PERROS CIMARRONES, AZOTE DE BUENOS AIRES (20/02/1627)

En el siglo XVII, la abundancia, salvajismo y ferocidad de los perros cimarrones que deambulaban por los territorios del Río de la Plata, se habían constituído en un peligro constante,  no sólo para los animales recién nacidos, sino también para animales adultos y hasta para los pobladores, pues muchas veces se reunían en jaurías y atacaban ranchos y hasta casas más sólidas, pero solitarias.

Los perros llegaron al Río de la Plata en la expedición de PEDRO DE MENDOZA. En esa época los navegantes los llevaban en sus viajes para utilizarlos en la guerra y en la caza. Parece que Mendoza era muy aficionado a las perdices y codornices y todos los días enviaba a seis soldados acompañados por perros para que lo aprovisionaran de alimentos frescos. Seguramente durante aquellas cacerías algunos perros debieron apartarse y terminaron viviendo entre los montes y pajonales, multiplicándose hasta llegar a ser una verdadera pesadilla para los habitantes de la colonia.

Los perros salvajes atacaban al ganado, especialmente al lanar, pero no se detenían tampoco frente a vacas o caballos adultos,  sobre todo los ejemplares jóvenes. El Cabildo de Buenos Aires registró la primera queja a causa de los daños ocasionados por los perros cimarrones que deambulaban por la ciudad en 1621 y a través de sus actas, hay constancias de que dispuso una serie de medidas a lo largo del tiempo, entre las cuales merecen citar la del 27 de septiembre de 1621, que “.ante la máquina de perros que hay y destruye los ganados,  ordenaba que  «se los cazara y matara”, pero será hasta bien avanzado el siglo  XVII que se denunciará la proliferación de jaurías, obligando a los Cabildos a organizar corridas y matanzas permanentemente.

Para detener los ataques, el Cabildo, además de disponer periódicas excursones para matar perros,  tomó muchas veces otro tipo de medidas, como fue la prohibición de que los vecinos llevaran perros sueltos ya que era costumbre que el amo saliera acompañado por grandes jaurías de las que se desprendían animales que se sumaban a los cimarrones. También se ordenó que periódicamente, los ganaderos salieran a hacer matanzas de perros. Sin embargo, todas las medidas parecían inútiles.y la cosa se agravaba porque en vez de diminuír, la cantidad de perros aumentaba. Eran muchos los que se agregaban a las jaurías; llegaban desde las tolderías de los aborígenes, quienes, por uno u otro motiovo los abandonaban a su suerte y se transformaban en cimarrones. Su alimento preferido eran las gamas y los avestruces, pero como ambas presas eran escasas, se aumentaban  sus privaciones y con ellas su furor. Por tal motivo acechaban al viajero y se convertían en un peligro que no se podía menospreciar.

En una carta enviada en 1730,  un sacerdote cuenta que miles de perros vivían en los alrededores de la ciudad de Buenos Aires  y dice al respecto: «…En lugar de hacer esos estragos que se hacen entre los vacunos, durante las “vaquerías”, mejor seria hacerlos entre los perros  que llaman «cimarrones», los cuales se han multiplicado también de modo que cubren casi todas las campañas circunvecinas y viven en cuevas subterráneas que cavan ellos mismos, y cuya embocadura parece un cementerio por la cantidad de huesos que la rodean”,

No solo el ganado podía ser víctima de los ataques. Las crónicas afirman que muchos viajeros extraviados en la pampa fueron atacados por jaurías de perros cimarrones y muchos de ellos, impresionados y atemorizados por este peligro que significaba la gran cantidad de perros que pululaban por la campaña, dejaron sus impresiones en sus Diarios y en obras que publicaron. Estos son algunos de estos comentarios:

“El Gobernador de Buenos Aires comenzó a enviar soldados para destruirlos y una partida de ´ñestos, armados de mosquetería hizo grandísimos estragos, pero al volver a la ciudad, los muchachos, que son aquí impertinentísimos, empezaron a perseguirlos haciéndoles burlas y llamándoles «mata-perros», de lo que se avergonzaron tanto, que no han querido volver más («Carta del Padre Cayetano Cattaneo, desde la reducción de San ta María, en el Paraguay, fechada el 2 de abril de 17S9, citada en “La Revista de Buenos Aires, , Año III, Nº31)

En «Andanzas de un irlandés en el campo porteño (1845- 1864)», su autor cuenta  que los perros aprovechaban las tormentas para caer sobre las majadas y para matar los terneros. «La estancia -refiere- estaba llena de esos perros en los espadañales o en las lagunas secas con cañas y juncos, donde se escondían durante el día. Había cientos de ellos y a la noche oíamos a las vacas mugir y a los perros ladrar. No era nada seguro perderse ni tener ovejas en el campo. A la mañana siguiente de una tormenta me encontré con que tenía sólo 400 ovejas. Entonces seguía la senda por donde las habían llevado los perros y vi en el camino unas 80 de ellas muertas y otras tantas malamente mordidas”,

El historiador NORBERTO RAS en  su obra «Crónica de la frontera», dice: “Como el problema no se solucionaba, se encomendó su solución a las tropas, pero éstas pronto se resistieron a la desagradable faena. Luego se encomendó la matanza a celadores de policía y hasta a los mismos presos, que eran licenciados al efecto y armados con lazos y estacas».

Un crudo relato con referencia a este tema, ha brindado en 1806 ALEXANDER GILLESPIE, en su libro «Buenos Aires y el interior», expres{andose as{i: . «Su pelo -describe- es más duro y tupido que el de la especie doméstica. Se alimentan de sus compañeros en la llanura y tienden mucho a disminuir la existencia general del ganado.»

Por su parte, ESTANISLAO ZEBALLOS, en su obra Viaje al país de los araucanos»  nos cuenta detalles de la invasión de una horda de perros cimarrones a un campamento donde él se hallaba: “»No cesaban -dice- de aparecerse en cuadrillas al flanco del monte, acechándonos con ojos brillantes y un aspecto tal que pudiera pintarse como emblemas del hambre. Nos seguían con la vista, con la lengua afuera,  fatigados y hasta rabiosos. Los más osados se deslizaban entre los altos pastizales y aparecían de repente entre nosotros mismos”.

El problema se mantendrá sin solución, hasta fines del sigloXIX, cuando la responsabilidad de combatir la plaga fue asumida por las nuevas estancias que comenzaron a cubir esos territorios y organizando grandes batidas para evitar que entraran a los establecimientos, lograron erradicar el peligro de los perros cimarrones.

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