LA TRAGEDIA DE ALPATACAL (09/07/1927)

Se produce un grave accidente ferroviario, con numerosas víctimas fatales en proximidades de la “Estación Alpatacal”, próxima al río Desaguadero, en la provincia de Mendoza. A las 4,45 de la madrugada del 7 de julio de 1927, chocaron dos trenes. Uno de ellos conducía a una delegación de cadetes de la Escuela Militar de Chile, que llegaban al país, para participar en los festejos organizados para conmemorar la Declaración de la Independencia Argentina y esta catástrofe empañó el brillo de estos festejos. Después de haber sido recibidos y agasajados por sus pares en el Regimiento de Infantería N° 16, el 7 de julio de 1927, a la una de la madrugada, la delegación chilena prosiguió su viaje a Buenos Aires y al llegar a Alpatacal, antes de entra en la Estación, debía esperar las señales de vía libre que autorizaban su avance, mientras otro tren, que procedía de Buenos Aires, hacía lo propio para entrar por el desvío a la vía número 2 y dejar paso al tren que conducía a los cadetes. Este convoy corría a 60 kilómetros por hora y no detuvo su marcha, porque al parecer, su conductor no había la luz roja que le ordenaba detenerse. De pronto, en la oscuridad de la noche, se encontró con el tren que venía desde Buenos Aire. Eran las 4,45, el choque fue espantoso y ambos convoyes descarrilaron. Las dos locomotoras quedaron destruídas y los vagones se tumbaron y pronto se incendiaron.

La mayoría de los cadetes y el personal militar afectado a esta delegación, se hallaban durmiendo y cuando salieron de la sorpresa, el incendio de los vagones había trasformado los restos del tren en una inmensa hoguera. El intenso frío y la oscuridad hacían más dramática la situación y dificultaban las tareas de auxilio, en medio de un pandemonium que complicaba la ubicación y el rescate de los heridos. Cuando fueron a extraer de los fierros retorcidos y maderas astilladas al coronel Barceló éste exclamaba desesperado : “Salven primero a mis cadetes”, mientras se unía a quienes trataban denodadamente de salvar a sus compañeros de las llamas, atormentados por los gritos y lamentos de los heridos, el relinchar desesperado de los caballos que al no poder huír, caían abatidos por el fuego que los convertía en antorchas vivientes

 Con las primeras luces del alba, la escena se presentó en todos sus espantosos detalles y el saldo fue de 28 fallecidos y 51 heridos, muchos de ellos gravemente y allí mismo, superando esta dolora circunstancia, el Ministro de Guerra chileno, general Bartolomé Blanche, dispuso que por decisión del general Ibáñez (que había sido elegido como Presidente de la República en las elecciones del 22 de mayo), el viaje proseguiría, porque “la continuación del viaje de una compañía de cadetes a Buenos Aires, obedece al cumplimiento del deber que la Escuela contrajo al aceptar el gobierno la invitación del gobierno de Argentina y este deber, grato en toda circunstancia, no puede dejar de cumplirse, cualesquiera que sean los obstáculos que la delegación encuentre, por obra de la dolorosa casualidad.” Agregando a lo anterior mediante telégrafo: “Los ilesos a Buenos Aires, los graves a Mendoza y el resto, a los Andes”. Y así fue como prosiguió  hacia Buenos Aires una pequeña compañía formada por 120 cadetes con 5 oficiales, llevando consigo estandarte y banda de pitos y tambores solamente, porque la banda instrumental había resultado destruida. Esa ha sido la única vez que la Escuela Militar de Chile desfiló sin el casco prusiano y sin la guerrera azul que le eran característicos.

Nuestra inmaculada bandera, custodiada por los heroicos cadetes señores Burotto, Álvarez y Escobedo, que la salvaron de la catástrofe de Altapacal, fue estruendosamente aclamada en las calles de Buenos Aires“, se leyó al día siguiente en la prensa y el diario “Crítica” de la ciudad de Mendoza, informó que “Bajo una lluvia de flores, el heroico resto de la brillante falange de soldados enviada por Chile, desfiló esta tarde por nuestras calles. El pueblo los hizo objeto de una manifestación jamás vista en Buenos Aires. Se les aplaudía y vitoreaba sin cesar mostrándoles su afecto y tratando de borrar de sus mentes, la horrible experiencia que tuvieron que vivir, como precio a sus deseos de solidarizarse en el júbilo de sus hermanos argentinos, que festejaban su independencia”.

Finalmente trascendió la lista con el nombre de los fallecidos,  a raíz de este doloroso accidente: Ferroviarios argentinos: Inspector Domingo Doda. Camareros Manuel Estévez, Pío Ferrari, Sabino Ferro, Miguel Ferra, Manuel Reyes, Camilo Bondin. Maquinistas José Guzzo, Arturo Levet, Avelino Bavio, Víctor Lorocotondo, Saturnino Velasco, Damián Alustizo, José Álvarez. Foguista Luis Bordin. Inspector de Máquinas Tomás Bunting. Militares chilenos: Brigadier Osvaldo Medina Moena. Cadetes chilenos: Guillermo Perry Fonseca y Oscar Martini Pérez, sargentos primeros Eudoro Garín Pino, Luis Navarrete Larenas, Cipriano Collao Collao y Nicolás Montes, el cabo primero Manuel Zamora Riveros, el dragoneante José Quintana Novoa. Soldados chilenos: Juan González González, Juan Pérez Seguel y Luis Guajardo Rosas.

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