plata en la expedición de PEDRO DE MENDOZA. En esa época los navegantes los llevaban en sus viajes para utilizarlos en la guerra y en la caza. Parece que Mendoza era muy aficionado a las perdices y codornices y todos los días enviaba a seis soldados acompañados por perros para que lo aprovisionaran de alimentos frescos. Seguramente durante aquellas cacerías algunos perros debieron apartarse y terminaron viviendo entre los montes y pajonales, multiplicándose hasta llegar a ser una verdadera pesadilla para los habitantes de la colonia. Los perros salvajes atacaban al ganado, especialmente al lanar, pero no se detenían tampoco frente a vacunos y caballares, sobre todo los ejemplares jóvenes. En los relatos de los viajeros de la época abundaban las referencias a manadas de perros cimarrones que causaban terror entre la gente.

Para detener los ataques, el Cabildo dispuso muchas veces medidas muy estrictas, como la prohibición de que los vecinos llevaran perros sueltos ya que era costumbre que el amo saliera acompañado por grandes jaurías de las que se desprendían animales que se sumaban a los cimarrones. También se ordenó que periódicamente los ganaderos salieran a hacer matanzas de perros. Sin embargo, todas las medidas parecían inútiles. En una carta de 1730 un sacerdote cuenta que miles de perros vivían en los alrededores de la ciudad, refugiados en cuevas que cavaban ellos mismos y que en las entradas se amontonaba enorme cantidad de huesos. No solo el ganado podía ser víctima de los ataques. Las crónicas afirman que muchos viajeros extraviados en la pampa fueron atacados por jaurías de perros cimarrones. Cuando comenzaron a establecerse las estancias se organizaron grandes batidas para evitar que entraran a los establecimientos.

“…En lugar de hacer esos estragos que se hacen entre los vacunos, durante las “vaquerías”, mejor seria hacerlos entre los perros  que llaman “cimarrones”, los cuales se han multiplicado también de modo que cubren casi todas las campañas circunvecinas y viven en cuevas subterráneas que trabajan ellos mismos, y cuya embocadura parece un cementerio por la cantidad de huesos que la rodean… El Gober nador de Buenos Aires comenzó a enviar soldados para destruirlos; una tropa de los cuales armados de mosquetería hizo grandísimos estragos, pero al volver a la ciudad, los muchachos, que son aquí impertinentísimos, empezaron a perseguirlos haciéndoles burlas y llamándoles “mata-perros”, de lo que se avergonzaron tanto, que no han querido volver más (“Carta del Padre Cayetano Cattaneo, desde la reducción de San ta María, en el Paraguay, fechada el 2 de abril de 17S9, citada en “La Revista de Buenos Aires, , Año III, Nº31)

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