LAS MISIONES JESUÍTICAS (1607/1767)

Eran poblaciones de indígenas organizadas y gobernadas por sacerdotes de la Compañía de Jesús. Existieron en Canadá, California, México, Ecuador, Brasil, el Río de la Plata y Paraguay. En estas últimas regiones fueron célebres, por su desarrollo e importancia, las misiones de la Provincia Jesuítica del Paraguay, fundada en 1607, cuando,  por disposición real, los jesuitas se encargaron de la evangelización de las provincias de los guaicurúes, al noroeste de Asunción y del Guayrá, poblada por los tapes, al nordeste de la misma ciudad, y de los guaraníes al sur.

Fue su primer provincial el padre DIEGO DE TORRES, que obtuvo con confirmación real, la prohibición del servicio personal en los pueblos que se convirtieran. Los frecuentes ataques que los paulistas hacían a la región de Guayrá, obligaron al traslado de las misiones hacia el Sur, en las proximidades de los guaraníes; de ahí la divi­sión de los indios de esta región en tapes y guaraníes, desde mediados del siglo XVI, quedando los primeros bajo el gobierno de Asunción y los segundos en la jurisdicción de Buenos Aires.

En el Río de la Plata, los misioneros jesuitas enviados al Paraná, al Guairá y a la tierra de los Guaycurúes (región del Gran Chaco, en la Argentina, Bolivia, Paraguay y Brasil), fundaron las reducciones de Loreto y San Ignacio Miní en 1607 y luego surgieron  San Ignaco Guazúm (1609), Nuestra Señora de Loreto (1610), San Ignacio Miní (1611). Nuestra Señora de la Encarnacioón de Itapuá  (1615), Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción del Ibitiracu (1619), Corpus Christi (1622), Santa María la Mayor (1626), Nuestra Señora de la Candelaria (1627), Santa María de Fe  (1627, Yapeyú (04/02/1627), San  Francisco Javier (1629 , Nuestra Señora de la Asunción de Acaraguá y Mbororé o La Cruz  (1630), San Carlos Borromeo  (1631), San Cosme y Damián (1632), Santo Tomé Apóstol (1632), Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo (1632), Nuestra Señora de Santa Ana (1633), San José ded Itacuá (1638) o 1633, Santos Mártires de Japón  (1639), Santiago Appóstol  (1660), Jesús de Tavarangué  (1685), Santa Rosa de Lima (1698), Santísima Trinifdad del Paraná (1700).

Fueron en total  33 Misiones distribuidas estratégicamente, edificadas con esfuerzo y también fecundadas con sangre. Las reducciones de Yapeyú  La Cruz y Santo Tomé fueron centros de irradiación cultural de gran importancia para el futuro de esos pueblos. Los aborígenes mostraron su disposición para la música, su sensibilidad como actores y  decoradores, de escultores de imágenes bellísimas, de pintores inspirados. En los talleres guaraníes, pese a la influencia europea, se impuso el espíritu indígena, dando origen al arte llamado jesuítico-guaraní. Los nativos  aprendieron a tocar distintos instrumentos y en las Misiones, se pudo encontrar una curiosa colección, fabricada por ellos mismos, que hubiera podido competir con algunas de Europa: trompetas, arpas, clavicordios, salterios, fagotes, chirimías, violines, flautas, cítaras, etc. El padre ANTONIO SEPP, entre muchos otros, enseñó a los indígenas a copiar encajes neerlandeses, a hacer estatuas, sillerías de coros, púlpitos y confesionarios. Aprendieron además a tejer alfombras de lana semejantes a las turcas, a fundir campanas de bronce, a hacer fuentes y platos de estaño y a construir relojes realmente maravillosos, logrando un real progreso para sus comunidades, a pesar de que fueron permanentemente hostigados  por las “malocas” —ataques sorpresivos, realizados por los “bandeirantes” del Brasil, y finalmente detenido por la expulsión de los jesuitas en 1767..

Las aldeas que los misioneros hicieron prósperas y productivas, contaban cuando se ordenó su expulsión con 100.000 habitantes y duele tener que consignar que en 1796, sólo quedaban en esos territorios, deambulando y sin destino ni futuro, solamente 46.000 aborígenes. La pésima administración que a partir  de la destrucción del trabajo de los jesuitas, el desconocimiento de sus costumbres y de sus leyes, la obsecación por educarlos “a la europea”, desmantelaron una obra que fue realizada en forma generosa, e inteligente por los jesuitas, y llevaron a la desaparición de esa étnia aborigen.

El gobierno civil del pueblo estaba en manos de los indígenas, que integraban el Cabildo, con funciones y sistemas de elección análogos a los cabildos españoles, aunque la justicia estaba casi siempre, administrada por los sacerdotes. La autoridad máxima de la población era el padre superior, dependiente del provincial de la orden. Se prohibió a los españoles que vivieran en las misiones para evitar los abusos, la corrupción y el lógico recelo del indio. Sin embargo, los españoles podían alojarse transitoriamente en las “misiones”.

La tierra se dividía en parcelas, que se adjudicaban al indio en propiedad, pero además se debía trabajar una tierra común. Los productos se guardaban en depósitos y se iban entregando en la medida de las necesidades de cada uno, quedando una parte para socorrer a los indios en circunstancias especiales. El grado de desarrollo alcanzado en el orden artístico y cultural, fue muy grande y las ruinas existentes en Paraguay y en la provincia argentina de Misiones, son un elocuente testimonio de ello. Se enseñó a los indios pintura, platería, decoración, grabado, carpintería, tejeduría, fundición, y hasta se fabricó una prensa tipográfica con la que fue posible publicar en 1700 un “Martirologio Romano”.

A mediados del siglo XVII, a consecuencia de los ataques paulistas, se proveyó a las misiones de armas de fuego, y los indios fueron instruidos por los militares españoles. Los indios de las misiones prestaron valiosos servicios a la corona de España durante la larga guerra que mantuvo con Portugal por la posesión de la Colonia de Sacramento.

En 1767, al ser expulsados los jesuitas, las misiones fueron divididas en dos jurisdicciones: una oriental y otra occidental. Paulatinamente, con la nueva administración civil y religiosa, decreció la importancia y la población de ellas. La actividad de los misioneros se manifiesta en el hecho de que para 1652, se habían fundado 48 pueblos, obra de 100 sacerdotes aproximadamente. A mediados del siglo XVIII la población de las misiones pasaba de 100.000 indios, a los que se logró hacer vivir en armonía y prosperidad, éxito que finalmente provocó la expulsión de los jesuitas en 1767, cuando la presencia de las misiones, afectó los intereses de muchos poderosos que lograron hacerlos echar de América, para eliminar esa molesta competencia para sus negocios (ver “Los jesuitas” ).

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