La querencia

Así, como los gauchos se aferraban al “pago” como una necesidad de pertenencia, también los animales se acostumbran a vivir en un lugar determinado, quizás donde han nacido, quizás donde han pastado o parido en el caso de las hembras. Estos lugares son conocidos como “la querencia” (de querer, sentir atracción), término que también se usaba para designar al lugar donde vive una familia. Cuando buscando mejores pastos o lugares más aptos para la yerra, la marca, la esquila, etc. Se nota que extrañan “la querencia” y tratan de volver a ella, aunque se encuentren a muchas leguas de distancia. Este instinto animal daba mucho trabajo en los tiempos que no había alambrados, pues era muy difícil contenerlos. Las haciendas trasladadas tenían que ser vigilados día y noche, hasta que se “aquerenciaran” a su nuevo lugar. Sin embargo, en ciertas ocasiones, esa tendencia tenía sus ventajas, especialmente a la noche. Cuando se volvía a “las casas”, el ganado iba solo de regreso, instintivamente conocía la dirección y el camino que debía tomar para llegar a “su querencia” y así los gauchos que las conducían, podía ir durmiendo tranquilamente sobre su caballo, sabiendo que nada interrumpirá la marcha y que ningún animal se desprenderá del “arreo”. Este instinto también era aprovechado por el gaucho que por alguna circunstancia debía prestar su caballo. Lo hacía con total tranquilidad pues le bastaba decir cuando lo entregaba: “cuando llegue adonde va, suéltelo nomás, que él sabe cómo volver”

 

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