LOS INMIGRANTES ESPAÑOLES EN LA ARGENTINA (1845)

La constituída por los inmigrantes españoles, es la segunda mayor comunidad europea asentada en la República Argentina, detrás de la de los italianos y por delante de las de los alemanes y portugueses. Los españoles comenzaron a llegar al país durante la época de la conquista, formando parte de las expediciones que recorrieron el territorio del Río de la Plata, regandolo con  su sangre y difundiendo la fe cristiana. Más tarde, ya  durante la colonización, lo hicieron, destinados por la corona española, para ocupar cargos en los organismos reales, ejerciendo el comercio y asumiendo responsabilidades administrativas y políticas en esta Colonia.

Acompañando a todos estos españoles que llegaron  a América, en cumpliento de una misión, muchos de sus compatriotas subieron a los barcos en busca de la “tierra prometida”: algunos encandilados por las expectativas creadas alrededor de alucinadas leyendas que prometían grandes existencias de oro y plata en estas tierras y otros, buscando un mejor destino y calidad de vida para ellos y sus familias, deseando alejarse de un futuro de miseria y hambre, destino que aguardaba a las clases bajas de una España convulsionada por los horrores de  la guerra con Inglaterra.

Durante el tiempo que España ejercióa el poder colonial en los territorios del Río de la Plata, hasta la declaración de Independencia Argentina, en el año 1816, casi todos los colonos europeos que se asentaban aquí, eran españoles que fueron instalándose en los nuevos poblados y ciudades que iban surgiendo con los años. No hay registros acerca de esta primera inmigración de españoles, pero se estima que no fue muy trascendente. Lo que si fue trascendente, fue que estos primeros españoles, rápidamente se mestizaron y cruzándose con los aborígenes y los afrodescendientes, dieron como resultado a los “criollos”, columna vertebral de la futura sociedad argentina

Después de la llegada de inmigrantes ingleses particularmente durante los años 1821, 1822 y 1823, no se registró una entrada importante de extranjeros al país, en calidad de inmigrantes. Había entonces unos pocos alemanes, algunos portugueses, franceses y por supuesto españoles, muchos españoles que habían llegado para “hacerse la América” en esta colonias, rica posesión de la “Madre Patria”.

Un segundo movimiento migratorio, esta vez importante desde España, se produjo a partir de 1845 y se prolongó hasta mediados del siglo XX, con la llegada principalmente de “gallegos” procedentes casi en su mayoría de Pontevedra y La Coruña, y en menor escala de “asturianos”, “leoneses” y “catalanes”, seguidos por los “vascos” y los “canarios”

En la época de Rosas, alrededor del año 1845, empezaron a llegar los primeros que pueden ser considerados “inmigrantes”. Eran gallegos, que venían consignados a la casa de “Llavallol e hijos” para trabajar en aquellas actividades que no contaban con mano de obra apropiada, dada la “natural indolencia del criollo” y la escasez de esclavos negros, por lo que rápidamente se dispersaban por la ciudad y la campaña, bien empleados generalmente como sirvientes, o bien como peones, para toda clase de trabajo.

Venían salvajemente amontonados en las bodegas de buques de vela, sufriendo los rigores de un viaje largo y penoso, durante los cuales, se declararon los primeros casos de “fiebre tifoidea”, una peste que empezó a propagarse desde la llegada de esas siniestras “barcadas” a nuestras playas, traída por esos infelices, inhumanamente hacinados y obligados a comer  carne salada, quizás en no muy buenas condiciones, nada de verduras ni de frutas y agua de barril.

Empezaron luego a venir los vascos, magnífica inmigración, compuesta, en su mayor parte, de hombres atléticos, honrados y laboriosos que aparecieron con su boina, su ancho pantalón, su andar especial y su aire satisfecho, formando notable contraste con el resto de la población, que vestía la librea que Rosas había impuesto, al extremo de que ver a uno de ellos, era ver a todos. Sus habilidades, su preverbial fuerza y su “tozudez”,  fueron prontamente aprovechadas y rápidamente fueron absorbidos especialmente para trabajar en la campaña y en los saladeros, aunque bien adaptados al medio, sus ocupaciones comenzaron a ser más variadas. Se hicieron labradores, lecheros, horneros, etc. Algunos se ocuparon como picadores en las tropas de carreta, habiendo llegado muchos de ellos a ser dueños de tropas bien organizadas, con peones vascos también; haciendo largas travesías a través de la campaña, bien familiarizados ya con esta clase de trabajo,  como lo estaban los hijos del país. Otros tenían  buenas majadas y aun rodeos en establecimientos donde lucía el aseo, la prolijidad y el buen gobierno.

Peninsulares. Este término se empleaba para referirse a los españoles nacidos en España, para distinguirlos de los criollos de padres españoles. Se los reconociía como individuos de pura sangre española, considerados socialmente por encima de los nativos de otras naciones europeas, eran claramente diferenciados política y económicamente y constituían un influyente grupo de poder durante la época de la colonia y hasta bien avanzada la lucha por la Independencia.

Transcribimos a continuación una serie de opiniones y comentarios acerca de la presencia de españoles en la Argentina, seleccionados por la escritora María González Rouco

“Veníamos del pueblo que dio la variedad más grande de “genio”  en términos humanos, escribió Eduardo Mallea. Y agregó: “mas eso era anterior a nosotros y por lo tanto diferente”. Aquel pueblo era, en realidad, un mosaico unido bajo una misma bandera y por un mismo futuro en común, y así, con su misma riqueza y diversidad, vino a nuestro suelo y nos dio un origen de pluralidad”.

“Desde los tiempos del virreinato hubo, aquí, españoles de todas las regiones, sin distinción. Y junto a los criollos de la nueva tierra, empezaron a organizar –con el aporte indígena y el de otros pueblos- lo que es hoy nuestro país”.

“Mucho antes de la Independencia, los españoles introdujeron los primeros ejemplares de ganado caballar (1536), ovino (1550) y bovino (1553). Este último se reprodujo en forma inesperada, a punto tal que, al fin del Virreinato superaba los seis millones y medio de cabezas. Ya por esa época, había grandes estancieros de origen español, como los Ezeiza, con campos en Entre Ríos, los López de Osornio (estancia “Rincón del Salado”) y los Miguens (estancia “Las Víboras”) afincados en la Provincia de Buenos Aires, o los Toledo, los Alvarado, los Arenales y los Güemes, arraigados en Salta”.

“Entre 1857 y 1909, después de un período de escasa relación, llegaron a nuestro suelo 882.271 españoles”.

“En 1866 llegaron a Rosario, José y Manuel Arijón, que fueron empresarios y colonizadores: Manuel fundó el pueblo de Saladillo. Un año después, falleció Esteban Rams, que había sido explorador de los ríos Salado y Dulce, director del primer ferrocarril argentino, destacado hombre de empresa y colonizador también”.

“Una figura excepcional es la de Carlos Casado del Alisal, que fundó la Colonia La Candelaria, de la cual salió, en 1878, la primera exportación de trigo del país. En menos de veinte años, La Candelaria llegó a tener 3000 habitantes. En 1883, Casado construyó el Ferrocarril del Oeste Santafesino, uniendo La Candelaria con Rosario, su puerto de exportación cerealera. También estuvo ligado a la fundación de Casilda y a la colonización del Chaco”.

En Santa Fe, en las afueras de Rosario, “Nueva España” fue colonia hortícola; también hubo colonos españoles –de regiones diversas- en San Carlos (Santa Fe), en Urquiza (Entre Ríos) y en otras colonias agrícolas del resto del país. Españoles fueron pioneros de Río Gallegos, Comodoro Rivadavia, Colonia José de San Martín y en la Península Valdés”.

“Los gallegos y los catalanes se radicaron, en general, en la ciudad de Buenos Aires. Los meridionales, en Mendoza, Río Negro y Entre Ríos, dedicándose, principalmente al trabajo rural en las plantaciones. Los valencianos fueron a Corrientes y a Misiones. Los asturianos se instalaron en las provincias andinas, en el noroeste de nuestro país. Los andaluces se dedicaron, mayormente, a la horticultura. Arana, Aguirre, Irigoyen, Elortondo, Iraola, Anchorena, Urquiza, Alzaga, Atucha, Elizalde, Ezcurra, Gorostiaga, Casares, Uribelarrea, Azcuénaga, Udaondo, Olazábal, Madariaga, Guerrico, Anasagasti: son todos apellidos españoles de origen vasco, ligados a la historia del campo argentino. Los vascos, legendario y antiquísimo pueblo de Europa, se dedicaron a nuestro campo con empeño singular, como ganaderos, tamberos y fruticultores. La figura del vasco tambero integra nuestra más pura tradición nacional”.

“Canals fue uno de quienes más impulsaron el progreso de Rosario. Otros españoles contribuyeron al crecimiento de los viñedos mendocinos y sanjuaninos. Español era el origen de los fundadores de “La Martona”, creada en 1900 por la familia Casares. Ocho años después, un grupo de tamberos de procedencia evidente, fundó otra compañía láctea: “La Vascongada”. Y en ese mismo año, “La Cantábrica”, inició el rumbo que la llevara a la fabricación de maquinaria agrícola con la que sembró todo el país”.

“Aquella variedad genial española de que hablaba Mallea, retoñó en nuestra Patria. A lo largo y a lo ancho de nuestro campo, hubo peninsulares que se hicieron argentinos mientras labraban la tierra, criaban ganado, sembraban frutales o cereal y organizaron su vínculo fraternal, cultivaron el suelo, sirvieron a la Patria y agrandaron nuestro patrimonio espiritual”.

Gabriel Ibáñez, en su novela “Virgen”, afirma que la protagonista “Había llegado a un país de tanos y gallegos y de rusos y turcos, y todo lo que no entrara en el dos por cuatro de esa conclusión elemental, era una rareza de apellido pero nunca de nacionalidad”.

“A todos los italianos se los incluirá en “la categoría “tano” –señalan Alvarez y Pinotti-; del mismo modo que a los españoles se los llamará unánimemente “gallegos”;  a todo aquel que venga del Imperio Otomano “turco” y actualmente, “bolita” designa a todo el que venga del área andina, sea boliviano, peruano, ecuatoriano, o simplemente jujeño. Este uso de rótulo sirve para homogeneizar la diversidad apabullante y de paso descalificar el “Otro”.

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